La batalla

Este momento le llegará a todo legionario durante su período de servicio. Finalmente, tras meses o años de entrenamiento, llegaba el momento de que la legión hiciera lo que mejor se le daba: enfrentarse al enemigo en campo abierto.

Primera fase: primeros derramamientos de sangre.
Exploración

El ejército romano se tomaba muy en serio la tarea de los exploradores y gracias a ello el general al mando tenía una idea bastante aproximada de las posiciones del enemigo cuando aún le faltaban 30 kilómetros o más para llegar hasta él. Mientras, otras patrullas se encargaban de buscar parajes en los que se pudiera forzar al enemigo a presentar batalla. Es posible que el comandante incluso acompañe a los exploradores para inspeccionar el terreno personalmente. (De hecho, el general romano Claudio Marcelo resultó muerto cuando participaba en una de estas partidas de exploración durante la guerra contra Aníbal).

Preparación

Era posible que el general también enviara patrullas con la misión expresa de provocar pequeñas escaramuzas con el enemigo para medir su estado de animo. Una vez que quedaba claro que el enemigo se disponía a presentar batalla, se consideraban las posiciones desde las que éste podía lanzar emboscadas y también las posibilidades de darle alguna sorpresa desagradable por nuestra parte. La tienda del comandante era testigo de un ir y venir constante de mensajeros, oficiales y centuriones que recibían instrucciones para el inminente combate.

Escogiendo el momenta justo

En ocasiones, esta tensa situación podía prolongarse durante días, con los dos ejércitos acampados a la vista uno del otro. Podía suceder que uno decidiera marchar y colocarse en orden de batalla, pero que el otro optara por mantenerse en el campamento. A menudo, estos retrasos resultaban inexplicables para los s0ldados, cuyos nervios estaban ya completamente desquiciados. ¿Han sido favorables los auspicios? ¿Es el terreno demasiado favorable para el enemigo? ¿Esta uno de los dos bandos esperando refuerzos (por favor, que seamos nosotros)?

Cuando los soldados pasaban revista por la mañana todos los ojos se detenían sobre la tienda del general, los praetoria. Si en ella ondeaba una bandera roja, eso significaba que el general había decidido librar batalla ese día, y los legionarios, con su armadura bien bruñida, su espada bien afilada y su escudo bien pulido, salían del campamento por la puerta para colocarse en posición. Si el enemigo empezaba a reunirse en el lado opuesto, mejor respirar hondo y tratar de no vomitar el desayuno. La espera había terminado. Muchos hombres morirían antes de la hora de la cena.

La arenga antes de la batalla

Mientras se esperaba en la posición de cada uno, había que prestar atención a la arenga del general. Si se la podía oír, era mala señal. La arenga del general estaba pensada para subir la moral de las tropas. Puesto que su voz solo llegará a una legion, más o menos, lo más probable es que la legión a la que se destine sea la que más necesitada de moral esté durante la carnicería que se avecinaba.

Por ello, desde el punto de vista del legionario, lo ideal es que el comandante fueraa una figura distante, sólo visible sobre su caballo a través de varias filas de cascos, y que sus palabras quedaran reducidas a algunas frases inconexas traídas por rachas ocasionales de viento.

Segunda fase: primeros choques

El legionario no tiene por qué comprender la batalla en la que participa. Sin embargo, es conveniente tratar de hacerse una idea de las posiciones de las distintas unidades, porque éstas incidirán directamente sobre las posibilidades de seguir vivo cuando se ponga el sol. Si las líneas de infantería auxiliar se colocaban en vanguardia para servir como primera oleada de ataque, ése sería un primer signo alentador. Los generales romanos preferían no malgastar vidas romanas y, si parecía posible resolver la papeleta solo con los auxiliares, el comandante intentaban jugar esa carta antes que ninguna otra. No olvidemos que, aunque en comparacién con las legiones actúe como infanteria ligera, en relación con el bárbaro medio la infantería auxiliar estaba fuertemente armada y muy bien entrenada.

