Comienzo del Imperio: la batalla de Actium

por | 22/04/2016

Antecedentes

Fue uno de los mayores enfrentamientos navales de la Antigüedad. De hecho, un despliegue de barcos como el de aquel 2 de septiembre de 31 a.C. en la costa oeste de Grecia no se veía en Europa desde hacía dos siglos -con el combate del cabo Ecnomo en la Primera Guerra Púnica– y no volvería a presenciarse hasta la Edad Media. Pero la magnitud no es el motivo por el que se recuerda a la batalla de Actium, sino porque supuso el paso definitivo de la República al Imperio. Fue el duelo decisivo, que no el final, entre Octavio y Marco Antonio, los últimos dos contendientes en una larga lista de candidatos a gobernar la superpotencia.

Y es que Roma se agitaba desde hacia casi un siglo entre guerras civiles, revueltas de siervos, reformas radicales y otras evidencias de un naufragio espectacular del sistema. No fue fortuito que esta turbulencia política coincidiera con una expansión territorial en todas direcciones, tras la victoria en las guerras púnicas, que había agigantado el estado a gobernar. Las instituciones tradicionales (asambleas, Senado y magistraturas ejecutivas) resultaban ineficientes, al ser colegiadas o temporales. Esto disparó las ambiciones personales de los generales de mayor prestigio. Primero Sila y Mario y más tarde Pompeyo y César se enfrentaron por “salvar la República”, representando idearios más elitistas o populistas.

Las veintitrés puñaladas que acabaron con Julio César en el año 44 a.C. reavivaron las fuerzas contenidas durante su dictadura. Una vez eliminados los republicanos acérrimos y otras facciones en liza, la lucha por el poder se redujo a dos hombres. Eran Marco Antonio, el segundo de César en el ejército, y Octavio, hijo adoptivo del mismo. El segundo triunvirato (gobierno formado por ellos dos y Lépido), el hecho de tener parientes compartidos (como Octavia, hermana de Octavio, casada con Antonio) y las campañas contra enemigos comunes (como los asesinos de César o el opositor al triunvirato Sexto Pompeyo), sofocaron las fricciones entre ambos líderes.

Octavio se adueñó de la mitad occidental del Mediterráneo, incluida Italia, y Antonio del hemisferio oriental. Pero a finales de la década de 30 a.C. habían desaparecido aquellos atenuantes, y Octavio, el más joven y ambicioso, se lanzó a la yugular de Marco Antonio.

Aprovechó para ello las nupcias que, ilegalmente para el derecho romano, había contraído su adversario con otra mujer. Esta otra esposa era un personaje ya conocido, incomprendido y odiado en la sociedad latina, profundamente patriarcal, por regir el país más próspero de la región, Egipto, con firmeza e independencia. Glamurosa, culta, atractiva, riquísima, despótica y tan astuta como Octavio, la reina Cleopatra ya había cautivado a Julio César. Antonio también se enamoró de ella, además de necesitar su fortuna para sus campañas militares en Oriente.

Así, tras tres años de vida conyugal con Octavia en Atenas, que le dio dos hijas, el triunviro la dejó para regresar a los brazos de la reina grecoegipcia, con quien había tenido tres niños antes de casarse con la hermana de Octavio. En Alejandría, Antonio se entregó a toda clase de lujos hasta que, según la propaganda de su rival, perdió la virtud, el patriotismo y el norte. Octavio había difundido esta imagen para escandalizar a los romanos, de costumbres todavía bastante austeras.

La prueba más alarmante de la supuesta decadencia de Antonio fueron las llamadas Donaciones de Alejandría. Este documento, que Octavio consiguió -o tal vez fraguó- y leyó al Senado, decía que el general en cuestión había legado las provincias orientales de Roma a los hijos habidos con Cleopatra. También aludía a Cesarión, el vástago de la reina con Julio César, en calidad de corregente de su madre. Todo ello ultrajaba la integridad de la República, al repartir sus valiosas posesiones del este entre reyezuelos forasteros.

Esta revelación, veraz o no, coincidió aproximadamente en el tiempo con el divorcio formal de Antonio y Octavia, la extinción legal del segundo triunvirato y la derrota en Sicilia del pirata Sexto Pompeyo, lo cual garantizó la provisión de grano a la capital. Con las manos libres para actuar, Octavio por fin pudo retar a Antonio abiertamente a un duelo. Mostrándose ofendido por el repudio de su hermana y por ser cuestionado como único hijo de César (por el enaltecimiento de Cesarión), exigió al Senado una declaración de guerra. Pero no contra Antonio, sino contra Cleopatra, para vestir su ambición personal de gesta patriótica.

Enterados de los preparativos bélicos, Antonio y Cleopatra se pusieron en marcha para llevar la colisión a Italia. Octavio, no obstante, se les adelantó y avanzó hasta Grecia. Allí, a medio camino, terminaron concentrándose ambos ejércitos y flotas, que eran colosales, de unos cien mil hombres y medio millar de naves en cada bando. Las fuerzas de tierra occidentales montaron su campamento en el brazo norte del estrecho que cierra el golfo de Ambracia, en la costa oeste helena. Sus contrincantes ocuparon la península sur, llamada sencillamente Promontorio, que es lo que significa Actium, por elevarse abruptamente sobre el mar.

La batalla

Actium

Actium

A partir de ese momento, las cosas no pudieron irle peor a Antonio. El lugar elegido para atracar su escuadra era un magnífico puerto natural, pero también resultaba fácil de bloquear. Se convirtio en una verdadera ratonera cuando el experimentado Agripa, al mando de la flota de Octavio, su amigo de toda la vida, fue tomando con sus naves las localidades vecinas donde Antonio hubiese podido aprovisionarse.

Este intentó destrabar la situacion atrayendo a Octavio a una batalla terrestre antes de que Agripa llegara a Actium, plantando un segundo campamento cerca del suyo. Sin embargo, Octavio, prudente, no respondió, a la espera de su amigo, mejor militar. Para colmo, Antonio y Cleopatra habian instalado su fortificación en terreno pantanoso. Los mosquitos y la malaria se cebaron en sus efectivos al llegar el calor. A la epidemia se sumaron el hambre por la escasez de suministros y, salvo por una sucesión de escaramuzas irrelevantes, la inactividad.

La moral de combate no tardó en resentirse. Hubo deserciones masivas. Incluso de personas influyentes como el senador Enobarbo y el general Delio, que brindaron a Octavio información confidencial sobre los planes y recursos de Antonio. En ello pesaron las malas relaciones de Cleopatra con los dirigentes romanos. La reina estaba habituada a ser obedecida sin rechistar, y más siendo la inversora principal de la operación, pero ellos se negaban a someterse a una mujer, y además extranjera.

La primavera y el verano de 31 a.C. fueron, pues, una lenta agonía para Antonio. Tras 16 semanas de bloqueo, desalentado y hasta medio paranoide -un día creyó que Cleopatra lo quería envenenar-, solo pensaba en romper el cerco antes de que llegara el invierno. Descartó la vía terrestre, más lenta y repleta de obstáculos, y, aunque no le gustara la idea, acabó inclinándose por el consejo de la reina de dar batalla en el mar, pese a la oposición de sus generales y pese a que nunca había capitaneado una flota.

Esta armada no pudo moverse en agosto por la ausencia de viento, ni los días finales del mes, debido a lluvias torrenciales. Entretanto, sin embargo, Antonio quemó unos ochenta barcos para reagrupar las dotaciones y cubrir los amplios huecos dejados por las tripulaciones desertoras, lo que no consiguió del todo. La noche del 1 al 2 de septiembre hizo cargar con sigilo la nave capitana egipcia y algunas más con el opulento tesoro de Cleopatra, así como con útiles para un periplo prolongado.

navedeguerraAl clarear el día, bajo un cielo despejado y sobre un mar en calma, la escuadra de Antonio enfiló por el estrecho para salir al golfo externo. Sumaba probablemente 240 barcos servidos por 120.000 hombres. De estas fuerzas, las combatientes ascendían a 20.000 o 30.000 unidades de infantería y a unos 2.000 arqueros y honderos. El resto eran remeros y marineros.

