División y fin del Imperio

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A la muerte de Teodosio I (379-395), el Imperio quedó dividido entre sus dos hijos: Arcadio obtuvo Oriente y Honorio (395-423), Occidente. Este acto no supuso una ruptura en sí, pues ya había habido una división de atribuciones, responsabilidades y zonas de influencia con anterioridad.

A ambos lados del Imperio la autoridad imperial fue en teoría única, con similares instituciones y pareceres unánimes. En la práctica, sin embargo, hubo diferencias: el sector occidental era más débil, recibió la mayor parte de las presiones exteriores y, a lo largo del siglo V, fue cuarteado y ocupado por diversos pueblos bárbaros. En lo político, la diferenciación entre ambas cortes imperiales fue gradual, provocada en parte por la presencia de caudillos bárbaros en las esferas de poder de Occidente.

Ya tras el desastre de Adrianópolis (378), el Imperio se vio obligado a aceptar la presencia de los visigodos, necesitado como estaba de su apoyo para proteger las fronteras ante las amenazas de otros pueblos bárbaros. Se inició así un proceso de barbarización, de control de las parcelas de poder por parte de caudillos foráneos.

Estilicón, un jefe vándalo, ejerció la tutela de los hijos de Teodosio: su autoridad fue aceptada en Occidente, pero no en Constantinopla, donde las crecientes diferencias llevaron incluso a declararlo enemigo público. Estilicón tuvo que hacer frente a los visigodos, que desde Oriente pasaron a Occidente en el año 401, así como a la invasión de suevos, vándalos, alanos y alamanes en 406. En este ambiente de crisis, Estilicón fue asesinado en 408, lo que evidencia que Occidente era incapaz de solucionar el problema bárbaro.

Mientras la Galia era asolada, Alarico I (395-410), el rey visigodo, saqueaba Roma (410). Este saqueo fue la demostración de la división entre Constantinopla y Rávena, y del debilitamiento del poder imperial en Occidente. Las usurpaciones fueron constantes, así como las disputas entre los diversos generales (Félix, Aecio, Bonifacio). Con Honorio y posteriormente con Valentiniano III (424-455), Occidente hubo de hacer frente a los ataques bárbaros y a la anarquía: Britania se perdión en 411, la autoridad imperial quedó reducida en la Galia e Hispania fue ocupada por suevos, alanos y vándalos; estos últimos conquistaron África en 430, desde donde interrumpieron el tráfico de cereales a Italia.

Las ofensivas de Atila aislaron al emperador y su corte en Rávena, mientras en el resto de Italia el papado y las aristocracias locales tuvieron que hacer frente a las amenazas exteriores sin contar con apoyo estatal. Tras el asesinato de Valentiniano y la extinción de la dinastía teodosiana, y ante la creación de diversos reinos bárbaros en el seno del Imperio (francos, suevos, visigodos, vándalos, burgundios), la autoridad imperial se desdibujó. Entre 457 y 472 el suevo Ricimiro designó y depuso emperadores (Mayoriano, Livio Severo, Antemio, Olibrio). Desde Oriente, donde tras la muerte de Teodosio II en 450 se designaron emperadores ajenos a la dinastía teodosiana, se impulsó el nombramiento de un patricio, Julio Nepote (474-480), que no fue aceptado por los militares bárbaros.

Por fin, en 476, el caudillo hérulo Odoacro depuso al emperador Rómulo Augústulo (475-476), se hizo coronar rey de Italia y devolvió las insignias imperiales a Constantinopla. El Estado romano se desmoronó en Occidente y se inició la era de los reinos germánicos, entre los que destacaron el de los visigodos en Hispania y el de los francos en la Galia.

 

Para saber más:

Fin del Imperio de Occidente