Los fenicios en Iberia

por | 24/07/2016
Causas de la expansión fenicia

Hasta inicios del siglo IX a.C., la actividad económica fenicia se concentraba en el Próximo y el Medio Oriente. Pero este vasto territorio experimentó por entonces importantes transformaciones que orientaron el comercio y la colonización de las ciudades-reino fenicias hacia el Mediterráneo central y occidental. Cabe hablar de tres causas principales:

Barco fenicio

Barco fenicio

  1. La expansión política y militar del Imperio asirio comportó la interrupción del comercio de bienes de lujo con el mar Rojo, así como la supresión de las rutas de suministro de materias primas procedentes de Asia. Con ello cambiaron los productos solicitados en los mercados de la región: el tráfico de oro, piedras preciosas y marfil fue sustituido por la demanda de plata, cobre, estaño y hierro. A la vez, los elevados tributos exigidos por los reyes asirios tras sus expediciones punitivas a la región del Líbano hicieron imprescindible disponer, para satisfacerlos, de grandes cantidades de plata (el patrón monetario básico de la zona). De ahí que ante la regresión de su comercio y el aumento de las exigencias de los asirios, las ciudades fenicias buscasen nuevas fuentes de suministro, esencialmente de plata obtenida a bajo precio. Ello les permitiría mantener su estatuto político autónomo y contar con una sólida base para reorganizar su economía.

2. El aumento de la población de las ciudades fenicias incrementó la presión sobre sus reducidos territorios agrarios, lo que provocó una crisis de subsistencias por falta de alimentos. Se imponía, pues, una reducción progresiva de la población de los enclaves fenicios, que se solucionó mediante la emigración.

3. La estructura política de las ciudades-reino y su reparto de poder, estrechamente ligado a la religión, provocaba en el seno de la nobleza tensiones que amenazaban el mantenimiento de las dinastías, por lo que tras diversos casos de violencia se forzó al exilio a personajes preeminentes. Así lo refleja el mito de la fundación de Cartago, consecuencia de la huida de Elisa (Dido) con sus seguidores después de que su hermano, el rey Pigmalión, asesinara a su marido, sacerdote de Melkart.

Por otro lado, en Fenicia existía un amplio conocimiento del potencial económico de las regiones del Mediterráneo central y occidental a través de las navegaciones de los griegos micénicos del Bronce Final, que entre 1400 y 1200 a.C. pusieron en contacto el Levante y el Poniente mediterráneos. Una vez superada la conmoción que las migraciones de los llamados Pueblos del Mar provocaron en el Mediterráneo oriental en torno a la última fecha citada, las ciudades fenicias, formadas desde principios del siglo XII a.C. se convirtieron en las continuadoras naturales de la increíble actividad económica e industrial desarrollada desde antiguo en la zona.

Todas estas circunstancias influyeron en la expansión colonial fenicia hacia la Península. Las tesis más aceptadas la definen como el resultado de la política económica de Tiro, destinada a obtener en régimen de monopolio el control de los recursos mineros del área de Tartessos, en el valle del Guadalquivir, para mantener su actividad económica ante la expansión territorial y la presión económica de Asiria.

Los fenicios llegan a la Península

Así, cuando la necesidad económica provocó la búsqueda de nuevos mercados y fuentes de materias primas, se recurrió a la antigua información para reabrir las rutas comerciales, una actividad iniciada a principios del siglo IX a.C. en Chipre, donde Kition se considera la primera fundación de Tiro. Las navegaciones alcanzaron rápidamente lugares como la costa de Libia, donde se fundó Azua poco antes del 850 a.C., y Cartago (Tunicia), en la fecha histórica del 814 a.C. según las fuentes clásicas, datación que ha sido confirmada por la arqueología.

Colonias y factorías

Colonias y factorías

En esta progresión de las navegaciones de Oriente a Occidente encajan las fechas de los primeros asentamientos en la península Ibérica, alrededor del 800 a.C. Sin embargo, en épocas posteriores algunas antiguas colonias fenicias quisieron aumentar su prestigio atribuyéndose una mayor antigüedad. Este hecho, unido a la existencia de textos de base poco fiable, ha llevado a datar a finales del II milenio a.C. las fundaciones de Gadir, Lixus (Larache, en Marruecos) y Útica (en Tunicia), sin que ningún argumento arqueológico sustente tales afirmaciones, carentes de lógica. De aceptarse estas fechas de finales del siglo XII a.C., la secuencia de fundación de las colonias no sólo iría de Occidente a Oriente, sino que la actividad colonizadora sería anterior, incluso, a la propia consolidación de las ciudades fenicias y su posterior expansión comercial.

