Julio César

Extraordinariamente ambicioso, cuenta Plutarco que, cuando tenía 33 años, le encontraron llorando desconsoladamente. Al preguntarle el motivo, dijo: “Pensaba en Alejandro Magno. Cuando murió tenía mi edad y había conquistado el mundo, mientras que yo solo soy un modesto cuestor”. En efecto, la gloria de César comenzó con la guerra de las Galias, cuando ya había cumplido los 40.

La biografía de Julio César tuvo todos los ingredientes para convertirlo en una figura mítica. César fue un hábil estratega y un militar valeroso, cuyas victorias permitieron extender el territorio romano; fue un político sagaz, cuyas medidas populistas le granjearon el afecto de grandes estratos de la población. De la misma manera, destacó como un literato excepcional, cuyos escritos, como La guerra de las Galias, se cuentan entre los más logrados del latín clásico. Las conquistas de César permitieron que gran parte de Europa adoptase costumbres y modelos latinos. Igualmente, las medidas que adoptó como jefe del Estado romano (entre las que se incluían reformas en la legislación agraria y en el calendario) impulsaron cambios irreversibles en Europa.

cesarCayo Julio César nació el 13 de julio del año 100 antes de Cristo (según la fecha más comúnmente aceptada) en un barrio no muy aristocrático de Roma, cercano a la actual vía Cavour. Se sabe poco de su infancia, transcurrida en el seno de una familia patricia, la gens Julia, que pretendía descender de Eneas (a quien se consideraba hijo de Venus), y en la cual, en algún momento, se había insertado una rama que agregó el nombre de César. Los miembros de la familia habían vivido al margen de la lucha continua por los cargos que permitían hacer carrera pública hasta llegar al consulado, la aspiración máxima.

La infancia y la primera juventud eran breves en aquellos tiempos. Desde los diez años, César fue puesto al cuidado de Marco Antonio Gnifón, ilustre maestro, especialista en literatura griega y romana, para que se ocupase de su educación. Aprendió a leer y escribir en la traducción de la Odisea hecha por Livio Andrónico. Seguramente sus dotes naturales le permitieron aprovechar al máximo las enseñanzas de su maestro, de modo que fue perfeccionando su lenguaje y aprendiendo los rudimentos de la oratoria, fundamentales para una carrera política.

Si bien su familia no había ocupado altos cargos, las inclinaciones del grupo le volcaban hacia el partido popular. Julia, una hermana del padre de César, se había casado con Cayo Mario, plebeyo de origen pero hombre muy poderoso por su capacidad militar. La familia ingresó, probablemente a través de Mario, en los círculos del partido popular. El padre de César no pudo sino acceder al segundo cargo de mayor importancia del Estado, la pretura. Ostentaba dicho cargo cuando su hijo, de quince años, debió asistir a la ceremonia por la que se abandonaban las vestiduras infantiles orladas de púrpura y se recibía la toga viril.

A los quince años, en aquel 85 en el que moriría su padre, César era un hombre. Inmediatamente tomó por esposa a Cornelia, hija de Cinna, uno de los dirigentes máximos (junto con Cayo Mario) del partido popular y hombre todopoderoso en Roma. Con esta decisión, la gens Julia terminó por asociarse en forma definitiva con los intereses del pueblo, enfrentándose al corrompido patriciado romano. Todo esto debió de resultar algo duro para César, que era un joven que llevaba una vida libre de prejuicios, liberado ya de la rigidez de su maestro e inclinado hacia todo tipo de lecturas, incluido el teatro.

Para casarse con Cornelia tuvo que romper un compromiso anterior, lo que provocó tensiones en el seno de la familia. César tuvo con ella una hija, Julia, a la que estuvo vinculado toda su vida y por la que siempre sintió un profundo afecto, a pesar de que su relación matrimonial con Cornelia fue casi circunstancial. Al iniciarse su vida matrimonial, César debió de ingresar en el círculo de hombres importantes de los que se rodeó su tía Julia, viuda ya de Mario. En esa época fue designado flamen dialis, es decir, sacerdote de Júpiter, el más importante de los dioses romanos.

