Decio

por | 07/04/2016
Decio

Decio

Emperador de 249 a 251.

Decio, originario de Panonia Inferior, y a diferencia de sus inmediatos predecesores imperiales, era un senador distinguido que había servido como cónsul en 232. También había sido gobernador de la Hispania Tarraconense entre 235 y 238 y fue prefecto urbano de Roma durante el principio del reinado del emperador Filipo el Árabe.

Hacia 245 Decio fue nombrado comandante de las legiones en la zona del Danubio por el emperador Filipo I. En 248 o 249 el emperador le ordenó sofocar una revuelta militar en la zona, Decio lo consiguió y las tropas victoriosas, que despreciaban a Filipo por su política de apaciguamiento con los partos, le proclamaron emperador  aunque, parece ser, en contra de su propia voluntad. En el subsiguiente enfrentamiento con Filipo, este resultó derrotado y muerto cerca de Verona. El Senado reconoció a Decio como emperador.

Sinceramente convencido de que los graves problemas de corrupción y decadencia por los que atravesaba el Imperio eran debidos a la pérdida de los antiguos valores, trató de reafirmar los antiguos cultos religiosos entre los que se encontraba, por ejemplo, el culto a la figura del emperador, considerado como un dios. Esto chocó frontalmente contra muchos cristianos -comunidad ya muy numerosa en esa época- lo que ocasionó una gran persecución contra estos. A ello se sumó una nueva epidemia de peste que duraría varios años, y que unida a esas persecuciones, creó un gran problema social y económico.

A esta situación tan grave a nivel interno, se sumó el hecho de que los godos, por primera vez en la historia, se atrevieron a atravesar las fronteras del Imperio mandados por un jefe de nombre Cniva, saqueando Mesia y Tracia. Hubo diversos enfrentamientos y escaramuzas hasta que los godos consiguieron hacerse con la ciudad de Filipópolis donde, a su vez, fueron rodeados por las tropas imperiales. Los godos, cansados y hambrientos, ofrecieron retirarse sin asesinar a los escasos habitantes que habían sobrevivido hasta entonces y sin llevarse el producto de sus saqueos, pero Decio, seguro de su victoria, se negó. Los godos escaparon, fueron perseguidos por los romanos dándose la batalla de Abrito donde Decio murió y las legiones sufrieron una de sus mayores derrotas de la historia.

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