Adriano

por | 25/02/2016

El año 117, último de la vida de Trajano, se vio ensombrecido por diversas amenazas. Después de sus victorias en la guerra con los partos, todo amenazaba con hundirse: las nuevas provincias al oriente del Éufrates se habían sublevado y los judíos del Imperio aprovecharon el caos para levantarse en armas. El emperador seguía empeñado en organizar la campaña del año siguiente, pero, cansado, finalmente decidió regresar a Roma para celebrar el triunfo. Nunca llegaría.

Falleció en Selinonte, en Cilicia, durante el viaje de regreso. Su mujer, Plotina, manejó la crisis con habilidad al asegurar la llegada al trono de Adriano. Y así, el 11 de agosto, tan pronto como se anunció la muerte de Trajano en Antioquía, el ejército proclamó emperador a Adriano, quien había quedado como comandante supremo de Oriente.

El nuevo emperador tomó entonces la más difícil de todas las decisiones de su gobierno: parar los preparativos de la nueva campaña, abandonar las últimas provincias orientales conquistadas, devolver la frontera al Éufrates y llegar a un acuerdo con Partia. El inesperado golpe de timón no fue bien recibido. Se propaló la idea de que la envidia de Trajano inspiraba la renuncia a sus conquistas. Un grupo de generales del anterior emperador, curtidos en el frente, y senadores de rango consular, mostró su más profundo rechazo a la firma de la paz. Sólo su asesinato impidió la guerra civil. La quiebra de confianza que supusieron estas muertes pesaría como una losa sobre el gobierno de Adriano, uno de los más prósperos y trascendentales de la historia de Roma.

Una paz insólita

Toda la historia había girado alrededor de la guerra. Desde los tiempos más remotos, la ciudad fundada por Rómulo y Remo salió adelante gracias a sus victorias en el campo de batalla. La guerra estaba tan profundamente enraizada en la vida de la urbe que se convirtió en el principal factor de la política romana durante la República.

Las relaciones exteriores giraban en torno a la guerra; la vida interior dependía de la guerra. El botín, las nuevas tierras, el prestigio social conseguido por la victoria eran factores de primer orden en el gobierno de la ciudad. Nada cambió con la llegada del Imperio. El propio título del gobernante -emperador- hacía referencia a su condición de jefe militar victorioso. Por contra, los tiempos en que reinaba la paz estaban marcados por la incapacidad militar del emperador de turno o por la conveniencia oportunista de una tregua. El poder imperial se había fundado sobre el deseo de someter todo el orbe terrestre a las órdenes de Roma.

Adriano renunció a ese designio guerrero de dominio universal. El emperador estaba convencido de la necesidad de fijar unos límites estables al Imperio. La prosperidad y estabilidad de Roma no podían depender del incierto desenlace de una batalla. Adriano, pues, buscaba una suerte de instrospección imperial: concebir el Imperio como una realidad finita, cerrada, y bucear en su interior para aumentar los niveles de riqueza y prosperidad, movilizando todos los recursos de sus gentes y países. La argamasa de su proyecto debían ser una vigorosa conciencia de la romanidad, sustentada en la tradición grecorromana, y una administración mejor organizada que promoviese y garantizase la prosperidad. En ese sentido, sus veinte años de reinado significaron una especie de refundación del Imperio. Adriano sustentó las bases sobre las que se consolidó la monarquía romana (aunque seguía empeñada en evitar ese nombre) y con ello aseguró su pervivencia hasta las reformas de Diocleciano, ya en el siglo IV.

El Imperio se había fundado en el dominio de los ciudadanos romanos sobre los de las provincias. Esta realidad, que se expresaba en términos políticos, sociales, económicos y culturales, tenía como consecuencia que la mirada del gobernante sólo reparara en los intereses de los provinciales en tanto que coincidieran con los suyos propios. Antes, ningún emperador había sentido la necesidad de recorrer los dominios que gobernaba. Cuando un emperador había abandonado Italia lo había hecho, normalmente, para dirigir alguna campaña militar. Las provincias todavía eran lo que habían sido bajo la República: campos de explotación.

