Nacimiento del imperio cristiano: Constantino

por | 13/05/2016
Constantino

Constantino

Según cuenta el escritor Lactancio, en el año 312 Constantino tuvo un sueño durante la noche anterior a medir armas con Majencio y disputarse el mando del Imperio romano. Creyó ver un símbolo divino que surgía de las alturas, el lábaro: una X y una P superpuestas que formaban el monograma de Cristo, compuesto por las dos primeras letras de este nombre en griego. A la vez, resonaban en su cabeza estas palabras, en griego y latín: Touto nika. In hoc signo vincis (Con este signo vencerás). Grabó pues Constantino en sus armas el signo celeste y el lema que, según la tradición, le otorgó la victoria en la batalla de puente Milvio. A partir de esta visión, nada volvería a ser igual en un Imperio abocado ya al cristianismo. Por ese inmenso giro en la historia espiritual del mundo, y por un cambio que haría oscilar el escenario político mediterráneo hacia Oriente, se considera que la inmensa figura de Constantino el Grande abre las puertas de la llamada “Antigüedad tardía”, el último, fecundo y apasionante capítulo de la historia de la Roma imperial y el preludio de lo que sería la Edad Media.

Como se ha dicho, Constantino aseguró su camino al trono con la victoria militar sobre Majencio, lo que no era de extrañar en la Roma de esa época, inmersa en una profunda crisis causada por las guerras civiles y las sublevaciones militares. Para hacer frente a esa situación el emperador Diocleciano había diseñado décadas atrás un complicado sistema político, la tetrarquía, que dividía el Imperio romano en cuatro zonas bajo el mando de cuatro tetrarcas o emperadores. Uno de ellos era Constancio Cloro, soldado de origen oscuro cuya autoridad se extendía sobre la parte occidental del Imperio.

El cristianismo es reconocido

De las relaciones extramatrimoniales que mantuvo Constancio con una mujer de origen probablemente humilde, Helena, nació, hacia el año 280 (¿274?), Constantino. Sin embargo, no fue el único hijo de Constancio. Éste casó en 289 con Teodora, de linaje noble, con la que tuvo seis hijos. Pero a la muerte de Constancio, acaecida en el año 306, fue el bastardo Constantino, posiblemente por ser el mayor, a quien proclamaron las tropas como sucesor.

El sistema ideado por Diocleciano no funcionó. Tras la muerte de Constancio, las luchas entre los tetrarcas se sucedieron. Constantino, que había casado en 307 con Fausta, hija del tetrarca Maximiano Hercúleo, gobernaba sobre la Galia y Britania cuando marchó a Italia para medirse con Majencio (hijo de Maximiano), que se había proclamado emperador. La batalla del puente Milvio, librada en las cercanías de Roma, constituyó un triunfo militar notable de Constantino.

Desde luego, no es creíble la leyenda sobre la batalla y la famosa visión nocturna de Constantino que refieren el cristiano Lactancio y otros escritores. El cristianismo ya había penetrado en una sociedad en la que convivían diferentes religiones. Los símbolos de la época, su arte, su filosofía recogen siempre esta tendencia al más allá, a una búsqueda del sentido religioso de la existencia, quizá como consecuencia de las pestes, hambrunas y guerras civiles que se habían desarrollado durante los anteriores cien años en el Imperio. Muchas veces es difícil distinguir entre lo que es pagano y lo que es cristiano, pues ambas mentalidades se movían en territorios relativamente próximos. Puede que antes de la batalla Constantino hubiese pretendido invocar la protección de algún dios sin signo definido. En este caso el colorido cristiano sería un añadido de las fuentes.

Diocleciano ya había tenido una política religiosa, pues a él se debe la última persecución de los cristianos decretada en 303. Esa última persecución no fue viable (tanto es así que en el año 311 se publicó el llamado Edicto de Tolerancia que reconocía el derecho a existir de los cristianos). Cabe pensar que la persecución no se aplicó en dominio gobernado por Constancio Cloro y su hijo Constantino, pues determinados indicios documentales señalan que desde los inicios de su ascenso al poder Constantino guardó hacia el cristianismo una actitud permisiva, si no claramente favorable. La situación real nunca llegará a esclarecerse con seguridad. Es muy probable, sin embargo, que Constantino fuese ya propicio al cristianismo, pero no se atreviese a ponerse abiertamente bajo la protección del dios cristiano, pues sectores considerables del ejército y la sociedad romana eran paganos y habrían recibido dicha declaración con hostilidad. En todo caso, el episodio del puente Milvio parece traslucir una actitud que Constantino mantendría hasta el final de sus días, la de favorecer al cristianismo sin por ello excluir del todo el recurso a los símbolos y emblemas del paganismo.

