Numancia

Si Viriato es el héroe de la resistencia contra Roma por antonomasia, Numancia es el equivalente al referirnos a una plaza. El episodio de su largo cerco se enmarca en las guerras lusitanas y celtíberas y en la larga campaña que supuso la penetración de Roma hacia el interior de la península. La lucha de Numancia evoca un punto concreto en las cercanías de la actual Soria, pero en realidad fue solo el exponente de las guerras por el control de la meseta central.

Estallan las hostilidades

En el año 192 a.C. Roma pisó por vez primera la meseta y conquistó Toledo. Doce años más tarde venció a los celtíberos a los pies del Moncayo y fundó Graccurris (Alfaro) para asegurar la frontera de los nuevos territorios conquistados. El pretor Tiberio Sempronio Graco repartió tierras de cultivo a cambio de un tributo anual, prestaciones militares y el compromiso de los nativos de no levantar fortalezas. Con esta política, a mediados del siglo II a.C., Roma ya controlaba la mitad oriental de la península y casi todo el sur.

Fue por entonces cuando estallaron las guerras lusitanas y contra los celtíberos, en parte debidas a la creciente rapacidad de los administradores romanos. Al parecer, el detonante fue, hacia 154 a.C., la negativa de los habitantes de Segeda (cerca de Calatayud), perteneciente a la tribu de los bellos, a paralizar una obra de ampliación de sus murallas, lo que desató el ataque romano. Los nativos se aliaron entonces con los arévacos, cuya ciudad más importante era Numancia (a unos siete kilómetros de la actual Soria), y se refugiaron tras sus murallas.

El pretor Quinto Fulvio Nobilior se dispuso a sitiar la ciudad, contando con el refuerzo de trescientos jinetes númidas y diez elefantes. Los numantinos, aterrados ante los animales, retrocedieron a las murallas, pero un elefante recibió un fuerte impacto de una piedra en la cabeza, huyó enfurecido y arrastró al resto de los paquidermos, lo que desordenó la infantería romana. Aprovechando el desconcierto, los defensores se lanzaron al ataque, causando miles de muertos. Nobilior se vio obligado a invernar en la meseta soriana, cuyas inclemencias meteorológicas eran totalmente desconocidas hasta entonces para los romanos. Al cabo de un año de campaña había perdido 16.000 hombres, algo más de la mitad de sus efectivos. Ante el fracaso, se envió como sustituto al cónsul Claudio Marcelo, quien pactó una paz en el año 151 a.C. Pero en Roma, Marcelo fue acusado de traidor y cobarde por los partidarios de la familia de los Escipiones y se entró en un compás de tensa espera en el que se dieron constantes escaramuzas.

El conflicto se reanudó en 143 a.C., cuando los numantinos decidieron apoyar a Viriato. Les convenció su jefe Olónico, “el hombre de la lanza de plata”, que decía haberla recibido del cielo. El cónsul Metelo el Macedónico trató de pactar con Numancia y convertirla en aliada agasajándola con bienes y dinero, pero los locales se negaron a entregar las armas, por lo que se rompieron las negociaciones. Reanudada la guerra, Roma no pudo cercar con éxito la ciudad, que continuó recibiendo suministros. En la lucha, sin embargo, murió Olónico a las puertas de la tienda del jefe enemigo, a quien pretendía matar con sus propias manos.

Poco después, otro general romano, Quinto Pompeyo Aulo, se lanzó al asaltocon 30.000 hombres, pero los 8.000 numantinos resistieron, lo mismo que los habitantes de Termancia, la segunda ciudad arévaca en importancia. Un nuevo cónsul, Popilio Lenate, también fracasó. Pero quien peor suerte correría sería el general Cayo Mancino, quien tuvo que rendirse con sus 20.000 hombres en 137 a.C. sufriendo muchos de los legionarios la amputación de su mano derecha, el mismo trato que daban a menudo los romanos a sus prisioneros. Luego les dejaron en libertad bajo promesa de respetar la paz, pero el Senado romano no ratificó el acuerdo suscrito por Mancino.

