La campaña electoral en la antigua Roma

por | 10/07/2016

Elecciones en Pompeya

Cada año, con la llegada de la primavera, la pasión política se apoderaba de los habitantes de Pompeya ante las elecciones en las que se escogería a los principales cargos de la localidad. El foro, las tiendas y tabernas, la palestra y las termas, bullían con los comentarios en torno a las preferencias de cada uno o las virtudes o defectos de los candidatos. Incluso las paredes de las casas y los establecimientos se llenaban de carteles electorales para apoyar a los distintos aspirantes.

La política de Pompeya estaba dominada por el Consejo u ordo decurionum. Esta asamblea, similar al Senado romano, estaba formada por unos cien decuriones, que eran siempre miembros de las familias más prestigiosas de la colonia. Los decuriones eran vitalicios, y ellos mismos designaban a los nuevos miembros de la asamblea, lógicamente entre las personas más influyentes y adineradas de la ciudad. En cambio, las decisiones de este Consejo eran ejecutadas por dos tipos de magistrados que sí eran elegidos, para un período de un año, con la participación de todos los ciudadanos de la colonia con derecho a voto. Por un lado estaban los duunviros, los magistrados superiores, que se ocupaban sobre todo de asuntos jurídicos y económicos. Cada cinco años llevaban a cabo la revisión del censo -un registro de los habitantes y de sus propiedades- como hacían los censores en Roma; se los conocía entonces como duunviros quinquenales. Por otro lado, existían dos ediles que, como sus homónimos de Roma, estaban encargados de la red viaria, la vigilancia del mercado, la conservación de los edificios públicos y religiosos y el mantenimiento del orden público.

No todos los habitantes de Pompeya podían participar en la elección de estos cargos. Si suponemos que en la ciudad vivían unos doce mil habitantes, y excluimos a esclavos, mujeres y niños, que no tenían derecho a voto, quedarían tan solo unos 2500 varones capacitados para votar. Lo reducido de este número implica que en Pompeya existía un gran conocimiento personal entre votantes y candidatos.

¿Quién podía ser candidato?

El número de aspirantes a los cargos también era reducido, puesto que debían cumplir unas estrictas condiciones: haber nacido hombres libres, residir en la colonia o sus inmediaciones, ser mayores de veinticinco años para poder aspirar al cargo de edil, … Pero, sobre todo, había que ser rico, con un patrimonio mínimo de 100.000 sestercios. Los cargos de duunviro y edil no estaban remunerados y se esperaba que los elegidos gataran con generosidad de su propio peculio sumas importantes a favor de los ciudadanos, organizando espectaculos teatrales y de gladiadores, financiando construcciones o aportando dinero personal al erario público. Además, la propia campaña electoral conllevaba gastos que debía asumir el propio candidato.

El primer paso en las elecciones era la presentación oficial de candidatos o professio en la que, bajo la presidencia de uno de los duunviros en ejercicio, se comprobaba que los candidatos cumplieran con los requisitos necesarios. Posteriormente, la lista oficial de candidatos se publicaba en el foro a la vista de todos, aunque seguramente muchos ya conocían las intenciones de presentarse de sus candidatos favoritos. Comenzaba entonces la campaña electoral, que solía durar alrededor de tres semanas y en la que los candidatos debían movilizar a su red de clientes -las personas que dependían en cierto modo de ellos- y de “amistades”, los ciudadanos importantes que se movían en su mismo círculo social. Pero esto no bastaba; también había que buscar el favor de la gente corriente de la ciudad: el panadero, el tendero o el soldado que con sus votos podían decidir el resultado de los comicios. Y para conseguirlo, nada mejor que recurrir a la propaganda electoral.

cartelelectoralEn Pompeya se han hallado alrededor de 2500 carteles electorales pintados en las paredes en negro o rojo. Se discute si eran espontáneos y si los vecinos cedían las paredes de sus casas para ello o bien los propios candidatos y sus allegados se encargaban de organizar este tipo de propaganda y de pagarla. Se pintaban sobre todo en los lugares más concurridos: cruces más importantes, calles comerciales y alrededores de las diversas puertas de la ciudad, además de los barrios donde residía el candidato. Incluso se colocaban en las tumbas, situadas en los márgenes de las vías que salían de la colonia y que por tanto eran sitio obligado de paso.

