Aproximación a la conquista romana

por | 09/05/2016

La historia de las naciones se ha construido levantando mitos y fabulaciones. Según una imagen idílica, los antiguos pobladores de la península ibérica vivían en plena armonía con la naturaleza y entre ellos apenas había disputas. La llegada de extranjeros comportaría el advenimiento de los vicios y la maldad corrompiendo al sano pueblo indígena. Es el mito del buen salvaje, puro y sin contaminación, tan al gusto primero de ilustrados y luego de patriotas románticos. El sueño de la Arcadia feliz que se truncó por la invasión romana. Pero, ¿qué hay de cierto en este caso?

Roma llega a Hispania

Las primeras fuentes escritas de cierta consistencia sobre la península ibérica son romanas, por lo que son también parciales, incompletas y, por supuesto, justificativas de su política. Roma llegó para conquistar y dominar. Obviamente, España no existía como entidad política. Era una tierra habitada por centenares de tribus independientes entre sí y sin ninguna conciencia de identidad colectiva. Principalmente de culturas íbera y celta, estas tribus se extendían por todo el territorio peninsular donde habían llegado a constituir las primeras sociedades mínimamente organizadas sobre el territorio. Con ellas habían contactado los fenicios, los griegos, los cartagineses y, por fin, los romanos. Parece que fueron los primeros -los fenicios- quienes dieron el nombre de Hispania a la península, pero las hipótesis sobre el origen del término son numerosas.

Fenicios y griegos se limitaron a instalar factorías y enclaves costeros para comerciar con los nativos. Más tarde, cartagineses y romanos advirtieron las riquezas que podía aportar Hispania. Primero puso pie en ella Cartago, a finales del siglo VI a. C., en el sur y en las Baleares, pero cuando Roma se fue expandiendo también trató de establecerse en el territorio. En 226 a. C. firmó con Cartago el Tratado del Ebro, según el cual ambas potencias establecían en el río la frontera de sus respectivos intereses. La toma de Sagunto, aliada de Roma aunque estuviera al sur del Ebro, a manos de Aníbal en el año 219 a.C., dio comienzo a la segunda guerra púnica y, con ello, a la aparición de Roma en la península.

En efecto, 218 a.C. es el año en que Roma llega a Hispania por vez primera, con el desembarco de Cneo Cornelio Escipión Calvo en la colonia griega de Ampurias, aunque con una finalidad puramente estratégica: cortar las líneas de abastecimiento cartaginesas que sostenían a Aníbal mientras hacía de las suyas por la península itálica (el hermano de Cneo, Publio Cornelio Escipión el Viejo, padre de el Africano, hacía lo propio en la también colonia griega de Massalia, la actual Marsella). Sus tropas invernarían el año siguiente en el asentamiento íbero de Tarakon, que acabaría convirtiéndose en la ciudad romana de Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco, o Tarraco a secas (actual Tarragona). Con los vaivenes propios de la guerra, los romanos ya no se irían del territorio peninsular: habían comenzado la invasión y, de hecho, fundaron en 206 a.C. la primera ciudad romana fuera de territorio italiano: Itálica.

La política de Roma en Hispania sería la de explotar los recursos económicos de los nuevos territorios en beneficio de la República. Y es que Roma básicamente sólo producía una cosa, legionarios, y sostenía toda su economía mediante la explotación de los territorios conquistados. E Hispania fue donde toda esa maquinaria se puso en marcha de verdad. Aceite de oliva, cereales, vino, caballos, manufacturas y esclavos sin olvidar, por supuesto, los yacimientos minerales, cuyas minas explotaron durante siglos a través de las societas publicanorum, concesiones de obras públicas para la explotación minera: plata en Carthago Nova, Mazarrón o la Bética, mercurio en Almadén, cobre y oro en Asturias…

El derecho de conquista daba pie a todo tipo de salvajadas sobre los vencidos, con tal de someterlos y arrebatarles los bienes. Sin embargo, Roma no quería simplemente saquear. Pretendía hacer permanente su presencia en la península, asegurándose una regular extracción de bienes y servicios basados en la colaboración más o menos forzada de la población indígena. Por ello, no aplicó contra ésta una violencia indiscriminada, sino únicamente la que consideró necesaria para dar escarmiento y obtener una sumisión basada en el miedo.