En el 82, Sila, que había vencido a Mitrídates, haciéndole retroceder a las primitivas fronteras de su reino en el Ponto, regresó victorioso a Roma y, como era habitual, tomó cumplida venganza sobre sus adversarios «populares»; los asesinó, proscribió el ascenso a cargos públicos de sus descendientes, incautó sus bienes e instauró una nueva forma de estado, inaugurando un tipo de dictadura absoluta por tiempo indefinido, concepto jurídico que César no olvidaría en el futuro. Pero de momento Sila, que tuvo algunas consideraciones con las familias patricias inclinadas hacia el populismo, exigió a César que repudiara a Cornelia. César respondió al mensajero de Sila con un famosa frase: “dile a tu amo que en César sólo manda César” y optó por el exilio en Asia.

Nada de esto fue fácil; César fue perseguido y se puso precio a su cabeza. Tuvo que comprar su libertad a un soldado que le había encontrado, y finalmente, por ruegos de familiares cercanos al dictador y la intermediación de sacerdotisas de la diosa Vesta, Sila indultó «al joven de la toga suelta», epíteto que aludía a la costumbre de César de no ajustarse el cinturón de su toga, que caía así libremente, según un uso que entonces se consideraba poco viril. Fue un perdón a regañadientes. Sila había columbrado el temible porvenir del muchacho cuando afirmó, según Suetonio, que Caesari multos Marios inesse (en César hay muchos Marios), queriendo significar con esa frase el peligro que entrañaba su resuelta personalidad. César, no obstante, no se abrevió a regresar a Roma y pasó al servicio del propretor Termes, el cual, por ser César hijo de un miembro del Senado, le confirió el grado de oficial. Participó así en la toma de Mitilene de Lesbos, ciudad aliada con Mitrídates, y su comportamiento militar le valió una condecoración.

Termes decidió entonces enviarlo a la corte de Nicomedes, rey de Bitinia, un reino en la costa sur del mar Negro y el mar de Mármara, a fin de afianzar relaciones. Entre Nicomedes y César se trabó una íntima amistad que fue objeto de rumores, algo muy habitual de la época, por otra parte. El hecho es que César volvió un par de veces a Bitinia y que, a la muerte de Nicomedes, el reino sería incorporado a Roma como una provincia más, pasando todos sus habitantes a ser «clientes» de César. Éste ya era dictador absoluto de Roma, y aun en las grandes celebraciones (una curiosa muestra de la libertad de la que algunos gozaban en la Roma de aquellos días) sus propios soldados cantaban coplas en las que burlonamente se referían a sus probables relaciones homosexuales con Nicomedes. Sus enemigos le recordarían a menudo este oprobioso episodio, llegando a bautizarle con el infamante sobrenombre de Bithynicam reginam (reina de Bitinia).

El ascenso al poder

Muerto Sila, César regresó a Roma en el 78. En su corta vida había ya adquirido bastante experiencia en los negocios públicos y había ejercitado su capacidad de mando. Sin duda César pensó que la muerte de Sila le permitiría un rápido progreso entre los populares, pero se equivocaba. Sila había dejado todo bien atado, y el poder de los conservadores optimates (“hombres excelentes”), que dominaban el Senado, detenía al partido popular. Julio César, político nato (y así hay que entenderlo siempre para comprender el sentido de muchos de sus actos), se propuso profundizar en la comprensión del laberinto de la cosa pública. Consideró que su formación aún no había sido completada y viajó a Rodas para estudiar retórica con Apolonio de Molón, un brillante y renombrado maestro quien encontró en su discípulo excelentes cualidades innatas para la elocuencia. Sólo Cicerón, que también había recibido lecciones de Apolonio, le superó entre sus contemporáneos en el arte de la oratoria.

En el viaje fue raptado por los piratas que asolaban el Mediterráneo y que vivían del rescate que exigían por sus víctimas. La historia ha sido sin duda exagerada, pero el temor y el respeto que, según se ha repetido, los piratas llegaron a sentir por él, son ilustrativos de la arrogancia de César y de su capacidad para fascinar incluso a sus enemigos. Una vez libre reunió un pequeño ejército, fletó barcos y arremetió contra los piratas, a los que venció, quedándose él y sus soldados con todo cuanto poseían. Los supervivientes de la aventura fueron finalmente crucificados en Mileto, y César emprendió una inmediata campaña contra Mitrídates, que volvía a levantarse contra el imperio. Desconocía entonces el testamento de Nicomedes, hecho de singular importancia para él, ya que el rey de Bitinia le dejaba un legado que, junto con el botín de los piratas, saneaba su situación económica, siempre maltrecha.

