Batalla de Teutoburgo

El historiador y escritor romano Suetonio cuenta que, para el emperador Augusto, el momento más amargo de su mandato fue la derrota de sus fuerzas en Germania, y que “frecuentemente se golpeaba la cabeza contra una puerta y gritaba. ¡Quintilio Varo, devuélveme mis legiones!”. Ese desastre aconteció en el bosque de Teutoburgo, en el norte de Germania. No le faltaban motivos para la desesperación, pues fue una verdadera hecatombe. Solo unos pocos cientos de hombres lograron salvarse alcanzando el Rin, tras sufrir no pocas penalidades. Aparte de los miles de soldados masacrados, sin duda más del 90%, las águilas imperiales, aquellas sagradas insignias que portaban las legiones y que eran símbolo de su honor, cayeron en manos enemigas. ¿Culpa de Varo o acierto de los germanos? Probablemente una combinación de ambas cosas.

Causas del choque

Desde poco después de llegar al poder, el emperador Augusto soñaba con extender la autoridad de Roma sobre buena parte de Germania. En concreto, pensaba desplazar la frontera desde el Rin hasta el Elba, mientras rebasaba también el límite del Danubio hacia el norte. De esta manera, no solo ganaría territorios, súbditos y riquezas, sino que acortaría la longitud de la frontera a defender, pues supondría anular el gran entrante que, hasta ese momento, formaban las marcadas por el Rin y el Danubio.

Este plan supuso iniciar aquellas campañas en las que Roma era una maestra y que le habían reportado claros éxitos en Hispania, Galia y otras zonas. El objetivo era someter el nuevo territorio, y el método, inteligente y sutil, consistía en combinar dura represión con negociaciones, sobornos y persuasión. Así lograba aliarse con unas tribus, a cambio de prebendas o recompensas, para luchar contra las más levantiscas. Una vez sometidas y castigadas éstas, sus aliados quedaban aún más sujetos a la autoridad de Roma.

En 16 a.C., un primer intento de conquista se vio frustrado y una coalición de pueblos germanos derrotaron a la V legión. Sin embargo, Roma reaccionó y, entre los años 12 y 7 a.C., las campañas de Druso y Tiberio permitieron subyugar a varios pueblos e instalar campamentos permanentes en el interior de Germania. Roma, alcanzado el Elba, comenzó a considerar la vasta región como territorio medio sometido. Estas incursiones las realizaba partiendo de una sólida red de fuertes establecidos en las riberas del Rin, sobre todo en los cursos alto y medio. Desde ellos, en primavera, las legiones penetraban en el país, recaudaban tributos, establecían y renovaban los pactos de alianza y procedían a castigar, si era preciso, a los rebeldes.

Entre los muchos aliados que los romanos reclutaron estaba el jefe del pueblo germano de los queruscos, que encabezaba un grupo de tropas auxiliares. Ya antes le habían nombrado ciudadano de Roma, y adoptó el nombre de Cayo Julio Arminio. Al igual que otros muchos hijos de significados jefes germanos, Arminio había sido educado en Roma en calidad de rehén. El objetivo añadido de aquellos secuestros era hacerles ver las bondades de la civilización romana y convertirlos en aliados convencidos.

En el año 7 d.C. Publio Quintilio Varo fue nombrado gobernador de Germania. Con anterioridad había servido en Siria y Palestina, donde había sofocado una revuelta de judíos tras la muerte de Herodes el Grande. Parece ser que el error de partida de Varo fue pensar que se podía tratar a los germanos como a los sirios, judíos y palestinos. Estos pueblos ya estaban, desde hacía siglos, integrados culturalmente gracias a la acción de los griegos, y políticamente sometidos desde unos setenta años atrás. Habían aceptado el dominio romano y, además, su economía, a través de las redes comerciales del Mediterráneo, se había desarrollado favorablemente a pesar de los tributos que debían pagar a Roma, cosa que ya aceptaban con cierta normalidad.

Sin embargo, la situación con los germanos era muy distinta. Más pobres, sin apenas comercio y con escaso contacto con el mundo clásico hasta entonces, estaban poco predispuestos a dejarse reducir política y económicamente. No veían qué ventajas podía reportarles rendir cuentas a aquella autoridad, por lo que se negaron a pagar lo que Varo les exigía y a aceptar su política de romanización forzada.

En la primavera del año 9, Varo decidió proseguir las campañas de sometimiento cruzando el Rin y adentrándose en el país. Lo hizo al mando de tres legiones, la XVII, la XVIII y la XIX, seis cohortes y tres unidades de caballería, con las que llegó al territorio de la tribu de los queruscos, sin realizar ningún hechos especialmente relevante; fue una más de las diversas campañas que se realizaban casi todos los años para hacer ver a los germanos el poderío romano. Al aproximarse el otoño, Varo decidió volver a cruzar el Rin, a la zona dominada por Roma, y regresar a los cuarteles de invierno. Pero en ese momento le llegó la noticia de una sublevación y, a pesar del largo camino que debía recorrer y lo complicado del terreno, decidió hacer un desvío y correr a sofocarla.