Los principales testimonios de la conquista los proporcionan los historiadores romanos que marchaban junto a las legiones invasoras, como Tito Livio, Floro u Osorio. También los griegos que, aunque menos partidistas, estaban al servicio de Roma, como Polibio, Apiano y Diodoro. Todos ellos describían las costumbres de los indígenas de Hispania y, de paso, narraban las vicisitudes de la conquista. Para dar mérito a los mandos romanos que comandaban las legiones (y que les pagaban por sus crónicas), relataron algunos casos en lo que la resistencia nativa fue especialmente fuerte. No sorprende que incurriesen en más de una exageración sobre la dureza del enemigo para dejar bien a sus mecenas.

Resistencia y colaboración

Han llegado hasta nosotros los nombres de algunos líderes que hicieron frente a Roma, pero nada se habla de los cientos de jefes y tribus que asumieron su superioridad, preservando con ello sus vidas y parte de sus bienes, o que incluso se aliaron con ella, como mercenarios, contra otras tribus nativas que se resistían. De esos pueblos aliados, que lucharon a brazo partido contra otros más insumisos de la península, hay multitud de menciones en las fuentes romanas. La estrategia de Roma se basaba, precisamente, en romper cualquier unidad indígena mediante pactos y sobornos. Ello le procuraba unos socios militares que, de hecho, componían la mayor parte de sus fuerzas de conquista y ocupación. Roma les pagaba en dinero, tierras o privilegios como el de disfrutar de las posesiones y el poder sobre las tribus sometidas.

Los colaboracionistas no se sentían traidores a nada. Su fidelidad se reducía a su clan o a su familia, ni siquiera a su tribu, y menos a un conglomerado de pueblos con los que, pese a compartir rasgos culturales, no había vínculos. Al contrario, se enfrentaban continuamente entre sí por el acceso a alimentos o materias primas. Los romanos explotaron este marco de relaciones conflictivas para implantarse. Numerosos nativos comprobaron que la sumisión a la potencia extranjera les proporcionaba mayor seguridad que la anterior independencia convulsa. Ése fue el éxito de Roma en la península.

Líderes íberos que se han esgrimido como mártires de la libertad en su lucha contra Roma o Cartago, como Edecón, Indíbil o Mandonio, no dejaron de ser jefes tribales que ora se aliaban con unos ora con otros, tratando de salvaguardar sus intereses y los de su clan, lo que incluía venderse al mejor postor y cambiar de bando. Edecón, jefe de los íberos edetanos (ubicados aproximadamente en la actual provincia de Valencia), se alió con Roma en 209 a.C. a cambio de que su mujer e hijos fueran liberados del cautiverio. Indíbil y Mandonio, por su parte, eran líderes de los íberos ilergetes (situados en torno a la actual Lleida) y ausetanos (cerca de Vic), respectivamente. Tras intentar pactar con los cartagineses y romanos para conservar el poder, no calcularon bien sus fuerzas y acabaron derrotados y muertos en 205 a.C. a manos de Roma que les acusó de traición.

Sin embargo, si alguien personifica en el imaginario la resistencia a los invasores romanos se trata de Viriato. Este lusitano, genuino portugués para nuestros vecinos y rancio extremeño para nuestros viejos historiadores, lideró a mediados del siglo II a.C. la rebelión en el sudoeste de la península y en la meseta. La tradición romántica afirma que era un humilde pastor sin más preocupaciones que sus ovejas o cabras. Lo que se dice menos es que los lusitanos no se distinguían por su mansedumbre. Sus tierras no eran muy fértiles y, cuando faltaban recursos, recurrían al robo de los bienes de los pueblos cercanos. La masiva incorporación de sus huestes como mercenarios cartagineses en la segunda guerra púnica alivió la situación, pero al acabar el conflicto reanudaron sus saqueos contra la Bética. Era una zona ocupada y colonizada por Roma, por lo que robaron tanto a romanos como a los indígenas que se dedicaban a la agricultura.

Viriato fue uno de los pocos que lograron escapar de la salvaje matanza perpetrada a traición por el pretor Galba. Hacia 150 a.C. fue elegido nuevo jefe de los lusitanos y emprendió la guerra contra los ocupantes que habían masacrado a su pueblo. Tendría en ese momento unos treinta años, y sus dominios debieron de extenderse, aunque de un modo variable e irregular, por la parte occidental del sur de la península y de la meseta. Los romanos hablaron de él como un pastor antes de empuñar las armas, pero aquellos hombres eran una mezcla de todo, y se desempeñaban según requerían las circunstancias: como pastores, agricultores, bandoleros, soldados, …