No obstante, la campaña contra Mitrídates fue confiada a otras manos, porque la muerte en el 74 de su tío Aurelio Cota dejaba vacante un cargo en el Colegio de Pontífices de Roma, cargo que solicitó y que le fue concedido, como también, al año siguiente, el de tribuno militar. Estas designaciones no hicieron más que acelerar la carrera política de César. En el 68 era cuestor y viajó a la Hispania Ulterior. Se cuenta que César lloró ante la estatua de Alejandro Magno, erigida en la ciudad de Cádiz, pensando en qué poco podía parangonarse su carrera con la del conquistador de Oriente y cuánto deseaba emular en su fuero interno al invencible general macedonio. En cierta ocasión quedó trastornado por un sueño en el que aparecía violando a su propia madre, pero los adivinos le profetizaron por ello buenos augurios, puesto que interpretaron que la madre simbolizaba la Tierra, madre de todas las cosas, y ello significaba que se adueñaría del mundo. Y lo cierto es que, vertiginosamente, fue acumulando dignidades en los años sucesivos. En el 65 fue designado edil curul; en el 63 murió el presidente del Colegio de Pontífices, y César, con veintisiete años, presentó su candidatura enfrentado a Catulo, dirigente de los optimates.

César sabía que emprendía una aventura económica (la lucha por el poder exigía siempre dinero) y que si perdía sería implacablemente perseguido. Pero la elección mostró la popularidad de que gozaba entre el pueblo, y fue nombrado pontifex maximus. La pretura, el peldaño inmediatamente anterior al consulado, llegó en el 62, y fue enviado como propretor a Hispania Ulterior, territorio que ya conocía muy bien, donde no sólo hizo sólidas amistades, sino que enriqueció el erario público, con gran satisfacción de Roma, y fortaleció notablemente su pecunia personal y su capacidad de mando sobre un gran ejército, condición indispensable para el éxito político en Roma. Cuando en el año 60 regresó a la Ciudad Eterna, el camino estaba abierto para la gran aventura.

El triunvirato y la guerra de las Galias

El paso a la condición máxima de cónsul lo dio en el año 59. Consciente de las fuerzas del Senado (dominado siempre por los conservadores), en el que César se había librado inteligentemente de sus desafortunadas vinculaciones con el rebelde Catilina, comprendió que sólo una alianza entre poderosos podía neutralizar a los équites. Propuso entonces a su viejo amigo y valedor, Craso, constituir, juntamente con Pompeyo, una sociedad de defensa mutua que los obligara a actuar siempre por unanimidad (institución luego conocida como «triunvirato»). La alianza fue efectiva y César, en compañía de Calpurnio Bíbulo (un candidato de los équites), fue designado cónsul.

El triunvirato se fortaleció, además, con el matrimonio de Pompeyo con Julia, la hija de César. César, a su vez, se casó con Calpurnia. Había repudiado por infidelidad a Pompeya, su segunda esposa, en el 62, después de un escandaloso episodio: durante los misterios de la Bona Dea, una fiesta nocturna exclusiva para mujeres que tenía lugar en casa del propio Julio César, una de las sirvientas descubrió la presencia de un intruso disfrazado de mujer, Publio Clodio, lo que provocó la indignación de las asistentes. Se acusó a Pompeya de ser amante de Clodio, extremo éste que nunca pudo probarse. César no quiso dar crédito a la denuncia y absolvió a ambos del delito de adulterio en el que se habían visto inculpados. Todo el mundo se asombró de que aun así repudiara a su esposa, pero él contestó con una frase que se ha hecho famosa: “la mujer de César no sólo debe ser honesta, sino también parecerlo”.

La legislación progresista de César tenía una base agraria. Hizo votar leyes de reparto de tierras a los veteranos y de asentamiento de colonos en tierras conquistadas, práctica que luego se extendió a toda Italia, concediendo además a los colonos la plena nacionalidad romana. Bíbulo, ante la imposibilidad de oponerse a César, optó por el retiro. El tribuno de la plebe, Publio Vatinio, antiguo amigo y asociado de César, a fin de evitar el juicio de César por los conservadores después de su consulado, propuso una ley que el Senado no pudo sino aprobar, por la que se le concedían en calidad de procónsul (lo que impedía su juicio posterior), y por el término de cinco años, tres legiones, las provincias de las Galias cisalpina y transpadana y la Iliria. Estas concesiones fueron renovadas por cinco años más en abril del 56, en la reunión de Lucca, a la que asistieron los «triunviros».