Tras la derrota de Majencio quedaron tres tetrarcas, Maximino, Licinio y Constantino. En febrero de 313 los dos últimos se reunieron en Milán, donde decretaron las medidas del mal llamado Edicto de Milán. Como tal, el edicto no parece haber existido, pero diversos testimonios -monumentos, inscripciones, escritos diversos- acreditan que en Milán Licinio y Constantino acordaron no sólo la libertad de culto, sino también la devolución a la Iglesia de los bienes que le habían sido incautados en el pasado. El año 313 marca así, en líneas generales, el inicio por parte de Constantino de una política religiosa manifiestamente proclive al cristianismo.

Debe añadirse que tal actitud no impidió que Constantino siguiese ejerciendo como autoridad suprema del Imperio en materia religiosa y que, en ese sentido, oficiase como patrón máximo de los cultos paganos. El cargo que lo facultaba para ello, el título pagano de sumo pontífice (pontifex maximus), fue asumido por él y por sus sucesores. No cabe, por tanto, hablar todavía de un Imperio confesionalmente cristiano.

Constantino, por otra parte, se vio envuelto ya en aquellas fechas en las controversias internas de la Iglesia, concretamente para acabar con el donatismo (que sostenía que un sacerdote que hubiera pecado no podÍa
administrar los sacramentos). A resultas de esto, Constantino se arrogó el derecho a desterrar obispos, apoderarse de centros cristianos y prohibir reuniones religiosas. Su intervención vino a demostrar que la Iglesia había encontrado en el emperador no solo un protector, sino también alguien que pretendía ser su dueño.

En el plano político, la lucha entre Licinio y Maximino por el mando en
Oriente terminó con la derrota de este último. Quedaron en el poder, por tanto, solo Licinio y Constantino, que no tardaron en enfrentarse. En este enfrentamiento, Constantino asumió el papel de defensor de la Iglesia. Licinio, en cambio, decretó medidas hostiles a los cristianos. Cuando Licinio fue definitivamente vencido en el año 324, Constantino quedo como emperador único. N0 tardó en promulgar nuevas medidas ventajosas para
la Iglesia. De nuevo su alianza con el cristianismo pareció garantizarle la victoria. Y de nuevo esa victoria significó un paso más en la cristianización del Imperio.

El concilio de Nicea: herejía y ortodoxia; Iglesia y Estado

La informacion que poseemos sobre el concilio de Nicea es fragmentaria y contradictoria. Celebrado entre mayo y junio del 325 , su sede fue el palacio imperial de Nicea (la actual Iznik, en Turquía). No se sabe cuál fue el número exacto de prelados asistentes, que oscilaría en torno a los trescientos. Mayoritariamente procedían de la parte oriental del Imperio, de lengua griega, aunque hay que destacar la asistencia del obispo de Córdoba, Osio, que presidiría el sínodo en nombre del emperador.

La convocatoria fue realizada por Constantino, que si tomó tal iniciativa fue porque consideraba su obligación lograr la paz y la unidad de la Iglesia. El soberano inauguró el concilio el 20 de mayo con un breve discurso en
latín, pues no dominaba el griego. Constantino no estaba versado en sutilezas teológicas, quizá no fuese siquiera una persona culta. Posiblemente, para su mentalidad práctica de militar la liquidación de las divisiones que desgarraban la Iglesia era un objetivo asequible e incluso sencillo. Nada más alejado de la realidad.

Aunque el concilio condenó el arrianismo (que negaba la naturaleza divina de Cristo), estuvo lejos de liquidar este movimiento. Algunos de los hombres con los que chocó el emperador -como san Atanasio, obispo de Alejandría, o el mismo Arrio, cuya doctrina fue condenada por el concilio- eran personalidades fuertes. Pero tales enfrentamientos no eran sólo cuestión de caracteres. Reflejaban un antagonismo mucho mayor.

