Mesalina

por | 21/05/2016

Casi todas las mujeres que ejercieron un poder visible en Roma dejaron una huella negativa en la memoria de sus contemporáneos. En parte porque para los cronistas de la época era inconcebible que una mujer gobernara. Pero en parte, también, para qué negarlo, porque en Roma no se hacía política sin mancharse las manos de sangre. Y una romana ambiciosa no tenía mejor arma que la seducción.

Valeria Mesalina, la tercera esposa de Claudio, es la más impopular de todas ellas. Su vida fue breve y, al parecer, escandalosa. Pero su leyenda negra está tan arraigada que resulta difícil aproximarse con objetividad a la figura de esta mujer, de la que, en realidad, se sabe poco.

Por no saber, ni siquiera sabemos cuándo nació. La mayoría de los historiadores calculan que vio la luz hacia el año 25 d.C., pero es un dato deducido a partir de la fecha de su matrimonio, que sí se conoce.

Mesalina

Mesalina

Su familia era ilustre, descendía por línea materna de Marco Antonio. Su padre era el cónsul Marco Valerio Mesala Barbato; su madre, Domicia Lépida, quien, pese a su noble cuna, no gozaba de muy buena reputación. Se la tachaba de frívola, tanto por sus muchos matrimonios como por su afición a las diversiones.

El origen noble de Mesalina le permitió emparentar por matrimonio con una familia de sangre imperial, la julio-claudia. Pero tuvo que contentarse con el más irrelevante de los Claudios: Tiberio Claudio, el tío del emperador Calígula, cojo, tartamudo, tímido y con fama de tonto, todo ello a consecuencia de una enfermedad infantil, a pesar de ser un hombre culto, versado en historia y aficionado a las letras.

Con este cincuentón de regia estirpe y nulo protagonismo casaron a Mesalina en torno a los trece años de edad. Si nadie esperaba grandes cosas de Claudio, menos aún las esperarían de su jovencísima esposa, destinada en principio a una vida doméstica y casi anónima.

Pero, al cabo de tres años, un suceso inesperado convierte al esposo de Mesalina en el mejor de los partidos posibles. Calígula muere asesinado. En Roma reina la confusión. La guardia pretoriana, partidaria del Imperio y artífice del golpe de estado, necesita cuanto antes un nuevo césar para impedir que el Senado reinstaure la República. Calígula no tiene descendencia, y Claudio es su pariente más directo. Los soldados lo encuentran en palacio, oculto tras una cortina, temblando de terror. Para su sorpresa, en lugar de darle muerte lo aclaman emperador. El Senado, poco dispuesto a enemistarse con el ejército, ratifica la decisión de los pretorianos. De la noche a la mañana, el bufón de las gens claudia pasa a dirigir el destino de Roma.

Para colmo de alegrías, ese mismo año Mesalina da a luz un hijo varón: Británico. Como esposa del Emperador su importancia habría sido relativa, pero como madre del heredero acapara todas las miradas. La mujer más influyente del mayor imperio conocido sólo tiene dieciséis años… y no ha sido educada para esa responsabilidad. Para los romanos, una matrona adolescente no era ya ninguna niña, pero el caso es que los actos de Mesalina nunca llegaron a reflejar la madurez deseable en una dama de su posición. Su propio marido, con amarga ternura, llegaría a referirse a ella como “esa infeliz criatura”; pero eso sería tiempo después.

Un nido de corrupción

De todos los varones de la familia, Claudio es quien cuenta con menor preparación política. Consciente de su inexperiencia, el nuevo césar se rodea de políticos curtidos. Uno de ellos es Lucio Vitelio: ex cónsul, ex gobernador de Siria y antiguo consejero del emperador Tiberio. Su hijo, años más tarde, llegará a ser emperador por un breve período de tiempo. Vitelio es quien se ocupa de los asuntos de Claudio cuando éste parte a una campaña militar en Britania. Los demás son libertos, esclavos liberados, ahora profesionales de las finanzas y la administración. Claudio, que no confía plenamente en el Senado, se deja guiar por los consejos de éstos. El favorito del Emperador es un interesante personaje llamado Narciso.

