Llegada a Hispania y conquista

Los visigodos llegaron a Hispania en diversos momentos a lo largo de todo el siglo V. Una primera aparición fue en el año 415, con Ataúlfo y con su sucesor Walia, como federados del Imperio romano y para combatir a los otros pueblos bárbaros que habían invadido Hispania; una vez conseguido a medias su objetivo, los visigodos regresaron en 419, en virtud del pacto firmado con Roma, a la Galia, estableciendo su capital en Tolosa. Posteriormente, hay una primera oleada de emigración visigoda importante en el año 456, con motivo de la campaña de Teodorico II contra los suevos. Las zonas principales en las que se asentaron fue en la Meseta superior, prolongando hasta la zona de Toledo y parte del valle del Tajo, y, asimismo, las zonas de Mérida y Lisboa; de esta manera, aislaban al reino suevo del resto de la península. De la Bética, una vez que se fueron los vándalos a África, no se sabe gran cosa. También se asentaron en Zaragoza para controlar el valle del Ebro. Una segunda oleada se produjo en el año 476, en tiempos de Eurico, con motivo de la desaparición definitiva del Imperio Romano de occidente; los visigodos se asentaron en la zona de la Tarraconense que, de manera formal, había seguido perteneciendo a los romanos hasta esa fecha. Pero la emigración definitiva de godos a Hispania para convertir este territorio en la base de su reino se produjo en la década de 490 -sin que se sepa la intensidad de esa emigración ni sus causas- y, especialmente en el año 507 después de la derrota de Vouillé y la conquista por parte de los francos de los territorios visigodos situados en la Francia actual, salvo la Narbonense. Si hubiera que decir una fecha concreta de asentamiento de los godos en Hispania sería la de este año; se constituyó el reino de Toledo abarcando gran parte de la Península aunque sin controlar diversas zonas: el noroeste, con el reino suevo; el norte, con cántabros y vascones; y el sur y sureste peninsular, dominio bizantino.

El historiador contemporáneo hispánico Orosio, citando a un antiguo amigo del rey, dijo que Ataúlfo (410-415), el sucesor de Alarico, había pensado crear un estado godo independiente del poder imperial. Sin embargo, finalmente decidió poner sus fuerzas al servicio del Imperio. Se casó con Gala Placidia, la hermanastra de Honorio, capturada durante el saqueo de Roma en 410, y comenzó a negociar con el gobierno imperial el papel militar que iban a desempeñar él y su pueblo. Es posible que estos planes estuvieran ya muy adelantados cuando fue asesinado en 415 en Barcelona, durante un efímero golpe dirigido por un enemigo personal y político, Sigerico, que a su vez murió asesinado una semana más tarde.

El hecho de que Ataúlfo estuviera en Hispania en aquel momento significa probablemente que los acuerdos para un servicio militar godo en la península, que quedaron definitivamente establecidos bajo el gobierno de su sucesor Walia (415-419), ya estaban pactados en el momento de su muerte. Bajo el reinado de Walia, que devolvió a Gala Placidia a la corte de su hermano, los godos realizaron una serie de campañas por encargo del emperador en Hispania, para eliminar a los alanos, los suevos y los vándalos, y poner fin al régimen imperial del usurpador Máximo. De los detalles de esta guerra no se ha conservado registro alguno, pero los visigodos demostraron ser altamente eficaces, destruyendo a los alanos y a los vándalos silingos, antes de retirarse de Hispania en 419 para establecerse en Aquitania, como consecuencia de un nuevo tratado con el Imperio.

Se ha sugerido que el gobierno imperial, dominado por el magister militum Constancio, había llegado a sentirse preocupado por el éxito de los godos y temía que éstos sencillamente tomaran el poder en Hispania después de deshacerse de los demás pueblos bárbaros. Es, sin embargo, más probable que la administración romana creyera que los problemas militares con los que se enfrentaba el sur de la Galia fueran de mayor importancia y más apremiantes que lo que entonces pudo parecer simplemente una operación de limpieza en Hispania. Pudo haber sido el crecimiento de la amenaza de los bagaudas al norte del Loira durante aquellos años lo que influyera en la política imperial en el sentido de desplazar a los godos de Hispania a Aquitania. En efecto, Britania había quedado fuera del control imperial en 410, mientras que la parte de la Galia situada al norte del Loira aparentemente quedó abandonada a su suerte a partir de 406. Por lo tanto, el crecimiento incontrolado de los grupos de bandidos -bagaudas- en esta zona no es sorprendente, y la relativa ausencia de grandes propiedades aristocráticas en la región señala que el restablecimiento del orden era para el gobierno imperial menos prioritario que en el caso de las provincias más ricas del sur. El temor a la extensión de la amenaza bagauda a través del Loira puede, por lo tanto, explicar la decisión de establecer una presencia militar permanente, como hicieron los godos en el suroeste en 419.