Formación

Si el ejército adoptaba una posicion defensiva, dándole profundidad a sus líneas, se esperaban duros combates. La profundidad en las líneas quería decir que el general esperaba que las cohortes se iban a ver sometidas a una fuerte presión.

Contrastemos, por ejemplo, dos batallas contra los britanos. En la decisiva batalla librada contra Boudica —que hasta entonces había vencido en todos los enfrentamientos que había mantenido contra los romanos— las legiones le dieron profundidad a su formacion encarando la ladera de una colina y dejando que los britanos cargaran y se estrellaran contra sus líneas. En Mons Grapius, en Caledonia, el ejército estaba en una posición mucho más favorable y lanzó a los auxiliares a la carga ladera arriba, sin que los legionarios tuviesen que intervenir.

Escaramuzas

Debido a la gran cantidad de enemigos distintos a los que tuvo que enfrentarse Roma y a las variaciones introducidas por los distintos generales y por las condiciones del terreno, no se puede decir que exista la batalla típica. No obstante, era tradicional empezar con un intercambio de proyectiles entre las tropas ligeras y con algunas escaramuzas entre las unidades de caballería en los flancos. Los generales romanos vigilaban con atención estas primeras refriegas: en la mayor derrota jamás sufrida por Roma, en la batalla de Cannas, 216 a. C., la caballería romana fue expulsada del campo de batalla, tras lo que los jinetes enemigos dieron la vuelta y cogieron al ejército romano por la espalda, rodeándolo completamente.

Intercambio de flechas

Durante estas primeras fases, aquellos que iban a participar en el núcleo del combate comenzaban por recibir una lluvia de flechas. Los arqueros, que estaban a unos 100 o 150 metros de distancia, no apuntaban a nadie en particular, y las flechas raramente eran letales si se mantenía el escudo subido hasta la garganta, pero podían provocar desagradables heridas en las extremidades desprotegidas. Había que mantener la cabeza gacha mientras caían las flechas. Es lo mejor para que una flecha, en vez de meterse por un ojo, acabara rebotando en el casco.

Caballería

Si la batalla se libraba contra un enemigo que careciera de experiencia enfrentándose a los romanos es posible que intentara barrer una cohorte con una feroz carga de caballería. Es ciertamente aterrador observar cómo cientos de caballos medio enloquecidos se te tiran encima, pero mientras el soldado novato estaba pensando en tirarlo todo y huir, los veteranos estarían dándole gracias a todos los dioses por ponerle al enemigo en bandeja. La caballería no tenía nada que hacer contra una unidad de infantería bien disciplinada y que mantuviera las filas cerradas, simplemente porque los caballos se negaban a chocar contra ella.

Si las filas de infantería mantenían la calma, los caballos acababan por tascar justo delante de ellos, y podrá comprobarse empíricamente que aquello que decía el instructor, de que una lluvia de pila puede detener en seco una carga de caballería, era totalmente cierto.

Contramedidas

Ante todo esto, un buen general romano estaría pensando en tomar sus propias medidas. Los arqueros se encargarban de hacer retroceder a los arqueros a caballo y a los honderos enemigos, mientras los escorpiones, unas piezas de artillería especialmente dañinas, entraban en accién. Lanzaban unos venablos largos y rapidísimos, que eran capaces, cada uno de ellos, de atravesar a tres o cuatro soldados enemigos a la vez con lo que se conseguía que las filas oponentes no fueran tan compactas como sería necesario y quedaran más o menos desorganizadas.

El ruido

El ruido, especialmente el procedente de las líneas enemigas, irá entretanto aumentando progresivamente. El cornix de los celtas, el instrumento similar que poseían los dacios, el tambor de los partos o el áspero canto guerrero de los germanos se harán oír. Hay que añadir, además, los gritos con los que cada uno de los combatientes individuales se da ánimos a sí mismo para lanzarse a la carga y, en el caso de ciertos pueblos, como los britanos, a los aullidos de las mujeres animando a sus hombres. El pandemonium era brutal.

