Aníbal

Desde el sigo III a.C. Roma y Cartago se disputaron el control del Mediterráneo occidental. La Primera Guerra Púnica, choque inicial entre ambas potencias, se prolongó durante 24 años y tuvo como motivo de discordia el dominio de Sicilia. En ella tomó parte el cartaginés Amílcar Barca, padre de Aníbal. La potencia norteafricana perdió, pero la suerte de la confrontación no estaba echada todavía. Amílcar impulsó entonces la conquista de la península ibérica, una rica fuente de recursos, y junto a él y el yerno de éste, Asdrúbal (no es el hermano de Aníbal), aprendió un joven Aníbal todo cuanto necesitaba saber sobre estrategia militar.

Contrajo matrimonio con la princesa ibera Himilce para sellar la alianza política con el poblado de Cástulo (cerca de Linares). La pareja tuvo un hijo, Aspar. Himilce permaneció en la Península mientras el cartaginés se dirigió a Roma. Himilce falleció poco después de la partida de Aníbal, al parecer a causa de alguna enfermedad.

Un conflicto de alianzas en Sagunto le dio el pretexto para iniciar la Segunda Guerra Púnica, que pronto trasladó a la mismísima península itálica después de cruzar los Alpes con 50.000 hombres, 9.000 caballos y 37 elefantes en la primavera de 218 a.C. Puso en jaque a una sorprendida Roma, pero tal vez no se creyó en condiciones de sitiarla y siguió hacia el sur para recabar el apoyo de otros pueblos itálicos, lo que dio a la ciudad del Tíber tiempo para reorganizarse. En cuestión de dos años, mientras Aníbal proseguía sus maniobras de desgaste en el sur de Italia, incapaz de tomar ninguna ciudad, Roma sitiaba Siracusa. La ciudad siciliana, aliada de Cartago, resistió durante largo tiempo pero, al final, fue tomada por los romanos. Después de prolongados combates, en 210 a.C. la isla ya era toda romana. También se luchaba en Hispania, aunque no con tan buenos resultados para Roma. Allí, Asdrúbal, hermano de Aníbal, con el apoyo del ibero Indíbil, aniquiló al enemigo. Cneo y Publio Escipión, los hermanos que actuaban como generales en jefe de las tropas romanas, perdieron la vida en combate.

El desastre parecía cernirse sobre Roma cuando por clamor popular fue elegido cónsul el hijo de Publio, que sólo contaba 24 años y que llevaba el nombre de su padre: Publio Cornelio Escipión, más tarde conocido como Escipión el Africano.

Curtido en las batallas de Trebia y Cannas, donde se salvó a duras penas, había jurado morir en la defensa de Roma. Desembarcó en Ampurias con tropas de refresco y se acuarteló en Tarraco. Se dio cuenta de que la guerra tenía que ganarse en Hispania, desde donde Asdrúbal Barca, hermano de Aníbal, enviaba a éste los refuerzos. Advertido de que Asdrúbal dispersaba sus fuerzas para llevarlas a Italia a reforzar a su hermano, se lanzó a un osado golpe: conquistar Cartago Nova (Cartagena) por mar. Una posterior política de sobornos y pactos con los iberos le permitió ganarlos para su causa: expulsar a Cartago del resto de la península.

Mientras tanto, Asdrúbal había llegado a Italia por el mismo camino alpino que Aníbal había seguido años atrás. Lo hizo con 30.000 hombres, entre hispanos y galos. Su idea era reunir sus fuerzas en el centro, cerca de Roma, y emprender la ofensiva final contra la capital, pero algo cambió el curso de los acontecimientos. Un mensajero fue interceptado por los romanos que, enterados del plan, maniobraron para impedir la unión de ambos ejércitos. Mientras vigilaban a Aníbal centraron sus esfuerzos en batir a Asdrúbal, con quien se enfrentaron en Metauro. El cartaginés, junto con 10.000 soldados más, perdió la vida en la batalla, sin que los elefantes que en esta ocasión pudo llevar consigo le sirviesen de nada.

La guerra llega a África

Cuando Aníbal se enteró del desastre se refugió aún más en el sur de Italia, cada vez más solo y acorralado. Al perder Hispania apenas le llegaban refuerzos y plata. No podía efectuar ninguna campaña en esas condiciones. Mientras tanto, el joven Escipión había logrado atraerse al rey númida Masinisa, uno de los más importantes aliados de Cartago hasta entonces y decidió que ya era hora de llevar la guerra a África, a las puertas de su enemigo. Roma había aprendido de sus errores, había copiado la estructura más flexible del ejército púnico y, aprovechando su potencial demográfico, había logrado equipar a 25 legiones para la guerra, a las que se sumaban sus aliados. En total, unos 250.000 hombres, cifra absolutamente inalcanzable para sus enemigos.

