Breve historia del ejército romano

por | 15/08/2016

Lo que más pueda sorprender al principio es que durante gran parte de la época republicana, hasta todos los conflictos sociales y civiles que se dieron fundamentalmente a lo largo del siglo I a.C., en Roma no haya existido un ejército profesional.

Hasta el siglo IV a.C.

Hasta este momento, era casi seguro que cualquier hombre más o menos joven y sano que uno se encontrara por la calle, hubiera servido en el ejército en la campaña anterior: todo ciudadano era soldado y viceversa. Las campañas empezaban en primavera y terminaban en otoño, para que los “soldados” pudieran volver a sus casas a recoger las cosechas. No olvidar que los enemigos de Roma eran sus vecinos, por lo que la batalla y la casa propia estaban muy cercanas.

Se agrupaban por centurias las cuales se formaban de acuerdo con la clase social -económica- del ciudadano. Estaban las centurias de los patricios, las centurias de los caballeros -ecuestres- y las centurias de los plebeyos. Los mejor armados -y las que mandaban- eran, por supuesto, las centurias de los patricios, mientras que las centurias de los plebeyos eran poco más que una masa de carne mal armada y perfectamente sacrificable.

Siglos III y II a.C.

Época en la que la República comienza a expandirse: victoria sobre Cartago, conquistas en Hispania y Grecia. La guerra se va alejando, poco a poco, y con retrocesos, de la propia ciudad de Roma.

Al principio, la unidad básica del ejército era la falange, una sólida masa de lanceros. No obstante, esta unidad, grande y difícil de maniobrar, resultaba poco adecuada para perseguir a los diversos pueblos enemigos de Roma por las montañas italianas. De esta forma, se adoptó una nueva unidad de combate, el manípulo.

Los manípulos, compuestos cada uno de ellos por 120 hombres, se dividían en tres tipos, de acuerdo con la posición que ocuparan en una batalla: hastati, principes y triarii.

Los hastati, la vanguardia, eran los primeros en enfrentarse al enemigo. Eran soldados novatos. Iban armados con espada (todavía no la gladius hispaniensis) y pilum. Los principes eran ya veteranos, por lo que sabían mejor lo que tenían que hacer y luchaban con especial fiereza; eran la columna vertebral de una batalla y su armamento era similar al de los hastati, aunque seguramente su armadura era de mejor calidad. Por último, a la retaguardia, se encontraban los triarii, veteranos ya muy mayores y armados con lanzas; eran el sostén pudiéndose contar con ellos si todo lo demás fallaba (por ejemplo, evitando que los hastati y principes abandonaran el campo de batalla si veían que la cosa no iba bien); la expresión “dejarlo para los triarii” se empleará como sinónimo de situación desesperada durante mucho tiempo.

Siglo I a.C.

Siglo de las grandes transformaciones en la estructura militar de Roma, pasando a ser el ejército ya totalmente profesional.

La gran transformación fue llevada a cabo por Mario con motivo de la guerra contra Yugurta. Roma se vio envuelta simultáneamente en una guerra no muy deseada en Numidia que le ocasionó no pocos sinsabores y, por otro lado, otra guerra, esta defensiva contra diversas tribus germánicas en el norte de Italia. Se necesitó reclutar tropas desesperadamente y con urgencia. Mario abolió los criterios económicos para particiar en el ejército y estableció que el equipo militar -que hasta ahora había sido aportado por los propios soldados, cada uno el que podía- sería costeado por el Estado. También instituyó la tradición del aquila, un águila que representa a Júpiter y sirve como insignia de las legiones. Asimismo organizó el orden de batalla de las legiones alrededor de la cohorte, estructura que se mantuvo hasta el final del Imperio.

Consecuencia del equipamiento de los legionarios por parte del Estado fue sembrar la semilla de enormes problemas para el futuro. En efecto, el ejército perdió sus raíces agrarias, ya que ahora no sólo reclutaba campesinos sino también a miembros de las clases urbanas más pobres. Como estos reclutas de ciudad no tenían cosechas que recoger, muchos simplemente se mantuvieron movilizados continuamente, reenganchándose año tras años. Esto convenía a los generales ya que en esta época las guerras se daban en lugares lejanos de la Urbs y se conseguía estar en la zona de guerra al comenzar el año del consulado correspondiente. Los problemas surgirían cuando, tras veinte años seguidos reenganchándose, los soldados se hacían demasiado viejos para continuar sirviendo, y lógicamente esperaban que el Estado pagara sus pensiones.

Y para que el Estado pagara sus pensiones, los soldados se dirigían a los representantes del mismo: a sus generales que, simultáneamente, eran los cónsules. Así se fue creando una relación clientelar de los generales con sus soldados y de éstos con sus mandos hasta que, poco a poco, ya no estamos hablando de las legiones de Roma, sino de las legiones de Julio César, de Pompeyo, de Marco Antonio, …

Toda la situación llegó a su máxima expresión con las guerras civiles que enfrentaron primero a Julio César con Pompeyo y, después, a Octaviano (el futuro Augusto) con Marco Antonio. Se calcula que casi medio millón de hombres fueron movilizados durante los casi veinte años ininterrumpidos que duraron estos conflictos; a pesar de las muertes, retiros y deserciones que pudieron darse, se considera que había operativas en los momentos finales del conflicto unas 60 legiones, de las cuales, alrededor de 47, participaron más o menos directamente en la fase final de la batalla de Actium y año siguiente.

Como las legiones de Marco Antonio se pasaron al bando de Octaviano, de pronto, éste se encontró al mando de un ingente ejército y aquí sí que se planteaba un problema tan grande como ese ejército: Roma no se podía permitir tener un ejército de esas dimensiones puesto que no podía sostenerlo económicamente; había que buscar una solución y rápido antes de que la situación se gangrenase de manera irremediable. Y aquí es donde surge -como en tantas otras cosas- el genio de Augusto; si bien todo el proceso había empezado casi un siglo antes, él fue el que en definitiva le dió forma y permitió que el ejército siguiera siendo una máquina perfectamente fiable hasta, por lo menos, la crisis del siglo III, y más allá.

Augusto tomó varias medidas. En primer lugar, requisó lotes de tierra de las ciudades italianas más ricas y asentó en ellos a veteranos; también asentó a veteranos en colonias de nueva creación, o amplió algunas ya existentes, en las provincias de Hispania, África y Galia. También licenció a todos aquellos que habían sido enrolados a la fuerza y que estaban deseando volver a sus hogares. Pero es que, además, repartió la inmensa cantidad de oro que consiguió con la conquista de Egipto a todos aquellos soldados que no quisieron las tierras que le fueron ofrecidas. De esta forma, con un coste elevado, pero que permitió resolver un problema inmediato y ahorrar para el futuro, de las 60 legiones existentes se pasó a 28.

No contento con esto, estableció las condiciones para que el ejército fuera ya totalmente profesional y con unas caracterísitcas y estructura que se conservaron, por lo menos, hasta las grandes crisis de los siglos III y IV: período de servicio de 20 años (poco después ampliado hasta los 25); prohibición de contraer matrimonio durante el servicio; por ley, un soldado, al retirarse, disfrutaba de una pensión equivalente a 14 años de paga; y, por último, creación del Aerarium Militare (Tesoro Militar), que se nutría de porcentajes provenientes de diversos impuestos y que permitió que la economía militar fuera estable y sostenible.

 

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