Craso, mientras tanto, seguía destinado en Siria, donde dirigió la guerra contra los partos y en la que murió en el 53, y Pompeyo continuaba en el proconsulado de Hispania. Estas condiciones permitieron que César se hiciera con todo el poder. Para ello todo medio podía ser útil: como pontifex maximus autorizó a Clodio, antiguo amante de su esposa Pompeya, a que fuese adoptado por un plebeyo, para poder así, a pesar de su condición original de patricio, acceder al cargo de tribuno de la plebe. Y así fue como el agradecido Clodio se ocupó de limpiar de enemigos el camino de César.

Ya en su provincia de la Galia, César parecía decidido a no intervenir en problemas bélicos, pero lo hizo cuando así lo pidieron sus habitantes. Los eduos comenzaban a sentir la amenaza de los helvecios, los cuales a su vez buscaban nuevos territorios, empujados por la invasión de los germanos acaudillados por Ariovisto. Las legiones de César acudieron en ayuda de los eduos, y vencieron a helvecios y suevos. Esto marcó el comienzo de la ocupación sistemática de la Galia por las fuerzas de César, ayudado por sus lugartenientes Labieno y Craso.

Fue una lucha prolongada en la que el país fue literalmente saqueado, un tercio de su población murió luchando y otro tercio probablemente fue vendido como esclavo. Sucesivamente, en acciones en las que César conoció también la derrota, fueron sometidos todos los pueblos galos. En medio de esta lucha, entre los años 55 y 54, César desembarcó en Inglaterra y peleó hasta más allá del Támesis, pero finalmente tuvo que retirarse. Al año siguiente (invierno del 54-53), volvió a agitarse la Galia. Se sublevaron eburones y trevinos, y finalmente todos los pueblos galos, bajo el caudillaje de Vercingetórix. Los romanos conocieron el desastre en la batalla de Gergovia, pero las fuerzas de Vercingetórix fueron sitiadas largo tiempo y finalmente vencidas en Alesia. La rendición de los belovacos (belgas) en Uxellodunum (51) puso punto final a la dominación de las Galias, aunque el sometimiento total sólo se logró en el invierno de diciembre del 51 a febrero del 52, tras reducir pertinaces focos de resistencia.

Los soldados romanos salieron enriquecidos de estas campañas; los oficiales, naturalmente, aún más. César saneó sus finanzas, enriqueció las arcas del Estado, fue largamente generoso con sus amigos y hasta reservó una importante cifra para el futuro. Inundó con tanto oro la ciudad de Roma, que el noble metal se depreció en por lo menos un treinta por ciento. La guerra de las Galias fue registrada en De bello gallico, una de las dos obras conservadas de César, escrita en 52-51, que no sólo es el documento más valioso para el conocimiento de aquel hecho, sino que también debe ser considerada como una pieza maestra del latín clásico.

La guerra civil

Para comprender cómo pudo César convertirse en el amo de Roma debemos retroceder hasta el año 53 a.C., cuando la guerra civil era solamente una sombra que se cernía amenazadora sobre el vacilante Estado romano.

En aquel entonces, de los tres hombres -los triunviros- que se habían repartido el poder tres años atrás, uno, Craso, había muerto en guerra contra los partos; otro, César, estaba fuera de la capital, empeñado en la conquista de las Galias; sólo el tercero, Pompeyo, se encontraba en Roma. El futuro de la República iba a depender del enfrentamiento entre ambos. El Senado, corroído hasta las entrañas por los intereses de las grandes familias aristocráticas que hasta entonces habían dominado la vida política de la República, se veía impotente para oponerse a la voluntad de los dos caudillos. Además, desconfiaba de César por ser el sobrino de Mario, antiguo líder del partido popular, opuesto al predominio político senatorial. Temeroso de la estrella ascendente de César, Cicerón, representante de la aristocracia senatorial, intentó organizar un gran partido conservador aglutinado en torno a Pompeyo, a quien creía poder controlar. De esta forma, una vez derrotado César, el Senado volvería a mandar en Roma.

