Ingenieros militares

por | 22/07/2016

Cuando las legiones iban en marcha, todas las noches levantaban un campamento donde pernoctar. Decidida la ubicación del mismo, se señalaba un espacio cuadrangular de 700 m de lado. En su centro se colocaba la tienda del general, de la cual partían las dos calles principales (cardo y decumano). Colocada la impedimenta en el núcleo del campamento, la mitad de la legión establecía un perímetro defensivo y la otra mitad comenzaba a cavar la trinchera de 3 m de profundidad y 4 de anchura que lo rodearía, la fossa o vallum. Con la tierra extraída se creaba un terraplén de 1 m de altura, el agger, sobre el que se clavaban las estacas que cargaba cada legionario en su equipo, formándose así una muralla defensiva.

En cuatro horas el campamento podía estar terminado, y desmontado en mucho menos. Eso en el caso de los campamentos temporales, porque los fijos, al tener murallas de piedra, eran mucho más sólidos. Tanto era así que muchos dieron lugar a ciudades modernas, como León, Lugo, Maguncia o Estrasburgo.

Un ejemplo de las dimensiones que podían alcanzar estas defensas fijas son los restos de las murallas de Roma del siglo IV a.C. Tenían siete metros de altura y cuatro de anchura, reforzadas cada cinco por contrafuertes. Para dificultar los asaltos, delantes de ellas se abría un inmenso foso de 30 m de ancho y 9 de profundidad. Su acceso se obstaculizaba enterrando ante él afiladas estacas de madera en agujeros camuflados (lirios), o tacos de madera en los que se clavaban puntas de flecha (los stimuli, idóneos para frenar a la caballería).

Esta rapidez a la hora de organizar unas defensas se apreciaba también cuando deseaban poner sitio a un campamento o ciudad que, casi de la noche a la mañana, aparecían envueltos por una muralla de tierra con torres de madera a intervalos regulares. Es lo que sucedió en el asedio de Numancia, en el año 133 a.C. En ocasiones, este tipo de defensas, pero en piedra, se utilizaron para sellar la frontera (limes) de alguna provincia, como el muro de Adriano en Britania, destinado a mantener a raya a los pictos.

Para acelerar un asedio, los ingenieros contaban con armas suficientes: la balista (una suerte de ballesta gigantesca que arrojaba lanzas, de una en una o en grupo); la catapulta (cuyo brazo rígido, terminado en forma de cuchara, lanzaba piedras); el escorpión (una especie de ballesta muy grande manejada por un solo legionario) y el onagro (un brazo oscilante rígido en cuyo extremo una bolsa, similar a la de una honda, permitía arrojar proyectiles de hasta 80 kg a 800 m de distancia). Su efecto contra las defensas fijas o contra un ejército en movimiento, podía ser devastador.

Quizá los ingenieros no participaran en el combate cuerpo a cuerpo, pero su contribución a la batalla era capital. Sobre todo si eran capaces de derribar unas murallas excavando una mina en sus cimientos, lo que facilitaba el asalto posterior.


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