La monarquía visigoda

por | 23/03/2016
Introducción

En 711 la monarquía visigoda se encontraba gravemente herida. Rodrigo fue tan sólo el último de una serie de reyes que la habían debilitado en beneficio de una nobleza cada vez más poderosa e independiente. En efecto, los monarcas, para asegurarse o ganarse apoyos dentro de la aristocracia, debían conseguir rodearse de fideles regis, los leales al rey, a cambio de conceder a aquélla privilegios, tierras y un poder cada vez mayor.

Además, en teoría, la monarquía era de carácter electivo. A la muerte de un rey, los nobles, reunidos en asamblea, tenían que elegir al sucesor. La Iglesia solía legitimar a los nuevos monarcas en los concilios generales y sancionaba su elección mediante la unción real, otorgando, así, un carácter sagrado a la realeza.

Sin embargo, los reyes procuraron muy pronto convertir el régimen en hereditario, por ejemplo, asociando a sus hijos al trono para asegurar el traspaso de poderes. Como quiera que cada soberano pertenecía a una familia de nobles, las luchas y conjuras para usurpar el poder fueron bastante habituales hasta el punto recibir el dudoso honor de tener un apelativo propio, morbus Gothorum (la enfermedad de los godos), las conjuras y guerras por el trono. Una más de ellas fue, por ejemplo, la que ocasionaria la muerte de Rodrigo y la desaparición del reino visigodo.

Primeros años del reino de Toledo

El dominio de los visigodos en Hispania empezó con una gran derrota militar y terminó, al cabo de doscientos años, con otro desastre en el campo de batalla. La primera derrota tuvo lugar en el año 507, en Vouillé, un lugar cercano al actual Poitiers, donde encontró la muerte el rey Alarico II, enfrentado al rey franco Clodoveo, quien consiguió con su victoria el objetivo que le había llevado al combate: desalojar a los visigodos del sur de Francia, que hasta entonces había dominado desde su capital en Tolosa, obligándoles a desplazarse definitivamente al sur de los Pirineos. En Hispania, los sucesores de Alarico consiguieron reconstruir el reino desde una nueva capital, Toledo. La segunda derrota, como es sabido, ocurrió en el año 711, cuando en un lugar llamado Guadalete, en la actual provincia de Cádiz, Rodrigo fue vencido y posiblemente muerto por un ejército de conquistadores árabes y bereberes que pronto ocupó por completo el reino.

Entre estas dos fechas, 507 y 711, se sucedieron un total aproximado de unos treinta reyes godos. Ninguno llegó a gobernar siquiera un cuarto de siglo y fueron bastantes los que apenas reinaron unos pocos años, incluso unos pocos meses. Tampoco hubo ningún rey que consiguiera instaurar una dinastía duradera. En cambio, fueron incontables las rebeliones, deposiciones y asesinatos de los monarcas. Desde el vecino reino franco, un escritor contemporáneo, Gregorio de Tours, hablaba del “morbo gótico”, o la “detestable costumbre que han adoptado los visigodos de asesinar a aquellos reyes que no son de su gusto y reemplazarlos por otros que sí lo son”. Sin duda, la violencia política fue una constante en la historia del reino visigodo y fueron escasos los períodos en que el poder regio se transmitió sin derramamiento de sangre.

El período que siguió al traslado de la corte visigoda a Hispania fue particularmente virulento. El primer rey hispano, Amalarico, que durante su minoría de edad había quedado bajo la tutela del ostrogodo Teodorico, fue asesinado por un oficial ostrogodo, Teudis, al frente de un ejército privado de dos mil hombres. Tras ser coronado rey, Teudis también murió de forma violenta, apuñalado por un hombre que se hizo pasar por loco. Su sucesor, Teudiselo, no corrió mejor suerte. Cuando llevaba en el trono poco más de un año, unos conjurados lo sorprendieron en un banquete en Sevilla y lo cosieron a puñaladas. Las crónicas cuentan que el motivo de su acción fueron los excesos que el monarca cometía con sus esposas.

Castigos ejemplares

A lo largo de la historia del reino visigodo, muchas rebeliones terminaron con la aplicación de brutales castigos destinados a dar ejemplo. Así, en tiempos de Alarico II (484-507), último rey del reino de Tolosa, un tal Burdunelus se sublevó contra el rey y fue condenado a morir en la  hoguera encerrado dentro de un toro de bronce. Con todo, la pena más característica era la amputación de un miembro o la decalvación, operación que probablemente implicaba arrancar de raíz el cuero cabelludo para que no volviera a crecer. Lejos de constituir meros actos de venganza, la amputación y la decalvación eran un modo de incapacitar a la víctima para ser rey, pues los pueblos germanos consideraban las largas cabelleras y la ausencia de defecto físico como símbolos de nobleza y fuerza, y, por tanto, requisitos indispensables para ejercer el poder.

rebeldeEn 590, un noble llamado Archemundo fue acusado de conspirar contra Recaredo. En primer lugar fue torturado con latigazos y decalvado, tras lo cual le fue amputada la mano derecha y fue paseado a lomos de un asno por Toledo. El hijo de Recaredo, Liuva II, sufrió un destino parecido: tras ser depuesto en 603, le amputaron la mano derecha. En 673, otro rebelde llamado Paulo obligó al rey Wamba a emprender una larga campaña militar que acabó con su apresamiento y un castigo no menos ejemplar: tras ser decalvado y rasurado, fue mostrado en la capital sobre un camello y con una raspa de pescado a modo de corona.