A las elecciones del año 79, las últimas que se celebraron antes de la erupción del Vesubio, se presentó para el cargo de edil un tal Gneo Helvio Sabino. Se conservan nada menos que 132 carteles en su favor que rezaban: “Gneo Helvio Sabino, un joven  honesto, para edil”; “Os pido que hagáis edil a Gneo Helvio Sabino, digno de la administración publica”. Algunos apoyos venían de familias pompeyanas prominentes como los Popidios y los Popeos: “Los miembros de la familia Popea piden que Helvio Sabino sea elegido edil”; pero también de particulares, incluidas mujeres, vecinos y gremios como los criadores de gallinas o los panaderos. No sabemos si Sabino resultó elegido, aunque parece que había fracasado en unos comicios anteriores.

A juzgar por la calidad de la escritura, la propaganda electoral era realizada por profesionales, aunque también podía ser una ocupación puntual, como ilustra el ejemplo de Mustio, el batanero, que dejó escrito su nombre y profesión en uno de sus carteles. A veces los cartelistas trabajaban en equipo: “Lo escribió Segundo, con la ayuda de Víctor, que blanqueó la pared, y del ayudante Vesbino”. Si trabajaban de noche, un asistente los iluminaba con un farol o sostenía la escalera a la que se subía el pintor para acceder a un lugar más alto en el que su obra estuviera a salvo de cualquier daño. Otras veces hacía el trabajo un profesional en solitario y de noche, como dejó escrito uno de ellos: “Lo escribión Emilio Céler él solo a la luz de la luna”. Había incluso advertencias para asegurar la permanencia del cartel: “Envidioso que lo borras, ojalá te pongas enfermo”.

Os pido que votéis a …

Los carteles seguían un esquema prefijado. En primer lugar y en elegantes letras grandes figuraba el nombre del candidato y el cargo al que aspiraba. Debajo, escrito a menor tamaño, se añadían exhortaciones del tipo oro vos faciatis, “os pido que hagáis …”: “os pido que hagáis duunviro a Gayo Julio Polibio”. A veces aparecen dos candidatos que habían acordado apoyarse mutuamente. Junto a la petición de voto podía aparecer la persona o grupos de personas que hacían la propuesta y que recibían el nombre de rogatores, pudiendo ser tanto particulares como asociaciones. El hacer público el apoyo a un candidato determinado era beneficioso tanto para éste como para el que declaraba su preferencia. El candidato ganaba prestigio con cada apoyo declarado y el que pedía el voto se granjeaba la aprobación del aspirante y, además, su nombre o grupo quedaba asociado a una persona influyente en la colonia. Como las pintadas no se borraban tras las elecciones, quedaba claro quiénes habían apoyado a tal o cual candidato y seguro que el vencedor tomaba buena cuenta de ello.

A veces eran grupos sociales enteros los que prestaban su apoyo público al candidato. Tal era el caso de los diversos oficios que se practicaban en Pompeya y sus alrededores: peluqueros, orfebres, vendedores de fruta, vendedores de ungüentos, panaderos, hosteleros, bataneros, agricultores, pescadores, … Las asociaciones religiosas también declaraban sus preferencias, como en un cartel que dice: “Todos los adoradores de Isis proponen a Gneo Helvio Sabino como edil”. Incluso agrupaciones de amigos que se dedicaban al juego de pelota o al ludus latrunculorum (“juego de los soldados”, un juego de tablero romano de estrategia) se pronunciaban en unas elecciones; es de suponer que porque tenían algún tipo de vínculo con el candidato o bien había recibido o esperaban recibir sus favores.

Aunque no tenían derecho al voto, las mujeres podían participar en la campaña apoyando a candidatos. Sus carteles tenían el mismo formato que el de los hombres. La mayoría apoyaban en solitario al candidato, pero también era posible asociarse en su propuesta con un hombre, como una tal Caprasia que, junto Ninfio, posiblemente su marido, proponía como edil a Aulo Vetio Firmo. A veces también se asociaban dos mujeres: “Estacia y Petronia proponen a Marco Caselio y a Lucio Albucio como ediles. ¡Que existan tales ciudadanos en la colonia para siempre!”. Su relación con el candidato podía ser de parentesco -como el caso de Tedia Segunda, abuela del candidato Lucio Popidio Segundo-, de clientela o de vecindad. En la pared de una de las tabernas de la vía de la Abundancia varias mujeres llamadas Aselina, María, Zmyrina y Aegle apoyan a diversos candidatos; se ha interpretado que la primera podría ser la dueña de la taberna y las otras sus “camareras”. Sin embargo, no hay seguridad de que Aselina fuera la propietaria ni las demás sus chicas de dudosa reputación.

En los carteles no se exponía ni un programa político ni promesas electorales. Lo que se destacaba eran las cualidades morales del candidato. Si éste era honesto se suponía que su gestión política lo sería igualmente. Un escueto cartel dice: “Os pido que hagáis edil a Pansa. Es digno”, mientras que en otro más extenso se puede leer: “Si se cree que la modestia sirve en la vida para algo, este Lucrecio Frontón es digno de un buen cargo”. De un aspirante a duunviro llamado Brutio Balbo se dice que “conservará el tesoro público”, lo que puede ser tanto una promesa de que realizará una buena gestión como de que pondrá dinero de su propio bolsillo para no gastar todo el erario común. Del ya mencionado Gayo Julio Polibio se dice que “ofrece buen pan”, pero no sabemos si está alabando su profesionalidad como panadero, que supondría seriedad en el desempeño de su función pública, o si se quiere decir que promete pan gratuito si gana su candidatura.

Meterse con los rivales

En las campañas electorales de Roma se podía desacreditar a los rivales destacando sus malas costumbres (la propaganda negativa de nuestros días). Quizás algo de eso puede haber en algunos carteles en los que algunos grupos “políticamente incorrectos” apoyaban a un determinado candidato. Por ejemplo, los bebedores nocturnos (seribibi) y también los ladronzuelos (furunculi) “apoyaban” a Marco Cerrinio Vacia como edil.

Además de los carteles electorales, la campaña electoral en Pompeya tenía otros componentes que desconocemos, pero que con mucha probabilidad se asemejarían a lo que sucedía en Roma. Para la capital del Imperio contamos a este respecto con el precioso testimonio de Quinto Cicerón, que en un escrito que puede leerse casi como un “manual del candidato” aconseja a su hermano Marco Tulio, el famoso orador, qué hacer para ganar unas elecciones a cónsul, el cargo más elevado del Estado romano. Una importante recomendación es acudir diariamente al foro, y rodeado de un séquito considerable que haga patente la popularidad del candidato. Una vez allí, el aspirante ha de saludar a la gente llamándolos a cada uno por su nombre, que por tanto debe recordar. Si no se goza de buena memoria puede recurrirse a un esclavo llamado nomenclator, pero es mucho mejor acordarse de los nombres por uno mismo ya que la impresión en el votante es mayor.

El candidato debía ser de carácter agradable, y si no lo tenía por naturaleza era preciso fingirlo y adaptar su aspecto y su discurso a las personas con las que se encontraba. Ser accesible y tener un ánimo receptivo eran cualidades fundamentales. Una casa llena de gente que deseara tratar con el candidato era también un signo de prestigio social. Por otra parte, los candidatos a duunviro sabían que jugaban a su favor los actos de generosidad pública -espectáculos, construcciones, donaciones, …- que hubieran llevado a cabo durante el desempeño de su cargo de edil, debidamente reconocidos mediante inscripciones conmemorativas.

Votación

Terminada la campaña electoral llegaba el momento decisivo de la votación. No sabemos a ciencia cierta de qué manera se votaba en Pompeya, pero podemos hacer suposiciones de acuerdo con el testimonio de leyes de otros lugares del Imperio, como en el caso de la ciudad de Málaga. Los distritos electorales se dividían por barrios y quizá hubiera distritos situados fuera de las murallas.

votacionEl día de la votación todos los ciudadanos con derecho a voto acudían en una sola convocatoria, es decir a la misma hora, de forma que todos votaban paralelamente por distritos. En el lugar de la votación se designaban espacios propios para cada circunscripción, provistos de una mesa electoral que tenía unos custodios oficiales para que todo se desarrollara de modo conveniente. Además, los candidatos podían colocar interventores propios que aseguraban la transparencia del proceso. Cada ciudadano depositaba su voto particular, por medio de tablillas, en una urna o cesta de su mesa electoral. El voto único del distrito era para los candidatos que habían obtenido la mayoría de votos individuales. Si se producía un empate entre uno o más candidatos se prefería a quien tuviera hijos. Si persistía la igualdad se valoraba el número de éstos y si aún así no había desempate se realizaba un sorteo. Los vencedores eran los que sumaban la mayoría de votos únicos de los distritos. En caso de empate se procedería de la misma forma ya dicha. Los magistrados electos tomaban posesión de su cargo el 1 de julio y no se conoce exactamente si eran reelegibles en los años siguientes o si tenía que pasar un cierto tiempo antes de volver a presentarse a un mismo cargo.


Para sabe más:

HNG46-28

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