Escipión desembarcó cerca de Útica con 25.000 soldados, a los que había estado entrenando metódicamente en Sicilia durante un año, y puso sitio a la ciudad. Estaba siendo observado por dos ejércitos cartagineses, pero logró sorprender a los campamentos enemigos con un ataque nocturno y pudo proseguir el cerco. Los púnicos, a toda prisa, reunieron otro ejército de unos 30.000 hombres para conjurar la amenaza y presentaron batalla en los Campi Magni, al sur de la ciudad. Escipión dejó una parte de sus fuerzas prosiguiendo el cerco y se dirigió a la batalla con la otra parte. En esa batalla, los jinetes númidas de Masinisa resultaron decisivos. O sea, que Escipión venció utilizando lo que hasta entonces había sido la clave de Cartago: la caballería.

Previendo el asedio de la capital, ordenó a Aníbal el regreso inmediato. Resultó dramático: no pocos hombres se negaron a seguirle, por lo que tuvo que sofocar motines, y hubo que sacrificar a los caballos, pues no había sitio para ellos en los barcos. Había salido de Cartago con nueve años, con su padre, rumbo a Hispania, y ahora volvía a su patria con 45. Cuando llegó ubicó su campamento al sur de la ciudad y reforzó como pudo su ejército. Sólo consiguió sumar unos pocos centenares de jinetes númidas, tropas dispersas de otros contingentes y ciudadanos reclutados a toda prisa, más ochenta elefantes. Con estas fuerzas se dirigió a la llanura de Zama y allí se preparó para la batalla. Cuenta la leyenda que Aníbal y Escipión parlamentaron en solitario en lo alto de una colina, un día antes de la batalla, en términos de mutua admiración, y que el púnico propuso la paz, pero el romano, consciente de su superioridad, se negó.

El choque en Zama

El ejército romano contaba con unos 36.000 hombres, todos muy curtidos y muy bien adiestrados. Entre ellos destacaba la poderosa caballería númida, de unos 6.000 jinetes, la misma que hasta hacía poco había servido en las filas de Cartago. Los cartaginenses, por su parte, contaban con unos 40.000 soldados, pero de ellos sólo unos 2.000 eran de caballería y las únicas unidades capaces de enfrentarse a los romanos eran los veteranos de Italia, unos 20.000 hombres como mucho.

Aníbal dispuso a los ochenta elefantes en la primera fila. Detrás puso a sus mercenarios, a las fuerzas ciudadanas y, por último, detrás de todo, a sus veteranos, sus mejores tropas. Su objetivo era desorganizar a los romanos con sus elefantes, desgastarles con su infantería ligera y reservar para el final a sus hombres más curtidos, los que habían de dar el golpe definitivo. Su débil caballería la situó a los flancos para contener, en lo posible, a la superior de sus enemigos.

Escipión, por su parte, dispuso que sus fuerzas se espaciasen para dejar pasillos por los que pasaran los elefantes sin causar daños, mientras sus fogueadas legiones frenaban el ímpetu cartaginés. Como su enemigo, puso a las tropas menos eficientes en vanguardia y a las más veteranas en retaguardia.

La batalla se inició con la carga de los paquidermos, pero las trompetas romanas los enloquecieron y muchos se desbandaron hacia la izquierda, desordenando a su propia caballería. Masinisa lo aprovechó y lanzó a sus jinetes contra sus enemigos, que en su huida fueron perseguidos.

Mientras tanto, en el centro, los elefantes habían causado ciertos daños, y la infantería de Cartago entró en acción, convirtiéndose la batalla en un choque de infantes contra infantes. Los disciplinados legionarios resistieron la acometida de las dos primeras líneas púnicas, las más inexpertas, que acabaron por retroceder desordenadamente. A Aníbal sólo le quedaban sus veteranos de la tercera línea, que cerraron filas y arremetieron con sus lanzas y una disciplina absoluta. Estaban frescos y su acometida fue terrible, pero por parte romana también entraron los hombres más fogueados, los triarios, los más avezados veteranos en reserva. El choque de ambas formaciones fue terrible y el resultado era incierto, pero entonces llegó la caballería romana y númida, que ya había aniquilado a la cartaginesa, y comenzó a atacar por la espalda a la infantería púnica, con lo que se reprodujo la situación planteada en Cannas, pero con resultado inverso.

