El fin del reino

por | 18/02/2016

La inestabilidad política propia de la monarquía visigoda se vió agravada en las últimas décadas del siglo VII debido a enormes problemas sociales y económicos: se habían promulgado leyes durísimas contra los judíos, se sucedían los conflictos con los vascones, multitud de esclavos fugitivos vagaban por el reino, malviviendo a base de bandolerismo … Por si fuera poco, hubo una serie de las malas cosechas consecutivas que ocasionaron terribles hambrunas e incluso hubo epidemias de peste, por todo lo cual se calcula que el reino visigodo perdió aproximadamente un cuarto de su población.

En este clima moría en el año 710 el rey Witiza, quien ocho años antes había sucedido en el trono a su padre Egica. Según las crónicas, Witiza dejaba tres hijos: Agila o Akhila, Olmundo y Ardabasto. Las fuentes afirman que el clan de Witiza, liderado por los hermanos del difunto rey, Sisberto y Oppas, apoyó como sucesor a Akhila, el mayor de los hijos, a lo que se opusieron otros grupos nobiliarios. Entonces se reunió el Senado de nobles y proclamó como nuevo rey a Rodrigo (Roderico), probable dux (duque) de la Bética y, al parecer, emparentado con la familia del antiguo rey Chindasvinto.

Aunque algunos autores modernos consideran la elección de Rodrigo como una nueva usurpación del poder, lo cierto es que la sucesión electiva de la monarquía era el sistema “legítimo” de la realeza visigoda, aunque la monarquía hereditaria era una práctica ya secular y consolidada. No obstante, la elección de Rodrigo debió ser conflictiva y sólo la habrían apoyado algunos sectores de la nobleza, localizados principalmente en Toledo y hacia el sur, tanto en las tierras de la Bética como en la región de Mérida.

Un dato muy significativo acerca de esta falta de consenso es el hecho de que no se conozcan acuñaciones de moneda de Rodrigo en las cecas de la Tarraconense ni de la Narbonense. En cambio, tras la invasión musulmana se acuñaron en ambas provincias monedas de Akhila II, el posible primogénito de Witiza, que debió reinar en las dos zonas, fieles a su clan, cuando ya se había iniciado la conquista islámica.

Rodrigo, pues, se encontró con graves dificultades desde el momento mismo de su elección. De un lado, su proclamación sólo por parte de una facción de la nobleza; es posible, incluso, que el obispado católico no lo apoyara por preferir la continuidad del clan witizano. Esta situación podía provocar un conflicto civil, como, de hecho, debió suceder. De otro lado, la situación del reino era preocupante por las continuas incursiones de los vascones, el resentimiento de los judíos perseguidos durante los últimos reinados y la catastrófica situación económica.

La aceptación de la elección de Rodrigo por parte del clan de Witiza fue sólo aparente, si es que no hubo una abierta hostilidad desde el primer momento. Según han transmitido algunas crónicas y han popularizado los romances medievales, un personaje nunca contrastado históricamente, el conde Julián, gobernador de Ceuta y uno de los fideles del grupo witiziano, entró en contacto con los musulmanes del norte de África, a quienes los witizianos habrían pedido ayuda para luchar contra Rodrigo, y traicionó al rey facilitando la entrada en la península de las tropas de Tariq. Como decimos, este hecho no está contrastado de ninguna manera.

Además de no ser seguro la existencia del conde Julián, tampoco lo es el que hubiera una primera incursión de tanteo o reconocimiento en 710 a cargo de unas tropas expedicionarias al mando de un tal Tarif. En realidad, la primera y auténtica incursión debió de ser la del año 711, al mando del mencionado Tariq ibn Ziyad, lugarteniente de Musa ibn Nusayr. Este último (cuyo nombre popularizaron las crónicas como Muza) era el gobernador de Ifriqiya, el norte de África. Los bereberes de Tariq entraron en la Peninsula hacia finales de abril de 711 . Según las fuentes árabes, los siete mil hombres de Tariq habian sido reforzados para la ocasión con cinco mil más enviados por Musa. Dado que Musa no iba al frente del ejército y que los efectivos militares no eran muy elevados, se cree que su objetivo no era la conquista, sino llevar a cabo campañas de saqueo.

Mientras tanto, Rodrigo estaba en el norte, sitiando Pamplona, no se sabe si al frente de una expedicion contra los vascones o combatiendo directamente con las tropas de Akhila en una guerra civil abierta. Ante la noticia del desembarco musulmán, el rey se vio obligado a marchar rápidamente al sur, quizá sin grandes efectivos, aunque las fuentes árabes magnifican el número de soldados del enemigo, llegando a hablar de cien mil hombres, lo que desde todo punto de vista es imposible.

Otro aspecto a tener en cuenta es el de que organizar un ejército no era fácil en los últimos tiempos del reino visigodo. Ello se debía a que la pérdida de propiedades del Patrimonio de la Corona, de donde se obtenía el reclutamiento de los siervos que atendían tales propiedades, hizo que el rey tuviese un ejército propio muy menguado y dependiera en gran medida de los efectivos aportados por los nobles. Aunque había leyes que penaban y multaban fuertemente a quienes no acudían a apoyar al rey, muchos nobles preferían mantener las labores agrícolas, fuente de sus ingresos. Si a ello unimos el problema de Agila II en el noroeste y la división nobiliaria en su propio bando, el resultado fue que, además de tarde, el ejército de Rodrigo no debía de ser muy numeroso. Este ejército además de reducido estaba dividido, y surgieron desacuerdos que motivaron luchas internas y deserciones. Parece muy probable que, incluso, Tariq recibiera en el transcurso de la batalla apoyo de nobles witizanos que acompañaban al rey.

Sea como fuere, el enfrentamiento de ambos ejércitos se produjo en la batalla del río Guadalete, el wadi Lakka de las fuentes árabes, aunque el sitio exacto en que tuvo es impreciso y suele hablarse del valle del Guadalquivir como escenario de la misma.

La derrota visigoda fue absoluta. En cuanto al propio Rodrigo, debió morir en la batalla, aunque parece que su cuerpo no fue encontrado. La leyenda dice que huyó, incluso que murió más tarde y fue sepultado en la localidad portuguesa de Viseu. Según la Crónica Rotense en esa ciudad apareció un sepulcro con una inscripción que decía: “Hic requiescit Rodericus Rex Gothorum” (“Aquí descansa Rodrigo, rey de los godos”). De ser esto cierto, bien pudo suceder que los leales al rey en la huida hubieran dado allí sepultura a sus restos. En cualquier caso, tras la derrota y desaparición de Rodrigo, la suerte de la monarquía visigoda estaba echada y, más, porque cuando en 711 o 712 Musa alcanzó Toledo se hizo con el tesoro real visigodo.