Entretanto, en Hispania, los alanos supervivientes se refugiaron con los vándalos asdingos, y algunas referencias posteriores sugieren que conservaron sus peculiaridades étnicas dentro de la confederación, hasta que ambos pueblos desaparecieron completamente del registro histórico en el año 535. De los vándalos silingos nunca más se supo, aunque cabe suponer que los supervivientes (si es que los hubo) a la incursión goda, también se refugiarían con los asdingos.

Los suevos, que se establecieron formando guarniciones en el noroeste de la península, pudieron haberse librado en gran medida de las campañas emprendidas por los visigodos entre 416 y 419, que probablemente se concentraron en las zonas del sur y el este. Conservaron sus dominios del norte de Lusitania y de Galicia después de la retirada de los godos.

Los vándalos asdingos (desde ahora vándalos, sin más) fueron los primeros beneficiados de la retirada goda. Al no existir ya ninguna otra oposición militar, se convirtieron en dueños de gran parte de la Cartaginense, Bética y Lusitania. Hasta 422 no se produciría ningún otro intento de eliminarlos. En esta ocasión se envió desde Italia un ejército imperial bajo el mando del magister militum Castino, que tenía el propósito de cooperar con fuerzas auxiliares godas proporcionadas por el nuevo rey de los visigodos, Teodorico I (419-451); por el motivo que fuera, las tropas godas no llegaron a apoyar a Castino que fue derrotado en la Bética por los vándalos y obligado a retirarse. El único logro de su campaña fue la captura del emperador fugitivo Máximo, que fue llevado a Ravena y ejecutado. A partir de entonces, el dominio romano en la península quedó limitado a las zonas costeras de la Tarraconense y la Cartaginense y  al valle del Ebro, en su curso medio e inferior.

A la muerte de Honorio en 423, ascendió al trono Juan al que se le negó todo reconocimiento en el Imperio Oriental y fue derrocado en 425 por una expedición enviada desde Constantinopla, que designó un nuevo emperador de Occidente en la persona de Valentiniano III, hijo de Gala Placidia y de Constancio III, el que fuera magister militum de Honorio y emperador durante un breve período de tiempo en 421.

La debilidad del régimen de Juan y las rivalidades de los mandos militares en Italia, África y la Galia durante los cinco primeros años del reinado de Valentiniano III tuvieron como consecuencia que no se pusiera interés alguno en intentos posteriores de reimponer el dominio imperial en Hispania. Sin embargo, las maniobras para conseguir poder que se organizaron entre mandos militares romanos rivales tuvieron un impacto considerable en los vándalos. En el año 427 estalló una guerra civil entre el conde Bonifacio, gobernador de África, y Félix, magister militum de los soldados en Italia, posiblemente como resultado de una conspiración de Aecio, el magister militum del sur de la Galia. Aunque la primera expedición que Félix envió contra su rival fue derrotada, la amenaza de una segunda pudo inducir a Bonifacio a establecer un pacto en 428 o 429 con el rey vándalo Genserico, para que éste llevara sus tropas a África.

En mayo de 430 Aecio consiguió asesinar a Félix y hacerse con el poder en Italia. La corte imperial, dirigida por Gala Placidia, madre del emperador, apoyó a Bonifacio, por lo que éste retiró su ejército de África para enfrentarse a Aecio. Bonifacio ganó la batalla pero murió poco después a consecuencia de las heridas recibidas, por lo que el control del Imperio occidental, muy reducido ya, cayó en manos de Aecio, que continuó ejerciéndolo hasta que fue asesinado por el propio emperador en el año 454.

Una de las consecuencias de todos estos acontecimientos fue la supresión de la última presencia militar romana y la entrada de los vándalos en las provincias africanas, completándose su conquista con la toma de Cartago en 439. El dominio de África por parte de los vándalos fue reconocido por el Imperio mediante un tratado en 442. No obstante, lo que sí parece claro es que inicialmente los vándalos no renunciaron a sus posesiones en Hispania. En el período inmediatamente posterior al traslado de sus fuerzas a África en 429, diversas bandas de suevos se trasladaron a Lusitania pero el rey vándalo envió un destacamento de su ejército de vuelta a la península y los suevos fueron derrotados cerca de Mérida en 430. Sin embargo, ésta parece ser que fue la última intervención de los vándalos en Hispania. Ante la necesidad de imponerse por la fuerza en África y, hasta 442, por la amenaza de los intentos de eliminarlos que hizo el Imperio, los vándalos concentraron todos sus esfuerzos en hacerse con el dominio de sus nuevos territorios, dejando Hispania a los suevos, que eran en aquel momento los únicos supervivientes de los invasores de 409 que quedaban en la península.