Aparte de Narciso, la persona que más influencia tiene sobre Claudio es Mesalina. El nuevo césar es abiertamente cariñoso con su mujer. Le concede honores insólitos, como el de desplazarse en carpentum, un tipo de carruaje que estaba prohibido en el casco urbano de Roma. Durante la marcha triunfal que celebra la victoria de Claudio en Britania, la emperatriz no sólo utiliza este vehículo, sino que desfila, además, por delante de los generales, para escándalo del pueblo. Claudio se muestra dispuesto a satisfacer todos sus deseos. Ella lo sabe, y sus consejeros también: pronto encontrarán juntos el modo de sacar provecho a la situación.

Con ayuda de Narciso y el resto de libertos, la emperatriz vende cargos civiles y militares, títulos nobiliarios y privilegios como el de la ciudadanía romana. Su patrimonio personal -que según el derecho romano no pertenecía al marido- crece sin cesar gracias a la corrupción. Por su parte, la opulencia cada vez más evidente de los libertos indigna a los patricios, pero todo aquel que se enfrente a ellos se arriesga a perder la vida.

Sin rivales

En efecto, la emperatriz soborna al magristrado Publio Suilio para que le ayude a eliminar a enemigos potenciales. Una sobrina de Claudio, que a juicio de Mesalina pasaba demasiado tiempo con su tío, es acusada de comenter adulterio y muere en el destierro. El marido de Antonia (hija mayor de Claudio, fruto de un matrimonio anterior), que podía llegar a obstaculizar el camino del pequeño Británico al trono, fallece también víctima de un juicio irregular. Para no dejar cabos sueltos, Mesalina propone a su propio hermano como nuevo esposo de su hijastra.

Diversos personajes de la sociedad romana son condenados o forzados a suicidarse; las mujeres, según los cronistas antiguos, por ser demasiado bellas; los hombres, por negarse a compartir el lecho de Mesalina. La tradición señala los celos y el despecho femenino como móvil de todos estos crímenes, pero en muchas ocasiones se intuyen razones politicas o económicas de peso. Sería el caso del cónsul Valerio Asiático, que, además de poseer unos espléndidos jardines de los que la Emperatriz deseaba apropiarse, era un personaje potencialmente peligroso para el partido de Claudio. Ya había conspirado una vez para matar a Calígula y se temía que quisiera derrocar al nuevo césar.

El juicio contra Asiático fue el más escandaloso de su época. A falta de pruebas, se le imputó un cúmulo de cargos difusos e incluso contradictorios: soborno, adulterio con una mujer casada, homosexualidad… Lucio Vitelio se encargó de sobornar a los testigos, pero lo más perverso de la maniobra es que Vitelio, con gran habilidad, fingió defender al acusado, alabando sus servicios al Estado, para acabar suplicando que Claudio, en su clemencia, permitiera al reo escoger su propia muerte. Como remate a tanta crueldad, Mesalina obliga a suicidarse a la presunta amante del acusado, Popea.

¿Quién fue el cerebro de esta operación? Es imposible certificarlo, pero la mano experimentada de Vitelio se aprecia en cada detalle. En cualquier caso, Mesalina fue una de las grandes beneficiadas, pues consiguió los ansiados jardines de Lúculo propiedad de Valerio Asiático. Poco podía imaginar que esos jardines serían escenario de su propia muerte. El miedo era el punto débil de Claudio. El Emperador temía morir a manos de sus enemigos políticos, como ya había sucedido con el gran Julio César o con su propio sobrino, Calígula. Aterrorizarle era la mejor manera de manipularle. Por razones que no están claras, Mesalina y Narciso deciden eliminar al padrastro de la Emperatriz, Apio Silano, gobernador de Hispania. Le comunican que el césar dcsea verlo a primera hora de la mañana en sus aposentos privados para una entrevista secreta, y le ruegan quc lleve un puñal por si necesita deshacerse de testigos inoportunos.