Por lo que respecta a las naves, la escuadra de Marco Antonio y Cleopatra se distinguía de la de Octavio en que el grueso estaba constituido por navíos más grandes y pesados. Proliferaban los trirremes y sobre todo los quinquerremes, auténticos castillos flotantes de unos 50 metros de eslora y 5 de manga, entre 100 y 300 toneladas de desplazamiento y una cubierta elevada unos 3 metros sobre el mar. Cerca de 300 remeros impulsaban estas moles, que también navegaban a vela y poseían un destacamento militar que rondaba los 130 legionarios.

Las naves de ambas flotas poseían un espolón frontal para perforar los cascos enemigos. Las de mayor calado exhibían, además, torretas desmontables sobre la cubierta, a proa y a popa. Se usaban para arrojar proyectiles y para guarecerse al mismo tiempo de la artillería contraria, de ahí que se blindaran con listones reforzados con hierro. También se empleaba el corvus, un pontón levadizo. Esta pasarela, concebida para el abordaje, se bajaba sobre la nave enemiga para sujetarla con un aguijón de hierro que tenía por debajo. Por otra parte, balistas y catapultas portátiles permitían lanzar piedras esféricas, carbón encendido o un revolucionario invento de Agripa: el harpax. Este funcionaba como un anzuelo gigante para pescar barcos. Consistía en un garfio cuádruple con un asta de dos metros y cabos atados a ella que se disparaba con una balista especial. Una vez enganchada la embarcación rival, solo había que tirar de las cuerdas para atraerla y perforarla, incendiarla o abordarla. Este gancho arrojadizo, que en Actium inmovilizó al buque insignia de Marco Antonio, obligándole a cambiar de nave, había debutado en la campaña naval contra Pompeyo Sexto en Sicilia donde, gracias al mismo, Agripa había capturado en la batalla de Nauloco la mitad de la flota enemiga perdiendo solo tres naves.

La flota romano-egipcia se dividió en tres grupos que formaron una línea apretada, casco con casco, al salir a la bahía. Un cuarto conjunto, de unas sesenta naves, se situó detrás de aquellos. Era el escuadrón con el tesoro de Cleopatra, que conducía este convoy. Además, decenas de miles de legionarios de Antonio seguían atentamente estas maniobras desde tierra.

Una vez cruzado el estrecho, la armada oriental tuvo contacto visual con su enemiga. Localizada ante ella a menos de un kilómetro y medio, cerrándole el paso, la flota de Octavio se veía temible. Pero intimidaba más por la cantidad de barcos -unos cuatrocientos, casi el doble que los de Antonio- que por su tamaño.

Si bien habia grandes polirremes entre ellos, abundaban las liburnas, unos veleros ligeros tan maniobrables como veloces, aunque estuvieran tripulados por pocas personas. Eran birremes, y tenian unas veinte palas por banda para deslizarse ágilmente con sus 30 metros de eslora, 5 de manga y 1 de calado. Estas particularidades explican que, aunque Octavio contaba con menos hombres —en torno a ochenta mil, un cuarto menos que Antonio—, estos se encontrasen mejor repartidos en las naves.

Alineadas frente a frente, las marinas de Antonio y Octavio (la de este escindida también en tres grupos de combate y dirigida por Agripa) no se movieron en toda la mañana, pese a la tension. Ambas mantuvieron una distancia prudencial de una milla marina hasta el mediodia. Entonces estallo la acción. Fue cuando comenzó a soplar viento del norte, favorable al plan de Antonio de traspasar el bloqueo.

Antonio ordenó avanzar a Sosio, que estaba al mando de su flanco izquierdo, sobre el ala derecha rival, conducida por Octavio, quizá para ir abriendo un canal por el que retirarse hacia el sur. Para alegría del bando antonino, Octavio reculó sin ofrecer resistencia. El entusiasmo, sin embargo, remitió pronto, pues también Agripa, en el otro extremo de la flota adversaria, retrocedía a toda prisa. ¿Por qué? ¿Acaso estaba rehuyendo el combate?

