Graduaciones

por | 20/08/2016

El término graduación asignado a los legionarios es un tanto engañoso, porque el ejército romano no ofrecía a los legionarios una carrera en sentido estricto. La mayor parte de los alistado abandonaba las filas del ejército con el mismo rango con el que entraron 25 años antes. Era posible alcanzar el rango de centurión desde la posición de soldado raso si se observaba una conducta intachable, pero lo más frecuente es que esa posición se obtuviera con dinero o influencias. Las graduaciones más altas -legado, tribuno militar- son políticos que cumplen con una carrera militar antes de ocuparse de otras tareas en la Administración.

Pero eso tampoco quería  decir que los legionarios fueran todos iguales. Algunos eran más iguales que otros y un soldado ambicioso procuraba poner lo antes posible distancia en él mismo y el resto del grupo.

Legionarios
Munifex

Rango que ostentará el recluta recién llegado. Legionario sin graduación ni privilegio alguno.

Immunis

Después de completar la instrucción el objetivo podría ser convertirse en immunis que eran  aquellos que tenían responsabilidades específicas: ayudar el herrero, ayudar al ingeniero, llevar las cuentas de la legión, … Un immunis seguía siendo un miles gregarius, es decir, un soldado raso, pero su vida era, en general, más cómoda, como prueba el hecho de que su rango podía serle retirado por mala conducta.

Saber leer y escribir era una ventaja inestimable, y se debería comunicar inmediatamente al cornicularis, el corneta, que por lo general también se encargaba de coordinar a los secretarios de la legión. Un soldado especialmente hábil con los números podía convertirse en signifer, portaestandarte de la legión y que, además estaba a cargo del fondo de pensiones de los legionarios. Había al menos 20 puestos diferentes de immunes por legión.

Principalis

Aquellos que no podían acceder a ser immunis por no tener unos conocimientos concretos interesantes para la legión, podían aspirar a ser principalis. Ser principalis era todavía mejor que ser immunis y entre ellos se encontraban, por ejemplo, el tesserarius, o encargado de repartir las guardias, y el optio, sustituto del centurión cuando éste esté ocupado o muerto. Los principalis tenían más opciones que nadie de convertirse en centuriones, con los que, en cualquier caso, trabajaban de forma muy estrecha y, desde luego, si un legionario conseguía introducirse en este selecto club tenía la casi completa seguridad de que el resto de sus años de servicio discurrirían de forma apacible.

La promoción a centurión se producía por recomendación del legado ante el gobernador de la provincia donde se encontrara la legión y tenía que ser aprobada por el emperador.

Mandos

Los legionarios de a pie tenían pocos contactos con los mandos. Como en todos los ejércitos que ha habido, una buena regla para un legionario consistía en evitar en lo posible a cualquiera que llevara un casco con una cresta transversal o una bonita cinta bajo el pectoral de la coraza, que identificaba a los oficiales. Tanto de los centurios como de los oficiales nunca se decía nada bueno, como no fuera el hecho de que luchaban y morían al mismo ritmo que los demás o, incluso, en el caso de los centuriones, con más frecuencia, porque al ser tan visibles y dirigir en primera línea a sus hombres, morían en porcentajes muy elevados (cosa que no importaba demasiado a sus hombres).

Centurión

Había unos 60 centuriones por legión -6 por cohorte- y formaban un mundo aparte cerrado e inclemente con los legionarios. Ya dentro de ellos, los centuriones de la primera cohorte se consideraban superiores a los del resto, y, a su vez, los que ocupaban la primera fila, pilus prior, también se consideraban superiores a los que ocupaban la última, pilus posterior.

Para cualquier legionario sin graduación, todos los centuriones podían suponer un quebradero y sólo se les tenía aprecio cuando se encontraban cumpliendo alguna misión fuera de la legión y, por tanto, no podían meterse con el primer legionario al que le echara el ojo. Hubo varias ocasiones en que determinadas legiones se amotinaron y los primeros en sufrir las cosecuencias fueron los centuriones que fueron muertos por sus propios hombres.

Los centuriones eran la columna vertebral del ejército y al aunar una combinación de iniciativa y rango les convertía en una herramienta multiusos del ejército romano, adecuada tanto para llevar a cabo misiones diplomáticas, como para escoltar prisioneros importantes, dirigir destacamentos, o cualquier cosa que fuera necesaria.

Había un centurión que destacaba por encima de los demás, el primus pilus. Se conseguía este cargo mediante una combinación de virtudes militares en la batalla e intrigas políticas en la retaguardia. Era respetado, temido y nadie le tenía aprecio.

Tribuno militar

Hay cinco por legión y aunque suelen ser jóvenes y en busca de una carrera política más que militar, según fue avanzado la Roma imperial, cada vez se hicieron más profesionales por el aprendizaje previo que habían recibido en puestos menos importantes y eran capaces de dirigir bastante eficazmente una o dos cohortes.

Praefectus castrorum

Los demás oficiales serán capaces de realizar o no su trabajo, pero el prefecto del campamento seguro que sí sabe hacerlo. El praefectus era un profesional hasta la médula. Por lo general, era el centurión más antiguo de la legión y nadie conocía como él su historia y funcionamiento. Su rango era superior al de los tribunos militares.

El praefectus era el único que podía -y se atrevía- a llevar a un aparte al primus pilus y echarle una bronca si hacía falta, ya que lo más probable es que él mismo lo hubiera sido con anterioridad.

Tribunus laticlavus

Segundo al mando de la legión, solamente por debajo del legado. Sustituía a éste en el mando en caso de que no estuviera disponible. Al principio siempre eran de rango senatorial aunque según fue avanzando el tiempo, también empezaron a ocupar este puesto hombres de rango ecuestre.

Se encargaba de todas aquellas funciones que le eran asignadas por el legado y, si sabía lo que se hacía, consultaba y se dejaba aconsejar por el praefectus.

Legado legionario

El jefe máximo, el general. Ocupaba su puesto unos 4 o 5 años como máximo porque a los emperadores no les agradaba que los soldados tomasen demasiado aprecio a sus generales y, además, a éstos, una vez acostumbrados al mando de una legión y conseguida su lealtad, solían tener ideas extrañas sobre la capacidad de mando del Imperio.

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