En estas fechas la Iglesia se consolidaba como institución, al tiempo que desarrollaba los dogmas de la fe cristiana. La edificación de una entidad tan compleja y formidable como la Iglesia era un fenómento arduo, dominado frecuentemente por choques y crisis violentas, que resultaba muy difícil de controlar. Tras discusiones teológicas que pueden parecer artificiosas o de una extrema sutileza se ocultaban en realidad encarnizadas luchas por el poder. Constantino, que tantas veces triunfó con las armas, cosechó aquí un fracaso rotundo. Paradójicamente, el emperador que desencadenó la cristianización del Imperio fue también el que inauguró un fenómeno político de amplias resonancias posteriores: el conflicto entre Iglesia y Estado. Los choques entre ambas entidades son uno de los rasgos de la historia europea que ha perdurado hasta hoy mismo.

Constantino, por otra parte, obtuvo en Nicea un título que retrata la mentalidad del emperador, que aún se mantenía dentro de los esquemas del paganismo. En Nicea se le proclamó “obispo de los de fuera”, esto es, encargado de ejercer la guía religiosa de los miembros del Imperio que no pertenecían a la Iglesia. La iniciativa manifiesta su preocupación por la gran masa de población -en estas fechas la mayoría- ajena todavía al cristianismo. Trasluce además la persistencia de una concepción en virtud de la cual la cabeza política del Imperio debe ejercer además su dirección religiosa (no en vano los emperadores romanos eran los sumos pontífices de los cultos romanos).

En fechas próximas al concilio de Nicea, concretamente en el año 326, se sitúa también el episodio que dio lugar a la versión pagana, hostil por tanto, de la conversión de Constantino. Con toda verosimilitud dicha versión es falsa, pero debe consignarse poque puede aportar alguna pincelada significativa al retrato del emperador. Se trata de lo siguiente.

De su esposa Fausta tuvo Constantino varios hijos. Pero su hijo mayor, Crispo, era fruto de una relación extramatrimonial con una mujer llamada Minervina. Crispo protagonizó una brillante carrera política y militar. Todavía muy joven, en el año 317, fue nombrado césar, un nombramiento en virtud del cuál quedaba asociado a la dirección del Imperio. Pero unos años después, en 326, fue ejecutado. Según Zósimo, historiador pagano del siglo V, Constantino sospechaba que Crispo mantenía trato amoroso con su madrastra Fausta, la esposa del propio Constantino y ese fue el motivo de su muerte. Ahora bien, como Helena, la madre de Constantino, se lamentaba de lo sucedido a su nieto, Constantino -“como para consolarla”, apostilla Zósimo- ordenó que Fausta misma fuera sumergida en un baño de agua hirviendo, del que salió cadáver. Abrumado por el recuerdo de ambas muertes, el emperador buscaba redimirse cuando oyó de boca de un “egipcio” (término que para Zósimo tenía connotaciones despectivas) que el dios de los cristianos perdonaba todas las faltas, por atroces que fueran. Fue así como Constantino abrazó el cristianismo.

El relato de Zósimo adolece indudablemente de parcialidad y no resulta verosímil. Es cierto, sin embargo, que en la fecha indicada se produjo la ejecución de Crispo y de Fausta. Si la exposición de Zósimo es parcial, el resto de las fuentes o no menciona el episodio, o bien brinda versiones poco creíbles. La verdad de lo ocurrido no se conoce. Pero los hechos hablan del carácter del soberano.

Constantinopla

En la Antigüedad tardia, Roma continuó siendo, sentimental y formalmente, la capital del Imperio. Sentimentalmente lo era por su dilatada historia. Formalmente, por albergar la sede del Senado y de las venerables magistraturas que ostentaban los cónsules, los pretores y los
cuestores, cuyo origen se remontaba a la República.

Pero desde el punto de vista real la Urbs ya no era la verdadera capital, pues la administración seguía a los emperadores y éstos se desplazaban continuamente por todo el Imperio. Por otra parte, Roma no era una ciudad cómoda para los gobernantes de la época. Constantino chocó en varias 0casiones con la población romana y  lo mismo le había sucedido
antes a Majencio, cuya derrota en el puente Milvio pudo deberse en parte a una traición de los habitantes de Roma.

La razón de tales conflictos era quizá la fuerte implantación que tenía en
la ciudad la poderosa aristocracia senatorial, cuyo enorme peso económico, político y social obstaculizaba el libre ejercicio del poder imperial. Dicha aristocracia, además, se mantenía firmemente adherida a sus antiguas tradiciones, por lo cual debió acoger con renuencia las innovaciones religiosas introducidas por Constantino. Este fue el primero de los factores que contribuyeron a la fundacion de una ciudad singular: Constantinopla.

