Diocleciano

por | 24/03/2016

Uno de los emperadores más importantes -y más desconocidos por el gran público- de la historia de Roma; marcó el fin de una época muy oscura, y por sus reformas militares y administrativas consiguió que el Imperio, en franca decadencia, consiguiera mantenerse casi 200 años más.

Su verdadero nombre era Diocles y nació en el seno de una familia muy humilde de la provincia de Dalmacia, probablemente en la ciudad de Salona el año 244, es decir en plena crisis del siglo III y, como tantos otros, seguramente se enrolaría para servir en las legiones bien joven buscando escapar de la vida de campesino que probablemente le esperaba. Gracias a su habilidad y personalidad prosperó en un ejército en constante guerra fratricida donde las legiones proclamaban y asesinaban emperadores a placer. Parece probable que sirviera en la Galia durante algún tiempo, pero lo que es seguro es que acabó acantonado en la frontera danubiana como Prefecto o Dux.

En el año 282 estuvo en la campaña contra el imperio sasánida bajo el mando del emperador Caro; al morir éste, su hijo Numeriano -ante el cansancio y hartazgo de las tropas de aquella guerra interminable- se hizo cargo de la retirada. Pero no aguantó el camino de vuelta y en Bitinia fue encontrado muerto en su litera de viaje -presumiblemente asesinado por su prefecto del pretorio Arrio Aper-; el ejército estableció una asamblea y allí mismo los mandos superiores de las legiones aclamaron a Diocles como emperador el 20 de noviembre de 284; lo primero que hizo fue acusar a Arrio Aper del asesinato delante de todo el ejército y a continuación le atravesó con la espada.

dioclecianoA partir de su nombramiento se cambió el nombre por Diocleciano, – Cayo Aurelio Valerio Diocleciano Augusto-. Diocleciano sabía que lo primero que tenía que hacer si quería sobrevivir más de lo habitual en aquella época era, por un lado, mostrarse como un general capaz capaz también de estabilizar la situación del Imperio y, por otro, eliminar toda posible competencia. Por un lado tenía a Carino -hijo de Caro- que era César legítimo y no reconocía la nueva posición de Diocleciano y luego también estaba Sabino Juliano que aprovechando la situación se autoproclamó emperador. Diocleciano partió con sus tropas atravesando los Balcanes en el 285 en busca de Carino que, a su vez, se había deshecho de Sabino Juliano; aunque Carino contaba al principio con un ejército más numeroso parece que Diocleciano consiguió que muchas de las tropas y de los mandos clave del ejército occidental se pasaron a su lado; Carino murió asesinado por sus propias tropas y Diocleciano, después de un breve enfrentamiento, se encontró como jefe único de todas las tropas.

Ahora que no tenía rivales y tenía el control total del ejército era hora de demostrar que también sabía proteger las fronteras y al poco tiempo de derrotar a Carino emprendió una pequeña campaña contra los marcomanos y los cuados a los que aplastó con facilidad; luego se dirigió a Italia pero en otra muestra más de determinación evitó Roma deliberadamente, quería hacer notar al Senado que no le hacía falta, y de paso demostrar que el imperio estaba donde estaba el emperador y no en la ciudad de las siete colinas, ese mismo año nombró coemperador a Maximiano-un compañero de las legiones- en Mediolanum -Milán-, pues Diocleciano sabía que él sólo no podía hacerse cargo de todo el imperio y además daba legitimidad a Maximiano evitando que se proclamara emperador por su cuenta evitando futuros enfrentamientos.

Diocleciano dio un paso decisivo para la continuidad del Imperio mediante una serie de reformas políticas, administrativas y económicas: tetrarcascomo pensaba que la acumulación de poder bajo uno o dos emperadores era caldo de cultivo para futuras guerras civiles dividió el imperio entre cuatro dirigentes –tetrarquía-, dos Augustos -como emperadores- él mismo y Maximiano, y dos Césares -príncipes- Galerio y Constancio, la idea era que cuando los Augustos terminaran su mandato los propios Césares heredaran el titulo de los anteriores y nombraran otros Césares, así siempre habría dos emperadores “expertos” y dos herederos “en formación”. También dobló el número de provincias de unas 50 a casi 100, con ello conseguía dividir las fuerzas de cada zona y evitar que cualquier cargo provincial acumulara demasiado poder. Para intentar parar la inflación galopante que sufría el imperio, promulgó un edicto de precios máximos a más de mil productos diferentes -no tuvo mucho éxito, ya que ignoraba las reglas de oferta y demanda-, intentando así mejorar la recaudación de impuestos y evitar mas eficazmente la corrupción.