Cuenta la leyenda que ambos generales llegaron a cruzar sus espadas y que Aníbal hirió a Escipión, quien tuvo que retirarse. Si fue así, no alteró la suerte de la batalla. Totalmente rodeado, con casi 20.000 muertos en el campo, el cartaginés sólo pudo optar por la huida al galope, logrando refugiarse en Cartago.

Aníbal y el tratado de paz

Escipión también había quedado muy desgastado por la batalla. No tenía fuerzas para iniciar un sitio en toda regla, pero sí para imponer la paz en condiciones muy duras para los vencidos, que ya no disponían de un ejército con garantías. Los vencidos habían de entregar toda la flota salvo diez trirremes, los elefantes y las posesiones de ultramar, así como 260.000 kilos de plata a lo largo de cincuenta años y cien rehenes de forma inmediata, más trigo y dinero para mantener a las legiones vencedoras durante tres meses. También se prohibía a Cartago hacer la guerra fuera de África, y aun así, sólo podría emprenderla con el permiso de Roma. Todas las posesiones africanas conquistadas en la guerra eran adjudicadas a Masinisa, el nuevo aliado de Roma, con lo que Cartago quedaba reducida a la ciudad y los territorios que tenía antes de iniciarse la segunda guerra púnica. Los vencidos dejaban de ser una potencia.

Las condiciones eran draconianas, pero Aníbal aconsejó al senado y a la asamblea de ciudadanos que las aceptasen, pues la alternativa era la aniquilación. Reconocía el poder creciente de los vencedores y las debilidades de los vencidos. Pero Cartago estaba dividida entre el partido de la paz, constituido por la mayor parte de la oligarquía, y los sectores comerciantes y navieros, que veían en la expansión militar su prosperidad, encabezados por algún sector de la aristocracia. Aníbal no dudó en enfrentarse violentamente a estos últimos, que eran reticentes a someterse, lo que le indispuso para siempre con ellos. Al final, la asamblea de ciudadanos aceptó la paz y envió una delegación a Roma para ratificar la rendición.

El salto a la política

Hasta el año 200 a.C., Aníbal siguió ostentando la jefatura militar, pero después se retiró a su lujosa propiedad en la costa a descansar y supervisar sus plantaciones. Sin embargo, la vida plácida del campo no era para él. La corrupción de la aristocracia reinante en Cartago, con malversaciones de fondos incluidas, llevó a la indignación de los sectores más humildes, que se veían sometidos a una enorme presión fiscal con la excusa de las indemnizaciones que tenían que pagar a Roma. Ellos fueron los que llamaron a Aníbal como su representante, lo que él aceptó, pues no dejaba de responsabilizar a la tradicional aristocracia dirigente del resultado desastroso de la guerra.

En su opinión, los dirigentes de Cartago, aparte de corruptos y ambiciosos en lo personal, habían sido ciegos en la dirección de la guerra. Tras unos inicios muy prometedores que llegaron a acorralar a Roma en la misma Italia, Aníbal se vio casi abandonado por su metrópoli, desde la que no le llegaba casi ninguna ayuda. Todos los refuerzos se los tenían que enviar sus parientes desde Hispania, hasta que la pérdida de ésta cortó su vía de suministro. Cartago había pretendido que Aníbal, por sí solo, con una amalgama de diferentes  pueblos bajo su mando que hablaban diferentes lenguas, venciese a la poderosa Roma, mucho más fuerte financiera y demográficamente, a pesar de los reiterados ruegos que éste hizo en busca de apoyo.

Por otra parte, los dirigentes púnicos tampoco supieron aprovechar los momentos en que su enemiga estaba casi derrotada, como tras Cannas, por ejemplo, para firmar una paz ventajosa que hubiese facilitado, tal vez, el dominio permanente de Hispania o hasta de Sicilia. Pensaron que había que destruir a Roma, y esta ceguera, que Aníbal no compartía, permitió el contraataque romano. Para colmo de errores, Cartago apoyó a un rival de Masinisa en la lucha por el trono de Numidia. Con ello cometió la enorme torpeza de dejar que éste, su más importante aliado y poseedor de una magnífica caballería, se pasase al bando romano.

