La muerte

por | 09/04/2016

Si los romanos no eran iguales en vida, tampoco lo eran en la muerte. El rito más habitual hasta el siglo II, la cremación, no estaba al alcance de todos los bolsillos. No tanto por la incineración en sí como por el resto de liturgias que debían llevarse a caba en unas exequias decentes: lavar y perfumar al muerto, sellarle la boca con una moneda para pagar el trayecto en la barca de Caronte, sacarlo de la ciudad en solemne procesión con antorchas, adquirir un sepulcro, grabar la lápida y abonar sus servicios a los empresarios de pompas fúnebres, a los incineradores, llamados ustores, y a los fossores, que cavaban la fosa, en caso de que no se empleara un columbario, un nicho para las urnas cinerarias. Si la familia tenía recursos, encargaba una máscara con las facciones del difunto y mandaba esculpir un monumento funerario.

Los indigentes y muchos esclavos eran arrojados a fosas comunes sin mayor ceremonia. Pero eso hacía que sus perspectivas en la otra vida fueran tan malas como en ésta: los manes, divinidades del más allá, no aceptaban difuntos que no hubieran sido correctamente purificados. Sus almas errantes quedaban atrapadas entre dos mundos y representaban un peligro para sí mismas y para los vivos. Por esta razón, la gente humilde, que no podía costearse un funeral con sus propios medios, se asociaba en collegia, cooperativas funerarias integradas por artesanos, libertos y esclavos, que a menudo compartían barrio o profesión.

Aunque el pretexto que los reunía era ahorrar para la muerte, lo cierto es que a los collegia se les sacaba muchísimo jugo en vida. Sus miembros organizaban banquetes y se socorrían mutuamente en caso de necesidad. Eran, en cierto modo, antecedentes de las mutuas y de los colegios gremiales. Entre los soldados existían acuerdos similares para darse sepultura unos a otros.

En la lápida se consignaba el edad del difunto, su oficio y el nombre de quienes sufragaban el monumento. A veces, el finado la aprovechaba para decir su última palabra. Por ejemplo, era habitual advertir a parientes y herederos que no reutilizaran el sepulcro. Cada cual debía ocuparse de su propio viaje al otro mundo.


Para saber más:

HNG13-29

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