Fin del dominio imperial

Si hubiera que fijar una fecha para el final del dominio imperial romano sobre la totalidad de la península Ibérica, habría que pensar en el otoño de 409. O bien el 28 de septiembre, o el 12 de octubre, de aquel año -no hay acuerdo en las fuentes- cruzó los puertos pirenaicos y entró en Hispania una alianza poco firme, recientemente constituida, entre unos “bárbaros” que habían pasado los tres años anteriores abriéndose camino desde el Rin y a través de la Galia. Se dice que estos invasores estaban constituidos por tres elementos étnicos diferentes: los alanos, los vándalos -en sus dos ramas, silingos y asdingos- y los suevos. Los romanos creían que tanto los vándalos como los suevos eran pueblos germánicos que tenían sus orígenes en tierras situadas al este del Rin, mientras que de los alanos se tenía un gran desconocimiento.

El hecho es que durante el invierno de 406 el Rin quedó cubierto por una capa de hielo y los tres pueblos lo cruzaron para entrar en territorio romano, donde, a pesar de la resistencia inicial de algunos francos, que actuaban como federados del Imperio, consiguieron abrirse camino a la fuerza por las provincias galas que, por lo demás, se encontraban indefensas. Después de un período de tres años en la Galia, del cual no ha quedado prácticamente testimonio alguno, alcanzaron los Pirineos occidentales en el otoño de 409 y lograron cruzarlos sin encontrar resistencia, posiblemente como resultado de una traición deliberada por parte de las unidades romanas que supuestamente tenían que estar defendiendo los pasos en aquellas montañas.

Estas tropas imperiales estaban al servicio de un emperador usurpador, Constantino III (407-411), que había sido proclamado emperador por las tropas de Britania en 407 y luego se había hecho dueño de buena parte de la Galia e Hispania durante el período de confusión que siguió a su proclamación. Es imposible saber si el sacerdote hispánico Orosio en 417, cuando escribió sus Siete libros de historias contra los paganos, tenía razón al afirmar que los soldados de Constantino habían dejado deliberadamente que los bárbaros cruzaran los Pirineos, con el fin de encubrir el saqueo de la población civil que ellos mismos habían estado realizando. El hecho es que, a partir de entonces, el gobierno del legítimo emperador del imperio romano de Occidente, Honorio, nunca fue capaz de volver a imponer su autoridad en todas las provincias de Hispania.

Si nos basamos en lo que estaba sucediendo en otros lugares durante este período, es probable que estos grupos invasores estuvieran intentando alcanzar algún tipo de acuerdo con el gobierno romano, ofreciéndose a proporcionar servicios militares a cambio de un pago regular, suministros y cierto grado de integración en la estructura administrativa imperial. De hecho, esto es lo que Alarico y sus godos planteaban cuando, hasta el saqueo de Roma en 410, estuvieron intentando persuadir a Honorio para que los concediera.

Parece ser que los alanos, los vándalos y los suevos -que según Hidacio se habían repartido a suertes las provincias “tocándoles” a los suevos Galicia, a los alanos la Lusitania y la Cartaginense y a los vándolos silingos la Bética- después de un período breve, pero salvaje, de saqueo y destrucción, habían establecido un tratado de federación con el Imperio. Las dos fuentes principales que recogen la historia de este período -las de Osorio, que fue contemporáneo, y las de Hidacio, un obispo que escribión una breve crónica hacia 468- coinciden en que hubo en período de hambre, inanición y canibalismo inmediatamente posterior a la entrada de los bárbaros en 409. Aunque las simpatías de ambos cronistas están con la población civil que sufría esta catástrofe, lo que relatan implica que los invasores necesitaban tomar medidas desesperadas y a corto plazo. Después de apoderarse de todos los alimentos disponibles y reducir a los habitantes de un país a un estado de inanición, debían continuar su camino, para ocasionar una miseria similar en otras áreas que hasta entonces estaban intactas, o bien cambiar la naturaleza de su relación con las clases dominantes romanas. Dado que ya habían devastado la Galia mientras la atravesaban de 406 a 409, y eran en este punto incapaces de cruzar al norte de África, el último procedimiento era la única alternativa que les quedaba si no querían sumarse a los civiles y caer ellos mismos también en un estado de inanición.

Las condiciones existentes en Hispania en aquel momento implicaban que el consiguiente tratado de federación tenía que pactarse con un régime imperial rebelde que se había implantado en la península en el año 409. El emperador con el que establecieron el pacto se llamaba Máximo y su dominio estaba centrado en la Tarraconense, en la costa mediterránea, una zona que entonces no se encontraba amenazada directamente por la presencia de los invasores. Máximo había sido proclamado emperador por Geroncio, uno de los generales de Constantino III, que se había rebelado contra su antiguo emperador. En tales circunstancias, ni Geroncio ni Máximo estaban en situación de poder resistir frente a los alanos, suevos y vándalos; en todo caso, podrían haber esperado valerse de ellos para derrocar a Constantino III y conseguir el control de la Galia.

En la práctica no iba a suceder esto. Durante el invierno de 410-411 los visigodos se retiraron de Italia y, en consecuencia, el ejército de Honorio, el emperador legítimo, quedó libre para intentar restablecer su dominio sobre la Galia. Esto se llevó a cabo con bastante rapidez a lo largo de 411. Geroncio fue muerto por sus propios hombres, mientras que Constantino III tuvo que rendirse a Honorio que lo mandó ejecutar. El efímero gobierno de Máximo se derrumbó y éste tuvo que refugiarse con sus aliados suevos y vándalos en el interior de la península, mientras esperaba un ataque de los ejércitos de Honorio.

Este ataque tardó mucho en llegar, porque las condiciones en la Galia seguían siendo caóticas, y hubo que esperar hasta 416 para ver el gobierno del imperio de Occidente en situación de intentar recuperar el control peninsular. Esta operación no la llevarían a cabo fuerzas imperiales, sino las del nuevo aliado de Roma, el rey visigodo Walia. La campaña que puso en marcha por encargo de Honorio contra Máximo y sus federados alanos, suevos y vándalos hizo que los visigodos aparecieran por vez primera en Hispania.