Nada más despertar, Narciso irrumpe en el dormitorio dc su señor para advertirle de un mal presagio: acaba de soñar que un intruso apuñala al césar. Mesalina, con grandes aspavientos, confirma el mal augurio al decir que lleva dos noches soñando lo mismo. En ese momento llega el desventurado Apio Silano, y Claudio, presa del pánico, ordena que lo ejecuten sin dejarle pronunciar palabra.

Una falsa invulnerabilidad

Con el paso de los años Mesalina, que se siente invulnerable, se vuelve cada vez mas imprudente. Se encapricha de artistas y gladiadores. Mnéster, el actor más famoso de la época, recibe del mismísimo Claudio la orden de obedecer en todo a Mesalina y desde entonces no se separa de la Emperatriz. Lo que Claudio interpretó como devoción inocente por un artista al que, además, suponía homosexual, para el pueblo eran escandalosos amoríos.

Lejos de aparentar algo más de recato, Mesalina se envalentona. Puesto que Claudio no se da por enterado de sus aventuras extramatrimoniales, no ve motivos para seguir disimulándolas. Finalmente pierde la cabeza por Cayo Silio, el joven más atractivo de la aristocracia romana. Acude a casa dc su amante a plena luz del día, le cede esclavos, le regala muebles del palacio imperial. Incluso le convence para que repudie a su esposa, lo que al joven le acarrea, sin duda, la enemistad de su poderosa familia política. Todo ello coloca a Cayo Silio en una situación comprometida. Pero el joven, a pesar del riesgo, ve surgir ante él una oportunidad de oro: la de acceder por matrimonio al trono imperial.

El plan no resultaba nada ventajoso para Mesalina. Ella ya era emperatriz, gozaba de toda la libertad que le proporcionaba su estatus. Tenía un marido manipulable y mucho mayor que ella, a quien no podían quedarle muchos años de vida. Una vez viuda le esperaba un futuro de honores como madre del nuevo césar. ¿Para que arriesgarlo todo y encumbrar a un hombre que, una vez en el trono, podria cansarse de ella y abandonarla? Silio insiste, le promete adoptar a sus hijos para asegurar su futuro, y ella accede a casarse con él, lo que en la práctica significaba repudiar al césar: una decisión tan disparatada como asombrosa en unos tiempos en que, además, nadie se casaba por amor.

Pretoriano

Pretorianos

¿Por qué Mesalina cometió la insensatez de tomar a su amante como esposo, traicionando públicamente al emperador y arriesgando su vida? Ningún historiador ha conseguido aclarar este misterio. Incluso Tácito, cuando narra el episodio en sus Anales, teme que los lectores no le crean: “Soy consciente de que sonará a fábula el que alguien en el mundo pudiera ser tan obtuso”, escribe. En realidad, faltan datos para entender lo ocurrido. Llama la atención la tranquilidad con que participaron en los festejos no sólo los amantes, sino también sus invitados, entre ellos patricios ilustres que bien podían temer por sus vidas. No contaban siquiera con una guardia personal como protección.

Según una de las versiones de la historia, Mesalina convenció al emperador de que diera su consentimiento a un simulacro de boda, para protegerle de cierto mal augurio que recaería sobre “el esposo de la emperatriz”. Convirtiendo a Silio durante unos días en marido simulado, pretendía alejar a Claudio de la maldición. Por tanto, el emperador no se habría preocupado del tema hasta saber que los esponsales se habían celebrado conforme a derecho. Quizá lo más verosímil sea que Mesalina hubiera previsto que alguno de sus aliados asesinara a Claudio durante la estancia del emperador en Ostia. Si así fue, la traicionaron. De todos modos, aunque esta hipótesis parece verosímil, no deja de ser una conjetura más.

Puede que Mesalina esté enamorada de Silio, pero el liberto Narciso no. Destituir al césar representa un paso arriesgado que difícilmente puede beneficiarle. Como Mesalina, él ya tiene un sólido lugar en la corte. Con Silio cerca, su influencia sobre la emperatriz peligra, y no tiene ninguna garantía de obtener el favor del nuevo gobernante.