Un emperador viajero

viajes_adrianoAdriano rompió con esa costumbre y se convirtió en un viajero empedernido. Antes de subir al trono había recorrido buena parte del Imperio, ya fuera para mejorar su formación o para asumir funciones militares. Hispania, Grecia, la frontera del Danubio, la del Rin y, por supuesto, Oriente, fueron algunos de los lugares visitados por él. Su llegada al trono no le hizo cambiar sus costumbres. Así, durante su reinado recorrió prácticamente todo el Imperio en tres grandes viajes, el primero de los cuales tuvo lugar el mismo año de su proclamación, con ocasión de su marcha a Roma desde Siria, el segundo en 122 y el tercero y último en 128, del que regresó en 134.

Ese afán viajero del emperador tiene diversas explicaciones. En primer lugar, el carácter curioso de Adriano. Sus viajes le ofrecieron la oportunidad de contemplar algunas maravillas naturales: subió al Etna, en Sicilia, y al monte Casio en Siria para contemplar sus inigualables puestas de sol. También fueron ocasión de disfrutar de la larga historia del Mediterráneo: en Grecia, y especialemente en Atenas, se encontró con el pasado de la Hélade, una historia que le resultaba familiar por su formación. En Egipto aprovechó para contemplar sus más famosos monumentos y pernoctó a la intemperie para escuchar, al amanecer, el canto misterioso de los Colosos de Memnón. Los viajes le ofrecieron igualmente la ocasión de restaurar innumerables testimonios del pasado deteriorados por el paso del tiempo o la mano del hombre. Ése fue el caso de la tumba de Pompeyo en Egipto, destruida durante la revuelta judía.

Sus viajes, en suma, fueron su gran acto de gobierno, aquello que le permitió tomar conciencia de la inmensidad y variedad de los dominios, y la demostración de que el interés del emperador no dependía de las posibilidades de explotación de los mismos, sino de la voluntad de favorecer su prosperidad.

El Imperio se recupera

El emperador, en sus viajes, fundó ciudades y ayudó a restaurar, embellecer y engrandecer otras muchas. El más claro testimonio de su interés fue la multiplicación de ciudades que por todo el Imperio adoptaron el nombre del emperador. Itálica (su ciudad de origen), Cartago, su querida Atenas, y tantas otras, entre las que se encontraba la misma Roma, recibieron del emperador cantidades ingentes de dinero para construir acueductos, reformar puertos, embellecer las plazas, levantar templos y restaurar sus antiguos monumentos. El emperador, en aquellas regiones interiores donde la vida urbana no había arraigado, dio las órdenes para que se fundaran comunidades cívicas y se aglutinaran en ellas las poblaciones rurales.

Cualquier excusa era buena para fundar una ciudad, incluso la caza de un oso. Ése fue el caso de Hadrianúteras, en Misia, una región interior de Asia Menor, cuyo nombre conmemora una feliz cacería imperial. Este afán por las ciudades nacía de una íntima convicción compartida por todo el mundo grecorromano: la vida se hace verdaderamente humana sólo en la ciudad. Nunca en el mundo antiguo hubo tantas ciudades como en el Imperio romano, y nunca hubo un emperador tan atento a sus necesidades como Adriano.

Sus actos de beneficencia no sólo afectaron a las ciudades. Sus viajes corroboraron una idea leída en tantos escritores moralistas de la época: la preocupante decadencia de la vida agraria. Los campos abandonados, convertidos en pastizales, eran considerados el peor síntoma de la crisis de la civilización. Adriano se empeñó en detener e invertir el proceso.

No debe considerarse que su objetivo fuera un aumento de la productividad ni de la producción. La perspectiva antigua de la realidad no incorporaba esos parámetros económicos a los que nosotros estamos tan acostumbrados. Su idea era la restauración de la Felicitas, la Prosperidad de los tiempos, que significaba ver los campos cultivados y llenos de gentes afanándose en las tareas.

Por ello facilitó con la exención de impuestos y alquileres a largo plazo que dieran garantías a los nuevos colonos, que los campos baldíos se cultivaran. África, donde el emperador poseía inmensos dominios, fue campo privilegiado para el proyecto. Pero también animó a las ciudades a que imitaran su política y permitieran la llegada de nuevas gentes para explotar aquellas parcelas abandonadas por la ausencia o desidia de sus dueños. Obras públicas debidas a su generosidad contribuyeron a la revitalización: canales, diques, obras de bonificación permitieron la recuperación de tierras que se habían perdido para la agricultura.

