En busca de las fuentes del Nilo

por | 29/11/2016

El lugar donde se hallaban las fuentes del Nilo y las causas de sus extrañas crecidas estacionales fue uno de los mayores misterios sin resolver de la Antigüedad. A pesar de que faraones, emperadores, estudiosos y aventureros intentaron desentrañar el enigma del Caput Nili, que brindaba a Egipto su exuberante riqueza, su secreto permaneció indescifrable hasta mediados del siglo XIX. En el mundo antiguo existieron diversas teorías sobre dónde se ubicaba el origen del gran río africano. Se situó en la zona que griegos y romanos conocían como Etiopía -al sur de Egipto-, se especuló sobre la posibilidad de que estuviera en la zona de las montañas del Atlas (en el actual Marruecos) e incluso se planteó un origen subterráneo del río.

Sin embargo, no fue hasta el reinado del emperador Nerón (54-68) cuando se organizó la expedición que más cerca estuvo de descubrir el nacimiento del Nilo en la Antigüedad. Esta misión, cuyos datos conocemos a través de las obras de Séneca, Plinio el Viejo y Dión Casio, no sólo pretendía resolver el enigma sobre el nacimiento del río, sino que también fue muy útil para realizar un reconocimiento militar previo del terreno, en vistas a una posible expansión militar del Imperio romano hacia el sur de Egipto.

La expedición se llevó a cabo entre los años 61 y 63 e inició su recorrido en la ciudad de Syene, la actual Asuán, donde embarcó. La misión estaba compuesta por un destacamento de soldados pretorianos a las órdenes de un tribuno militar y de dos centuriones; estos últimos pertenecían a la guarnición romana de Egipto. Partieron río arriba hacia Hiera Sykaminos (hoy Maharraqa), el enclave más al sur dominado por los romanos, emplazado a unos 120 km de Syene.

De esta forma se adentraron en Etiopía, que en aquel entonces estaba dominada por el reino kushita de Meroe. El recorrido que siguieron los expedicionarios, y de cuyas distancias tomaron nota detallada, les hizo pasar por Tama, la región donde según Plinio el Viejo vivían los etíopes evonomitas, por Primis (la actual Qasr Ibrim, a un centenar de kilómetros al sur de Maharraka) y por Acina, Pitara y Terjedo.

Rumbo a lo desconocido

Plinio, que seguramente tuvo acceso al informe oficial de la expedición, explica que la zona por la que progresó la misión remontando el curso del Nilo estaba deshabitada. Los exploradores marcharon a través de un paraje desolado y abandonado, lo que quizá se debía a la inseguridad que caracterizaba la frontera entre Egipto y Etiopía, o bien a la degradación del propio medio natural.

En su avance, los expedicionarios observaron especies de animales desconocidas en el mundo mediterráneo, entre ellas loros y esfingios, estos últimos seguramente algún tipo de mono. Plinio también indica que a partir de Terjedo los exploradores vieron cinocéfalos, seres que la mitología tradicional representaba con cuerpo humano y cabeza de perro, aunque probablemente fueran algún tipo de babuino.

Además de los impedimentos propios del terreno y las altas temperaturas de la zona, la misión tuvo que enfrentarse a los obstáculos naturales que presentaba el propio río: en el tramo entre Syene y Meroe existen seis cataratas, lo que obligó a los expedicionarios a rodear estos obstáculos naturales echando pie a tierra en diversas ocasiones. Tras un duro y largo trayecto, la expedición alcanzó Napata. Según Plinio, éste fue el primer emplazamiento habitado al que llegaron los expedicionarios desde que abandonaron Egipto. Esta ciudad, que entonces era una pequeña población, había sido en el pasado la capital del reino kushita, pero perdió su poder y riqueza tras la destrucción que sufrió en el año 591 a.C. a manos del faraón egipcio Psamético II y el posterior traslado de la capital más al sur, a Meroe. Aun así, los exploradores pudieron observar los palacios, los templos y las pirámides dispersos por el territorio cercano a Napata, construcciones que ofrecían un testimonio palpable de la pasada pujanza de la región.

Hasta llegar aquí, la expedición había recorrido alrededor de mil kilómetros desde su punto de partida en Syene. Los expedicionarios siguieron su avance río arriba hasta alcanzar Meroe, la capital del reino kushita, ciudad en la que los edificios eran bastante escasos. Cerca de la capital  nubia advirtieron que la vegetación se hacía más abundante y pudieron observar algunas zonas boscosas e incluso huellas de rinocerontes y elefantes.

¿Hasta dónde llegaron?

En aquel momento gobernaba el reino kushita la kandace o reina Amanikhatashan (62-85), que recibió a los exploradores y les ofreció salvoconductos para que la misión pudiera proseguir sin peligro con la ayuda de las tribus del sur. Asimismo, la kandace meroíta les proporcionó guías y algún tipo de escolta militar. Una vez descansados y reabastecidos, los exploradores siguieron su camino. Tras superar la sexta catarata, cerca de la actual ciudad de Jartum (la capital de Sudán), los exploradores vieron cómo el río se bifurcaba en dos grandes cursos de agua. Por recomendación de los guías kushitas optaron por seguir el brazo más occidental del río, que hoy conocemos como Nilo Blanco, en lugar de continuar por el Nilo Azul, el ramal más oriental. Este último procede del lago Tana, en la meseta etiópica, donde caían las lluvias primaverales que causaban la crecida del río.

Tras numerosas jornadas avanzando aguas arriba, los exploradores observaron que el paisaje comenzaba a transformarse y que los márgenes definidos del río iban desapareciendo para dar paso a una enorme zona pantanosa. En ella crecían grandes masas de vegetación muy compacta, que se entremezclaban con el fango formando lagunas y charcas que impedían el avance de las embarcaciones. Según Séneca, los expedicionarios informaron de que, a esta altura, habían contemplado “dos peñascos de los que caía un río inmenso”. Para el filósofo, aquello era prueba suficiente para pensar que habían llegado hasta las fuentes del Nilo, originadas de una surgente subterránea. Los expedicionarios también creyeron que habían alcanzado su objetivo, por lo que poco después iniciaron el camino de regreso.

La descripción que ofrecieron los centuriones del lugar al que llegó la expedición ha llevado a los historiadores a situarlo en la zona del Sudd, en tierras del actual Sudán del Sur, un área pantanosa de difícil acceso debido a la abundancia de plantas y raíces. Esta región se extiende a lo largo de miles de kilómetros cuadrados y durante la estación de las lluvias llega a ocupar una extensión del tamaño de Inglaterra, por lo que debió de resultar infranqueable  en la época antigua. Allí, las condiciones geográficas frenaron la marcha de los expedicionarios.

A pesar de que esta zona pantanosa no es la auténtica Caput Nili, la expedición neroniana fue, sin duda, la que más cerca estuvo en la Antigüedad de llegar al lago Victoria, descubierto por los europeos en 1862 y que actualmente se considera el origen del Nilo. Los expedicionarios se habrían quedado a un millar de kilómetros de alcanzar su objetivo, algo nada desdeñable si consideramos los más de 6500 km de longitud que posee este río y los elementales sistemas de transporte propios del mundo antiguo.

 

 

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