Educación y trabajo

por | 27/03/2016

Educación

maestro_alumnos¿Cuántos romanos sabían leer y escribir? Los historiadores no se ponen de acuerdo. Unos hablan del 5%, otros del 10%, otros del 20%. Ocho de cada diez romanos vivían en el campo, donde casi todo el mundo era analfabeto. Pero en las ciudades el panorama era muy distinto. Los muros estaban repletos de publicidad: eslóganes electorales, carteles de combates de gladiadores y anuncios de viviendas en alquiler. Había incluso envases de salsa que indicaban el nombre del fabricante. Sin duda, quienes escribían estos mensajes prácticos esperaban que un buen número de gentes los entendieran.

Por supuesto, sólo la élite aprendía filosofía, oratoria y griego clásico, pero los grafitis que adornaban las calles no tenían nada de aristocráticos. De hecho, se parecían mucho a las pintadas de hoy en día: “Phileros es un eunuco”, “Epafra, eres calvo” o “Satura estuvo aquí el 3 de septiembre” son algunas de las inscripciones más inofensivas halladas en Pompeya.

A veces la plebe se burlaba de los intelectuales. En una taberna de Ostia, un mural muestra a siete sabios griegos sentados en una letrina, cada uno con su correspondiente cita filosófica parodiada en clave escatológica. Los soldados solían grabar insultos dirigidos a sus enemigos en los proyectiles que arrojaban con sus hondas, aunque se ignosa si aprendían a leer en el ejército o antes de que los reclutaran. “Voy a por el culo de Octavio”, reza una bala de plomo de finales de la república.

Para los comerciantes era imprescindible manejar pesas, medidas y números. Las grandes transacciones se anotaban. En el mercado, a falta de máquinas registradoras, se contaba con los dedos. Pero no solo hasta diez: los romanos eran capaces de expresar hasta 10.000 números distintos adoptando diferentes posiciones con las manos. Y añadiendo otras partes del cuerpo a este código de signos podían llegar, si era necesario, hasta el millón.

Formación y estatus social no siempre iban de la mano. Muchos de los mejores contables y pedagogos eran esclavos. Tampoco los maestros libres gozaban de gran consideración. Las clases de educación primaria se impartían en la calle, con ayuda de pizarras, tablillas de cera, punzones y piedrecitas (que los romanos llamaban cálculos, de ahí el verbo calcular). Los niños de las clases populares, si estudiaban fuera de casa, lo hacían solo hasta los doce años.


Para saber más:

HNG56-23: El libro en Roma: una pasión y un negocio

 

Trabajo

La romana era una sociedad fuertemente jerarquizada. En lo alto, la clase senatorial. Después, la ecuestre. En tercer lugar, los llamados ingenuos, ciudadanos nacidos libres, superiores a los libertos. Por debajo, los no ciudadanos y los esclavos.

Los bloques de viviendas en Roma, que podían elevarse hasta seis pisos, reflejaban a la perfección esa pirámide social, solo que al revés. Los más ricos vivían en la plana baja, en pisos amplios y bien decorados; a medida que se subía por la escalera, el hacinamiento aumentaba y menguaban las comodidades. Los esclavos urbanos carecían de espacio propio; dormían en los pasillos, directamente en el suelo. Cada seis meses se renovaban los alquileres: durante esos días era habitual ver familias deshauciadas durmiendo en la calle.

zapateroPara le élite romana, trabajar era de mal gusto. Un senador jamás debía descender al nivel de un comerciante. Catón gestionaba sus negocios a través de complicadas sociedades mercantiles para no comprometer su nombre. Artesanos y soldados, en cambio, estaban orgullosos de su oficio, hasta el punto de que solían alardear de él en sus lápidas.

El salario de un pastor, un peón o un jornalero no bastaba para alimentar a una familia de cuatro, así que mujeres y niños trabajaban para redondear  los ingresos de la casa. La precariedad era enorme. En el campo, una sola mala cosecha ponía en peligro la supervivencia de los campesinos. En Roma, el paro y los trabajos temporales estaban a la orden del día, aunque los ciudadanos siempre podían acogerse al famoso subsidio de cereales que daría pie a la mitad de la expresión “pan y circo”.

Con tanta inestabilidad económica, las deudas constituían la principal preocupación de las familias. En apuros se recurría a un patrón a quien pedir prestado. Los romanos ya conocían algo parecido a los créditos subprime: el interés medio de un préstamo rondaba el 12% anual, pero si el deudor era poco solvente, podía alcanzar el 50%. En caso de impago, el moroso debía responder con todas sus pertenencias, incluyendo la ropa puesta. Y aunque la esclavitud por deudas se abolió en el siglo IV a.C., en época imperial aún había padres que se vendían a sí mismos o a sus hijos, en algunos casos como arreglo temporal hasta saldar la deuda. En tiempos de crisis, la situación se volvía insostenible, estallaban revueltas y los emperadores se veían obligados a otorgar amnistías colectivas de deuda.


Para saber más:

Comer en Roma

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