La justicia

por | 07/04/2016

Los romanos de a pie no compartían la admiración que despierta hoy el derecho romano. Varias fábulas advertían a los incautos de la parcialidad de las leyes. El título de una de ellas lo dice todo: “Cerca de la ley, lejos de la justicia”. El mismo Jesús expresó su desconfianza hacia los juristas romanos: “¿Y por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?”, aconseja en el Evangelio de san Lucas.

“Cuando vayas al magistrado con tu adversario, procura en el camino arreglarte con él, no sea que te arrastre al juez, y el juez te entregue al alguacil, y el alguacil te meta en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.” Según el adivino Artemidoro, soñar con jueces y abogados auguraba “problemas, infelicidad, pesados gastos y revelación de secretos”. La gente evitaba los tribunales. Si pescaba a un ladrón, era probable que lo linchara. Y prefería resolver los conflictos recurriendo a mediadores, si era posible.

Es fácil entender por qué: los romanos no eran en absoluto iguales ante la ley. Un ciudadano no podía ser azotado, un “peregrino” procedente de provincias, sí. El mismo crimen que a un patricio le costaba el destierro, a un ciudadano corriente le podía suponer ser arrojado a las fieras.

Muchos delitos no lo eran si se cometían contra esclavos: solo los ciudadanos estaban protegidos contra palizas y abusos sexuales. Un ejemplo: la ley de las Doce Tablas, en tiempos de la república, fijaba en 300 ases la multa por romperle un hueso a un hombre libre, y en 150 si se trataba de un esclavo. En este caso, la indemnización iba a para al bolsillo del amo.

Si un esclavo comparecía como testigo ante un tribunal, se le torturaba para tomarle declaración. Poco importaba que no estuviera imputado: por su condición, se le consideraba un mentiroso al que solo la violencia lograría arrancar la verdad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *