Segunda Guerra Púnica

por | 26/02/2016

Comienzos de la guerra

En la primavera del 218 a.C. Aníbal cruza los Alpes la frente de un ejército de 50.000 hombres, 9000 caballos y 37 elefantes.

Final de la guerra

En el verano del año 204 a.C., un ejército romano bajo el mando de Escipión desembarcó en el norte de África, cerca de la ciudad de Útica, unos pocos kilómetros al norte de Cartago. Las fuentes divergen sobre el número de soldados de los invasores: unos hablan de 10.000 soldados de infantería y 2.200 de caballería; otras, de 35.000 guerreros de ambas clases. De lo que no hay duda es del pavoroso efecto que causó su llegada: La vista de la escuadra primero, y luego el tumulto de los que saltaban a tierra -escribió el historiador Tito Livio- hicieron cundir el pánico y la alarma en el campo y las ciudades […] En Cartago hubo una conmoción como si la ciudad hubiera caído en poder del enemigo, pues desde hacía cincuenta años no habían visto ningún ejército romano […] Por eso fueron mayores la huída y el pánico en la ciudad.

En ese momento, Cartago y Roma llevaban casi veinte años en guerra. Estaba ya lejano el momento en que Aníbal atravesó los Alpes y derrotó a las legiones romanas en una serie de memorables batallas libradas en suelo itálico entre 218 y 216 a.C.: Tesino, Trebia, Trasimeno y sobre todo Cannas. Por un momento pareció que el general púnico conquistaría la ciudad de Roma y crearía así un imperio cartaginés en todo el Mediterráneo occidental. Pero los romanos se repusieron y lograron contener la ofensiva. Mientras Aníbal permanecía acantonado en el sur de Italia, Publio Cornelio Escipión, miembro de una ilustre familia romana, se convertía en el héroe de la resistencia y conseguía expulsar a los cartagineses de Hispania. En el año 204 a.C., Escipión creyó que había llegado el momento de dar el golpe definitivo a Cartago y convenció al Senado para invadir el norte de África. El parecido de su plan con las acciones de Aníbal era evidente: había que buscar la victoria en tierras del enemigo.

Sin embargo, nada más desembarcar en África, Escipión comprobó que se ventaja militar no era tan grande como había previsto. Había que tener en cuenta el papel de las tribus númidas, poblaciones bereberes que desde antiguo mantenían relaciones ambivalentes con el poder cartaginés. Escipión logró el apoyo de un importante príncipe númida, Masinisa, pero el rival de éste, Scifax, tomó partido por Cartago.

Por su parte, los cartagineses reaccionaron ante la invasión y forzaron a los romanos a levantar el cerco que habían puesto a Útica y a retirarse al campamento de invierno. Con todo, Escipión rechazó la mediación de paz de Masinisa, y en la primavera del año 203 a.C. lanzó un audaz ataque sorpresas contra los cartagineses y Scifax. Tras incendiar sus campamentos, las tropas romanas diezmaron los efectivos de sus enemigos. Escipión logró, así, invertir el equilibro de fuerzas. A partir de ese momento sería Roma quien llevaría la iniciativa militar.

Por parte cartaginesa, Asdrúbal Giscón reunió reunió un nuevo ejército, que tenía como núcleo unos 4.000 mercenarios celtíberos y que contó con el concurso de su aliado Scifax. El choque se produjo unos cien kilómetros al suroeste de Cartago, en un punto denominado Grandes Llanuras. La infantería de Escipión era inferior a la cartaginesa, pero gracias a la aportación de los jinetes númidas, su caballería logró imponerse a la púnica, hasta entonces invicta. Acto seguido, Escipión ocupó la ciudad de Túnez con el objetivo de aislar a Cartago de su retaguardia norteafricana e interceptar los suministros que llegaban a la ciudad por vía terrestre.

Un duro tratado de paz

Conmocionados por la derrota, los dirigentes cartagineses deliberaron en el senado de la ciudad sobre las medidas que había que adoptar. Unos pocos se mostraron partidarios de entablar negociaciones de paz, pero la mayoría se inclinó por resistir ante el inminente asedio de Cartago por Escipión. Sin embargo, Scifax fue hecho prisionero por los romanos y el ánimo de los púnicos cambió radicalmente y el consejo se resignó a mandar una delegación a Escipión para negociar la paz.

El general romano se mostró receptivo ante esta propuesta pues su propia posición no era fácil. Aún no había podido tomar Útica, pese a haberlo intentado en varias ocasiones, y estaba claro que el asedio de Cartago, una gran ciudad perfectamente amurallada, con una población dispuesta a defenderla a ultranza, sería una operación dificultosa y arriesgada. Una negociación de paz le podría permitir presentarse como el verdadero vencedor de la guerra sin asumir excesivos costes. Planteó, pues, sus exigencias.

