Curiosidades

Popea Sabina, esposa de Nerón, fue famosa por llevar una vida libertina, pero también por su belleza. La emperatriz tenía sus secretos para conservarla: cada noche se aplicaba una mascarilla elaborada con harina y leche de burra, que le servía para mantener la piel hidratada, y otra de arroz y harina de haba, para prevenir la aparición de arrugas.


El mayor banquete romano que registra la historia fue disfrutado por 20.000 personas. Lo ofreció Julio César para celebrar sus victorias de Oriente.


El mejor auriga de todos los tiempos fue el hispanolusitano Caio Apuleyo Diocles, nacido en el año 104 compitió en 4257 carreras y obtuvo la victoria en 1462. Se estrenó como auriga a los 18 años, y a lo largo de veinticuatro años amasó una fortuna de unos treinta y seis millones de sestercios. Durante su carrera, compitió para la facción blanca, la verde y, finalmente, la roja. A los 43 años se retiró a Praeneste (Palestrina, Italia). A su muerte se le dedicó un monumento en el circo de Nerón, en Roma, cerca de lo que hoy es la basílica del Vaticano.


El emperador Vitelio tuvo olfato para el poder, aunque pasó a la historia por alcanzarlo de forma indigna. Con la ayuda del general Otón, asesinó a Galba -quien le había entregado el gobierno de Germania- para arrebatarle el Imperio. Luego ordenó matar a Otón, su rival en la lucha por el trono. Cuando los sicarios le trajeron el cuerpo sin vida de éste, Vitelio, ya emperador, se inclinó y olió con complacencia. Ante la mirada sorprendida de sus tropas, exclamó: “El cadáver de un enemigo siempre huele bien”.


A Séneca le preguntaron en cierta ocasión cuál consideraba que era la mejor hora para comer. Su respuesta fue pura lógica: “Para el rico, cualquiera. Para el pobre, aquella en la que tenga comida para llevarse a la boca”.


Marco Licinio Craso fue un personaje notable. No sólo por haber formado, con César y Pompeyo, el triunvirato que se repartió los dominios de la República. Es también famoso por ser uno de los  hombres más ricos de la historia de Roma, una fortuna que amasó gracias a la especulación inmobiliaria. Además de hacerse con terrenos y viviendas de los perseguidos por Sila, que adquiría a bajo precio, sus servidores acudían allí donde se producían incendios y adquirían los edificios siniestrados por un precio irrisorio, aprovechándose de la necesidad de quienes habían perdido todo, para luego volver a construir en los solares afectados.


Quinto Hortensio Hórtalo fue un letrado precoz: a los 19 años pronunció su primer discurso ante un tribunal, y sus dotes de orador causaron tal impresión que Nicomedes IV de Bitinia lo contrató para que defendiera su petición de ayuda a Roma contra su hermano. Labró su fortuna durante la dictadura de Sila, cuando defendió a gobernadores corruptos cuyo dinero, según Cicerón, empleó para sobornar a los jueces.


Por Dión Casio sabemos que el más famoso gastrónomo de la Antigüedad, Marco Gavio Apicio, vivió en tiempos de Augusto y Tiberio. Apicio puso su inmensa fortuna al servicio de sus placeres, en especial la comida. Séneca refiere que un día, al darse cuenta de que sólo le quedaban dos millones y medio de denarios (diez millones de sextercios), se suicidó porque pensó que con esa cantidad iba a morir de hambre. La tradición lo considera el autor del primer recetario de cocina que ha llegado hasta nosotros: De re coquinaria.


Tiberio tenía fama de cruel. En una ocasión, mientras contemplaba el paso de un entierro, oyó que un espontáneo, que ignoraba estar en presencia del César, se dirigía al difunto diciendo: “Dile al buen emperador Augusto que Tiberio ha olvidado sus leyes y su buen gobierno”. De inmediato, el Emperador ordenó apresarle. Cuando lo llevaron ante su presencia, sin inmutarse le dijo: “Lleva tú mismo el encargo a Augusto”. Y le mandó ejecutar.