Ante todo este escándalo, los ejércitos romanos preferían mantenerse taciturnos y en silencio, con la esperanza de que esto pondrá al enemigo todavía más nervioso. Ocasionalmente, algún centurión dará una seca orden antes de, probablemente, caer herido por alguna flecha y es que, manteniendo la tradición romana de dirigir a las tropas desde la vanguardia, muchos centuriones se colocan en primerísima fila siendo entre ellos la tasa de mortalidad considerablemente más alta que entre los soldados rasos. Como dato: durante la batalla de Farsalia, en 48 a.C., César perdió 200 legionarios y 30 centuriones

Tercera fase: el combate

Nunca se sabía cuánto tiempo durarían estos preliminares, pero más tarde o  más temprano —y por lo general a la primera ocasión— el general dará la señal y las cohortes empezarán a marchar hacia adelante, con el paso lento que precede a la carga, contra las apretadas filas de la infantería enemiga.

Movimientos de ataque

Era muy habitual que el detonante para iniciar el ataque fuera que el enemigo empezara a prepararse para hacer otro tanto y, a no ser que sus tropas fueran muy bisoñas, el general romano prefería golpear al enemigo con una contracarga.

Todo esto le resultaba muy familiar hasta al más inexperto de los legionarios, que había ensayado tanto cada movimiento que puede hacerlos dormido (y, de hecho, los habrá hecho prácticamente dormido en más de una ocasión, durante esos días de duro entrenamiento que siguen a una noche de guardia). Como afirmaba el general judio Josefo: “Para los romanos, las batallas son exactamente iguales que la instrucción, pero con mas sangre“. Trotar, frenar, levantar el pilum, dar dos pasos y tirarlo fuerte. No hacía falta apuntar a ningún blanco en concreto; si eran muchos, seguro que se le daba a alguien, y si no eran muchos de todas formas no tenían nada que hacer.

Ahora, esperar un poco. Un sonido sibilante recorrería las filas a medida que cientos de espadas salían de sus vainas, y entonces se cargaba.

La carga

Es entonces cuando la legión rompía su silencio y daba un poderoso alarido mientras las filas recorrían los últimos metros al trote. Como hasta el momento la legión había avanzado ordenadamente, los romanos golpeaban sobre el enemigo como un sólido muro de acero. Por su lado, lo más probable es que el enemigo estuviera algo más disperso por haber cargado a la carrera, alocadamente, y su vanguardia estará formada por los más rápidos y por los más inconscientes.

Por la naturaleza de la carga legionaria, los primeros oponentes en llegar ni siquiera tenían la oportunidad de demostrar sus habilidades con la espada, porque se pegaban una costalada contra un escudo sobre el que un legionario se apoyaba con todo su peso mientras corría. Si todo iba bien, esto mandaba al enemigo por los suelos, para ser rematado de una rápida estocada de un legionario de la segunda fila mientras la cohorte sigue avanzando.

En Farsalia, las bisoñas tropas de Pompeyo no lanzaron una contracarga, lo que permitió a los veteranos de César pararse en plena carga, volver a reorganizarse y después continuar cargando.

Esgrima

Cuando las filas enemigas se hacían mas prietas, llegaba el momento de emplear las técnicas que se habían aprendido durante la instrucción. Pegarle al enemigo con el escudo en la cara y, si levantaba su guardia, lanzarle una estocada desde abajo hacia arriba y clavarle la espada en el vientre. Esto siempre funcionaba incluso aunque el contrincante llevara una armadura de placas puesta, por el ángulo de la estocada y, porque para una espada bien blandida, una cota de malla es poco más que una colección de agujeros.

Había que girar la espada y tirar de ella para extraerla, asegurándose de paso de ampliar aún más la herida con el filo y procurando no tropezarse con los intestinos de las víctimas mientras se seguía avanzando.

