“Con sus construcciones modernas, los romanos no hacen más que estropear el paisaje”, comenta Astérix mientras, camino de Lutecia, pasa con Obélix frente a un elevado viaducto en plena edificación. Aquello, sin duda, era cierto para el año 50 a.C., pero más de dos milenios después, las “moderneces” de entonces forman ya parte imprescindible de nuestra cultura. Todo ello gracias a los buenos oficios de quienes las levantaron: los ingenieros romanos.

Ingeniero romanoLo más curioso es que, a pesar de la extraordinaria calidad de su trabajo, estos no fueron unos grandes innovadores. Son contados los avances técnicos que les debemos: la aleación de latón, la amalgama de mercurio para extraer oro, el hormigón, las norias hidráulicas y poco más. En realidad, en lo que se mostraron maestros fue en aprovechar y mejorar los ingenios desarrollados por otros. Siempre pragmáticos, ya se tratara de los qanats orientales para horadar túneles, las bombas griegas de extracción de agua o la fundición de hierro o acero, conocidad desde hacía cientos de años, los romanos fueron capaces de tomar los mecanismos y métodos creados en distintas regiones y no solo adaptarlos a sus necesidades, sino perfeccionarlos y aumentar así sus propios conocimientos.

Gracias a ello, el Imperio romano dispuso de la mejor capacidad técnica del mundo antiguo, que  precisamente utilizó para controlarlo y explotarlo a su antojo durante más de quinientos años. Medio milenio durante el cual sus ingenieros llenaron la cuenca mediterránea con aquellas obras que tanto disgustaban al personaje de Goscinny y Uderzo.

Tipos de ingenieros

Atendiendo al vocabulario latino, por el Imperio pulularon muchos tipos de ingenieros. En primer lugar, nos encontramos con el topógrafo, que se dedicaba a calcular las superficies para dividirlas en parcelas o para marcar el recorrido de las calles de una ciudad, y que aparece mencionado en los textos como agrimensor, o gramaticus.

Luego estaría el mensor, que como parte de una legión, proporcionaba información práctica sobre el terreno al comandante y disponía las trazas de los campamentos. Comparte nombre con otro mensor, el también llamado librator, cuya función era estudiar el suelo para ver si era posible, y dónde, erigir acueductos, puentes, vías, etc.

Quien se encargaba de convertir estas obras en realidad era el architectus, diseñador y constructor de todos esos elementos, incluidos edificios como basílicas, baños o villas.

Finalmente, los textos nos hablan de un tipo muy concreto de ingenieros, los machinatores, que eran quienes pensaban y fabricaban las máquinas con las que los romanos tanto levantaban sillares a grandes alturas como lanzaban proyectiles contra el enemigo durante el asalto a una fortaleza.

La división es un tanto artificial, porque resulta difícil de imaginar que el ingeniero al frente de un acueducto no fuera personalmente a recorrer el terreno y ver los problemas a los que tendría que enfrentarse fiándose para ello exclusivamente de los informes presentados por un topógrafo. Por otra parte, las fuentes son claras: durante la Antigüedad los ingenieros fueron muy polifacéticos, y a menudo se encargaban de construir todo aquello que fuera necesario, reuniendo en sí mismos las facetas de diseñadores y topógrafos.

Es indudable que la especialización existía, y que el ingeniero de una legión tenía mucha más práctica en levantar murallas o fabricar máquinas de asedio que en erigir un edificio. Pero, terminado su servicio activo, no tendría muchos problemas en aplicar sus conocimientos a un puente, si se lo encargaban.

El mejor ejemplo lo tenemos en uno de los pocos ingenieros romanos que conocemos por su nombre, Vitruvio. Durante su servicio militar realizó armas de asedio, pero al reintegrarse al mundo civil construyó, que sepamos, una basílica en Fanum Fortunae. Otro caso del carácter polivalente de los ingenieros romanos es la obra de Apolodoro de Damasco, responsable del Foro, el Odeón, el Gimnasio y la columna de Trajano en Roma, así como del puente de este emperador sobre el Danubio durante la campaña de Dacia.

Hay algún ejemplo más, pero son excepciones, porque si bien se conocen las estelas de las tumbas de algunos ingenieros, por lo general su trabajo es anónimo. En un mundo donde el nombre lo era todo, quien pagaba una obra la bautizaba con el suyo, a no ser que la labor del profesional fuera de tal relevancia que mereciera reconocimiento por ello. Es el caso de un topógrafo militar llamado Nonio Dato, a quien los administradores de la ciudad de Saldae (Bujía, en Argelia) llamaron desesperados en 150 d.C. El propio Dato explica en qué consistió su misión en un texto hallado en el campamento legionario de Lambaesis (también en Argelia): “Fui a Saldae y me encontré con Clemente, el procurador, quien me llevó a la colina donde se quejaban de la pobre calidad del trabajo en el túnel (que llevaría el agua a la ciudad). Parece que estaban pensando en abandonarlo, porque la longitud excavada era mayor que el ancho de la colina. Resultaba evidente que el rumbo había divergido de la línea recta …”. Dato se encargó de solucionar el desvío y la obra pudo terminarse.

Cómo hacerse ingeniero

Excepto por el puro placer intelectual de ejercerla como diseñadores, los patricios romanos quedaban excluidos de la profesión. La función de su clase era mantener el patrimonio entrando en política y arreglando matrimonios entre familias de su mismo rango. Esto limitaba a los plebeyos, ciudadanos o libertos -e, incluso, a esclavos- la práctica de un oficio que parece haber gozado de un cierto prestigio, y cuyos miembros tenían generalmente recursos como para dotarse de una lápida funeraria de cierta calidad. Un detalle que nos habla de un ejercicio profesional relativamente bien pagado.

Vitruvio, hablando siempre desde un punto de vista teórico, ya que por entonces no existían las universidades, consideraba que el arquitecto no solo debía saber dibujar, sino también, geometría, óptica y aritmética, sin olvidarse de conocimientos generales de historia, filosofía, música, medicina, derecho, astronomía y cosmología. ¡Todo un currículo! Obviamente, si esto llegó a suceder sería en contados casos. En realidad, tras aprender a leer y matemáticas básicas en la escuela infantil y quizá algo de oratoria, gramática, historia, etc. en la escuela de lo gramático, si uno deseaba hacerse ingeniero no le quedaba más remedio que sumergirse en el mundo teórico que sobre su profesión podía encontrar en las bibliotecas. No conocemos casi ninguna de estas obras, pero además del clásico tratado de Vitruvio (siglo I a.C.), sabemos que existía el voluminoso Corpus agrimensorum, que se encargaba de enseñar a sus lectores cómo medir terrenos y dividirlos.

Pero con esto no bastaba. El único método eficaz para convertirse en ingeniero era buscar un maestro a quien seguir los pasos como ayudante, viéndole trabajar y aprender de él. Como es natural, si, recién ingresado en el ejército, un legionario era destinado al cuerpo de ingenieros, su camino ya estaba decidido, lo quisiera o no. Durante sus años de servicio sería uno de esos personajes cuya labor tanto se iba a dejar sentir en el desarrollo del imperio que Roma estaba conquistando. Unos conocimientos que  posiblemente convirtiera en su ocupación una vez abandonase el ejército.

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