Batalla de Zama

por | 12/01/2016

La batalla de Zama, librada en 202 a.C., no sólo concluyó la II Guerra Púnica, sino que supuso el principio del fin de Cartago a manos de su eterno rival, Roma.

Cartago tuvo que renunciar a toda política expansiva en lo político y lo comercial. Pero mientras Roma seguía con sus conquistas en el Mediterráneo oriental, Cartago se rehizo económica y demográficamente gracias a una agricultura floreciente. Roma temió que los púnicos volviesen a constituir una amenaza y, a mediados del siglo II a.C., buscó una excusa para invadirla y arrasarla en lo que sería la III Guerra Púnica.

Las consecuencias fueron trascendentales. Roma pudo convertir el Mediterráneo en su lago, controlar plenamente el comercio y emprender su expansión cultural sin la competencia que, en todos los terrenos, habría planteado la presencia de Cartago. Sin la victoria romana, nuestra realidad cultural sería hoy muy diferente. Si Zama se hubiese resuelto de otra manera, posiblemente nuestra historia se habría escrito en otro idioma.

Escipión desembarcó cerca de Útica con 25.000 soldados, a los que había estado entrenando metódicamente en Sicilia durante un año, y puso sitio a la ciudad. Estaba siendo observado por dos ejércitos cartagineses, pero logró sorprender a los campamentos enemigos con un ataque nocturno y pudo proseguir el cerco. Los púnicos, a toda prisa, reunieron otro ejército de unos 30.000 hombres para conjurar la amenaza y presentaron batalla en los Campi Magni, al sur de la ciudad. Escipión dejó una parte de sus fuerzas prosiguiendo el cerco y se dirigió a la batalla con la otra parte. En esa batalla, los jinetes númidas de Masinisa resultaron decisivos. O sea, que Escipión venció utilizando lo que hasta entonces había sido la clave de Cartago: la caballería.

Previendo el asedio de la capital, ordenó a Aníbal el regreso inmediato. Resultó dramático: no pocos hombres se negaron a seguirle, por lo que tuvo que sofocar motines, y hubo que sacrificar a los caballos, pues no había sitio para ellos en los barcos. Había salido de Cartago con nueve años, con su padre, Amílcar, rumbo a Hispania, y ahora volvía a su patria con 45. Cuando llegó ubicó su campamento al sur de la ciudad y reforzó como pudo su ejército. Sólo consiguió sumar unos pocos centenares de jinetes númidas, tropas dispersas de otros contingentes y ciudadanos reclutados a toda prisa, más ochenta elefantes. Con estas fuerzas se dirigió a la llanura de Zama y allí se preparó para la batalla. Cuenta la leyenda que Aníbal y Escipión parlamentaron en solitario en lo alto de una colina, un día antes de la batalla, en términos de mutua admiración, y que el púnico propuso la paz, pero el romano, consciente de su superioridad, se negó.

El ejército romano contaba con unos 36.000 hombres, todos muy curtidos y muy bien adiestrados. Entre ellos destacaba la poderosa caballería númida, de unos 6.000 jinetes, la misma que hasta hacía poco había servido en las filas de Cartago. Los cartaginenses, por su parte, contaban con unos 40.000 soldados, pero de ellos sólo unos 2.000 eran de caballería y las únicas unidades capaces de enfrentarse a los romanos eran los veteranos de Italia, unos 20.000 hombres como mucho.

Aníbal dispuso a los ochenta elefantes en la primera fila. Detrás puso a sus mercenarios, a las fuerzas ciudadanas y, por último, detrás de todo, a sus veteranos, sus mejores tropas. Su objetivo era desorganizar a los romanos con sus elefantes, desgastarles con su infantería ligera y reservar para el final a sus hombres más curtidos, los que habían de dar el golpe definitivo. Su débil caballería la situó a los flancos para contener, en lo posible, a la superior de sus enemigos.

Escipión, por su parte, dispuso que sus fuerzas se espaciasen para dejar pasillos por los que pasaran los elefantes sin causar daños, mientras sus fogueadas legiones frenaban el ímpetu cartaginés. Como su enemigo, puso a las tropas menos eficientes en vanguardia y a las más veteranas en retaguardia.

La batalla se inició con la carga de los paquidermos, pero las trompetas romanas los enloquecieron y muchos se desbandaron hacia la izquierda, desordenando a su propia caballería. Masinisa lo aprovechó y lanzó a sus jinetes contra sus enemigos, que en su huida fueron perseguidos.

Mientras tanto, en el centro, los elefantes habían causado ciertos daños, y la infantería de Cartago entró en acción, convirtiéndose la batalla en un choque de infantes contra infantes. Los disciplinados legionarios resistieron la acometida de las dos primeras líneas púnicas, las más inexpertas, que acabaron por retroceder desordenadamente. A Aníbal sólo le quedaban sus veteranos de la tercera línea, que cerraron filas y arremetieron con sus lanzas y una disciplina absoluta. Estaban frescos y su acometida fue terrible, pero por parte romana también entraron los hombres más fogueados, los triarios, los más avezados veteranos en reserva. El choque de ambas formaciones fue terrible y el resultado era incierto, pero entonces llegó la caballería romana y númida, que ya había aniquilado a la cartaginesa, y comenzó a atacar por la espalda a la infantería púnica, con lo que se reprodujo la situación planteada en Cannas, pero con resultado inverso.

Cuenta la leyenda que ambos generales llegaron a cruzar sus espadas y que Aníbal hirió a Escipión, quien tuvo que retirarse. Si fue así, no alteró la suerte de la batalla. Totalmente rodeado, con casi 20.000 muertos en el campo, el cartaginés sólo pudo optar por la huida al galope, logrando refugiarse en Cartago.

Escipión también había quedado muy desgastado por la batalla. No tenía fuerzas para iniciar un sitio en toda regla, pero sí para imponer la paz en condiciones muy duras para los vencidos, que ya no disponían de un ejército con garantías. Los vencidos habían de entregar toda la flota salvo diez trirremes, los elefantes y las posesiones de ultramar, así como 260.000 kilos de plata a lo largo de cincuenta años y cien rehenes de forma inmediata, más trigo y dinero para mantener a las legiones vencedoras durante tres meses. También se prohibía a Cartago hacer la guerra fuera de África, y aun así, sólo podría emprenderla con el permiso de Roma. Todas las posesiones africanas conquistadas en la guerra eran adjudicadas a Masinisa, el nuevo aliado de Roma, con lo que Cartago quedaba reducida a la ciudad y los territorios que tenía antes de iniciarse la segunda guerra púnica.

Los vencidos dejaban de ser una potencia.


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