Gadir, la joya de Occidente

La colonización fenicia tiene su máximo exponente en Gadir, la ciudad cuyo recuerdo ha perdurado en las fuentes clásicas, desde Estrabón a Posidonio. Ya fuese de un único enclave emplazado bajo la actual Cádiz, como defienden las interpretaciones tradicionales, o la suma de un territorio más amplio en el estuario del Guadalete que englobara bajo un único topónimo diversos asentamientos de similar rango, se trata de un referente obligado cuyo nombre adoptó las formas griegas de Gadeira y Gederoi hasta latinizarse en Gades.

La fecha de la fundación de Gadir continúa siendo un misterio. Veleyo Patérculo (19 a.C.-31 d.C.) afirma que fue unos 80 años posterior a la guerra de Troya. Si se acepta que esta contienda finalizó hacia 1190-1184 a.C., la fecha de su fundación se situaría en torno al año 1100 a.C., siendo anterior a las de Lixus y Útica, en el litoral africano. El texto de este autor dio pie a una tradición recogida por Estrabón, Pomponio Mela y Plinio. Pero en Cádiz no se han encontrado restos de esa época; los más antiguos son los del Castillo de Doña Blanca (Puerto de Santa María), cerca de Cádiz, de finales del siglo VIII a.C.

La diferencia cronológica entre los textos y la arqueología se ha explicado trasladando la primera fundación al Castillo de Doña Blanca, o apelando a la “precolonización”, una época de contactos esporádicos que no dejan restos arqueológicos. Pero las intervenciones realizadas a a partir del año 2002 en el solar del antiguo Teatro Cómico de Cádiz han sacado a la luz muros y materiales del siglo VIII a.C. También en el Cerro del Castillo (Chiclana) se localizaron restos del mismo período, por lo que es probable que desde finales del siglo IX a.C. el estuario del Guadalete estuviera controlado por asentamientos fenicios.

El geógrafo griego Estrabón recoge un relato del nacimiento de Gadir, procedente de un historiador griego más antiguo, Posidonio. Según refiere Estrabón, la ciudad la fundaron fenicios procedentes de Tiro, siguiendo las indicaciones de un oráculo. Tras dos intentos fallidos, uno al este y otro al oeste del estrecho de Gibraltar, en los que los sacrificios ofrecidos a los dioses no resultaron favorables, la tercera intentona se saldó con éxito. La nueva colonia recibió su nombre de la muralla que la rodeó, pues gadir era el nombre que los fenicios daban a un “recinto cerrado”.

Gadir seguía el viejo patrón de los asentamientos fenicios, para los que se buscaban lugares que reunieran unas condiciones de defensa relativamente fáciles: islas cercanas a la costa (como la propia Tiro), promontorios rodeados de un entorno acuático (como la poderosa colonia tiria de Cartago), penínsulas, lugares elevados en el interior pero cerca de la costa (como la Asidio fenicia, hoy Medina Sidonia), o pequeños conjuntos de islas muy próximas entre sí y estratégicamente situadas en relación con la tierra firme, con acceso inmediato a ríos navegables por pequeñas embarcaciones. Gadir, próxima a ríos como Guadalete o el Iro, seguía este modelo.

Poco sabemos del aspecto de la ciudad. La paleotopografía indica la existencia de dos islas: Kothinoussa y Eritheia, citadas por Plinio. En la primera se situarían los santuarios de Baal, en el área del Castillo de San Sebastián, y de Melkart, en el islote de Sancti Petri. Este último templo, el más importante, seguiría el modelo de los santuarios fenicios, formado por un gran recinto porticado y un área Gadirde culto en el extremo opuesto al acceso, siendo similar, según diversos investigadores, al chipriota de Kition, datado en el 800 a.C.