La respuesta, funesta, apareció de la mano de un desacato. Tentado por el aparente repliegue contrario, Publícola, el segundo jefe de la flotilla derecha egipcia, rompió la formación para perseguir a Agripa, pese a las órdenes estrictas de Antonio de mantenerse cohesionados. Publícola había mordido el anzuelo, que buscaba alejar a los rivales de la costa para acosar a sus anchas sus naves, más pesadas y con hombres insuficientes para maniobrar con tino. Así comenzó un infierno.

De la armada de Antonio partió una espesa andanada de flechas y metralla, mientras reventaba una algarabía de gritos, clarines y tambores, tanto a bordo como en las orillas. Agripa mandó cambiar el sentido de la navegación. Aprovechó la agilidad de las liburnas para remar súbitamente hacia las huestes de Antonio, que pasaron de perseguir a ser perseguidas.

El choque inicial, protagonizado por los espolones de las naves de Octavio, se saldó con una decena larga de barcos orienales inutilizados. La batalla se igualó más adelante, hasta adquirir en su apogeo la forma de un duelo asimétrico. Parecía un asedio con caballería a un reguero de fortalezas. Tres o cuatro liburnas de Octavio, veloces, ligeras y bajas, atacaban por distintos puntos a un quinquerreme de Marco Antonio. Los quinquerremes, altos, robustos y de gran calado, se defendían escupiendo incesantemente piedras, flechas, metralla y carbón ardiendo, para fatiga de los artilleros que alimentaban las balistas y catapultas.

Las liburnas asaltaban y se retiraban constantemente, lo que hacía recaer el esfuerzo en sus remeros y marineros. Pretendían horadar los cascos enemigos con sus espolones o tronchar con sus costados las filas de remos ajenas. También acribillaban con proyectiles incendiarios y con lanzas las naves contrarias en ataques a distancia que Inpedían que la infantería de Marco Antonio, más numerosa, les abordara.

Hacia las tres de la tarde se dibujó un claro en el área central del enfrentamiento. Para sorpresa de los suyos, de los enemigos y de la posteridad, por allí se coló el convoy de Cleopatra. Sus 60 bajeles abandonaron tranquilamente el campo de batalla con viento norte y rumbo sur.

Mientras todos miraban boquiabiertos las elegantes velas púrpuras de la reina alejándose hacia el horizonte, tuvo lugar un mazazo aún mayor para la moral del bando antonino. Su propio comandante en jefe partió detrás de su amada, dejando a la flota sin almirante y sin otros 40 barcos que lo siguieron.

Se ha especulado mucho desde la Antigüedad sobre si este suceso estuvo planeado desde el principio o si se improvisó al percibir una derrota en ciernes. También se ha teorizado acerca de si estuvo motivado por el pánico o por el objetivo egoísta de ponerse a salvo con el oro, o bien si se trató de una victoria táctica. Después de todo, la curiosa estratagema permitió que Marco Antonio y Cleopatra, atrapados durante meses en Actiurn, pudieran evadir el cerco ilesos, rescatando, además, en torno a un tercio de la flota y el tesoro real egipcio casi intacto.

El resto de su armada continuó luchando tenazmente. Lo hizo durante horas, hasta el anochecer. Sin embargo, como era previsible, capituló a la mañana siguiente.

No existe acuerdo sobre las bajas humanas y materiales que arrojó la batalla. Algunos autores clásicos apuntan a unos 5.000 muertos por el bando oriental y la mitad en el occidental, pero otros elevan la estimación global a 18.000 víctimas, dos tercios de ellas mortales. En cuanto a las naves, se perdieron en torno a 35 en el lado vencedor y entre 200 y 350 en el vencido, según la cantidad inicial que se siga, incluidas las quemadas posteriormente por orden de Octavio.

