La ingeniería romana

por | 10/04/2016

“Con sus construcciones modernas, los romanos no hacen más que estropear el paisaje”, comenta Astérix mientras, camino de Lutecia, pasa con Obélix frente a un elevado viaducto en plena edificación. Aquello, sin duda, era cierto para el año 50 a.C., pero más de dos milenios después, las “moderneces” de entonces forman ya parte imprescindible de nuestra cultura. Todo ello gracias a los buenos oficios de quienes las levantaron: los ingenieros romanos.

Ingeniero romanoLo más curioso es que, a pesar de la extraordinaria calidad de su trabajo, estos no fueron unos grandes innovadores. Son contados los avances técnicos que les debemos: la aleación de latón, la amalgama de mercurio para extraer oro, el hormigón, las norias hidráulicas y poco más. En realidad, en lo que se mostraron maestros fue en aprovechar y mejorar los ingenios desarrollados por otros. Siempre pragmáticos, ya se tratara de los qanats orientales para horadar túneles, las bombas griegas de extracción de agua o la fundición de hierro o acero, conocidad desde hacía cientos de años, los romanos fueron capaces de tomar los mecanismos y métodos creados en distintas regiones y no solo adaptarlos a sus necesidades, sino perfeccionarlos y aumentar así sus propios conocimientos.

Gracias a ello, el Imperio romano dispuso de la mejor capacidad técnica del mundo antiguo, que  precisamente utilizó para controlarlo y explotarlo a su antojo durante más de quinientos años. Medio milenio durante el cual sus ingenieros llenaron la cuenca mediterránea con aquellas obras que tanto disgustaban al personaje de Goscinny y Uderzo.

Tipos de ingenieros

Atendiendo al vocabulario latino, por el Imperio pulularon muchos tipos de ingenieros. En primer lugar, nos encontramos con el topógrafo, que se dedicaba a calcular las superficies para dividirlas en parcelas o para marcar el recorrido de las calles de una ciudad, y que aparece mencionado en los textos como agrimensor, o gramaticus.

Luego estaría el mensor, que como parte de una legión, proporcionaba información práctica sobre el terreno al comandante y disponía las trazas de los campamentos. Comparte nombre con otro mensor, el también llamado librator, cuya función era estudiar el suelo para ver si era posible, y dónde, erigir acueductos, puentes, vías, etc.

Quien se encargaba de convertir estas obras en realidad era el architectus, diseñador y constructor de todos esos elementos, incluidos edificios como basílicas, baños o villas.

Finalmente, los textos nos hablan de un tipo muy concreto de ingenieros, los machinatores, que eran quienes pensaban y fabricaban las máquinas con las que los romanos tanto levantaban sillares a grandes alturas como lanzaban proyectiles contra el enemigo durante el asalto a una fortaleza.

La división es un tanto artificial, porque resulta difícil de imaginar que el ingeniero al frente de un acueducto no fuera personalmente a recorrer el terreno y ver los problemas a los que tendría que enfrentarse fiándose para ello exclusivamente de los informes presentados por un topógrafo. Por otra parte, las fuentes son claras: durante la Antigüedad los ingenieros fueron muy polifacéticos, y a menudo se encargaban de construir todo aquello que fuera necesario, reuniendo en sí mismos las facetas de diseñadores y topógrafos.

Es indudable que la especialización existía, y que el ingeniero de una legión tenía mucha más práctica en levantar murallas o fabricar máquinas de asedio que en erigir un edificio. Pero, terminado su servicio activo, no tendría muchos problemas en aplicar sus conocimientos a un puente, si se lo encargaban.

El mejor ejemplo lo tenemos en uno de los pocos ingenieros romanos que conocemos por su nombre, Vitruvio. Durante su servicio militar realizó armas de asedio, pero al reintegrarse al mundo civil construyó, que sepamos, una basílica en Fanum Fortunae. Otro caso del carácter polivalente de los ingenieros romanos es la obra de Apolodoro de Damasco, responsable del Foro, el Odeón, el Gimnasio y la columna de Trajano en Roma, así como del puente de este emperador sobre el Danubio durante la campaña de Dacia.