Este agitado ambiente político se traducía en graves disturbios protagonizados por facciones armadas, que culminaron con el incendio de la Curia, la sede del Senado. Entonces, en febrero del 52 a.C., los senadores nombraron a Pompeyo cónsul único con plenos poderes. Con César en las Galias, parecía que la oligarquía romana había conseguido cortar de raíz las aspiraciones políticas de este último. Pero erraron el cálculo: Pompeyo no sería ya un hombre controlado por los senadores, sino un militar que al restablecer el orden en poco tiempo alcanzó la cumbre de su prestigio y poder.

Por otro lado, el malestar era cada vez mayor entre una plebe agobiada por las deudas, que cifró sus esperanzas en una figura fuerte que se impusiera a la aristocracia más conservadora y redujera sus privilegios. Pompeyo se había alineado con el Senado. Quedaba César. Dos hombres, dos ejércitos personales, dos ambiciones desmedidas: excesivo peso para un Estado vacilante.

En el año 51 a.C. acabó la guerra en la Galia, y César, en virtud de los pactos establecidos entre él, Pompeyo y el difunto Craso, debía ser nombrado cónsul. Pero legalmente debían pasar diez años entre un mandato consular y el siguiente, y César lo había ejercido en el 59 a.C. El Senado le ordenó que licenciara sus tropas y regresara a Roma. Para César, ello significaba quedar a merced de Pompeyo y el Senado, que podían  eliminarle con facilidad. De hecho, Marco Porcio Catón propuso en el Senado que César fuera entregado a los germanos “si conseguía llegar vivo a Roma”.

César se negó a acatar la orden senatorial. Tras un año de negociaciones, se sublevó contra la autoridad de la República y, el 17 de diciembre de 50 a.C., cruzó con sus tropas el Rubicón. Este arroyo marcaba el límite de Italia con la Galia Cisalpina, y César, gobernador de esta última provincia, no podía franquearlo sin una orden del Senado. El desafío era evidente para todos; como dijo el mismo César, “la suerte está echada (alea jacta est)”. Había decidido recurrir a las armas. Una vez resuelto a dar el paso, ya no se detendría. La República murió cuando César atravesó aquel riachuelo.

Lo que comenzó como una aventura se convirtió en una marcha triunfal. Las tropas cesarianas eran vitoreadas, su camino se tapizaba de flores. Entre las aclamaciones del pueblo, las ciudades les abrían sus puertas como libertadores. Era el renacido espíritu de Mario, el tío de César, lo que impulsaba a sus cohortes. Era la esperanza de los desposeídos que creían en el programa de reformas sociales que César había impulsado durante su consulado. Hábilmente, César impidió las represalias y perdonó a todos los que se pasaron a sus filas; así, sus partidarios aumentaban al mismo tiempo que disminuían los de sus enemigos.

Amedrentados, Pompeyo y la mayor parte de los senadores huyeron a Oriente para organizar un ejército. César prefirió no seguirlos por el momento. Determinado a destruir las bases de su enemigo para aislarle, lanzó una ofensiva en Hispania, donde derrotó a los pompeyanos en Ilerda (Lérida). Luego tomó Massalia (Marsella). Sólo entonces, una vez asegurada su retaguardia, cruzó el Adriático para enfrentarse a Pompeyo en Dirraquio, venciéndole definitivamente en Farsalia (Grecia), en junio del 48 a.C. La muerte de su rival en Egipto a manos de los cortesanos de Ptolomeo XIV privó de líder a sus oponentes, pero la guerra prosiguió. La batalla de Tapso (Túnez), en el 46 a.C., acabó con la muerte de Catón, y al año siguiente, en Munda (Montilla), fueron aplastados los últimos pompeyanos. César se convertía así en el dueño indiscutido de Roma.

El camino a la dictadura

Tras su primera entrada victoriosa en Roma en marzo del 49 a.C., una vez que Pompeyo y el Senado abandonaron la ciudad, César empezó su gobierno omnipotente, en lo que fue el comienzo de un camino orientado a la restauración de la monarquía. El día 1 de abril fue investido con los poderes de dictador por los pocos representantes de la legalidad republicana que no habían huido. Ejerció ese cargo durante once días, antes de marchar a combatir a Hispania, en los que tuvo tiempo de dictar medidas de gran trascendencia.