Varo marchaba con todas las tropas que regresaban para invernar, unos 20.000 hombres, y por tanto también con los bagajes y con la población civil que solía acompañar a los legionarios y dependía de ellos. Esto representaba un avance lento y difícil, pero Varo lo emprendió confiado en la profesionalidad de sus legiones, que desde la derrota sufrida 25 años atrás siempre se habían mostrado invencibles ante los bárbaros. Además, no esperaba encontrarse con ninguna oposición armada hasta el momento de llegar a la zona sublevada, y menos con una emboscada planeada por uno de los mejores aliados del Imperio. Tras su paso juvenil por Roma, Arminio había vuelto a su tribu a ejercer el mando, y hasta ese momento había apoyado la causa imperial a la cabeza de su grupo de tropas montadas auxiliares. Tan seguro estaba Varo de la fidelidad de este caudillo que no hizo caso de los avisos que otros líderes queruscos -parientes de Arminio, por cierto- le dieron sobre su jefe. Le acusaban de estar urdiendo una coalición de diversos pueblos para preparar una trampa traicionera. Varo despreció la información.

Encerrona inesperada

En orden de batalla, desplegadas y preparadas para el combate en terreno llano, las legiones eran prácticamente invencibles. En cambio, cuando se encontraban en plena marcha por caminos estrechos, en caravana, eran mucho más frágiles. Si se las sorprendía, podían dividirse sus unidades, que serían incapaces de maniobrar. Arminio sabía bien que era durante el trayecto cuando debía atacar. Aprovechando la sorpresa y un terreno favorable, podría compensar la inferioridad militar de sus guerreros. La victoria solo podía ser fruto de una emboscada. Era totalmente imposible que pudiera ganar en campo abierto.

Germania

Germania

La lenta marcha de las legiones se hacía, en principio, guardando todas las medidas de seguridad. Se situaba a exploradores en vanguardia y retaguardia para que alertaran de cualquier posible peligro. Lo mismo debía hacerse con los flancos, pues, como ocurriría en el caso de Teutoburgo, el riesgo podía venir de uno de ellos. Fue desde un espeso bosque que las legiones debían rodear y que descendía sobre una suave pendiente, por el lado izquierdo, hacia el camino que recorrían. Para evitar sorpresas, se enviaron hacia el interior de la arboleda varios exploradores. Dado el terreno escabroso y lo frondoso del bosque, los exploradores tendrían que ser suficientemente numerosos y, además, de absoluta fidelidad. Pero lo cierto es que casi todos ellos pertenecían a las fuerzas auxiliares germanas controladas por Arminio. Este fue el principio de la derrota de Varo.

Súbitamente, el grueso de las fuerzas auxiliares, que era donde se encuadraban los exploradores germanos, desertaron, dejando a las legiones de Varo casi perdidas en la mitad del camino y, lo que era peor, sin ojos ni oídos para advertir lo que se les venía encima. El momento elegido para la deserción fue clave: justo cuando las legiones se adentraban en unos senderos con el bosque de Teutoburgo a la izquierda y una zona pantanosa a la derecha en la que era muy difícil maniobrar. A partir de entonces, y durante dos días, los romanos se vieron sometidos a una cadena de ataques desde las profundidades del bosque. Se les lanzaban venablos y piedras, se encontraban con árboles cortados y arrojados en medio del camino… Incapacitados para organizarse defensivamente, su única opción fue seguir avanzando sometidos a aquel hostigamiento continuo, lo que les obligó a abandonar buena parte de los carros de suministros.

Los legionarios sufrieron los ataques sabiendo que era un suicidio adentrarse en el bosque para contraatacar. Fue un desgaste físico y psíquico en toda regla ocasionado por unos enemigos camuflados. Algunos autores añaden que una fuerte tormenta se abatió sobre los combatientes, lo que, de ser cierto, habría añadido más penalidades a los romanos. Sí se sabe que las dos primeras noches apenas pudieron montar sus acostumbrados bien defendidos campamentos, por lo que la vigilia forzada les debilitó aún más.

En el tercer día se produjo el choque definitivo. En el paso de Kalkriese, donde el camino se estrechaba entre el bosque y los pantanos, esperaban miles de germanos bien apostados tras un terraplén que habían levantado: era un callejón sin salida. Ante ellos desembocaron desparramados los legionarios que habían quedado vivos, incapaces de organizar la batalla. Mientras tanto, por la espalda se abalanzaron sobre ellos las fuerzas que durante los dos días previos les habían acosado desde el bosque. En esas circunstancias, los romanos, agotados y sin capacidad de maniobra, no eran enemigos para los germanos. En el cuerpo a cuerpo cayeron por miles. Los últimos supervivientes trataron de superar en vano la barrera que habían levantado los queruscos. Murieron casi todos. Varo prefirió el suicidio. Solo unos pocos centenares, dispersos y exhaustos, lograron alcanzar el Rin y ponerse a salvo. Los germanos no hicieron prisioneros: los vivos en su poder fueron salvajemente torturados y sacrificados a sus dioses.