También aumentó el tamaño del ejército que llegó a tener hasta unos 600.000 soldados -algo casi increible para la época- y consiguió darle un buen uso puesto que sus tropas lucharon -y bien, prácticamente en todas las fronteras: contra los sasánidas al mando del César Galerio, contra los germanos en las limes del Rin y el Danubio y sofocaron revueltas en Egipto. Al emperador no le temblaba el pulso y cualquier rebelión o intento de invasión era aplastada sin miramientos.

También los cristianos sufrieron la determinación implacable de Diocleciano que, además de venerar a los dioses clásicos pensaba que eran culpables de muchos de los males que aquejaban al Imperio y dudaba de su lealtad hacia su persona como representante máximo de la legalidad; perseguidos hasta la saciedad, muchos mártires y santos vivieron estos oscuros años para el cristianismo.

El año 303 celebró su jubileo de 20 años de reinado en Roma, queriendo dar homenaje así a la ciudad eterna, pero Diocleciano odiaba la ciudad de Roma y sobre todo a sus habitantes a los que consideraba anodinos, vulgares y poco menos que parásitos que se comían el tesoro imperial. Además, su estancia en Roma no fue en absoluto satisfactoria. El pueblo romano seguía caracterizándose por su libertad de palabra, por un irreverente ingenio con el que denigraba a sus gobernantes en coplas y pasquines. Diocleciano lo sufrió en sus propias carnes y, temeroso de una revuelta y con el ánimo abatido, decidió abandonar la ciudad de repente y volver a Nicomedia. Hizo el viaje en lo más crudo del invierno, con lo que el frío y las lluvias no hicieron sino agravar los achaques de salud que sufría. A su llegada, se encerró en su palacio, en silencio, mientras el pueblo rezaba por su pronta recuperación y cundía el pánico ante la posibilidad de que falleciera. Cuando al fin se presentó ante su corte, al cabo de un año, su aspecto era casi irreconocible y estaba visiblemente enfermo. Ese mismo año tomó la decisión de abdicar (el primer emperador que lo hacia) .

Se retiró a Dalmacia, su tierra natal.  Pero lo cierto es que su retiro no discurrió tan plácidamente como había esperado. La espiral de disensiones y de guerras civiles en la que se precipitó el Imperio tras su renuncia, con los cuatro tetrarcas que lo sucedieron disputándose la supremacía, terminó golpeándolo a él mismo. Los tetrarcas Licinio y Constantino, olvidando que se lo debían todo, renegaron de él. Incluso las estatuas del emperador fueron derribadas. Su esposa Prisca y su hija Valeria permanecieron en Tesalónica con el esposo de la segunda, Galerio; tras la muerte de éste, Maximino, el nuevo emperador, quiso casarse con Valeria, pero ella se negó, con lo que sus propiedades fueron confiscadas y ella y su madre se vieron condenadas al destierro.

Abandonado por todos, Diocleciano deambulaba por su palacio con ánimo abatido, viendo cómo sus súplicas eran inútiles. Humillado por los ultrajes cometidos contra su familia y sintiendo que a las amenazas de sus antiguos socios, ahora enemigos, pronto seguirían los hechos, decidió acabar con su vida con honor. Unos dijeron que ingirió un veneno y otros que se ahorcó; pero la opinión mayoritaria fue que simplemente se dejó morir de inanición, lleno de tristeza y remordimientos en ese palacio en el que había decidido aislarse, donde falleció el 3 de diciembre del año 311. Había cambiado por completo el rostro del imperio y aunque no fue un emperador virtuoso, ni filósofo, supo cortar el bucle de guerras civiles del siglo III y mantuvo a las fronteras a toda costa.


Para saber más:

  • HNG24-70
  • HNG131-14