Así, otorgó la ciudadanía romana a los habitantes de la Galia Cisalpina; aseguró el suministro de alimentos a la capital, Roma, vaciando los graneros de Cerdeña y Sicilia; se apropió del tesoro público para financiar sus campañas; y estableció medidas sobre la condonación de las deudas que agobiaban a las clases populares, pero también a las élites, como resultado de años de mal gobierno.

Elegido cónsul en el 48 a.C., al año siguiente, mientras combatía en Egipto y Asia Menor, fue nombrado dictador por un año a propuesta de sus partidarios, encabezados por Servilio. A su regreso a Roma, fue elegido nuevamente cónsul por cinco años. En tiempos de crisis era comprensible que se tomaran medidas excepcionales. Pero después de lograr, en el 45 a.C. la victoria definitiva en Munda y con ella la paz, los honores se hicieron aún más numerosos: fue nombrado dictador y cónsul por diez años, y prefecto de costumbres por un período de tres; recibió el derecho de presentación de candidatos en las elecciones a magistrados; se le atribuyó de forma vitalicia el ceremonial de los triunfadores; fue ratificado su nombramiento del año 63 a.C. como pontífice máximo, es decir, como suprema autoridad religiosa con derecho a elección de las vestales y dirección del culto a Júpiter Capitolino …

La ley Hirtia le dio el derecho de establecer la paz y la guerra, una potestad propia del Senado, y todos los senadores y magistrados juraron acatar sus decisiones. Hábil político, el triunfo que celebró por las calles de Roma en el año 46 a.C. mostró sus victorias en la Galia, Asia y Egipto, pero no sobre los romanos. No era todavía el cenit de su poder, pero lo rozaba.

También trató de reforzarse todavía más con el apoyo del ejército, aumentando el número de legiones de treina a treinta y nueve y procediendo a un reparto de tierras entre los soldados licenciados a fin de crear lazos de dependencia personal con sus veteranos. Pero eso no era suficiente. Debía también reformar las estructuras del Estado para consolidar su posición.

Frente a los patricios, derrotados pero renuentes a aceptar la nueva situación y siempre dispuestos a iniciar una nueva conspiración, César se apoyó en la plebe. Los continuos repartos de trigo aseguraron las subsistencias mínimas, y los juegos públicos -incluidas las primeras naumaquias- elevaron la moral de los ciudadanos. Nace el “pan y circo”, una de las reglas que caracterizarán el gobierno del Imperio romano.

Pero César introdujo también cambios estructurales en beneficio de la plebe. Así, suprimió los diezmos que en Asia y Sicilia percibían los publicanos (que adelantaban fondos al Estado y luego los recuperaban mediante el cobro de impuestos), sustituyéndolos por impuestos recaudados por los gobernadores. A estos últimos los sometió a una estricta vigilancia, aplicando una ley por la que no podían obtener beneficios superiores a diez mil sextercios durante el ejercicio de su cargo. Además, la suma de los impuestos debía ser aprobada por el Senado y publicada en la provincia.

En cuanto a las deudas, no se atrevió a abolirlas totalmente, para no crear un caos en el sistema financiero, pero sí eliminó alguna de sus consecuencias. Así, prohibió el encarcelamiento de los más pobres, decretó una moratoria de los pagos y abolió los intereses. También dictó leyes sobre los alquileres y los desahucios y revisé las listas de los inscritos en el sistema de beneficencia del Estado, que eran casi 320.000 en el año 46 a.C., estableciendo un maximo de 150.000 para contener los abusos. De esta forma redujo los gastos del tesoro público en nueve millones de denarios.

Cumpliendo un viejo anhelo del partido popular, impulsó un amplio plan de reforma agraria. Asentó a mas de 20.000 familias en las propiedades estatales (ager publicus) de Campania, la región de Italia donde la aristocracia tenía sus mayores latifundios, al tiempo que establecía a decenas de miles de desposeídos —entre ellos muchos veteranos— en colonias de Hispania, África, Oriente y la Galia, parcelando las propiedades del Estado. También primó a las familias numerosas y protegió el trabajo de los hombres libres frente al de los esclavos.

Estas medidas populistas fueron acompañadas por otras claramente demagógicas. César purgó la administración, expulsando a todos aquellos a los que se consideraba incapaces 0 indignos de ejercer un cargo público. Endureció los castigos a los ricos, quienes solían pagar por sus crímenes con simples destierros temporales, sin sufrir ninguna merma en sus bienes; ahora, a los parricidas se les confiscarían todas sus posesiones, y a los culpables de cualquier otro delito, la mitad. Durante la guerra, las requisas, confiscaciones y ventas on subasta pública de los bienes de los pompeyanos tuvieron un marcado carácter de lucha social.