Poco después de quedar como monarca único, Constantino inició las medidas tendentes a engrandecer la antigua ciudad griega que llevaba el nombre de Bizancio, en la orilla occidental del Bósforo, allí donde Europa y Asia se hallan más cerca. Rebautizada como “Constantinopla”, pero llamada también “Nueva” 0 “Segunda Roma”, la antigua Bizancio celebró su recién adquirida condición de capital en mayo del año 330, con una solemne ceremonia encabezada por el emperador mismo. Los problemas que planteaba Roma pudieron figurar entre los motivos que desembocaron en el auge de Constantinopla, pero influyeron también otras razones de índole mas positiva.

Una de ellas fue la proximidad a dos fronteras fundamentales para el Imperio, la del Danubio y la de Persia. Desde la nueva capital los monarcas controlaban, además, los recursos procedentes de Asia Menor y las provincias orientales del mundo romano, que aportaban la cuota mayor para el mantenimiento del poder de Roma. Y en términos generales el este del Imperio mostraba una vitalidad que se echaba en falta en las regiones del oeste. Recuérdese que en el siglo siguiente, mientras los bárbaros invadían la parte occidental del Imperio, los territorios orientales resistieron vigorosamente los embates de las sucesivas oleadas invasoras.

Dotada de un Senado propio, Constantinopla no sustituyó a Roma como capital del Imperio, pero gozaba de privilegios legales que la elevaban por encima del ámbito administrativo provincial y hacían de ella algo más que la residencia favorita del emperador. En la fundación de Constantinopla no estuvieron del todo ausentes los elementos paganos, y a este respecto ha dado mucho que hablar la estatua de la “Fortuna de Constantinopla” -un elemento típicamente pagano- erigida en su recinto urbano y representada frecuentemente  en monedas y medallones. Ese deseo se convirtió también en el prólogo de un trascendente capítulo de la historia. Constantinopla fue la cabeza y el corazón imprescindible del Imperio de Oriente. Y éste representaba la última transformación experimentada por el Imperio romano.

Si se considera que la fundación y desarrollo de Constantinopla representó el primer paso en el nacimiento del Imperio bizantino, pocas medidas han tenido tanta trascendencia como la fundación de esta ciudad. Constituyó un baluarte tras el cual la Europa occidental pudo vivir libre de invasiones. Pero no se trata sólo de importancia estratégica y militar. Es bien sabido que la erudición y las letras bizantinas constituyeron un factor de primer orden en la preservación de la literatura clásica.

Menos atención suele prestarse a otro hecho cultural si cabe de mayor peso. Bizancio desempeñó un papel básico en la cristianización de Europa oriental. La misiones de evangelización arrastraron consigo un proceso educativo de enormes consecuencias: piénsese, sin ir más lejos, que el alfabeto cirílico, de tan alta implantación en esta zona de Europa, debe su nombre al apóstol y misionero bizantino Cirilo.

El fin de Constantino

Arco de Constantino

Arco de Constantino

Tal vez el emperador intuyó de algún modo la enorme importancia de sus dos actos más celebrados -su favor hacia el cristianismo y la fundación de Constantinopla-, o acaso fueron decisiones puramente estratégicas. Lo cierto es que Constantino murió el 22 de mayo de 337, después de haber acumulado todo el poder político y religioso. Sólo en su lecho de muerte fue bautizado por Eusebio de Nicomedia -quien, curiosamente, fue un ferviente seguidor del arrianismo-, pues de acuerdo con la mentalidad de la época, el bautismo era, más que una ceremonia de entrada en la Iglesia, un sacramento que limpiaba el alma de todo pecado y garantizaba la salvación. Quizá Constantino pensó que tomar el bautismo no le iba a hacer ningún mal y que si por casualidad existía el dios cristiano, se aseguraba no ir al Hades.

Es quizá significativo, para comprender su inmensa y contradictoria figura, el hecho de que pese a su trayectoria religiosa, pese a las alabanzas tributadas por los apologistas, pese a su enorme prestigio como primer emperador cristiano, Constantino, al contrario de su madre -Helena-, no haya recibido el título de santo.


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Para saber más:

HNG100-64

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