Hay algún ejemplo más, pero son excepciones, porque si bien se conocen las estelas de las tumbas de algunos ingenieros, por lo general su trabajo es anónimo. En un mundo donde el nombre lo era todo, quien pagaba una obra la bautizaba con el suyo, a no ser que la labor del profesional fuera de tal relevancia que mereciera reconocimiento por ello. Es el caso de un topógrafo militar llamado Nonio Dato, a quien los administradores de la ciudad de Saldae (Bujía, en Argelia) llamaron desesperados en 150 d.C. El propio Dato explica en qué consistió su misión en un texto hallado en el campamento legionario de Lambaesis (también en Argelia): “Fui a Saldae y me encontré con Clemente, el procurador, quien me llevó a la colina donde se quejaban de la pobre calidad del trabajo en el túnel (que llevaría el agua a la ciudad). Parece que estaban pensando en abandonarlo, porque la longitud excavada era mayor que el ancho de la colina. Resultaba evidente que el rumbo había divergido de la línea recta …”. Dato se encargó de solucionar el desvío y la obra pudo terminarse.

Cómo hacerse ingeniero

Excepto por el puro placer intelectual de ejercerla como diseñadores, los patricios romanos quedaban excluidos de la profesión. La función de su clase era mantener el patrimonio entrando en política y arreglando matrimonios entre familias de su mismo rango. Esto limitaba a los plebeyos, ciudadanos o libertos -e, incluso, a esclavos- la práctica de un oficio que parece haber gozado de un cierto prestigio, y cuyos miembros tenían generalmente recursos como para dotarse de una lápida funeraria de cierta calidad. Un detalle que nos habla de un ejercicio profesional relativamente bien pagado.

Vitruvio, hablando siempre desde un punto de vista teórico, ya que por entonces no existían las universidades, consideraba que el arquitecto no solo debía saber dibujar, sino también, geometría, óptica y aritmética, sin olvidarse de conocimientos generales de historia, filosofía, música, medicina, derecho, astronomía y cosmología. ¡Todo un currículo! Obviamente, si esto llegó a suceder sería en contados casos. En realidad, tras aprender a leer y matemáticas básicas en la escuela infantil y quizá algo de oratoria, gramática, historia, etc. en la escuela de lo gramático, si uno deseaba hacerse ingeniero no le quedaba más remedio que sumergirse en el mundo teórico que sobre su profesión podía encontrar en las bibliotecas. No conocemos casi ninguna de estas obras, pero además del clásico tratado de Vitruvio (siglo I a.C.), sabemos que existía el voluminoso Corpus agrimensorum, que se encargaba de enseñar a sus lectores cómo medir terrenos y dividirlos.

Pero con esto no bastaba. El único método eficaz para convertirse en ingeniero era buscar un maestro a quien seguir los pasos como ayudante, viéndole trabajar y aprender de él. Como es natural, si, recién ingresado en el ejército, un legionario era destinado al cuerpo de ingenieros, su camino ya estaba decidido, lo quisiera o no. Durante sus años de servicio sería uno de esos personajes cuya labor tanto se iba a dejar sentir en el desarrollo del imperio que Roma estaba conquistando. Unos conocimientos que  posiblemente convirtiera en su ocupación una vez abandonase el ejército.

La ingeniería del agua

Dado que, en el siglo I a.C., Roma había alcanzado una población cercana al millón de habitantes, a los que había que mantener y entretener, el trabajo de los ingenieros debió de ser arduo. El crecimiento de la ciudad fue paulatino, de modo que los diferentes cónsules de la República y luego del Imperio pudieron hacer que los profesionales dotaran poco a poco a Roma de su abastecimiento de agua. Esta no solo era necesaria para el consumo, sino que acabó constituyendo uno de los elementos definitorios de la cultura romana.

Acueducto de Segovia

Acueducto de Segovia

Todas las ciudades de relevacia contaron con un suministro de agua gracias a los acueductos, que desembocaban en un castellum aquae, o depósito principal. Este estaba dotado de uno o varios tanques de sedimentación, destinados a recoger en su fondo los residuos sólidos que pudiera contener el líquido tras su largo recorrido. De ellos partía una red de tuberías subterráneas de plomo que conducían agua hasta la ciudad. La elevada presión se reducía haciendo subir el agua hasta unas torres, o contenedores, desde los que descendía a las cañerías que la vertían en los pilonos de las fuentes. Para que nos hagamos una idea, cuando en el año 33 a.C. Agripa se encargó de mejorar el abastecimiento de agua de Roma, no solo construyó un nuevo acueducto, el Aqua Iulia, sino que también se construyeron 700 cisternas, 500 fuentes y 130 torres de agua

Estrictamente hablando, los acueductos son las estructuras que permiten a la canalización de agua atravesar un valle sin interrumpir su recorrido, pero la palabra ha terminado haciendo referencia a todo el conjunto. Los dos mejores conservados son los del Pont du Gard (en Francia, que servía para llevar agua a Nimes) y el de Segovia. Con cerca de cincuenta metros de altura el primero y treinta el segundo, llevan en pie dos mil años sin cemento alguno.

Tras los esfuerzos de los griegos, se comprobó que la resistencia de los materiales de entonces no hacía recomendable el uso de canalizaciones con sifones para salvar grandes desniveles. Así pues, los romanos se inclinaron por conductos de pendiente continua muy escasa. Esta precisión la conseguían con un instrumento topográfico que parece haber sido inventado por ellos, la libra aquaria. No existe ninguna descripción o dibujo, solo la conocemos porque Vitruvio la menciona como la utilizada para “nivelar agua”, es decir, para los acueductos. Según el historiador Michael Lewis, era una alidada de hierro con miras de hendidura que sobresalían en cada uno de los extremos y que permanecía en equilibrio sobre un borde afilado en su punto central. Cuando comparó una recreación con la precisión de un niver moderno, error en un recorrido de 173 m fue del 0’00175% para ambos útiles.

El primer paso para construir un acueducto consistía en encontrar una fuente con un flujo adecuado que pudiera ser desviado y conducido hacia la ciudad, principalmente por canales subterráneos o cubiertos con losas, tejas o bóvedas de ladrillo. Cuando estos tenían que atravesar un valle, se montaban sobre estructuras de piedra estables y firmes, capaces de resistir los vientos y sustentar el canal por donde corría el agua: un conducto también de piedra impermeabilizado con opus signinum (un tipo de mortero) y cubierto para evitar residuos. Se ha calculado que por el de Pont du Gard, con una anchura de 1’20 m y una pendiente de entre 0’0125 y el 0’005%, pasaban 400 litros por segundo.

La ciudad mejor dotada en cuanto a acueductos fue, desde luego, Roma, que contó con 24. Algunos siguen funcionando, como el Aqua Virgo, que da suministro a la Fontana de Trevi. El más largo fue el Aqua Marcia, que traía agua desde casi noventa kilómetros de distancia, lo que deja muy atrás los 18 km de recorrido del de Segovia. También se ha calculado que, en el caso de Pompeya, ninguno de sus habitantes vivía a más de 80 m de una fuente.

Pero es que, además, había que dar de comer al pueblo y de nuevo los ingenieros llegaban al rescate de los gobernantes desarrollando un sistema que les permitía sacar todavía más ventaja del agua que acarreaban a la ciudad y que se puede considerar como otro de los pocos inventos romanos reales: la noria vertical.

La noria vertical aprovecha el movimiento del agua para transformarlo en energía. Transmitida por una serie de engranajes hasta una rueda de molino, esta realizaba el trabajo a una velocidad cinco veces mayor de lo que giraba la noria. En algunos casos se puede hablar de norias casi industriales como la que existía en Barbegal (Francia) a finales del Imperio. Se descubrió que si el agua caía sobre la noria en vez de pasar por debajo de ella, a la energía cinética se sumaba la potencial de la caída. Así, los ingenieros construyeron en Barbegal un molino bajo una cascada de 20 m de altura, creada con el agua del acueducto. El ingenio era capaz de hacer girar ocho pares de ruedas de dos metros de diámetro, cada una de las cuales movía una muela de 90 cm. Si con un molino manual se podían conseguir 5 kg de harina por hora, con uno hidráulico eran 180 kg, de modo que el de Barbegal era capaz de moler unas tres toneladas por hora. La cantidad era suficiente, en teoría, para alimentar a 80.000 personas. Dado que eso representaba ocho veces más población que la de la ciudad, es evidente que el exceso de producción se destinaba al mercado y a alimentar a la vecina Arlés. De hecho, en Roma, existía un molino similar en la colina del Janículo, movido también por el agua de un acueducto.

