Los hermanos Graco

por | 23/05/2016

“La nobleza, denunciada, y por ello soliviantada, había empezado a resistirse a las iniciativas legales de los Graco y acabó con ellos mediante las armas, primero con Tiberio, unos pocos años después con Cayo.” Así resume Salustio el final de los Graco, tribunos de la plebe y reformadores sociales. Ellos fueron los protagonistas de un drama cuyo primer acto se desarrolló en el 133 a.C.

En ese año, crucial para la historia de Roma, el fin de la resistencia de Numancia en la península Ibérica y la anexión de Asia Menor culminaron la fulgurante expansión que había hecho del Mediterráneo un Mare Nostrum romano. La dirección estratégica de esta política era mérito de la minoría dominante en el Senado, los patricios, y éstos supieron aprovecharse de ello. “En la guerra y en la paz se actuaba según el criterio de esa minoría: el erario, las provincias, las magistraturas, las glorias y los triunfos estaban siempre en manos de los mismos”, denuncia Salustio. El pueblo, la plebe, corrió con el gasto de vidas humanas y de capitales. El malestar en la ciudadanía sólo precisaba de líderes que lo encauzaran. Ése fue el papel de los hermanos Graco. Y les costó la vida.

Los padres de los Graco pertenecían al ala progresista y más helenizada de los patricios. El padre, Tiberio Sempronio Graco, dos veces cónsul, murió meses antes del nacimiento de Cayo. Su madre fue Cornelia, hija del gran Cornelio Escipión el Africano, el vencedor de Aníbal. Fuertemente convencida de las nuevas ideas llegadas de Grecia recién conquistada -con valores cívicos distintos a los rígidos y tradicionales del patriciado romano-, ella se había encargado de imbuirlas en sus hijos. Sin esa madre, los Graco no habrían sido lo que fueron.

La muerte de Tiberio

En 134 a.C. Tiberio se presentó a la elección de tribuno de la plebe para el año siguiente y salió elegido. En cuanto este órgano colegiado de diez miembros, que funcionaba por el principio de unanimidad, tomó posesión a comienzos del año 133 a.C., Tiberio se empeñó en que sus colegas secundaran su programa para hacer efectiva una vieja Ley agraria, que la nobleza se había encargado de neutralizar, por la que se regulaba la ocupación de los territorios conquistados en Italia (el ager publicus). La nobleza romana y las oligarquías de las ciudades italianas se las habían arreglado para hacerse con la mayoría de esas tierras. La ley que resucitaba Tiberio limitabael número de hectáreas por familia, de forma que se creara un excedente para repartir lotes entre los ciudadanos menos favorecidos. La nobleza, al ver que se intentaba tocar sus intereses, decidió evitarlo como fuera.

Primero rompió el consenso de los tribunos en torno a Tiberio, convenciendo a uno de ellos para que vetara la discusión del proyecto. Tiberio hizo que la asamblea lo destituyera y la ley salió adelante. Para asegurar su eficacia, hizo que se creara una comisión de tres “triunviros”, con plenos poderes, que vigilarían su cumplimiento por toda Italia. Los primeros fueron Cayo y los suegros de los dos hermanos.

Los patricios no se dieron por vencidos y buscaron la ocasión de acabar físicamente con Tiberio. La encontraron cuando en las elecciones del verano de 133 a.C. éste intentó que le renovaran el cargo con el fin de tener más tiempo para imponer nuevas reformas y asegurar su inmunidad como tribuno un año más. Pero la nobleza había movido sus hilos. Con los campesinos absorbidos por la recolección, grupos de alborotadores irrumpieron en la Asamblea dispuestos a impedir la votación. Tiberio y sus partidarios se vieron obligados a replegarse al Capitolio. Mientras, acudió al lugar una comisión del Senado capitaneada por un pariente de Tiberio, Escipión Nasica, seguida de partidarios armados. En el violento enfrentamiento que siguió murió Tiberio, se dice que golpeado con una pata de su propia silla curul, su asiento de magistrado, blandida por el brazo de Nasica.

Las reformas de Cayo

Cayo siguió la misma suerte que su hermano mayor. Primero colaboró con Tiberio, doce años mayor que él, como “triunviro” para aplicar la reforma agraria. Luego, en 124 a.C. fue elegido tribuno para el año siguiente. Dirigió a los tribunos y la Asamblea legislativa que éstos controlaban, al principio sin oposición visible: la nobleza había tenido que replegarse por miedo al pueblo tras el impío asesinato de Tiberio, intocable como tribuno de la plebe.

Cayo puso en marcha otras reformas complementarias a la agraria. Fundó colonias en las provincias para asentar a ciudadanos desposeídos, aseguró el abastecimiento a bajo coste a la plebe romana (ley frumentaria) y extendió los derechos de ciudadanía a los latinos y en parte a todos los italianos.

Para ganarse el apoyo de la poderosa clase de los caballeros -el orden inferior al patriciado- les concedió la mayoría en los jurados encargados de resolver los litigios relativos a la administración de las provincias (hasta entonces en manos de la clase senatorial). Cayo sí consiguió que se le renovara el mandato para el año 122 a.C., pero cuando intentó obtener un tercer nombramiento, la nobleza se lo impidió como a su hermano.

Al cesar como tribuno fue elegido triunviro “para la fundación de colonias”, y a ello se dedicó, empezando por el norte de África. A su vuelta se encontró con una maniobra promovida por el Senado para anular la de Cartago. No era el primer ataque contra él de la nobleza, que ya le amenazaba abiertamente.

Cayo, temeroso por su vida, cometió el error de presentarse rodeado de partidarios armados en los alrededores del Capitolio, donde se reunía la Asamblea para discutir el tema. Se produjo un tumulto y hubo un muerto. Salieron todos en desbandada. El Senado exigió la presencia de Cayo y su lugarteniente para aclarar los hechos, pero ellos, temiendo una encerrona, se dirigieron con su gente armada al monte Aventino, donde se hicieron fuertes.

El fin de Cayo

Entonces, cuenta su biógrafo Plutarco, el cónsul Opimio marchó contra ellos “con mucha infantería”. Cayo, “al que nadie vio tomar parte en la pelea”, se refugió en el templo de Diana con la intención de suicidarse. Disuadido por sus amigos, huyó. Seguido por sus perseguidores logró cruzar el puente Sublicio y refugiarse en el “bosque sagrado de las Furias”, y allí ordenó a un esclavo que le quitara la vida.

La cabeza de Cayo fue clavada en una pica y llevada a Opimio, que había ofrecido su peso en oro. Los cuerpos de él y de sus partidarios muertos, unos tres mil, fueron arrojados al Tíber. Este ensañamiento resultó un tremendo error, pues desató la piedad del pueblo hacia éstos y el odio a sus verdugos. Escipió Nasica tuvo que exiliarse y Opimio “envejeció en la infamia”.

Las reformas de los Graco pronto fueron papel mojado, pero las cosas ya no volvieron a ser lo mismo en la política romana. Con ellos se había iniciado un movimiento imparable (el “partido del pueblo”) cuyos futuros beneficiarios sería Mario y, sobre todo, Julio César.


Para saber más:

HNG140-54

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