Lo cierto es que, de 147 a 139 a.C., Viriato encabezó el enfrentamiento contra los romanos, las guerras lusitanas, y, dado su conocimiento del terreno y su habilidad para la lucha guerrillera, puso en graves aprietos a sus enemigos. Pero junto a los romanos combatían muchas otras tribus celtíberas en calidad de aliados o mercenarios, por lo que las guerras lusitanas tuvieron también un alto grado de contienda civil. La situación le fue favorable hasta que Cartago acabó definitivamente derrotada en 146 a.C., ya que a partir de entonces, Roma concentró sus energías en el conflicto en Hispania, además de haber tomado nota de sus tácticas. Contra él enviaban guerreros de tribus nativas aliadas, conocedoras del terreno, y reservaban sus legiones para los choques en campo abierto, que era lo que pretendían forzar.

La situación bélica siguió prolongándose una serie de años. Sin embargo, debido posiblemente al cansancio, eran cada vez más los lusitanos que se pasaban al bando de Roma o aceptaban la sumisión a cambio de mantener vidas y bienes. En este ambiente de desafecto generalizado, tres enviados de Viriato se dejaron convencer para matar a su jefe a cambio de una importante cantidad de dinero. Era el año 139 a.C. y con ello acabó la guerra.

Corocotta fue otro rebelde célebre, algo posterior. Su caso es uno de los más confusos y deformados. Se le ha presentado como un gran jefe cántabro que lideraba las últimas resistencias a la ocupación en la época de Augusto, y, ante su contumaz rebeldía, el emperador habría ofrecido 250.000 sextercios a quien le llevase su cabeza. Al parecer, el guerrero se presentó ante los romanos y reclamó la recompensa que se ofrecía por él. A cambio, cesó en toda guerra contra Roma y pasó a ser un súbdito leal del naciente imperio.

Pese a esta rendición, las ansias posteriores de contar con un pasado glorioso recuperaron a este personaje y lo ubicaron en el imaginario colectivo como héroe de la independencia. Sin embargo, diversos estudios apuntan a que probablemente Corocotta era un vulgar, aunque importante, bandido. Tal vez ni siquiera era originario de Cantabria, sino del norte de África, y al parecer perpetró sus fechorías en varios puntos de la península.

Roma también aprende

Los nativos no podían contrarrestar el mayor desarrollo político, tecnológico y militar de Roma. Pero, aunque a lo largo de la conquista cayeron cientos de miles de indígenas, el astuto ocupante siempre recurrió a pactos y sobornos en el caso de los recalcitrantes. La persuasión era mucho más interesante que la coacción, pues suponía un vital ahorro de hombres, tiempo y esfuerzo, a la vez que permitía mantener una abundante mano de obra nativa que, entre otras
cosas, aseguraba el pago de tributos.

La mayoría de los indígenas aceptaron la sumisión a Roma como un mal menor. Se estableció en los territorios la ley y el orden romanos, así como una economía basada en la agricultura y el comercio. Este nuevo sistema social y económico, aunque imperfecto, tuvo la virtud de reducir en gran parte los asaltos y rencillas previas entre tribus, responsables de innumerables víctimas. Ello explica que, hasta el fin del Imperio, no surgiera ninguna revuelta independentista en la península.

Por su parte, Roma, més allá de los beneficios, extrajo de Hispania valiosas lecciones. En el terreno bélico, se percató del perjuicio que suponia la guerra de guerrillas en terrenos escabrosos y desconocidos, y en adelante trató siempre de contar con aliados indígenas en sus
avances. También apreció las cualidades combativas de la infantería hispana —como ya había hecho Cartago—, e integró a partir de entonces contingentes de mercenarios hispanos en sus campañas. Eran muy útiles como fuerzas auxiliares los honderos, pero, sobre todo, llegado el
combate cuerpo a cuerpo, se habían demostrado temibles con la falcata ibérica.

Sin embargo, donde mas reformas se fomentaron fue en la organización y preparación de las legiones. Se entrenó más intensamente y con mayor disciplina a los legionarios para hacerles capaces de combatir en todos los terrenos y con enemigos más duros. Las guerras hispánicas pondrían de relieve la necesidad de contar con unas fuerzas más numerosas y motivadas. Las reformas que se implantaron, sobre todo a raíz del cerco de Numancia, no serían más que la antesala de las que el cónsul Mario impulsaría a finales del siglo II a. C. La profesionalización del ejército favorecida por Mario permitiría al Imperio lanzarse a una política exterior todavía más expansionista.


Para saber más:

  • HNG23-76
  • HNG70-52

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