Los baños romanos

Las termas son uno de los grandes logros técnicos de los romanos. Sin embargo, no se generalizó su uso hasta el siglo I a.C., gracias al invento de un ingeniero, Cayo Sergio Orata, que diseñó un sistema con el que calentar las estancias de las termas: el hipocausto. Eso al menos es lo que sostiene Vitruvio.

Termas públicas de Pompeya

Termas públicas de Pompeya

Básicamente, las termas constaban de un caldarium (sala de baño caliente), un tepidarium (templado) y un frigidarium (frío), a los que, en los establecimientos más grandes, se unían una sauna, una sala de masajes, un gimnasio, una piscina al aire libre, una zona para tomar el sol, una sala para frotarse la piel y, por supuesto, un vestuario. Además, podían hallarse salas de reuniones, bibliotecas, tiendas, …

Cayo Sergio Orata colocó el suelo del caldarium sobre un conjunto de pilares de ladrillo de escasa altura y separados entre sí unos sesenta centímetros, de tal manera que soportaran uniformemente un lecho de cemento con solado de ladrillo. El aire caliente que llegaba de un horno llenaba el espacio entre las columnas, y, de este modo, se transmitía el calor a la piscina situada encima. Parte del calor se dirigía a conductos en las paredes, lo cual ayudaba a caldear la habitación superior. Para conseguir una sauna, bastaba con dejar que el suelo del caldarium alcanzara su temperatura máxima antes de inundarlo con unos pocos centímetros de agua.

En los baños mejor diseñados, las distintas piscinas estaban situadas a diferentes alturas. El suelo más elevado era el del frigidarium. Sus aguas desbordadas rellenaban la piscina del tepidarium, que, situada a cierta distancia del horno, solo alcanzaba temperaturas medias. A su vez, el contenido de esta piscina templada iba llenando con el uso la del caldarium.

El invento tuvo una difusión muy amplia. Desde ese momento, toda población de cierto tamaño contó con, al menos, unos baños públicos. De igual modo, nadie que se considerase de clase superior pudo ya prescindir de tener uno en casa. Lo más curioso es que los especialistas no se ponen de acuerdo en el orden en que se recorrían los baños: ¿de la piscina caliente a la fría o de la fría a la caliente?

Por desgracia, como por entonces no se conocía la purificación del agua, a pesar de la imagen romática que tenemos de ellos, los baños no eran muy salubres. El ambiente caldeado y la falta de ventilación hicieron de las termas un verdadero paraíso para bacterias y hongos, con el consiguiente peligro para la salud. Por otra parte, como el agua no se renovaba constantemente -no podía hacerse, si se quería llegar a calentarla lo suficiente-, las deposiciones de algunos usuarios se iban acumulando en ella día tras día. El agua podía estar tan sucia que el médico romano Celso recomienda no ir a las termas con una herida reciente, porque, “por lo general, acaba en gangrena”. Los romanos, pues, eran conscientes de los problemas causados por el exceso de inmundicia, y pusieron a sus ingenieros a trabajar para atajarla.

Las cloacas

Las calles de las ciudades, por su parte, podían ser un auténtico vertedero. Regresemos a Pompeya, ciudad recorrida y ensuciada -como todas en aquellas fechas- por animales de todo tipo, desde caballos (diez kilos al día de estiércol) hasta humanos (se calcula que los habitantes de esta urbe producían seis millones de kilos de excrementos al año). Porque, al carecer la mayoría de las casas de adecuados servicios sanitarios, los vecinos utilizaban las calles para aliviarse. “¡Cagón, aguántate las ganas hasta que hayas pasado de largo!”, reza un aviso encontrado en Pompeya que explica bien la situación.

Los ingenieros procuraron reducir un tanto esa suciedad al trazar las calles pompeyanas de modo que sirvieran para desaguar el líquido que manaba de las fuentes (estas carecían de grifos). El agua derramada arrastraba parte de los restos por las calles. Si las lluvias eran fuertes, se llevaban con ellas gran parte de los detritos acumulados. Las calles de Pompeya eran una especie de cloacas a cielo abierto.

Y es que las ciudades romanas eran sucias. No podía ser de otro modo. Si uno vivia en una casa o en la planta baja de una insula (edificio de apartamentos de varios pisos), podía cavar una letrina en el suelo, pero era imposible para los inquilinos de los pisos superiores. Estos debían guardar sus detritos en cubos y orinales que no siempre estaban dispuestos a bajar a la calle …, ¡con lo sencillo que era tirarlos por las ventanas! Una costumbre satirizada por Juvenal, que la consideraba el menor de los riesgos que acechaban a quien recorría la ciudad de noche.

Conscientes de este problema de salubridad, desde muy temprano, los ingenieros intentaron paliarlo dotando a Roma de una red de alcantarillas que se hiceran cargo, al menos, de una parte de los desechos. La costumbre se exportó a las ciudades de provincias, como demuestra el impresionante alcantarillado de Eboracum (la moderna York, en Inglaterra).

La primera alcantarilla de Roma se bautizó como Cloaca Máxima, y tiene cinco metros de altura y paredes de sillería. Desde 600 a.C. fue la encargada de recoger las aguas venidas del Foro, que depositaba luego en el Tíber. Es una obra que sige en uso todavía hoy y que nació, sobre todo, como un modo ingenioso de aprovechar y ocultar los tres arroyos que discurrían desde las colinas cercanas, con el objetivo de adecentar el centro urbano. A finales del siglo I a.C., Agripa, el gran lugarteniente de Augusto, la visitó en todo su recorrido con gran pompa, montado en una barca, para comprobar su buen estado. En el resto de la ciudad, el alcantarillado se iba construyendo de tal modo que empleara a su favor el continuo manar de las fuentes. El líquido derramado de estas iba a parar a tuberías de barro cocido mediante sumideros que lo desaguaban en el río, limpiando así las calles, aunque contaminando el cauce fluvial.

Dado el problema que suponían los excrementos, en muchas calles principales de las ciudades se instalaron letrinas públicas. Se trataba de recintos con bancos contra las paredes dotados de agujeros. Allí, sin separación entre unos y otros, se aliviaban los romanos en mutua compañía, comentando los asuntos del día, mientras sus desechos eran arrastrados a la cloaca cercana por el agua sobrante de las fuentes.

Este sistema de cloacas se podía encontrar incluso en los campamentos legionarios estables, donde, en vez de terracota, las conducciones podían ser de árboles vaciados. Nada peor para un general romano que un ejército enfermo incapaz de luchar o defenderse; de ahí que la higiene fuese clave en los acuartelamientos.


Para saber más:

  • HNG27-21
  • HNG97-58: Las termas de Trajano

Noticias relacionadas:

Ingenieros de caminos

Los romanos tuvieron que convertirse en grandes ingenieros de caminos. Mientras su ámbito fue solo el latino, usaron para trasladarse los caminos naturales que seguían los accidentes del terreno y se creaban con el paso continuado de la gente.

Sin embargo, a partir del siglo III a.C. quedó claro que las legiones debían desplazarse con rapidez, lo mismo que las mercancías necesarias para alimentar a Roma. Por ello, se inició la construcción de grandes vías perfectamente pavimentadas, las vías públicas, que seguían el camino más corto o el más rápido, de modo que, cuando era preciso, cruzaban valles mediante inmensos puentes, en lugar de bajar y subir sus laderas. No se escatimaron gastos para facilitar un veloz desplazamiento terrestre.