La importancia de dicho templo no radicaba únicamente en las columnas de bronce de ocho codos de altura (3,25 metros) en las que estaban grabadas las cuentas de su construcción, ni los altares dedicados a Melkart, Reshef y Heracles, sino en el hecho de que, como todos los templos fenicios, el de Melkart, en tanto que divinidad protectora de Tiro, habría desempeñado una importante actividad económica amparada por el culto, al proporcionar un recinto seguro para la hospitalidad y las transacciones comerciales. La estructura administrativa del templo de Gadir se responsabilizaría del control de las mercancías, la fiabilidad de los pesos y medidas, el registro de las transacciones y los servicios de banca y tesorería propios de un mercado estatal.

Con el paso del tiempo, el fenicio Melkart, señor de Tiro y de Gadir, se fundió con el griego Heracles y siguió reinando con este nombre en el estrecho de Gibraltar. El geógrafo romano Pomponio Mela, nacido muy cerca de Cádiz, escribía en el siglo I d.C. que el templo de Melkart “era célebre por sus fundadores, por su veneración, por su antigüedad y por sus riquezas”, y añadía que “su santidad estriba en que guarda las cenizas de Hércules”; el santuario contaba con un oráculo que fue visitado por Aníbal y Julio César, a quien predijo su grandeza.

En la segunda isla, Eritheia, se situó el núcleo de la colonia, un asentamiento de unas diez hectáreas de superficie que debía de incluir el templo de Astarté y la zona portuaria, en la que destaca el canal Bahía-Caleta, un antiguo brazo del Guadalete que ejercería la función de cothon o puerto cerrado.

Junto a los templos, el otro rasgo distintivo de la ciudad era su espléndido fondeadero, el doble puerto natural entre las islas de Eritheia y Kothinoussa. A pesar de las dificultades para corroborar una cronología antigua para la Cádiz fenicia, diversos yacimientos han permitido identificar estructuras arquitectónicas de planta rectangular y cuadrangular similares a las del Castillo de Doña Blanca, a las que aparecen asociados materiales fenicios e indígenas datados en el siglo VIII a.C. Gadir habría contado con murallas, torres y puertas monumentales, lo que le habría permitido guarecerse tras las mismas a la hora, por ejemplo, de cambiar de bando durante la segunda guerra púnica, en el año 206 a.C. cuando expulsó a la guarnición cartaginesa y se declaró a favor de Roma. De este modo, la Gadir tiria mudaba la piel y se aseguraba su propia supervivencia, desgajándose de un mundo en su ocaso, el del antaño poderoso y ahora declinante imperio cartaginés.

La economía de esta bulliciosa ciudad se sustentaba en el comercio con los mundos atlántico y mediterráneo, en la pesca del atún y en la exportación de la salsa de vísceras de pescado llamada gáron, el garum romano. Tanta o mayor fama que el gáron tenían las bailarinas gaditanas (las puellae de Gades) y los arrojados marinos que desde la ciudad exploraron el Atlántico hasta el mar del Norte o el golfo de Guinea. De ellos dice Estrabón: “Sus habitantes son los que envían la flota más numerosa y compuesta de barcos más grandes hacia nuestro mar y hacia el del exterior; aunque no habitan una isla grande ni ejercen dominio sobre una parte considerable del continente de enfrente ni poseen otras islas, sino que pasan la mayor parte de su vida en el mar”. Incluso se ha pensado que llegaron a circunnavegar África y que pudieron alcanzar Brasil.

Gracias a autores muy posteriores a los hechos que narran, como Plinio el Joven, Arriano o Festo Avieno, sabemos de viajes extraordinarios emprendidos desde Gadir por navegantes fenicios como Hannón o Himilcón, quienes en el siglo V a.C. habrían dirigido expediciones marítimas a tierras maravillosas y muy lejanas. Así, Hannón, cartaginés que vivió hacia 530-450 a.C., habría partido desde Gadir hacia el Atlántico sur costeando África y quizá llegando a navegar por el golfo de Guinea; a su regreso, depositó en el templo de Baal de Cartago el relato de su viaje. En el siglo V a.C. el fenicio Himilcón zarpó también desde aguas gaditanas con rumbo a las fabulosas islas del Estaño -material imprescindible para la elaboración del bronce-, situadas en los brumosos mares septentrionales; en su aventura quizá llegó al mar del Norte, y puede que incluso hasta el Báltico.


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