Los límites del Imperio

A lo largo de sus viajes Adriano también tuvo ocasión de profundizar en su primera e impopular medida de gobierno: no sólo parar la guerra, sino renunciar a las conquistas orientales de Trajano. Para Adriano, a diferencia de todos sus antecesores, el Imperio era concebido como una realidad terminada y, por tanto, cerrada. No era una idea suya. Lo mejor de la inteligencia de la época también se expresaba en términos semejantes: las tierras situadas allende las fronteras no debían ser incorporadas al Imperio porque eran inservibles, ya fuera por lo inhóspito de su clima o su orografía, o por el carácter montaraz de sus poblaciones.

El Rin, el Danubio, el Éufrates y el desierto del Sahara debían ser los límites del Imperio. Por donde el emperador pasaba comenzaban las obras de fortificación de las fronteras. Primero fue la de Germania, donde se construyó una empalizada; después, en Britania, se decidió aislar a los pueblos del norte con un muro de piedra, el llamado “muro de Adriano”, sin duda la mejor expresión de esta nueva concepción de la frontera. En África se empezaron las obras de una gran fosa que dificultara la llegada de los nómadas del desierto.

Con estas obras no se pretendía aislar el Imperio de los contactos con el mundo exterior. La utilidad real de las mismas era muy limitada. Nadie, en su sano juicio, podía asumir que la defensa de la frontera se pudiera confiar a una delgadísima y larguísima línea fortificada. Cualquier ataque enemigo, concentrado en un solo punto de la fortificación, demostraría la inutilidad de tanto esfuerzo. Estas obras servían para gestionar la paz de las fronteras. Obligaban a que los contactos pacíficos entre el Imperio y los pueblos limítrofes se realizaran en puntos precisos de sus trazados, las puertas. Éstas permitían el comercio, la trashumancia y todas aquellas actividades propias de la frontera; pero también facilitaban el control fiscal y policial de las mismas.

Estas fortificaciones poseían un segundo valor: se convirtieron en los símbolos del Imperio romano. Éste, como todos los imperios preindustriales, tuvo muy poca capacidad para hacerse presente sobre el territorio. Con medios de comunicación lentos y costosos, el control del territorio dependía de las ciudades que lo vertebraban política y socialmente. La frontera, hasta las obras adrianas, había sido en la mayor parte de los casos una ancha franja de territorio abierto, cuyo control podía estar sometido a permanente disputa. La construcción del muro, las empalizadas y las fosas, sin cambiar jurídicamente el estatuto de las tierras, venía a ofrecer una nueva representación del espacio, un espacio cerrado y, al menos simbólicamente, controlado por el poder romano.

Un intelectual en el poder

Adriano fue un hombre de profundas inquietudes intelectuales. Ya lo hemos visto en sus viajes atraído por sorprendentes fenómenos naturales o por gloriosos acontecimientos del pasado. La fascinación que sentía por la cultura literaria arranca de su juventud, cuando alcanzó los niveles superiores de la educación de la época: los estudios de filosofía y retórica. Tan buenos resultados obtuvo en retórica, la reina de la actividad cultural por entonces, que Trajano le encargaba la redacción y lectura de sus discursos para el Senado. Pero, en realidad, no hubo ningún campo del saber al que que se sintiera ajerno. Pretendía tener competencias en todos sus ámbitos: poesía, historia, filosofía, música, matemáticas, astrología, arte, arquitectura. Gustaba rivalizar con los profesionales de cada una de las disciplinas y demostrarles la superioridad del emperador.

Su carácter envidioso se dejaba ver más que nunca en esas disputas. El enfrentamiento con Apolodoro de Damasco, el arquitecto de Trajano, a cuenta del diseño del Panteón le acarreó la desgracia al esforzado constructor. Favorino de Arlés, un orador de la época, más inteligente que Apolodoro, tuvo también una trifulca intelectual con Adriano, pero acabó cediendo. Cuando sus oponentes le reprochaban su falta de integridad la haberse retirado del debate, él siempre se defendía arguyendo la treintena de legiones de su rival intelectual.

Adriano sentía fascinación por la cultura griega que por entonces florecía. A ella consagró la mayor parte de sus esfuerzos; tantos que sus críticos se refería a él como Graeculus, “el grieguecillo”. El Emperador compartía plenamente el espíritu de los griegos de la época y los animó a profundizar en su labor. Éstos estaban empeñados en formar una nueva identidad griega que les permitiera convertirse en copartícipes del Imperio y no ser sólo los súbditos de Roma. El instrumento para ello fue el pasado glorioso de Atenas. Adriano apoyó su renacimiento y trató de convertir Atenas en una suerte de segunda capital del Imperio. Allí fundó el Panhelenion, una federación de ciudades griegas que debía permitir un contacto privilegiado con el emperador a través del culto imperial.

La refundación del poder imperial

Hubo otros emperadores con inquietudes intelectuales, pero en Adriano la cultura no fue sólo un adorno personal, sino un proyecto de gobierno. Estaba empeñado en encontrar el cemento que uniera ese imperio tan diverso que había conocido en sus viajes. La cultura grecolatina debía cumplir esa función. Esta cultura tenía su sede natural en las ciudades que con tanto ahínco impulsaba.

Ésa fue una de las razones que le llevaron a levantar sobre las ruinas de Jerusalén una ciudad nueva, una ciudad grecorromana: Elia Capitolina. Su plan era que el triunfo de la nueva forma de vida en Judea erradicara los disturbios que habían poblado aquella tierra desde principios del Imperio. No contó con la pertinaz resistencia judía que, sublevada de nuevo, obligó al emperador a conducir una guerra dura y cruel. El resultado de la victoria romana fue la definitiva construcción de Elia, la única ciudad del Imperio sin judíos, quienes tenían prohibido su entrada en ella.

Los más de veinte años de gobierno de Adriano supusieron una profunda transformación de la propia figura del emperador. Augusto había ocultado su poder monárquico tras un ligero velo de pervivencias republicanas; con Adriano ese velo cayó. Para esa transformación se proclamó heredero espiritual y político del fundador del Imperio. Abandonó la mayoría de sus nombres oficiales, que quedaron reducidos a sólo dos: Adriano Augusto.

Reorganizó la legislación completándola y sistematizándola, reformó la administración pública haciéndola más eficaz, se preocupó por las finanzas del Estado, transformó el ejército para adaptarlo a un Imperio que renunciaba a la expansión y dotó al Imperio de sucesor. Todas estas reformas allanaban el camino hacia el absolutismo. Quizá por eso la historiografía antigua, vocera de la oligarquía romana, lo odió.

“Fue al mismo tiempo de ánimo severo y alegre, afable y riguroso, desenfrenado e irresoluto, avaro y liberal, pronto a fingir y disimular, cruel y violento, y siempre, en todo, inconstante”. Con estas palabras se le describe en su biografía de la Historia Augusta. Más allá de las motivaciones políticas, es evidente que sus contemporáneos no supieron apreciar la riqueza de matices de la personalidad del emperador. Su complejidad lo convirtió en un incomprendido. Dominaba el arte de la guerra, de la política, las letras, las artes, las ciencias; en palabras de Tertuliano, fue un “explorador de todas las curiosidades”. Tenía algo de personaje de otro tiempo, quizá de hombre del Renacimiento; de un Renacimiento que contrajo con él y con su obra una deuda de gratitud inmensa.

Fue sucedido por Antonino Pío, uno de sus hombres de confianza a quién adoptó, después de la repentina e inesperada muerte del sucesor que tenía previsto, Aelio Vero.

Su vida privada

Casado con Vibia Sabina, el matrimonio no parece que fuera feliz, ni por parte de ella ni por parte del emperador. Además del por el carácter fuerte de ella, y por el carácter también fuerte y parece que bastante caprichoso en ocasiones de él, Adriano tuvo muchos amantes de ambos sexos -como era normal en aquella época y en estos ambientes-, siendo recordado especialmente el profundo amor que sintió por el joven Antínoo, cuya muerte le sumió en una gran depresión.


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