Había también métodos menos drásticos para inhabilitar a un príncipe. Cuentan las crónicas que en 680 el rey Wamba, sintiéndose muy enfermo y próximo a morir, juró hacer penitencia y recibió la tonsura, el corte de pelo que lo convertía en clérigo. Contra todo pronóstico se recuperó, pero su nueva condición de monje penitente le impedía llevar la corona y fue obligado a ingresar en un monasterio. Muchos pensaron que el suceso no había sido fortuito y que una conspiración palaciega había privado a Wamba del trono mediante un ardid.

No hay duda de que la causa principal de la “enfermedad gótica”, el recurso a la violencia para alcanzar el poder, residía en el carácter electivo de la monarquía visigoda. A diferencia del reino franco, donde la sucesión regia se circunscribió al linaje de Clodoveo -sin que eso tampoco evitara las luchas sangrientas por el poder-, los visigodos no admitieron nunca la sucesión hereditaria; a la muerte de cada rey, los nobles se reunían para designar a uno de ellos como sucesor. Eso propiciaba que los aristócratas compitieran entre sí por el apoyo del ejército y por rodearse de una numerosa clientela; cuando se reunían esas condiciones, era muy fuerte la tentación de tomar las armas contra el rey en ejercicio.

No es extraño, por ello, que en el complicado entorno de los reyes visigodos lo que más se valorara fuera la fidelidad. Los miembros de su séquito eran llamados precisamente así, fideles o gardingos, y acompañaban al monarca tanto en la corte como en las campañas militares. Ostentaban los principales cargos palaciegos y administrativos, y su lealtad se veía recompensada con tierras y bienes. Ello les hacía inmensamente ricos, pero a la vez la elección de un bando u otro en una contienda política se volvía para ellos una cuestión de vida o muerte. El asunto llegó a ser tan grave que, en el año 636, el rey Chintila intentó establecer normas que evitaran que las posesiones de estas gentes les fueran arrebatadas cuando accedía al trono un nuevo monarca.

Aliados peligrosos

Un factor que pesó mucho asimismo en la inestabilidad del reino visigodo fue la injerencia política y militar de otros Estados. Por ejemplo, en tiempos del rey Agila (549-555), un nomble llamado Atanagildo se rebeló contra el monarca y para reforzar su posición parece ser que pidió auxilio al emperador bizantino Justiniano, que en esos años había emprendido diversas campañas en el Mediterráneo. Después de que los bizantinos desembarcaran en Cartagena en 552, Agila fue asesinado por sus propios partidarios y Atanagildo fue elegido nuevo monarca, pero cuando quiso despedir a sus aliados bizantinos desubrió que éstos habían venido para quedarse en el sur de la Península, aprovechando que las ciudades de esa región eran bastante refractarias al dominio visigodo. Y así, durante varias décadas, la franja costera entre el sur de Valencia y Cádiz formó parte del Imperio de Constantinopla.

La religión estuvo también detrás de algunas insurrecciones contra el poder real, como la de Hermenegildo, hijo de Leovigildo. Convertido al catolicismo en secreto, seguramente por influencia de su esposa franca, en 580, siendo gobernador de la Bética, se rebeló contra su padre, adepto al arrianismo tradicional de los visigodos y que en esos años. Hermenegildo buscó el apoyo militar de los bizantinos, los francos e incluso los suevos, lo que haría que los escritores visigodos posteriores, incluidos los católicos, lo vieran como un traidor. Leovigildo trató de negociar con su hijo, pero tras capturarlo en Córdoba terminó haciéndolo ejecutar en una cárcel de Tarragona.

En el siglo VII, a medida que su poder se debilitaba, los monarcas buscaron el amparo de los prelados para intentar fortalecer su autoridad. En Toledo llegaron a celebrarse hasta dieciocho concilios, que contaron siempre con la presencia de los obispos del reino y muchas veces la de los propios monarcas, que podían ser los convocantes de las asambleas y firmar sus actas junto a miembros de su corte. En estos concilios no sólo se trataban asuntos religiosos, sino también políticos y socioeconómicos. En particular, los reyes pusieron mucho empeño en que los concilios apelaran a respetar la autoridad real y condenaran cualquier forma de rebelión.