El cuerpo a cuerpo

Inevitablemente, llegaba un momento en que se llegaba a topar con el grueso del ejército enemigo; incluso en este momento, es conveniente tener claro dónde se encuentra tu compañero de la izquierda y tu compañero de la derecha. El legionario no podía retrasarse, para seguir cubriéndolos -especialmente al hombre de su izquierda, que puede necesitar que se le proteja su lado derech0-, pero tampoco podía adelantarse para no abandonar la protección que a su vez ellos le proporcionaban.

Por otro lado, hay que recordar siempre que cuando estás luchando casi hombro con hombro con tus camaradas, ponerse a pegar mandobles sin sentido resulta peligroso para todo el mundo, no sólo para el enemigo. Así, mientras se siga avanzando en formación, el uso de la espada debe limitarse a lanzar estocadas precisas. Sólo en el caso de que en un cierto momento el legionario se encontraba rodeado por enemigos, era conveniente dar espadazos frenéticos en todas direcciones.

Y, pasara lo que pasara, había que tener bien sujeta, con toda firmeza, la espada y el escudo. Si se perdía alguno de los dos, el legionario no sólo se vería en una posición muy comprometida sino que, además, si conseguía sobrevivir al choque, se las tendría que ver con su centurión que empezaría por acusarle de haber intentado rehuir el combate. Ningún soldado quería que la sospecha de haber tirado su equipo de combate para quitarse de en medio recayera sobre él. Esta situación era tan embarazosa que se conocen casos de soldados que, habiendo perdido su espada o su escudo, convencieron a sus compañeros para volver a cargar contra las líneas enemigas y así poder recuperarlos.

Frontino sobre el hijo de Catón el Censor en la batalla de Pidna en 168 a.C.: “Se dio cuenta de que su espada se había desprendido de la vaina y, temiendo caer en desgracia, volvió a lanzarse contra el enemigo. Aunque fue herido varias veces, terminó por recuperar la espada y volver con sus compañeros“.

Relevos

El legionario, en su ímpetu, se veía favorecido tanto por la descarga de adrenalina que el combate suponía como el intenso entrenamiento que, durante años, había tenido; la combanación de ambas cosas hacía que durante los primeros minutos del combate, la espada y el escudo fueran tan ligeros como plumas.

Pero era mala señal si después de cinco o diez minutos de combate el enemigo todavía aguantaba. Lo normal, con una legión empujando en sentido opuesto, es que ya hubiera empezado a retroceder. Y es ahí cuando los soldados de primera fila -ya comienzos de cansancio- empezaban a pensar que era el momento de cambiar de sitio. Un soldado que estuviera herido o completamente agotado tenía la opción de hacer algo que a sus oponentes no les estaba permitido: adelantando su escudo y girando el cuerpo tras él, podía dar un paso a la derecha para que el compañero de la segunda fila que se encontraba a su espalda ocupara su lugar pasándole limpiamente por la izquierda. Lo más frecuente es que esta operación se hiciera cuando se producía una pequeña tregua, y ambos bandos se separaban unos cuantos pasos.

Los que se retiren de la primera fila tenían tiempo -ahora sí- de comprobar si estaban malheridos en algún sitio. Un soldado en plena batalla era capaz de sufrir heridas increiblemente graves y no darse cuenta por sí mismos de la situación. Los heridos debían retroceder por las filas hasta la retaguardia donde les esperaban los médicos.

Persecución

Una vez retirado de la primera línea, era conveniente mirar dónde se hallaban los estandartes de la unidad. Si éstos no aparecían por ningún lado, es que la batalla iba terriblemente mal. Sin embargo, lo más probable era verlos avanzar poco a poco; los soldados de las primeras filas enemigas solían ser, con mucha diferencia, los mejor equipados y entrenados y una vez que se atravesara ese cascarón era tarea relativamente sencilla machacar a las filas traseras.

Una vez que el cuerpo a cuerpo llegaba a su final y el enemigo estaba en desbandada había que procurar por todos los medios perseguirlo y cortarle la retirada; pero con prudencia, mirando, primero, la situación general. Una victoria parcial no significaba que la batalla estuviera ganada. En general, y a no ser que se estuviera muy seguro de que el enemigo estaba huyendo por todas partes, solía ser conveniente reunirse y aprovechar para descansar un poco y recuperar el aliento. Normalmente, en reserva había una segunda línea de infantería cuya misión era la de explotar las brechas abiertas en las filas enemigas, así que lo más aconsejable era dejarles pasar y que ellos se encargaran de los últimos combates. Y también dejar pasar a la caballería que, con toda rapidez, podrá perseguir al enemigo y terminar de rematar la tarea.

Cuarta fase: después de la batalla
Saqueo

Una vez la batalla finalizada (era aconsejable que así fuera para evitar más de un disgusto), se procedía al saqueo metódico del campo de batalla y del campamento enemigo, teniendo siempre presente que el mismo es una empresa colectiva: no sólo los que sigan en pie, sino también los que estén heridos en retaguardia, tienen derecho a su parte de las ganancias.

Curar las heridas

Afortunadamente para los heridos, la medicina de campaña romana estaba sorprendentemente avanzada. Después de todo, los médicos militares acumulaban muchos años dc experiencia.

Además, tampoco tenía por qué haber demasiados heridos para ser atendidos. En una batalla exitosa el número de bajas podía ser asombrosamente bajo, porque la mayor parte de las heridas se sufrían cuando un ejército se rompía y los soldados eran cogidos en plena desbandada; por ejemplo, durante la batalla de Queronea, en la que los 10.000 legionarios de Sila derrotaron a al menos 60.000 soldados del Ponto, Sila afirmaba haber perdido sólo 14 legionarios.

Por otro lado, si la batalla ha ido realmente mal los heridos solían ser dejados a su suerte mientras los supervivientes trataban de regresar a la seguridad que ofrecía el campamento.

Por lo general, las heridas se acumulaban en el lado derecho (menos protegido por el escudo) y especialmente en la pierna. Un corte de espada solía ser tratado por un médico ayudante, llamado capsarius por su capsa, una bolsa dc cuero en la que llevaba vendas y medicamentos. Este médico lavaba la herida con vino, vinagre o aceite de oliva, la cosía y la cubría con una venda de lino. Las herramientas de los médicos se esterilizaban con frecuencia y se limpiaban tras cada uso.

Las heridas de flecha se dejaban para el medicus, que era un hombre con una formación médica considerable y rango de centurión. Contaba con utensilios específicos para sacar flechas y también puede coser tendones cortados. Los doctores tenían un formidable instrumental de fórceps, separadores, escalpelos y otras herramientas que les permitían practicar todo tipo de operaciones en cualquier región del cuerpo.

Como anestésico se podía utilizar el zumo de amapola o semillas de beleño que, aunque eficaces en alguna medida, desde luego, en el caso de una amputación u operación medianamente seria, no servían de mucha ayuda al herido.

Posteriormente, los heridos que hubieran sobrevivido a la batalla y a la cirugía, eran trasladados al hospital de la legión, lugar bien iluminado, limpio y tranquilo. Las heridas eran revisadas y los vendajes cambiados con frecuencia.

Balance final

Una vez todo finalizado, los prisioneros eran puestos a trabajar ordenando el campo de batalla, a no ser que el comandante romano prefiriera dejar expuestos los cuerpos de los oponentes abatidos como tétrica advertencia. Los nombres de los romanos caídos eran cuidadosamente inscritos en los registros de la legión y sus cuerpos preparados para su incineración o entierro con una solemne ceremonia.

Poco después de la batalla, el comandante pasaba revista a las tropas. Ése era el momento para distribuir el botín obtenido -tanto en el campo de batalla como en el campamento enemigo- y para que el general reconociera los méritos de aquellos que se hubieran destacada especialmente durante el combate.

También servía para otorgar condecoraciones. La mayor condecoración que podía recibir un soldado era una corona -por ejemplo, la Corona de Hierba, concedida por salvar un ejército-, pero generalmente estaban reservadas a los oficiales de alta graduación. En la mayor parte de las ocasiones, los soldados eran condecorados con torques, armillae (brazaletes) y phalarae (discos grabados que se lucían en el uniforme).