Después de la batalla

El resultado de la batalla, no obstante, fue incierto durante días. De hecho, Cleopatra aprovechó esto para desembarcar en Alejandría proclamando una sonora victoria suya. Buscaba motivar a su gente, pues los sueños imperiales compartidos con Antonio no habían menguado. Este, por lo pronto, había viajado mientras tanto a la vecina Cirenaica (parte de lo que hoy es Libia) para organizar la resistencia con las cuatro legiones que tenía acantonadas allí. Ignoraba todavía que esos soldados se habían pasado al rival, al igual que lo habían hecho las 19 divisiones de infantería y 12.000 jinetes que había dejado a su suerte en tierra durante la batalla naval. Octavio, que comenzó a ser consciente de su posición triunfal con esa capitulación masiva a lo largo de la semana siguiente a Actium, les concedió el perdón y aumentó con aquellos hombres sus fuerzas.

Fueron los primeros eslabones de una cadena inexorable de cambio de lealtades. El que se perfilaba como líder indiscutible de la República no solo atrajo en los meses sucesivos a las tropas de su rival esparcidas por el mapa. También fue sumando a su creciente cartera de recursos las alianzas de los reyes orientales y senadores antes fieles a su enemigo.

Para cuando Octavio marchó sobre Alejandría, ya representaba una potencia imparable para Antonio. Encarnaba un nuevo orden, del que su antiguo socio de triunvirato y la mujer otrora más poderosa del Mediterráneo quedaban excluidos. Cada vez se veía más claro que Actium había sido el capítulo final. Alejandría solo sería el triste epílogo de la aventura de Marco Antonio y Cleopatra.

Pese a todo, Antonio hizo frente a las tropas de Octavio que invadieron el reino de su amada el verano siguiente. Cuando no fracasó ruidosamente, obtuvo victorias minúsculas y efímeras. Al final, la refinada y cosmopolita capital grecoegipcia terminó acorralada por un cerco de estandartes legionarios.

Además de estar rodeado, Marco Antonio recibió una noticia que acabó de hundirlo en la desesperación: Cleopatra se había suicidado. Él no tardó en hacer lo mismo: se arrojó sobre su espada, causándose una herida letal. Pero no murió de inmediato; llegó a conocer la verdad: la reina seguía con vida. Entonces pidió ser llevado ante ella, que se había escondido, y falleció entre sus brazos. Cleopatra, reacia a ser cautiva de Octavio y tener que caminar tras su carro en la previsible ceremonia triunfal, se suicidó (no se sabe exactamente que medio utilizó).

Solo una posibilidad muy remota se interpuso a partir de entonces entre el hijo adoptivo de César y el poder absoluto. Implacable, Octavio disipó incluso esa tenue sombre de amenaza. Comentando que “dos césares son demasiados”, mandó ejecutar en secreto al adolescente Cesarión, y, por si acaso, también al primogénito de Antonio y su primera esposa, Fulvia. A los pequeños de Antonio y Cleopatra les perdonó la vida a su manera. Se limitó a encadenar a su carro a los tres niños huérfanos durante la ovación y luego los confió a su hermana Octavia para que los criara. Podían servir algún día como moneda de cambio (Cleopatra Selene, por ejemplo, convertiría a Numidia en aliada de Roma tras contraer matrimonio con su rey).

La muerte de Cesarión, corregente de su madre, marcó el final de los Ptolomeos. Este broche de hierro al próspero período helenístico del Nilo no fue la única transformación que experimentó Egipto. La riquísima nación, considerada el granero del Mediterráneo, se convirtió en una posesión de Octavio que designó un representante de su persona, no del Senado, para gobernarla. Se trató del primer gesto perceptible del régimen por venir, una refundación monárquica de Roma que se estaba gestando desde Julio César, pese a los alardes republicanos de todos los pretendientes a ese trono.

Todavía faltaban tres años para que el hombre que había conseguido ese objetivo fuese nombrado Augusto. Era un honor que, para la mentalidad de la ciudad del Tíber, equivalía a lo máximo. Sin embargo, semejante distinción no sería sino una formalidad, un mero reconocimiento público de la autoridad de Octavio, pues el poder real lo había conseguido con su rotundo triunfo sobre la pareja de amantes. Tras un siglo de guerras civiles, no había ya sino un único amo de Roma.


Para saber más:

HNG55-68: La batalla de Actium

HyV487-36

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