Asegurado el apoyo popular, faltaba acabar con los restos del poder senatorial. Aprovechando la necesidad de cubrir las vacantes provocadas por la guerra civil, César elevé desproporcionadamente el número de senadores, de trescientos a novecientos. La mayoría eran homines novi, “hombres nuevos” —entre ellos militares surgidos de la tropa e hijos de antiguos libertos— elegidos no en funcion de su linaje, sino de su lealtad personal. César planeó incluso abrir el Senado en el futuro a senadores originarios de las provincias. La promoción por méritos se unía a la restauración de la dignidad del nuevo ciudadano romano, superando hasta cierto punto las barreras sociales. El núcleo duro de la aristocracia había dejado de existir. Las reformas de César no se limitaban a los órganos de gobierno, sino que convulsionaban las bases de la sociedad.

Desnaturalizado en su composicion, el Senado se vio privado dc gran número de sus facultades, que pasaron a manos de César, como el gobierno de las provincias y la gestion del erario (los fondos públicos). César también se hizo con el control de los comicios, expresión maxima del poder popular, pues en ellos se celebraban los debates políticos y se votaba la eleccioó de magistrados. Y, del mismo modo que acumuló nuevos poderes, supo rebajar los de otras instituciones. Aumentó, por ejemplo, el número de magistrados, de manera que disminuyeron las atribuciones de cada uno de ellos.

Los cambios precisaban sanear las finanzas. César estableció un tesoro público de 700 millones de sestercios como garantía de solvencia del Estado. Acuñó monedas de oro, iniciando un sistema bimonetal (oro/ plata), y combatió la inflación reduciendo el numerario en circulación y limitando a 60.000 sestercios el efectivo máximo que podía poseer una persona.

Las iniciativas reformistas de César fueron innumerables. Concedió el derecho de ciudadanía a colectivos de Sicilia, Hispania y la Galia, y reintrodujo la autonomía de los municipios, derogada durante la dictadura de Sila. También reformó el calendario, introduciendo el sistema solar que sigue rigiendo hoy en día. Resulta asombroso que pudiera llevar a cabo tantas reformas en tan poco tiempo, pues a causa de las guerras contra los pompeyanos César sólo permaneció en Roma dos cortos períodos: de mayo a octubre del 46 a.C. y de septiembre del 45 a.C. a su muerte en marzo del 44 a.C.

Tras su victoria militar en e1 año 45 a.C., en Munda, recibió nuevos honores y poderes. Un Senado servil le confirió la inviolabilidad tribunicia en todo el territorio rornano, así como el titulo de imperator, con la potestad de asociarlo a su propio nombre y transmitirlo hereditariamente a un sucesor elegido por él. Incluso empezó a reconocérsele una naturaleza divina: recibió la prerrogativa de llamarse Iupiter Iulius, se le erigió una estatua ante el Quirino con la inscripción “al dios invicto”… Lo único que le faltaba era el título de rey (rex). Para los viejos republicanos eso significaría el fin de la República y el retorno a la monarquía, el odiado régimen abolido en 509 a.C. No hay duda de que César deseó tal dignidad, pero el Senado se resistió a concedérsela.

A cambio le otorgó, en febrero de 44 a.C. el título de dictador perpetuo y el uso de la toga y el trono de oro. El momento de mayor tensión se produjo cuando Marco Antonio, durante la fiesta de las Lupercales, ciñó las sienes de César con una diadema real. Viendo que los vítores del pueblo eran escasos. César se apresuró a rechazarla ostentosamente, arrancando atronadoras aclamaciones. Conocedor de los sentimientos de la plebe, sabía que aún no había llegado el momento.

Finalmente, el Senado acordó conferirle el derecho a usar el título de rey en todo el imperio excepto en Roma, donde continuaría ostentando el de dictador. La concesión debía hacerse el 15 de marzo, la víspera de su partida para una nueva campaña en Oriente contra los partos. Sin embargo, ese mismo día moría a manos de un grupo de conjurados, formado por senadores y aristócratas resentidos con su política.