Bajo el gobierno de los reyes Requila (438-448) y su hijo Requiario (448-455), los suevos se establecieron en Mérida (439) y extendieron su dominio a la mayor parte del oeste y el sur de Hispania, permaneciendo bajo control imperial directo sólo la Tarraconense. Este control se ejercía en nombre del emperador a través de una serie de mandos militares. Entre los problemas a los que estos mandos se enfrentaban estaban los brotes de actividad de los bagaudas en el valle del Ebro, en la zona del curso medio de este río.

Durante las décadas de 430 y 440, el gobierno imperial, que tenía su sede en Rávena, se preocupó casi exclusivamente de mantener su control sobre el sur de la Galia y, por extensión, sobre la Tarraconense. En 454, Valentiniano III asesinó a Aecio lo que, a su vez, provocó el asesinato del emperador en 455, como acto de venganza. En el período de caos que se produjo a continuación, los suevos hicieron una incursión en la Cartaginense, quizá como acción preliminar a la conquista completa de esta provincia. Los intentos del Imperio romano para conseguir una solución diplomática fueron rechazados y el rey suevo desencadenó un ataque contra la Tarraconense, pero su ambición demostró ser fatal, no sólo para él, sino también para su reino.

En medio de los desórdenes que siguieron a la eliminación de Valentiniano III, y con él, en 455, de la dinastía fundada por Teodosio, un aristócrata galo llamado Avito ocupó el trono con el respaldo militar de los visigodos. Dado que este nuevo emperador compartía el punto de vista de Aecio sobre la importancia primordial de mantener un dominio directo sobre el sur de la Galia, consintió o animó la actuación de sus aliados godos, gobernados en aquel momento por Teodorico II (453-466), para que contrarrestaran la nueva amenaza de los suevos que apuntaba a la Tarraconense. En 456 Teodorico entró con su ejército en Hispania para luchar contra Requiario, aunque éste era su cuñado. Los suevos fueron derrotados completamente en la batalla del río Órbigo, cerca de Astorga. Durante la huida subsiguiente, Requiario fue capturado y ejecutado, con lo que se desintegró la monarquía sueva. Existe testimonio escrito de que cierto número de señores de la guerra rivales lucharon entre sí y contra los godos a lo largo de la década siguiente, antes de que su historia se sumergiera en un silencio total que duraría casi un siglo. Sin embargo, parece ser que los últimos supervivientes de los suevos fueron obligados a retroceder al norte de Portugal y a Galicia mientras que los visigodos se hacían con el control directo de la mayor parte del resto de la península, exceptuando las regiones costeras de la Tarraconense y algunas zonas del valle del Ebro, que continuaron bajo control imperial.

El último emperador romano que visitó la península fue Mayoriano (458-463), cuyo interés primordial fue lanzar un ataque contra los vándalos, los cuales, después de haber llevado a cabo el segundo saqueo de Roma en 455, estaban considerados como la principal amenaza para los ya menguados intereses imperiales en el oeste. Según una crónica del siglo VI, Mayoriano llegó a Hispania en 460 e hizo una entrada solemne en Zaragoza, pero no parece haber interferido en el control que los visigodos ejercían sobre la mayor parte de la península. La flota que estaba preparando para la invasión de África fue capturada en el puerto de Cartagena, en un ataque sorpresa de los vándalos, y el emperador se vio obligado a renunciar a sus planes. De regreso a Italia en 461 Mayoriano fue destronado por su magister militum, Ricimiro, que era de origen suevo o visigodo, y luego fue ejecutado.

El dominio romano en el valle del Ebro y en la costa mediterránea terminó finalmente con la actuación del rey visigodo Eurico (466-484), que asesinó a su hermano Teodorico II en 466. En aquella época la Galia seguía siendo la zona fundamental de los territorios ocupados por los visigodos y Tolosa era el centro administrativo y la residencia principal del rey. Cuando el dominio imperial declinó aún más en la parte occidental del imperio entre las décadas de 460 y 470, Eurico consiguió más territorio galo mediante guerras o tratados, culminando este proceso con la ocupación de la Provenza y la cesión de Auvernia que hizo Roma a este rey en 474. Después de la deposición de Rómulo Augústulo en 476, los generales de Eurico invadieron rápidamente las zonas del noreste de Hispania que todavía estaban administradas directamente por el Imperio.