La boda se celebra con gran pompa y numerosos invitados, aprovechando un viaje de Claudio a la cerna Ostia. No es un simulacro: hay testigos y el rito se realiza conforme a derecho. Narciso vuela a alertar a Claudio; para hacer más creíbles sus informes, o tal vez para no ser el primer blanco de las iras del monarca, envía por delante a dos cortesanas con el encargo de comunicarle la noticia. Claudio rcgresa apresuradamente a Roma, prcguntando a cada paso si aún conserva el título de empeperador. Por fortuna para él, el ejército le confirma su lealtad.

Entretanto, la joven pareja está celebrando una lujosa bacanal, ajena a lo que se le viene encima. Los soldados irrumpen en la fiesta y cargan sin más contra los invitados. Los novios logran huir, pero no les queda ya mucho de vida. Mesalina, que aún tiene esperanzas de ablandar a Claudio con alguna explicación que lo apacigüe, hace mil gestiones para que le permitan hablar con él. Consigue incluso que la Suma Sacerdotisa Vestal, la mujer más respetada de Roma, interceda por ella.

Pero Narciso no está dispuesto a permitirlo. Si Claudio perdona a Mesalina, no hay duda de que ésta se vengará del liberto por haberla delatado. Así que toma todas las medidas necesarias para impedir el encuentro: encierra a los hijos de Mesalina en sus aposentos para que no enternezcan al emperador, prepara una lista de sus infidelidades y cuando, a pesar de todo, Claudio se muestra dispuesto a recibir a la “infeliz criatura”, se lo juega todo a una sola carta: manda ejecutar a la emperatriz sin consultar al césar.

Los soldados encuentran a Mesalina en los jardines de Lúculo con una daga entre las manos. Su madre, convencida de que no hay otra salida, la anima a darse una muerte honrosa, pero a la muchacha, en su desesperación, le tiemblan las manos. Finalmente son los guardias quienes la atraviesan con su espada.

Las crónicas cuentan que Claudio, al día siguiente, se sorprendió de no encontrar a su esposa en la mesa a la hora del almuerzo. No dijo nada al saber que había muerto. Durante semanas no mostró ninguna clase de emoción. Castigó con dureza al resto de los implicados en el complot y juró no volver a casarse. El césar olvidó con suma rapidez su promesa. Pronto entraría en escena otra mujer no menos ambiciosa que Mesalina, pero infinitamente más astuta: Agripina, la madre de Nerón.

El mito de la prostituta

A Mesalina no se la recuerda tanto por sus crímenes (otros miembros de la familia julio-claudia también los cometieron) como por su promiscuidad. Varias novelas, multitud de obras de arte y algunas películas la han convertido en el prototipo de mujer desenfrenada, ávida de sexo. Se ha llegado a afirmar que era ninfómana.

Sin embargo, no hay que olvidar que, a su muerte, había por lo menos tres personas vivamente interesadas en desprestigiarla. Una de ellas era Agripina, la nueva esposa de Claudio. Los otros dos eran sus antiguos aliados, el magistrado Suilio y el liberto Narciso. A ambos les convenía presentarse no cómo complices, sino como meros instrumentos de una mujer perversa capaz de asesinar a todo aquel que osara rensistirse a sus encantos.

Dión Casio, que nació un siglo después de la muerte de Mesalina, añadió al relato de otros historiadores el detalle picante de que la emperatriz, además de organizar orgías en palacio, obligaba a prostituirse a otras damas de la nobleza. Juvenal, en una sátira abiertamente misógina, la imaginó frecuentando los burdeles de los barrios bajos. Y Plinio el Viejo llega a asegurar que compitió con una meretriz para averiguar cuál de las dos era capaz de acostarse con más hombres en un solo día.

No es posible determinar con exactitud hasta  dónde llegaron sus excesos. No cabe duda de que Mesalina fue infiel a Claudio, probablemente en varias ocasiones. Pero algunas de las proezas que se le atribuyen parecen entrar de lleno en el terreno de la exageración.


Para saber más:

  • HNG51-52
  • HyV532-50

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