Esclavitud y servidumbre

Es difícil imaginar un colectivo romano más oprimido que el de los esclavos de finales de la República y comienzos del Imperio, pero éstos no siempre pudieron o quisieron rebelarse. Los urbanos no eran muy rebeldes: esperaban obtener la libertad por medios legales. Las principales guerras serviles fueron organizadas o secundadas por esclavos agrícolas, con diferencia los peor tratados. Las dos primeras estallaron en Sicilia a finales del siglo II a.C., y no por casualidad. La isla era una inmensa plantación en la que los prisioneros de guerra, cargados de grilletes, se deslomaban hasta morir de agotamiento.

La mecánica era siempre la misma: un grupo de esclavos se amotinaba. La noticia corría como la pólvora, otros esclavos y campesinos pobres se unían a la rebelión. Pero, tras sus primeras victorias, el grupo perdía cohesión. Unos ansiaban volver a sus países de origen. Otros aspiraban a fundar un reino propio. Algunos deseaban vengarse de sus amos y ponerlos a trabajar. Los más solo querían la libertad. No anhelaban abolir la esclavitud, sino dejar de ser esclavos. No había ninguna utopía igualitaria, ni siquiera un propósito común, que los mantuviera unidos.

Esa falta de un plan definido pudo ser lo que dio al traste con la más célebre de las guerras serviles, la iniciada por Espartaco en 73 a.C. Tras varias victorias tan sorprendentes como espectaculares contra las legiones, el exgladiador guió a sus hombres hacia el Po con intención de cruzar los Alpes. Allí algo les hizo echarse atrás, ya fueran las propias montañas o disensiones internas. Cruzar Italia hacia el sur y recular otra vez hacia el norte fue su perdición.

A partir del siglo III d. C., una crisis económica sin precedentes se cebó en los habitantes del Imperio. Roma hacia aguas por todas partes. Varias epidemias de peste habían diezmado la población, que ya no producía lo suficiente para abastecer las ciudades. Los emperadores se hacían adorar como dioses y competían en megalomanía, pero caían como moscas. Pocos morían por causas naturales, una conspiracién tras otra debilitaba la monarquía, el Senado era papel mojado y el ejército asumía cotas de poder impensables hasta el momento. Constantes escaramuzas fronterizas mantenían a la gente hambrienta y aterrada. Muchas grandes fortunas cayeron, los prohombres municipales ya no podían costear los servicios públicos de sus ciudades, los esclavos huían y formaban bandas de salteadores, porque sus amos ya no los alimentaban.

Por supuesto, las clases bajas fueron las más perjudicadas. Desde el mandato de Caracalla, todos los habitantes libres del Imperio eran ya, formalmente, ciudadanos romanos, pero de poco les sirvió. Las élites acababan de acuñar una nueva categoría jurídica que las distanciaba del populacho. Ellos eran honestiores, los más honrados y, cómo no, los más ricos. Por tanto, merecian toda clase de privilegios. A los humiliores, por su condición inferior, se les aplicaban leyes distintas y podían, por ejemplo, ser azotados y torturados, un trato que hasta entonces estaba reservado en exclusiva a los esclavos.

El Estado, empobrecido y necesitado de recursos para frenar las invasiones bárbaras, no halló otra solución que implantar un control férreo sobre sus ciudadanos. Sobrecargó de impuestos a todos los grupos sociales. A quienes carecían de dinero, se les exigían prestaciones laborales gratuitas. Se congeló toda movilidad social: para paliar la escasez de mano de obra, los oficios se hicieron obligatorios y hereditarios. Si uno nacia herrero, moría herrero y sus hijos también, una norma que prefiguraba los riígidos gremios medievales. Una red de funcionarios cada vez más corrupta recaudaba impuestos oficiales y extraoficiales. En el campo, pequeños propietarios endeudados que habían perdido sus haciendas firmaban pactos de arrendamiento con los grandes hacendados, que les cedían parcelas a cambio de un pago anual. Estos acuerdos, que al principio duraban cinco años, no tardaron en hacerse vitalicios. A cambio, los campesinos eludían los impuestos estatales y obtenían la protección de sus patronos, que se defendían de los bárbaros fortificando sus villas. Un acuerdo prefeudal que ganaría popularidad en los siglos siguientes.

Mientras las condiciones de vida de los esclavos, al menos en teoria, mejoraban gracias a la nueva mentalidad cristiana, los colonos agrícolas se convertían de facto en esclavos, siervos atados a la tierra. A partir del siglo IV, un colono sospechoso de querer abandonar su parcela podía ser encadenado. Se les prohibió ingresar en la Iglesia o el ejército, e incluso casarse con campesinos de otros territorios. Algunas leyes de la época los mencionan como meras “posesiones” de sus respectivos señores. Los esclavos no podían poseer bienes sin permiso; los bienes que adquirían los colonos correspondían, jurídicamente, a sus señores. La diferencia entre libre y esclavo, ciudadano y no ciudadano, dejó de tener sentido. Este caldo de cultivo propició el surgimiento de las bandas de asaltantes conocidas como bagaudas.

Entretanto, las tribus germánicas campaban a sus anchas por amplias partes del Imperio. Ademés de incursiones, había auténticas migraciones. Simplemente, se asentaban donde querían. Paradójicamente, el mismo ejército destinado a combatir a los bárbaros contrató a miles de ellos como mercenarios, de manera que, a ojos del pueblo, unos y otros eran igual de extranjeros. No quedaban razones para sentirse identificado con Roma. El Imperio de Occidente se desintegraba. De sus cenizas surgían ya las bases de la nueva sociedad feudal.


Para saber más:

De la esclavitud a la libertad en Roma. HNG12-29