Fases de la colonización

La cronología arqueológica de las ciudades y factorías en la Península permite definir tres grandes fases de colonización entre mediados del siglo IX a.C. y mediados del siglo VI a.C., momento en que finalizaría la etapa fenicia estricta, dando paso a la intervención de Cartago.

Fase de fundación (800 – 700 a.C.). Corresponde a los primeros asentamientos, el control del territorio de la región próxima al litoral y el inicio del comercio con las sociedades indígenas.

sarcofagofenicioFase de crecimiento (700 – 600 a.C.). Engloba la expansión y el crecimiento demográfico de colonias y factorías, su diversificación, su estratificación social -ejemplificada en la formación de una oligarquía terrateniente- y la especialización económica de los distintos enclaves.

Expansión final y crisis (600 – 550 a.C.). Comprende la crisis del modelo colonial, a la que contribuyeron diversos factores. Unos fueron de orden político, como la conquista de Tiro por Nabucodonosor II, rey de Babilonia, en el año 573 a.C. Otros eran de tipo económico, como el hundimiento del precio de la plata en los imperios del Próximo Oriente, principal mercado de la exportación fenicia, o el cambio progresivo en la actividad comercial que entrañó la irrupción de los mercaderes griegos en el sur de la Península. Y también los hubo medioambientales, como en el caso del yacimiento malagueño de Cerro del Villar que fue abandonado a causa de la colmatación de los campos de cultivo y no se volvió a ocupar hasta el siglo V a.C.

Fase de fundación

En la Península, las colonias se organizaron como una red de comunidades independientes y dispersas por todo el territorio, promovidas por élites culturales que influyeron sobre la población local. Los núcleos así creados evolucionaron con rapidez hasta constituir centros especializados con múltiples funciones económicas. Actualmente pueden distinguirse un mínimo de tres modelos en el proceso colonial: el mercantil, asociado a Gadir y las ciudades de su entorno geográfico; las colonias agrarias o de poblamiento, cuyo objetivo era realojar el excedente de población de las ciudades fenicias, consecuencia del crecimiento demográfico y el empobrecimiento de su territorio debido a la deforestación; y, por último, y bastante posteriormente, el sistema de conquista promovido por la aristocracia de Cartago.

Una vez que el extremo occidental del Mediterráneo fue identificado como un área óptima para la colonización, el primer objetivo estratégico fue el control del estrecho de Gibraltar mediante la creación de enclaves en ambas orillas del mismo y en sus dos vertientes, la mediterránea y la atlántica.

La combinación de vientos y corrientes entre noviembre y marzo dificultaba el paso a través de las Columnas de Hércules (Ceuta y Gibraltar) hacia los puertos del área de Cádiz-Huelva. Las colonias y factorías de la costa oriental habrían surgido en un principio como puertos donde hallaran refugio los barcos que no pudiesen proseguir hacia el Atlántico a causa de la climatología adversa; también eran el punto de partida de las rutas terrestres que conducían a las colonias atlánticas. No obstante, la disponibilidad de tierra en esta zona -debido al menor desarrollo político de las comunidades indígenas de la zona y su poblamiento más disperso- facilitó la expansión de los enclaves fenicios a partir de la primera mitad del siglo VIII a.C.

El terreno donde se iba a instalar una colonia o factoría se elegía según un patrón concreto, derivado en gran parte de la propia estructura topográfica de las ciudades-reino fenicias en la costa del Próximo Oriente. Se escogía una isla cercana a la costa o un promontorio poco elevado que permitiese el control de la desembocadura de un río. Este hecho se consideraba clave tanto para asegurar una ruta de acceso hacia el interior como para disponer de tierras fértiles, aptas para los cultivos que debían asegurar la supervivencia del nuevo asentamiento a corto plazo.

Ejemplos de este modelo son las factorías de Cerro del Prado (río Guadarranque), Cerro del Villar (río Guadalhorce), Toscanos (río Vélez), Morro de Mezquitilla (río Algarrobo), Cerro de San Miguel (río Seco) y Cerro de Montecristo (río Adra). En diversas colonias, cuya superficie inicial era reducida, se han identificado sistemas urbanísticos con almacenes y zonas industriales (Toscanos y Cerro del Villar), viviendas edificadas a partir de patrones irregulares (Chorreras) y edificios comunitarios (Morro de Mezquitilla).

En el caso del Castillo de Doña Blanca (Puerto de Santa María), se eligió una zona apta como puerto que permitía fondear a los gaulós, los grandes barcos de carga fenicios de casco redondeado y mascarones de proa con cabeza de caballo -aunque en la actualidad el yacimiento se encuentra alejado del mar y de la desembocadura del Guadalete por una marisma-, pero que también disponía de fuentes de agua potable y permitía la rápida ocupación de una extensa área agraria fácilmente cultivable situada al norte de la sierra de San Cristóbal. El recinto, edificado en torno al 800 a.C., contaba con un complejo sistema defensivo que definía un perímetro de más de seis hectáreas en el que vivían alrededor de 1.500 personas.

Las fuentes clásicas muestran que, en cuanto decisión del Estado, el establecimiento de una nueva colonia respondía a un ritual específico, aplicable al menos a las más importantes, como Cartago, cuyo mito, resultado de la huida de Elisa, explican Justino y Virgilio. Tras decidirse el emplazamiento exacto de la nueva ciudad, se procedía al ritual de fundación, que incluía celebraciones religiosas, la obtención y distribución de la tierra, y la organización del sistema político.

Dependientes política e ideológicamente de la ciudad-madre, en las colonias no se establecía un régimen monárquico, sino que el poder era ejecido por sufetes (magistrados), en ocasiones apoyados por consejos de notables o, como en Cartago, por un Senado. Se mantenían las tradiciones religiosas mediante la adopción de las divinidades principales de la ciudad fundadora, lo que permitía a los colonos considerarse parte de una comunidad cultural; y se pagaba a la metrópoli una contribución o décima, costumbre que evolucionaría hacia una embajada religiosa que realizaba ofrendas en Tiro.

Pero la distancia, unida a la debilidad política de las metrópolis y al auge de Cartago como potencia dominadora en el Mediterráneo central, propició la independencia efectiva de las colonias occidentales, aunque mantuvieran un vivo recuerdo de su origen. Así lo indican los tratados firmados entre Roma y Cartago desde finales del siglo VI a.C. en los que se incluye a Tiro, desprovista ya de toda influencia en la zona, como garantía del cumplimiento de los mismos.

Fase de crecimiento

La explotación de los recursos mineros, especialmente de la plata, se ha considerado siempre como la base del sistema económico de las colonias occidentales -y muy concretamente de Gadir-, a partir de determinados pasajes de las fuentes clásicas que citan los beneficios que podían alcanzarse en la región de Tartessos mediante el comercio de estos productos.

Así, por ejemplo, Heródoto refiere el caso del viaje del griego Coleo de Samos, quien consiguió una increíble ganancia de 60 talentos con cuyo diezmo ofrendó un colosal caldero de bronce en el templo de Hera tras volver a su país. Por su parte, Diodoro Sículo da cuenta de la codicia de los mercaderes que llegaban al extremo de sustituir las anclas de piedra de sus barcos por otras de plata en su viaje de regreso hacia el Mediterráneo oriental, para así cargar mayor cantidad de este metal y aumentar los beneficios.

El impacto de la explotación intensiva de los metales se refleja en el desarrollo de enclaves tartesios dedicados a la minería, como Tejada la Vieja (Huelva), o en los 1.000 kilos de plomo documentados en los niveles del siglo VIII a.C. de Castillo de Doña Blanca y destinados a la producción de plata, restos que junto a las escorias de hierro prueban la existencia de actividad metalúrgica industrial en este yacimiento. Del interés fenicio por los metales también dan cuenta los hornos de reducción de mineral identificados en diversas áreas del subsuelo de Huelva, así como el cargamento de lingotes de plomo y estaño del pecio de Bajo de la Campana (Mazarrón). Las ciudades fenicias del área de Gadir fueron, junto a Huelva, las cabeceras de las rutas mineras que centralizaban la transformación y el transporte del mineral tartesio hacia el Mediterráneo oriental.

sarcofagosPero los intercambios no se limitaban al metal. Las fuentes escritas y el registro arqueológico permiten incluir en dicho tráfico cereales, sal, pieles y esclavos como elemento de exportación, y vino, aceite, ungüentos, esencias, perfumes, tejidos, vajilla de lujo y vidrio como principales importaciones. Para satisfacer la creciente demanda de objetos de prestigio por parte de las élites indígenas, se desarrollaron en las colonias industrias especializadas en la fabricación de objetos y recipientes de bronce a imitación de modelos chipriotas, muebles con taraceado de piezas de marfil y joyas.

Estas piezas incluían representaciones propias del mundo oriental y que las élites locales apreciaban por su aspecto, aunque se combinaban de forma aleatoria, de manera que perdían su contenido ideológico. La distribución de estas piezas hacia el interior de la Península, siguiendo las rutas del Guadiana y el Guadalquivir, permitió que fuesen utilizadas como signos de poder en la Alta Andalucía, Extremadura y Portugal.

Las colonias y factorías desarrollaron una agricultura intensiva con el objeto esencial de abastecerse y no depender de las explotaciones indígenas para alimentarse, y también para proveer a centros industriales que dependían de ellas y comerciar con los excedentes. La propiedad de la tierra podía ser tanto pública, entregando en arriendo su cultivo, como privada. En todo caso, era necesario disponer de mano de obra indígena, que podría haberse conseguido a través de la dependencia jurídica o la esclavitud.

Del análisis de la zona dependiente de la colonia de Cerro del Villar (Guadalhorce), formada por un territorio de 18 kilométros cuadrados, se desprende que su economía descansaba en extensos cultivos de secano y regadío, a los que se sumaba una amplia explotación ganadera y el control del comercio hacia las regiones tartesias a través del río Guadalhorce. Se explotaba sobre todo el trigo y la cebada, complementados con avena, vid, olivo, leguminosas y árboles frutales como el almendro. Bovinos, cabras, ovejas, cerdos y gallináceas constituían la cabaña animal, con predominio de los primeros, ejemplo del desarrollo de un grupo de terratenientes y ganaderos identificados también en Toscanos. La producción de vino y salazones dio pie a una fuerte industria cerámica que fabricaba las ánforas necesarias para su transporte. Esta estructura económica diversificada y especializada se refleja en la arquitectura del yacimiento, que ocupa ocho hectáreas.

Expansión final y crisis

Durante la segunda mitad del siglo VII a.C. tuvo lugar la expansión del comercio fenicio hacia el Levante y noreste de la Península. Las colonias y factorías del área del Estrecho, apoyándose en otros enclaves como La Fonteta (Guardamar de Segura) y Sa Caleta (Ibiza), buscaron nuevos mercados para sus producciones de salazones, vino y aceite, obteniendo a cambio minerales como la galena argentífera de la sierra de Bellmunt de Ciurana (Tarragona), de la que en las factorías de Ibiza se extraía la plata, así como productos agrarios y esclavos.

Las rutas hacia el noreste alcanzaron su punto álgido en el paso del siglo VII al VI a.C. para terminar bruscamente hacia 570 a.C. (Tiro cae en poder de Nabucodonosor en 573 a.C.), cuando cambió la orientación económica de las colonias del sur, así como la competencia que llevaban a cabo en esta zona del Levante las colonias griegas. En el poco más de medio siglo que duró este flujo comercial, la actividad de los fenicios influyó decisivamente en la transformación de las sociedades indígenas durante la primera Edad del Hierro, cuando surgió la cultura ibérica. Yacimientos como Aldovesta (Benifallet) y Sant Jaume (Alcanar) en el Ebro, o Illa d’en Reixac (Ullastret) y Vilanera (L’Escala) en el Ampurdán, son representativos del volumen y la variedad de las importaciones fenicias halladas en más de un centenar de enclaves en Cataluña.

De hecho, en Sant Martí d’Empuries, donde a partir del 600 a.C. se ubicó la colonia griega de Emporion -fundada por gentes procedentes de Massalia (Marsella)- se registra una clara presencia fenicia en el asentamiento indígena anterior a la distribución de los primeros materiales griegos. Pero la huella de los fenicios en esta región puede ser más profunda de lo que se había imaginado, como parece indicarlo el origen de la Ora Marítima, una descripción de la costa del Levante compilada por Avieno en el siglo IV d.C.: tradicionalmente se afirmaba que estaba basada en un texto massaliota del siglo VI a.C., pero hoy se considera que fue redactada a partir de un original fenicio; topónimos como Hystra o Sarna serían enclaves fenicios aún no localizados.

Lo que es cierto es la existencia del hundimiento de un sistema económico fuertemente consolidado durante más de dos siglos y que tuvo una doble consecuencia. Por un lado, la evolución de los mercados en el Próximo Oriente marca el fin del comercio con el Levante, siendo su impacto decisivo sobre las sociedades indígenas de la Península, que asistirían a la desaparición del motor de su economía, basada en la extracción intensiva del mineral demandado por los fenicios.

Por otro lado, en las colonias fenicias, la crisis (que marca el final del período Orientalizante en el ámbito de Tartessos y el tránsito a la cultura ibérica en Andalucía occidental y Extremadura) habría repercutido al esfumarse la acumulación de beneficios obtenidos mediante el comercio, que constituía la base de su riqueza, pero se habría producido un cambio hacia la explotación agraria de grandes predios como base del nuevo sistema económico. Este modelo implicaría una reorganización del sistema social en el que los terratenientes, al estilo de Cartago, primarían sobre los comerciantes.

Conclusión

Del Mediterráneo al Atlántico, los fenicios contribuyeron a modificar irreversiblemente la fisonomía social y cultural de los pueblos indígenas: las divinidades, los conocimientos y los productos que llegaron a la Península a bordo de sus panzudas naves influyeron en las mentalidades y la plástica ibéricas, del mismo modo que sus demandas económicas estuvieron en el nacimiento de las aristocracias que marcaron el surgimiento de la cultura ibérica.


Noticias relacionadas:

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *