La familia

Venir al mundo en un hogar romano  no auguraba una vida larga y próspera. Aproximadamente un tercio de los recién nacidos morían antesdel año y la mitad, antes de cumplir cinco. La esperanza de vida de un hombre rondaba los cuarenta años, la de una mujer apenas rebasaba la treintena, debido a los riesgos del parto. Tan solo un 7% de la población superaba los sesenta; llegar a octogenario no era imposible, pero sí excepcional.

Las posibilidades de perder un hijo eran tan altas que se fomentaba un cierto desapego. Según el jurista Paulo Prudentísimo, el luto por un niño de tres años no debía durar más de tres meses. Pero no parece que todos los romanos le hicieran caso: cartas y epitafios dan fe del desconsuelo de muchos padres.

Con semejante mortalidad infantil, para obtener suficientes adultos productivos se necesitaban muchos bebés. El escritor Columela acosejaba liberar a las esclavas que concibieran más de tres veces, o al menos descargarlas de los trabajos más pesados. En época de Augusto se premiaba a las madres de familia numerosa: las ciudadanas romanas con más de tres hijos se emancipaban de la tutela legal de su padre o marido. Si eran libertas o itálicas no romanas, este privilegio les costaba cuatro hijos, y si vivían en provincias, cinco. Esto subraya otro rasgo importante del mundo romano: los hombres no nacían iguales, y las mujeres, aún menos. El futuro de un recién nacido lo marcaba su posición social. Podía nacer libre o esclavo, ciudadano o provinciano, patricio o plebeyo. La cuna no sólo determinaba sus oportunidades en la vida, sino también su estatus legal.

En realidad, nacer en el seno de una familia adinerada no era suficiente: también había que lograr que el padre lo aceptara a uno como hijo, cosa que ocurría al cabo de una semana del nacimiento, poniéndole el nombre. Deshacerse de los recién nacidos era el método de control de natalidad más eficaz y extendido, y se consideraba completamente lícito. Se conserva una carta muy elocuente de un jornalero a su esposa embarazada: “Te pido y te ruego que cuides de nuestro pequeño”, dice, refiriéndose a un hijo ya nacido. Pero unas líneas más allá da instrucciones sobre el bebé que esperan: “Si es varón, tenlo, pero si es hembra, abandónala”. Los motivos para esta costumbre eran diversos: ahorrarse una dote, quitarse de encima a un hijo con malformaciones o preservar el patrimonio familiar repartiéndolo entre menos herederos. Había quien recogía a estos expósitos, pero no por razones humanitarias, sino para venderlos como esclavos o explotarlos en redes de medicidad.