Lo cierto es que Aníbal, en el campo militar, apenas podría haber hecho nada más de lo que hizo. Había sido un excelente general, capaz de sacar partido de los mercenarios como nadie y de utilizar la caballería como nunca hasta entonces. En lo único que se equivocó fue en pensar que la mayoría de las ciudades italianas se levantarían contra Roma. Según algunos, también erró al no atreverse a avanzar sobre Roma tras Cannas, pero todo ello se podría haber solventado si hubiese recibido la ayuda solicitada a la metrópoli.

El motivo de este abandono hay que buscarlo en dos factores. El primero, en la eterna desconfianza que sentían los altos jerarcas de Cartago hacia sus grandes generales, puesto que temían que los desbancasen del poder. En segundo lugar, Aníbal pertenecía a la poderosa familia de los Bárquidas, fundada por su padre, tradicionalmente militar, enemistada desde hacía mucho tiempo con la clase dirigente y con muchos partidarios en la metrópoli. Por tanto, a Aníbal no le faltaban motivos, tanto personales como políticos, para tratar de ajustar cuentas con los que creía, en buena parte, los responsables de la derrota en la segunda guerra púnica y en Zama en particular.

En 196 a.C. fue elegido representante de la asamblea popular, un cargo semejante al del consulado romano llamado sufete, con el objetivo de sanear la hacienda, revisar el censo y diseñar la política fiscal. Pronto se vio que en la política era tan enérgico como en la guerra, y la oligarquía se sintió amenazada por sus medidas y por el liderazgo que había conseguido entre las masas. Sus dardos se dirigieron, sobre todo, contra el tribunal de los Ciento Cuatro Jueces, el núcleo más cerrado de la autocracia, cuyos cargos eran vitalicios y ejercían un poder despótico. Propuso una reforma según la cual los jueces tendrían que ser elegidos y desempeñar su cargo sólo por un año. Con ello se aumentaba considerablemente el control popular sobre esta institución. Su reforma fiscal, que incrementaba la carga sobre los más ricos, permitió seguir pagando la deuda a Roma y cubrir las necesidades del erario público. Los propios escritores romanos, sus enconados enemigos, alabaron la eficacia de estas medidas.

Obviamente, la vieja aristocracia púnica reaccionó con indignación. Sus privilegios se veían seriamente amenazados y no dudaron en acusarle de pretender el poder absoluto y de algo totalmente descabellado pero mucho más peligroso: maquinar para romper el tratado de paz y volver a guerrear contra Roma. Esta denuncia era lo único que podía frustrar los planes de Aníbal, dado el gran apoyo popular del que gozaba. No sabemos si el senado romano se lo creyó o fingió creerlo para satisfacer su venganza, pero lo cierto es que envió a tres delegados a Cartago con el pretexto de ajustar las fronteras del reino de Masinisa. El verdadero objetivo era acusar a Aníbal de traición y, con la complicidad de la oligarquía, llevárselo preso a Italia.

El largo exilio

Advertido de la conspiración huyó al anochecer de la ciudad. Durante el día se había dejado ver paseando por la ciudad con actitud confiada, para evitar cualquier vigilancia sobre él que impidiese su plan. Cabalgó toda la noche relevando en varias ocasiones sus monturas y logró alcanzar la costa del sur al despuntar el alba. Allí le esperaba una nave con los aparejos dispuestos en la que se embarcó rápidamente. Ese mismo día arribó a la isla de Cercina. En su puerto se encontró con muchas naves que le preguntaron por su destino, y él respondió que iba a Tiro, la antigua metrópoli fenicia, en embajada. Pero temía que algún barco zarpase y diese cuenta de su huida, por lo que ideó una treta: con la excusa de un sacrificio religioso, organizó un banquete en la playa al que invitó a todos los capitanes. Para protegerse del sol, les pidió que colocasen los velámenes a modo de toldos, y en la copiosa comida, que duró toda la tarde, corrió el vino como nunca. Al anochecer, cuando ya todos habían caído en el sopor, se hizo a la mar sigilosamente. Era evidente que sus invitados tardarían horas en volver a colocar las jarcias y velas y en estar en condiciones de navegar.

De Tiro se dirigió a Antioquía, la capital del reino seléucida, y luego a Éfeso, donde fue recibido por el rey Antíoco III, el único monarca del Mediterráneo que era aún independiente de Roma, con la que no estaba obligado por ningún tratado. Desde allí sondeó la posibilidad de volver a su patria, pero las cosas seguían igual de mal. En aquella corte permaneció seis años como consejero y amigo del rey.