Hoy en día las pruebas arqueológicas apoyan sustancialmente las crónicas latinas. Durante el camino que rodea el bosque de Teutoburgo se ha encontrado una sucesión de objetos (hebillas, cucharas, monedas, puntas de flecha y lanza, huesos de mulas y caballos …) que prueban la batalla que se dio a lo largo de aquellos dos días. Más adelante, en el escenario del último choque, aún se han hallado en mayor número, pero dispersos en forma de abanico. Esto indica que los soldados, en su alocada huida en todas direcciones, se fueron desprendiendo de los objetos que pudiesen retrasarla, hundiéndose muchos de ellos en el suelo fangoso. La mayor parte de los soldados caerían abatidos, cazados como animales, y solo unos pocos lograrían su objetivo. Entre ellos se encontraba el centurión Casio Querea con apenas un centenar de hombres, que luego pasó a la historia como el asesino de Calígula.

Consecuencias de la derrota

Cuando las noticias llegaron a Roma la conmoción se apoderó de Augusto y del Senado. Se puede hablar de estado de pánico, porque se creyó que los germanos -quizá aliados con los galos, que ahora tendrían la tentación de sublevarse- podrían avanzar sobre Roma. La capital estaba indefensa, pues las veinticinco legiones restantes estaban distribuidas a lo largo de la extensa frontera del Imperio, desde Britania hasta Siria, y les era imposible regresar en poco tiempo. Augusto llegó incluso a apartar de su guardia personal a los galos y germanos que formaban en ella, temeroso de algún atentado.

Por suerte para Roma, los germanos estaban profundamente desunidos más allá de esta alianza momentánea, y no tenían ni la capacidad ni la intención de invadir Roma. Una cosa era luchar para evitar verse sometidos, y otra organizar una expedición de conquista en toda regla. Por unas semanas Arminio pretendió consolidar la alianza que la había dado la victoria, y envió la cabeza de Varo al rey de otra tribu para animarle a la rebelión. Sin embargo, nadie se atrevió a ir más allá, y el querusco procedió a devolver los restos a Roma para que se pudiera enterrar a Varo conforme a los ritos funerarios acostumbrados.

En el año 10, para conjurar una posible amenaza y tranquilizar a la opinión pública, Tiberio fue a Germania a restaurar el orden poniéndose al frente de las dos legiones que quedaban en el sector. Cinco años después, el sobrino de Augusto, Germánico, al mando de una temible fuerza de ocho legiones, llegó hasta el escenario de la batalla. Esta vez el objetivo de la expedición no era romanizar, sino castigar a los enemigos de Roma. Quisieron dar un golpe de fuerza, impedir cualquier intención de los germanos de repetir aquella acción y disuadirles de toda tentación de cruzar el Rin. Tras realizar alguna operación de castigo, Germánico llegó hasta el bosque de Teutoburgo. Allí recogió y enterró los restos que aún permanecían insepultos y trato de recuperar las tres águilas, las máximas insignias de las legiones, que habían quedado en manos germanas. Tras enfrentarse a Arminio en la batalla del río Weser, consiguió una victoria táctica con la retirada del germano y recuperó una de las insignias. Al año siguiente, en 16, se haría con otra, y parece que la tercera se rescataría en el año 41, según diversos testimonios clásicos. Pero, para que no quedase una mancha en el honor de las unidades aniquiladas por el hecho de haber perdido sus trofeos, quedaron para siempre extintas las legiones XVII, XVIII y XIX.

El orden y la seguridad de la frontera quedaron establecidos en la línea del Rin, sin renunciar a periódicas incursiones de castigo contra suelo germano si se advertían movimientos hostiles. Sin embargo, la pérdida de tres legiones experimentadas y curtidas fue un duro golpe militar. Llevó a Augusto de abandonar su sueño de alcanzar el Elba y de romanizar, por tanto, lo que hoy es el grueso de Alemania.

Por su parte, de Arminio se sabe que antes de la rebelión había combatido en las filas romanas. Tras Teutoburgo se vio acosado por las expediciones de castigo de Roma, pero siempre eludió el combate en campo abierto. Fracasó a la hora de establecer lazos permanentes entre las tribus. Las rivalidades entre ellas persistieron, por lo que varias siguieron sirviendo a Roma. Su propio hermano siguió siendo tributario del Imperio, lo mismo que su suegro Segestes, que, enojado con la rebeldía de su yerno, habría entregado su hija a los romanos. Segestes, al parecer, acabó a traición con la vida de Arminio en el año 21, lo que sin duda le granjeó el favor de Roma.


Para saber más:

HNG41-21


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