Un tribuno le pidió a Vespasiano un cargo para su “hermano”. El Emperador rápidamente se dió cuenta que el magistrado cobraba comisión por facilitar empleo a desconocidos que hacía pasar por familiares. Tras confirmar sus sospechas, llamó al supuesto hermano, el ofreció un cargo público y le cobró él mismo la comisión que le exigía el impostor. Luego comunicó a éste su despido diciéndole: “Ya puedes irte buscando otro hermano, que éste acaba de convertirse en el mío”.


El político y escritor romano Catón el Viejo (234-149 a.C) tenía fama de hombre prudente y sabio. Pero ninguna estatua le homenajeaba. Se dice que él mismo rechazaba cualquier tipo de reconocimiento público. El historiador Plutarco cuenta que un conciudadano intrigado le preguntó al erudito el motivo de su determinación: “Prefiero que me pregunten por qué no tengo estatua a que cuestionen por qué la tengo”, sentenció


Se dice que Galba, emperador romano del siglo I, era extraordinariamente avaro. En una ocasión exigió a los habitantes de Tarraco una corona de oro de quince libras de peso procedente del Templo de Júpiter que presidía la ciudad. Cuando el “regalo” llegó a Roma, Galba ordenó fundirlo. Al comprobar que sólo alcanzaba las 12 libras de oro, montó en cólera y reclamó el resto. “¿Acaso creen los tarraconenses que la balanza del emperador no está bien engrasada?”, dijo.


Del emperador Tito se cuenta que era un hombre extraordinariamente diestro con la escritura. Tanto que podía falsificar cualquier letra sin que su dueño fuera capaz de identificarla como propia. En una ocasión, tras mostrar sus dotes, comentó: “habría podido ser el mayor falsificador de la historia”.


Clodoveo, rey de los francos entre 481 y 511, se resistía a convertirse al cristianismo pese a los esfuerzos de su esposa, la reina Clotilde. Pero en una batalla contra los alamanes, se vio tan perdido que prometió abrazar la fe de su mujer si vencía el combate. Así fue. De regreso a palacio, comenzó a instruirse en el cristianismo. Tan a pecho se lo tomó que, cuando el obispo de Reims le leyó el prendimiento de Cristo en el Huerto de los Olivos, se puso en pie, desenvainó la espada y exclamó: “¡Ah, si yo hubiese estado allí!”


Según Pompeyo, el sol naciente brilla más que el poniente. De regreso a Roma tras la victoriosa campaña de África, el Senado le colmó de honores y el pueblo lo recibió con aplausos. Este fervor contrarió a su suegro, el dictador Sila, quien veía con recelo el poder que su yerno alcanzaba. Pompeyo le advirtió: “El sol naciente, Sila, brilla mucho más que el sol cuando se pone”.


Teodosio, ante una revuelta en la ciudad de Tesalónica, mandó matar a todos sus habitantes en 390. Cuando el obispo de Milán, Ambrosio, se enteró de la matanza no dudó en prohibir la entrada al Emperador a la por entonces capital del Imperio porque tenía “las manos manchadas de sangre”. Ambrosio le impuso la siguiente penitencia: “Vestido de saco y ceniza debes permanecer delante de la iglesia y allí pedir la limosna de la oración de la gente hasta expiar tu culpa”. Ante la sorpresa de sus súbditos, el Emperador permaneción durante cuarenta días en el atrio de la iglesia, vestido de estameña y con la cabeza cubierta de ceniza.


Que la palabra es, a veces, más poderosa que la espada, se ha demostrado en algunas ocasiones. El político romano Catilina movilizó a un ejército contra el Senado para hacerse con el poder. Pero el orador Cicerón le derrotó con tan sólo cuatro discursos, sus famosas catilinarias. Con el primero de ellos, que incluía la célebre frase “¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?”, consiguió que el conspirador abandonara Roma; con el segundo, aislar al ejército rebelde; con el tercero, encarcelar a sus partidarios; y, con el cuarto, ejecutarlos. No en vano, Cicerón había actuado bajo el lema “Que las armas cedan a la toga”.