Hay una historia que afirma que en el verano de 193 a.C. se produjo en Éfeso una entrevista entre Escipión, miembro de una delegación diplomática romana, y Aníbal. Se dice que el encuentro fue cordial y que la conversación pronto se adentró en temas militares. Al parecer, el remona le preguntó quién había sido en su opinión el mejor general de la historia, a lo que Aníbal contestó que Alejandro, y Escipión asintió. Después le preguntó quién ocupaba el segundo lugar, posiblemente con la intención de que le situase a él, pero el cartaginés respondió que Pirro, rey del Épiro, por su osadía. Escipión insistió entonces demandando a quién le correspondía el tercer lugar, a lo que Aníbal contestó que él mismo, explicando todos sus éxitos militares y cómo estuvo a punto de vencer a Roma en la propia Italia. El romano inquirió, ya molesto, dónde se habría colocado de no haber sido vencido por él, y Aníbal dijo que en ese caso se habría colocado en primer lugar. Así mantuvo su autoalabanza, pero también elogió hábilmente a Escipión, pues le venía a decir que el romano había vencido a alguien que, en el fondo, era mejor que Alejandro.

Su plácida estancia en el reino seléucida se mantuvo hasta que Antíoco, con su política expansiva, también chocó con la de Roma. Se ha especulado mucho sobre el papel del exiliado en el estallido de la guerra entre ambas potencias, o en planes para la organización de un levantamiento general de hispanos, griegos y egipcios contra el poder de Roma. Pero parece que, consciente de las limitaciones objetivas, no tuvo papel en esos proyectos, si es que llegaron a existir. Al contrario, todo indica que Aníbal desaconsejó un enfrentamiento armado con Roma. Quizá por eso, cuando estalló la guerra, Antíoco no le confirió ningún mando militar de importancia. Como era de esperar, los romanos vencieron en la batalla de Magnesia. En el tratado de paz firmado en Apamea, las condiciones romanas establecían la entrega de todos los consejeros militares, incluido Aníbal.

Lo cierto es que Antíoco dejó escapar al cartaginés. A pesar de ello, se sabía de sobra que Roma había dictado una especie de busca y captura internacional, difícil de ignorar por cualquier reino helenístico si no quería desafiar el creciente poderío romano. Esta situación obligó a Aníbal a una constante huida para salvar la vida. En un primer momento recaló en Creta, por entonces cobijo de piratas y que aún se mantendría por un siglo independiente de la gran potencia. Pero, precisamente, la cueva de ladrones que era la isla despertó la codicia de sus moradores hacia su tesoro personal, por lo que no tuvo más remedio que buscar otro escondrijo.

Se dirigió a Armenia, pero poco después se trasladó a Bitinia, en la costa sur del mar Negro. Allí, su rey Prusias I le prestó apoyo y le puso al mando de su flota en la lucha contra el rey de Pérgamo. Durante tres años condujo de victoria en victoria a los barcos de su anfitrión, hasta que en 183 a.C. Roma volvió a intervenir. En esa ocasión exigió, como árbitro de la zona, el fin de las hostilidades entre ambos reinos, así como la entrega inmediata de Aníbal. Ya no podía escapar a ningún otro lugar, o quizá, cansado, no estaba dispuesto a huir más. Era evidente que su orgullo le impedía aceptar ser expuesto como trofeo en Roma, por lo que decidió suicidarse.

Cercado por soldados romanos, puso fin a su vida en el último país que le había dado refugio. Tomó el veneno que llevaba siempre consigo en un anillo, mientras pronunciaba una famosa frase: “Libremos a Roma de sus inquietudes, ya que no sabe esperar la muerte de un anciano”. Meses después moría su rival el Africano.

Cuenta la leyenda que, años antes, un oráculo pronosticó a Aníbal que moriría en Libisa, y él interpretó que se trataba de Libia. Lo que no sabía es que en Bitinia había un río llamado Libiso que cruzaba el valle de Libisa; el oráculo se había cumplido.


Para saber más:

  1. HNG6-60;
  2. HNG30-70;
  3. HNG59-66;
  4. HNG89-62;
  5. HNG109-64
  6. HNG131-58
  7. HyV456-60
  8. HyV468-50
  9. HyV505-31
  10. 2017/01: HyV586-53