Así ocurrió en uno de los concilios toledanos más importantes, el cuarto, celebrado en 633. Hasta el año 631 había reinado Suintila, un monarca bien dotado para la guerra que había conseguido un gran éxito al expulsar definitivamente de la Península a los bizantinos, que durante setenta años habían ocupado parte del sureste peninsular. El célebre y santo Isidoro, obispo de Sevilla, se refería a Suintila sin escatimar elogios: prudente, enérgico y juicioso, el rey merecía ser llamado “no sólo el príncipe del pueblo, sino también el padre de los pobres”. Claro que eso fue antes de que lo destronaran.

La Iglesia perdona al rebelde

En efecto, una rebelión acabó con el reinado de este dechado de virtudes. Fue una revuelta que contó con el apoyo militar del rey de los francos, que exigió al nuevo rey, Sisenando, el pago prometido por sus servicios: nada menos que una gran bandeja de oro con grabados (missorium) regalada siglos atrás por un general romano a un rey visigodo y que desde entonces había permanecido en el tesoro real. La oposición de muchos a que la singular pieza fuera entregada obligó a Sisenando a compensar al rey fraco con la astronómica cifra de 200.000 sólidos.

sisenandoUna vez saldadas las deudas materiales, Sisenando tuvo que hacer lo propio con las espirituales. Para ello se convocó el IV Concilio de Toledo en diciembre de 633, presidido por el propio Isidoro de Sevilla. Sisenando se presentó allí y en presencia de 62 obispos reunicos en la iglesia de Santa Leocadia se prostró solemnemente y entre lágrimas y lamentos pidió a los obispos que intercedieran por él y corrigieran los abusos cometidos contra la Iglesia por Suintila. Durante los días siguientes, los obispos discutieron y aprobaron diferentes cánones sobre disciplina y administración eclesiásticas. Pero no se olvidaron del principal tema que les había llevado hasta allí y proclamaron con total solemnidad: “Que nadie de entre nosotros arrebate atrevidamente el trono. Que nadie prepare la muerte de los reyes”, concluyendo que quien a partir de entonces intentase usurpar el trono, “sea anatema y arrójesele de la Iglesia católica, a la cual profanó con su perjurio”. A la muerte del rey, su sucesor debía ser elegido por los magnates y los obispos del reino, y habría de gobernar con justicia y equidad, so pena de ser objeto de los  más espantosos anatemas. Como broche final, el concilio legitimó la revuelta de Sisenando, condenado a Suintila y a su familia al destierro y a la confiscación de sus bienes.

O bien nadie fue consciente de las graves contradicciones en las que había incurrido el concilio -condenando las usurpaciones, pero legitimando a un usurpador, y profiriendo anatemas contra cualquier rebelde, pero también contra cualquier rey injusto-, o bien los obispos visigodos pensaron realmente que sólo ellos debían ostentar el control político del reino, lo que es lo más probable. Fue, sin embargo, una decisión desastrosa. Al reino de Toledo apenas le quedaban ochenta años, que estuvieron repletos de conspiraciones y revueltas, incluida la de la facción nobiliaria que en el año 710, para derribar al rey Rodrigo, abrió las puertas de la Península a las fuerzas musulmanas.


Listado de los reyes visigodos:

  1. Alarico I (398-410)
  2. Ataúlfo (410-415). Asesinado
  3. Sigerico (415-415). Asesinado
  4. Walia (415-418)
  5. Teodorico I (418-451)
  6. Turismundo (451-453)
  7. Teodorico II (453-466)
  8. Eurico (466-484)
  9. Alarico II (484-507)
  10. Gesaleico (507-510/511). Derrotado en batalla y asesinado
  11. Teodorico el ostrogodo (510-526)
  12. Amalarico (522/523/526-531/534). Asesinado
  13. Teudis (531/534-548). Asesinado
  14. Teudiselo (548-549). Asesinado
  15. Agila I (549-555). Asesinado
  16. Atanagildo (555-557)
  17. Liuva I (557-569)
  18. Leovigildo (569-586)
  19. Recaredo (586-601)
  20. Liuva II (601-603). Depuesto y ejecutado.
  21. Witerico (603-610). Asesinado
  22. Gundemaro (610-612)
  23. Sisebuto (612-621)
  24. Recaredo II (621-621). Depuesto y asesinado
  25. Suintila (621-631). Depuesto.
  26. Sisenando (631-636)
  27. Chintila (636-639)
  28. Tulga (639-642). Depuesto.
  29. Chindasvinto (642-653)
  30. Recesvinto (653-672)
  31. Wamba (672-680). Depuesto.
  32. Ervigio (680-687)
  33. Egica (687-702)
  34. Witiza (702-710). ¿Depuesto?
  35. Rodrigo (710-711). Muerto en batalla.
  36. Agila II (710/711-713). Muerto en batalla.
  37. Ardón (713-720)

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