De todos es conocido que Nerón ha pasado a la historia como uno de los emperadores más crueles. Sin embargo, antes de que cometiese actos tan despiadados como asesinar a su esposa Octavia o a su propia madre, Agripina, de joven mostró cierta sensibilidad dejándose guiar por los buenos consejos de su preceptor Séneca. Cuenta el historiador Suetonio que antes de firmar su primera sentencia de muerte, Nerón exclamó: “¿Por qué me enseñaron a escribir?”


El emperador Tiberio fue objeto de todo tipo de burlas por parte de sus soldados. Cuenta el historiador Suetonio en su Vida de los Césares que el soberano, de nombre completo Tiberius Claudius Nero, era un gran bebedor. Era tal la cantidad de vino que consumía que los soldados de la guardia pretoriana no tardaron en buscarle un sobrenombre, haciendo un juego de palabras. Le llamaban Biberius Caldius Mero, algo así como “auténtico bebedor de vino”.


Una de las veces que se encontraba Adriano en Roma, una anciana se interpuso en su camino y le pidió que la escuchara. Adriano la instó a que se apartase, ya que estaba atareado con los asuntos de Estado. “Entonces estás demasiado ocupado para ser emperador”, le respondió la mujer. Adriano comprendió que escuchar a su pueblo era uno más de sus deberes. Se detuvo y atendió las peticiones de la ciudadana.


Cornelia, madre de Tiberio y Cayo Sempronio Graco siempre se distinguió por su inteligencia, su saber estar y su hospitalidad. Un día, durante un banquete ofrecido en su villa romana, sus invitadas le reprocharon que no luciera algunas de sus valiosas joyas. Ella, sin molestarse, fue en busca de sus hijos (tendría 12 en total) y los presentó a la concurrencia diciendo: “Aquí tenéis a mis mejores joyas”.


1.000 denarios era la mayor cantidad que un abogado podía cobrar en la Roma de Diocleciano. Era el equivalente a una piel de leopardo, el elemento decorativo más apreciado del momento.


La emperatriz romana Livia dio a luz a Druso, el futuro padre de Claudio, a los tres meses de su boda con Augusto. Puesto que Livia se acababa de divorciar, era evidente que o bien el pequeño no era hijo del Emperador o éste había mantenido relaciones adúlteras con ella. La duda dio pie a que Roma se empapelara con pasquines que proclamaban: “Hay gente afortunada que solo precisa de tres meses para asegurarse la sucesión”.


Al verse cercados y sin posibilidad de escapatoria, súbditos rebeldes del emperador romano Calígula recriminaron al Soberano sus muchas atrocidades, y le recordaron que lo único que conseguía con su conducta era el odio del pueblo. Calígula, impertérrito, les respondió: “Cada día que ejecuto a un traidor me gano el sueldo. Todo gobernante debe ser temido, pero nunca amado”.


Catón de Útica sustituyó a Pompeyo, muerto en 46 a.C., al frente de las tropas que combatían contra Julio César. Pero, dos años después, se suicidó al verse vencido por su rival. Cuando César se enteró de la noticia, exclamó: “¡Ah, Catón, ahora sí que me has vencido! ¡Me has quitado la gloria de haberte perdonado la vida!”


Tiberio solía planear hasta el más mínimo detalle la estrategia a seguir en un combate. Sin embargo, afirmaba que únicamente había ganado aquellos en los que, durante su planificación, se había quedado a oscuras a causa de un apagón súbito e inesperado de la lámpara de aceite que le iluminaba.