Los cartagineses debían liberar a todos sus prisioneros romanos, entregar toda su armada excepto veinte naves, y renunciar a sus posesiones en Hispania y en las islas entre Italia y el norte de África. Aníbal también debía retirarse inmediatamente de Italia, y Cartago se haría cargo del avituallamiento del ejército romano estacionado en África. Por último, Cartago debería pagar una indeminzación de 5.000 talentos de plata (un talento equivale aproximadamente a unos 26 kilos).

Estas duras condiciones hicieron que, mientras el tratado no era ratificado por el Senado romano, los ánimos de los cartagineses se fueran caldeando. Sobre todo después de que Aníbal, reclamado por el Senado cartaginés, abandonara Italia y desembarcara en Leptis Minor, al sureste de Cartago al frente de unos 20.000 soldados a los que se unieron los restos del general Magón, fallecido poco antes.

El retorno de Aníbal envalentonó a los cartagineses, de modo que, cuando un convoy de abastecimiento romano que pasaba delante de las playas de Cartago sufrió dificultades y pareció a punto de zozobrar, los habitantes de la ciudad, que sufrían escasez de víveres desde hacía tiempo, no dudaron en asaltar las naves y apoderarse de toda su carga. Escipión protestó por el ataque, pero los cartagineses hicieron oídos sordos. El armisticio, de esta manera, quedó roto y la guerra entró en su tramo final. Y esta vez, ambos bandos estarían comandados por sus mejores generales.

El encuentro, brutal, es el conocido como batalla de Zama -aunque, de hecho, parece que se produjo un poco alejada de este lugar- y se saldó con una derrota completa por parte cartaginesa que, de esta forma, veía destruido su último ejército y cualquier esperanza de ganar el conflicto. Escipión también había quedado muy desgastado por la batalla pero, aunque no tenía fuerzas para iniciar un sitio en toda regla sí las tenía para imponer la paz en condiciones muy duras para los vencidos, que ya no disponían de un ejército con garantías.

Unas condiciones humillantes

Tras la batalla, el consejo cartaginés no tuvo más remedio que solicitar la paz a Escipión. Instalado en Túnez con la intención de presionar de nuevo desde allí a Cartago, el comandante romano trató a los delegados cartagineses despectivamente. Les recriminó el fracaso del acuerdo suscrito el año anterior y les advirtió de que las condiciones de paz serían ahora más duras que las del anterior tratado. Entre otras cosas, los cartagineses deberían entregar toda su flota, excepto diez naves, y, lo que era peor, tendrían que integrarse en el seno de la confederación romana. Esto último significaba que, aunque Cartago podría seguir administrándose de forma autónoma en cuestiones internas, quedaba enteramente sometida a Roma en política exterior. Finalmente, se imponía a la capital púnica una indemnización de guerra exorbitante, que doblaba la del tratado anterior: 10.000 talentos de plata.

Cuando los habitantes de Cartago se enteraron de las draconianas condiciones de paz impuestas por Roma, se reavivó de nuevo el espíritu de resistencia. Algunos instaban a romper las negociaciones y luchar hasta la muerte antes que firmar un acuerdo tan humillante. Aníbal, sin embargo, convenció a sus conciudadanos de que debían aceptar el tratado de paz; éste, al menos, no era una capitulación incondicional como la que sin duda se produciría si la guerra se reanudaba.

La firma solemne del tratado de paz se hizo en Cartago y se siguieron los procedimientos sacrales internacionalmente reconocidos. Los representantes del Estado cartaginés juraron ante los dioses que cumplirían las cláusulas estipuladas. Para dar validez al tratado llegaron expresamente desde Roma fetiales, los sacerdotes responsables de la conclusión y cumplimiento de los acuerdos. Inmediatamente después de la ceremonia, los cartagineses tuvieron ocasión de percatarse de la magnitud de su derrota y de la pérdida de su antiguo poder: los romanos hicieron zarpar del puerto de Cartago las naves de guerra confiscadas para quemarlas en alta mar. Los barcos ardieron ante los consternados ciudadanos cartagineses, que contemplaban cómo su otra envidiada y poderosa ciudad, siempre orgullosa de su independencia, pasaba a ser un estado vasallo de Roma.

Nace una nueva potencia

Poco tiempo después, el ejército romano abandonó el norte de África. La mayor parte de las legiones acuarteladas en los alrededores de Túnez emprendieron desde allí el regreso a su patria. Tras hacer escala en Sicilia, continuaron luego su marcha hacia Italia y Roma. A lo largo de su trayecto, Escipión pudo escuchar las expresiones de júbilo de la población itálica, que celebraba el fin de una larga y desoladora contienda. Al vencedor de Cartago se le dio el sobrenombre de “Africano”; era la primera vez que un general romano recibía el nombre de un pueblo vencido como título honorífico. Además de haber logrado vencer al mayor enemigo de la historia de Roma y poner fin a la pesadilla que comportaba para los romanos la existencia de un ejército púnico en suelo itálico, Escipión aportaba al erario público un considerabe botín de guerra.

A partir de entonces, nadie más osaría poner en duda su soberanía en el Mediterráneo occidental.


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