Hacia el año 480, como muy tarde, el reino visigodo en la Galia había llegado a extenderse desde los valles del Loira y el Ródano hasta los Pirineos, y abarcaba también la mayor parte de la península Ibérica, salvo Galicia, que seguía estando en manos de los suevos. Eurico murió por causas naturales en 484 y fue sucedido por su hijo Alarico II (484-507). Con este nuevo rey se produjeron cambios importantes, aunque existe poca información sobre los mismos. En la Crónica consular de Zaragoza se comenta para el año 494 que “por este consulado los godos entraron en Hispania” y para el 497 se añade “en este consulado los godos consiguieron establecer asentamientos en Hispania”. Se ha aceptado en general que estas dos afirmaciones registran un proceso de reubicación de la colonia visigoda, que sale del sur de la Galia y entra en Hispania, lo cual tuvo lugar a mediados de la década de 490. Se sabe, sin embargo, que la corte real siguió en Tolosa y que los intereses económicos y políticos se centraron cada vez más intensamente en el sur de la Galia.

Además, no es fácil saber qué les sucedió a lo largo del siglo V a los descendientes de aquellos guerreros que siguieron a Ataúlfo cuando abandonó Italia en 411. Sin ir más lejos, no se sabe si los godos en tiempos de Alarico II eran sencillamente un ejército de ocupación distribuido en guarniciones por las ciudades importantes del sur de la Galia y, en menor medida, de Hispania o si, por el contrario, se produjo una transformación social importante que propició una redistribución de las propiedades senatoriales romanas que convirtió los niveles más altos de la sociedad goda en una aristocracia de terratenientes. Y tampoco se sabe qué papel jugaban los godos que no pertenecían al estrato superior de la nueva sociedad que se estaba creando; no se sabe si se convirtieron en subordinados de aquellos nobles visigodos que deseaban formar sus propios séquitos militares personales o si existía una clase de propietarios campesinos godos que poseían libremente pequeñas parcelas de tierras.

Independientemente de lo que sucediera en realidad, y fueran cuales fueran sus causas, estos acontecimientos coincidieron con un período de turbulencias políticas en la península que sólo aparecen registradas de forma muy vaga en unas pocas anotaciones de la Crónica Consular. Con respecto al año 496 se informa de que “Burdunellus se convirtió en un tirano en Hispania” y que el año siguiente fue entregado por sus propios hombres a los godos siendo ejecutado en Tolosa. Además, no fue el único caso de este tipo que se dio durante este período ya que también la Crónica Consular informa de que los godos tomaron Dertosa y mataron al “tirano Pedro”. A pesar de la falta de claridad que pueda haber en estos dos episodios, y de que aparecen mencionados fuera de contexto, ciertamente parecen indicar que la autoridad del rey visigodo en Hispania estaba lejos de encontrarse establecida de una manera amplia y segura, y que los gobernantes locales podían intentar ponerse por encima del rey en varias zonas peninsulares (como de hecho sucedió en los siglos siguientes e, incluso, bajo la dominación musulmana). A la luz de los escasos testimonios relativos a la Hispania del siglo V, es muy probable que Burdunellus y Pedro no fueran los únicos rebeldes que intentaron establecer un régimen local “tiránico” durante este período.

Sin embargo, no eran estas amenazas lo que los godos podían temer más. Aunque habían conquistado gran parte de Hispania en 456 como aliados del emperador Avito y tenían estrechos vínculos con el dictador militar Ricimiro, que dominó el gobierno imperial desde 463 hasta su muerte en 472, una serie de señores de la guerra galorromanos independientes habían establecido su control sobre gran parte de la Galia al norte del Loira y se producían frecuentes enfrentamientos entre ellos y los visigodos. Lo que es más importante, Clodoveo, jefe de un grupo de francos, derrotó a Siagrio, el último gobernante romano independiente que hubo al norte de la Galia haciendo, de esta forma, que su nuevo reino fuera fronterizo con el visigodo.

La guerra entre los francos y los visigodos estalló en 507. En una batalla que tuvo lugar Vouillé, cerca de Poitiers, el ejército visigodo fue derrotado y el rey Alarico resultó muerto. A raíz de esta derrota, los francos, y sus aliados burgundios, invadieron rápidamente la mayor parte del reino godo de la Galia. Tolosa cayó y se evitaron más pérdidas gracias a la intervención armada de los ostrogodos que invadieron la Provenza y obligaron a Clodoveo a retirarse de Septimania que a partir de entonces quedó como el único enclave del reino visigodo en la Galia hasta los tiempos de la conquista musulmana.

Es posible que el resultado de la batalla de Vouillé hubiera estado determinado, en cierta medida, por los procesos a los que alude la Crónica Consular, y que los importantes desplazamientos de fuerzas visigodas saliendo de la Galia para entrar en Hispania durante la década de 490 dejaran la parte gala del reino muy vulnerable a los ataques francos. En todo caso, la pérdida de Tolosa y de la mayor parte de los territorios galos en 507-508 significó que sería la península Ibérica la región donde, a partir de ese momento, los visigodos tuvieron que recomponer su reino.

 


Noticias relacionadas

Enero de 2006: Una necrópolis visigoda en Gandía