El primero de estos grandes caminos fue la vía Apia, comenzada en 312 a.C. por Apio Claudio Ceco para comunicar Roma con Capua. Fueron los primeros pasos de una red que llegaría a tener más de 100.000 km de longitud durante el Imperio, si bien las vías pavimentadas no fueron las únicas que recorrieron el Imperio. Se sumaban los caminos de tierra apisonada, de tierra con capa exterior de grava, … También se distinguían en función de quién las mandaba construir (consulares, praetoriae o militares), de adónde conducían, de si eran públicas o privadas, …

Calzada romana

Calzada romana

Tras estudiar el paisaje y marcar el recorrido que seguiría la vía pública, los ingenieros excavaban dos zanjas paralelas separadas entre sí unos doce metros. Estas delimitaban el ancho de la vía y permitían analizar la composición del terreno para comprobar su resistencia. Si era adecuada, se excavaba entre las zanjas para colocar la base de la calzada: los cimientos o statumen, losas de piedra de 50 cm de grosor. Las losas se cubrían después con una capa impermeable de arcilla, sobre la cual se superponían otras de distintos materiales. Primero el rudus, de 20 cm de espesor, formado por piedra mezclada con cal; a continuación venía el nucleus, 30 cm de grava y cal, destinado a impedir las filtraciones por agua. Por último se extendía la capa que pisaban viandantes y carruajes, la summa crusta, con losas rectangulares de 15 cm de espesor hechas de las piedras típicas de cada región, que se fijaban al suelo con cemento y podían estarlo entre sí con grapas.

El resultado era una calzada de unos diez metros de anchura -suficiente para el paso de dos carruajes en sentidos opuestos- y bastante convexa, para facilitar que el agua se escurriera hacia los laterales. En los extremos había un escalón de 45 cm de altura y 60 de anchura al que seguía un arcén de un par de metros.

Esta era la vía ideal, pero existían infinitas variaciones, dependiendo del territorio que atravesaran, de los materiales disponibles, del presupuesto y de los “ahorros” que quisiera hacer el contratista.

Las mismas habilidades que permitían trazar los caminos a través de las provincias eran utilizadas por los agrimensores para dividir las tierras recién conquistadas de forma equitativa entre los colonos. Partiendo del territorio que se había destinado para una nueva ciudad y de la orientación de sus dos calles principales (el cardo, orientado de norte a sur y el decumano, perpendicular al primero), los ingenieros llegaban al campo y, literalmente, lo cuadriculaban en lo que se conoce como centuriación. Su objetivo era crear parcelas cuadradas de 20 actus (710 metros) de lado para conseguir propiedades de media hectárea.

Entre las filas de parcelas no solo se disponían caminos para la circulación de personas y carros con las cosechas, sino que se marcaban los puntos de intersección con hitos y mojones para que nadie pudiera cambiar las lindes.

El mejor modo de calcular la riqueza de cada habitante -que determinaba la categoría social a la que uno pertenecía- y los impuestos que debía pagar era llevar un control estricto de los terrenos de cultivo, y a ello se dedicaron con tesón los agrimensores.

Ingenieros de minas

En un momento en el que los fenómenos económicos eran todavía menos comprendidos que hoy, los gobernantes del mundo antiguo siempre andaban buscando nuevas fuentes de metales preciosos con los que acuñar moneda y así pagar, en especial, a las legiones, el soporte de su poder. Y eran los ingenieros los encargados de diseñar los mecanismos necesarios para arrancar de las entrañas de la tierra esos metales preciosos tan necesarios. Una vez acabadas las vetas superficiales, tocaba cavar siguiendo las vetas a cada vez mayor profundidad. Según avanzaban los túneles, se iban entibando y dejando columnas de soporte, al tiempo que se abrían pozos verticales para airear y se ponían en marcha bombas y tornillos de Arquímedes para achicar el agua.

Como dice Plinio el Viejo en su Historia Natural: “En nuestro mundo […] el oro se extrae de tres modos: en primer lugar en las partículas (pepitas) de los ríos, como en el Tajo en Hispania […], y ninguno es oro tan puro, ya que está pulido por la corriente y el flotamiento. Se extrae de otra forma mediante pozos o se busca derribando los montes”. Los dos primeros métodos son muy conocidos, pero no tanto el tercero, esa ruina montium que menciona el escritor romano. El mejor ejemplo quizá sea el de Las Médulas, en León. Pero también lo encontramos en Cerro del Sol y Cerro Zapatera en Lancha del Genil, Granada.

lasmedulasTal como lo describe Plinio, el derrumbe de los montes era un trabajo peligroso en grado sumo en el que se perdía a muchos mineros. Consistía, básicamente, en convertir el terreno que se deseaba explotar en un hormiguero repleto de pasadizos. Según el autor, terminada esta tarea solo se trataba de ir destruyendo, a partir de los más alejados, los soportes levantados en esas galerías. Privado de la sustentación, el monte se venía abajo, tras lo cual no había más que lavar el material para encontrar todo el oro posible.

La arqueología revela que en este procedimiento entraba otro de los elementos que tanto gustaban a los romanos: el agua, que sería la verdadera responsable del hundimiento del terreno aurífero. Mientras se agujereaba el monte, se iba organizando la canalización para llenar el inmenso depósito de agua situado sobre la boca de la mina. Terminado todo, se abrían las compuertas y el agua del depósito penetraba en las galerías. Por efecto de la gravedad y la energía cinética, el líquido generaba en el interior de la mina tal presión que reventaba los corredores.

Derrumbado el monte, el agua lo convertía en lodo, que era arrastrado hacia unas zanjas previamente situadas en el llano. En estos canales de decantación había ramas de arbustos espinosos que hacían las veces de filtro aurífero. Una vez lavado todo el material del derrumbe, se tomaban las ramas, se las dejaba secar y luego se las quemaba. Un último lavado de las cenizas permitía al fin encontrar el mineral que tantos esfuerzos (y vida de esclavos) había costado.

Ingenieros militares

Cuando las legiones iban en marcha, todas las noches levantaban un campamento donde pernoctar. Decidida la ubicación del mismo, se señalaba un espacio cuadrangular de 700 m de lado. En su centro se colocaba la tienda del general, de la cual partían las dos calles principales (cardo y decumano). Colocada la impedimenta en el núcleo del campamento, la mitad de la legión establecía un perímetro defensivo y la otra mitad comenzaba a cavar la trinchera de 3 m de profundidad y 4 de anchura que lo rodearía, la fossa o vallum. Con la tierra extraída se creaba un terraplén de 1 m de altura, el agger, sobre el que se clavaban las estacas que cargaba cada legionario en su equipo, formándose así una muralla defensiva.

En cuatro horas el campamento podía estar terminado, y desmontado en mucho menos. Eso en el caso de los campamentos temporales, porque los fijos, al tener murallas de piedra, eran mucho más sólidos. Tanto era así que muchos dieron lugar a ciudades modernas, como León, Lugo, Maguncia o Estrasburgo.

Un ejemplo de las dimensiones que podían alcanzar estas defensas fijas son los restos de las murallas de Roma del siglo IV a.C. Tenían siete metros de altura y cuatro de anchura, reforzadas cada cinco por contrafuertes. Para dificultar los asaltos, delantes de ellas se abría un inmenso foso de 30 m de ancho y 9 de profundidad. Su acceso se obstaculizaba enterrando ante él afiladas estacas de madera en agujeros camuflados (lirios), o tacos de madera en los que se clavaban puntas de flecha (los stimuli, idóneos para frenar a la caballería).

Esta rapidez a la hora de organizar unas defensas se apreciaba también cuando deseaban poner sitio a un campamento o ciudad que, casi de la noche a la mañana, aparecían envueltos por una muralla de tierra con torres de madera a intervalos regulares. Es lo que sucedió en el asedio de Numancia, en el año 133 a.C. En ocasiones, este tipo de defensas, pero en piedra, se utilizaron para sellar la frontera (limes) de alguna provincia, como el muro de Adriano en Britania, destinado a mantener a raya a los pictos.

Para acelerar un asedio, los ingenieros contaban con armas suficientes: la balista (una suerte de ballesta gigantesca que arrojaba lanzas, de una en una o en grupo); la catapulta (cuyo brazo rígido, terminado en forma de cuchara, lanzaba piedras); el escorpión (una especie de ballesta muy grande manejada por un solo legionario) y el onagro (un brazo oscilante rígido en cuyo extremo una bolsa, similar a la de una honda, permitía arrojar proyectiles de hasta 80 kg a 800 m de distancia). Su efecto contra las defensas fijas o contra un ejército en movimiento, podía ser devastador.

Quizá los ingenieros no participaran en el combate cuerpo a cuerpo, per su contribución a la batalla era capital. Sobre todo si eran capaces de derribar unas murallas excavando una mina en sus cimientos, lo que facilitaba el asalto posterior.

 

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