Marco Apio, político romano, aseguró en una sesión del Senado que la persona a la que defendía le había pedido que lo hiciera “con veracidad, razón y buena fe”. Pero cuando acabó su discurso, Cicerón le increpó diciéndole: “¿Y cómo tienes, Apio, el valo de no hacer nada de lo que tu amigo te ha pedido?”


Se dice que alguien ha entrado en el “círculo de Popilio” cuando debe tomar una decisión inaplazable. El origen de esta expresión se remonta a 170 a.C., cuando el cónsul romano Popilio Lena exigió al rey de Siria poner fin a su veloz carrera de conquistas, ya que éstas amenazaban las fronteras del Imperio. El monarca, aliado de Roma, pidió unos días de reflexión. Pero Popilio trazó con su espada un círculo en torno a los pies del rey y le dijo: “No saldrás de este círculo antes de que me des tu respuesta”. El monarca no tardó en acceder a las demandas de Roma.


Un conciudadano de Séneca se asombró de la intensa actividad intelectual que el filósofo llevaba a cabo cada día, así que le preguntó cómo se organizaba. “Lo importante no es disponer de mucho tiempo, sino no perderlo en tareas sin importancia”, le contestó el sabio.


Dice Cicerón: “La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio”.


Los años no pasan en balde, ni siquiera para las mujeres que son recordadas en la historia por una hermosura legendaria. Es el caso de Mesalina (25-48) que, para mantener su belleza, recurría a toda clase de cosméticos de la época. Incluso se dice que una rudimentaria dentadura postiza escondía las caries que afeaban su sonrisa. El poeta Marco Valerio Marcial (40-104) dijo de ella: “Las tres cuartas partes de sus encantos se hallan en su tocador. Sus atractivos están en cien tarros diferentes. Su cara no se acuesta con ella”.


Craso contribuyó decididamente a la carrera política y militar de Julio César, pero las serias diferencias que hubo entre ambos les llevaron a enemistarse. Aun así, un día César se deshizo en elogios hacia el general, en presencia de sus soldados y del propio Craso. Hasta que, de pronto, pasó a atacarle despiadadamente. Desconcertado, el tribuno inquirió: “Pero, César, ¿no me estabas alabando?”. César contestó: “No te engañes. Sólo quería conocer mi capacidad de oratoria probando con un tema ingrato”.


Los patricios romanos siempre reprocharon a Cicerón sus orígenes plebeyos. Un día, el senador Metelo Nepote quiso avergonzarlo en público. Delante de un grupo de personas preguntó al filósofo por la profesión de su padre, a la espera de que la respuesta evidenciara su clase social. No contaba con el ingenio del orador, que de inmediato dijo: “Me haces una pregunta muy sencilla de contestar. Mucho más difícil sería para tu madre tener que responder sobre quién es tu padre”. Sus palabras levantaron risas y aplausos.


Dice César: “Los hombres creen gustosamente aquello que se acomoda a sus deseos”.


En una ocasión, en el siglo I a.C., el Senado decidió repartir tierras entre sus soldados. Para ello, diversos senadores debían ceder algunas posesiones. Al enterarse, uno de los magistrados, Lucio Gelio, se negó, diciendo: “Nunca cederé las posesiones heredadas de mis padres mientras viva”. Conociendo la expeditiva forma de proceder de los poderes romanos, el famoso político y orador Cicerón comentó: “Esperemos, pues. Gelio no ha pedido un plazo demasiado largo”.


La madera resultaba tan necesaria en una operación de asedio a una ciudad que, según Josefo, tras el sitio a Jerusalén no quedó un árbol en pie en 28 kilómetros a la redonda.


La primera liposucción de la historia tuvo lugar en la antigua Roma. Según cuenta Plinio en su Historia Natural, un cónsul de Calígula llamado Lucio Apronio Cesiano tenía un hijo tan obeso que no podía moverse. El joven perdió los kilos de más cuando un galeno de la corte decidió absorber la grasa corporal sobrante mediante una cánula de plata.