El asesinato

César estaba convencido de que, para mantener el dominio en Oriente y poder llevar a cabo con éxito la expedición final contra los partos (la única amenaza para el imperio), necesitaba ser rey absoluto fuera de los confines territoriales de Roma. Y éste fue el detonante. Unos sesenta miembros de familias importantes, casi todos senadores, se conjuraron para eliminar a César y restaurar la legitimidad y legalidad de la República, temerosos de que la abrumadora acumulación de cargos y privilegios que recaían en su persona terminase por darle la puntilla a la desvencijada República y César se proclamase a sí mismo rey.

De hecho, algunos comentaristas ponen en su boca estas jactanciosas y desafiantes palabras: “La República no es nada, es sólo un nombre sin cuerpo ni figura”. Pero para muchos de ellos fue sin duda un pretexto que disimulaba sórdidos resentimientos y apetitos. Dirigían la conjura Casio, Bruto y Casca. Bruto era hijo de Servilia, la más famosa de las amantes de César, y el propio Julio César lo había acogido como hijo adoptivo y colmado de honores. Casio había luchado junto a César siempre en busca de botín, por lo que no fue difícil comprarlo. Casca, por último, era un tradicional enemigo de Julio César. Probablemente, otros conjurados no tenían otro objetivo que el de eliminar al dictador y se comprometieron, como impuso Bruto, a respetar a su lugarteniente Marco Antonio.

César concurrió al Senado el día 15 (los idus de marzo) a la sesión que discutiría la expedición contra los partos. Fue al Senado a pesar de los ruegos de Calpurnia en el sentido de que no lo hiciera, ya que durante la noche había tenido sueños premonitorios. Alguien retuvo a Marco Antonio en la antesala del Senado. Cuando César se hubo sentado, lo rodearon y lo atacaron con sus puñales y dagas. Según la tradición, ante la puñalada de Bruto, César exclamó kai su teknon, frase en griego que posteriormente se latinizó en la famosa ¡tu quoque, fili mi! (¡tú también, hijo mío!). César emitió un quejido a la primera puñalada, luego se mantuvo en silencio.

Había recibido 23 puñaladas; posiblemente una sola de ellas había sido mortal. Mientras los aterrorizados senadores huían (hecho que no entraba en el plan de los conjurados), César, envuelto en su toga, caía al pie de la estatua de Pompeyo. La sanguinaria escena, augurada por los adivinos y que desataría una nueva guerra fratricida, acredita, siguiendo la descripción de Suetonio, la postrera elegancia del héroe: “Entonces, al darse cuenta de que era el blanco de innumerables puñales que contra él se blandían de todas partes, se cubrió la cabeza con la toga, y con la mano izquierda hizo descender sus pliegues hasta la extremidad de las piernas para caer con más dignidad.” El hombre que había ganado un mundo y había contribuido a modificar irreversiblemente el destino de Occidente y de buena parte de Oriente era ya nada más que un despojo sangrante.

El 17 de marzo el Senado se reunió de forma urgente para tratar la crítica situación del estado a raíz del asesinato de César. Se aprobaron medidas de compromiso entre los dos bandos opuestos: los tiranicidas no eran castigados y, a su vez, no se condenaba ni la persona ni la obra de César. El poder recayó en Marco Antonio, que en ese momento ocupaba el consulado junto con César. El testamento de César legaba 300 sestercios a cada ciudadano necesitado de Roma y entregaba sus jardines del Trastevere al pueblo romano, lo que estimuló la devoción popular por su figura hasta extremos impresionantes; se pidió la ejecución de los tiranicidas y se rechazó el compromiso de Marco Antonio con los asesinos de César, lo que a la larga le costaría el poder. Al no tener César herederos varones, en su testamento quedó establecido que su sobrino nieto, Octavio, se convirtiera en su sucesor. Octavio llevaría a cabo las reformas de César y se convertiría en el primer emperador de Roma, con el nombre de Augusto, aunque no tomó el título de rey.


Para saber más:

  1. HNG2;
  2. HNG15-56;
  3. HNG27-70;
  4. HNG37-64;
  5. HNG49-64
  6. HNG66-52
  7. HNG85-60: El paso del Rubicón
  8. HNG98-58.
  9. HNG110-66
  10. HyV492-31
  11. 2016/10: HyV583-36
  12. 2016/10: HyV583-42
  13. 2017/01: HyV586-48

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