La guerra prosiguió, aunque de un modo poco activo, al no atreverse ningún nuevo cónsul a asaltar la ciudad. Todos habían fracasado por empeñarse en atacar la ciudad frontalmente, por dividir sus fuerzas y por  no poder, o saber, establecer un cerco en toda regla ante unos guerreros que rehuían el combate en campo abierto, en donde se sabían inferiores. Hacía falta una nueva estrategia, mucho más imaginativa.

Roma echa el resto

Por fin, en 134 a.C., Roma decidió mandar a Publio Cornelio Escipión Emiliano, conocido como el Africano, que doce años antes había aniquilado Cartago y que, además de un enorme prestigio, ya tenía experiencia de combate en Hispania. Fue a la guerra con solo 10.000 romanos voluntarios, pero consiguió otros 55.000 soldados íberos, númidas y de otras procedencias. Al llegar a los campamentos meseteños, en lugar de empezar rápidamente la guerra, comenzó a entrenar a sus hombres. Antes se aseguró los suministros, llevando consigo miles de cabezas de ganado y cientos de carros de trigo. Al mismo tiempo, arrasó los campos y poblaciones de los vacceos, aliados de Numancia, para impedir que les ayudasen con provisiones. Escipión, de un modo lento pero metódico, estaba sentando las bases para rendir al enemigo por hambre.

Los principales problemas de las tropas romanas eran la indisciplina y la falta de moral. Escipión expulsó de los campamentos a los mercaderes, prostitutas (cerca de dos mil), magos, tahúres y demás personajes que acompañaban a los legionarios, perturbando la austeridad militar. Prohibió también los sacrificios adivinatorios y el uso de vajillas para comer, dejando solo un plato por soldado. Requisó los utensilios de depilación -recogió cerca de veinte mil lancetas y pinzas-, fijó una dieta estricta y prohibió el uso de camas (los soldados debían dormir en el suelo, en las tiendas de campaña, empezando por los generales), así como de sirvientes y de mulas en las marchas. A partir de ese momento, deberían marchar a pie y cada legionario tendría que portar, aparte de su armamento, ración de trigo para quince días y siete estacas para levantar empalizadas. Por supuesto, intensificó el entrenamiento físico y militar: “Que se manchen de lodo -decía- ya que tanto temen mancharse de sangre”.

Cerco de Numancia

Cerco de Numancia

Aprovechando la experiencia adquirida en la toma de Cartago, Escipión comenzó a levantar una gruesa empalizada que habría de rodear Numancia. Era una impresionante obra de ingeniería, pues tenía nueve kilómetros de perímetro. Junto a ella discurría un foso y estaría vigilada por siete campamentos o fuertes intercalados (Castillejo, Travesadas, Valdevortón, Peñarredonda, La Rasa, Dehesillas y Alto Real), aparte de una torre de vigilancia ubicada cada cien metros, capaz cada una de albergar dos catapultas, una para flechas y otra para piedras, con un alcance de 300 metros. En total, los sitiadores disponían de unas cuatrocientas catapultas, aparte de otras máquinas de asedio. Los romanos también contaban con elefantes númidas, para que, desde sus lomos, los arqueros y honderos lanzasen sus proyectiles.

Escipión hizo construir otros dos grandes campamentos fuera del perímetro de la empalizada, uno a cada extremo, para que sus guarniciones pudieran acudir rápidamente a cualquier punto que se viese amenazado por las salidas de los numantinos. Para evitar que los sitiados recibiesen ayuda por el Duero, mandó cruzar varias cadenas erizadas de púas a lo ancho del cauce del río para impedir no solo el paso de embarcaciones, sino también de nadadores.

Lo más importante era contrarrestar las salidas que, por sorpresa, pudiese hacer los sitiados para dañar la empalizada, por lo que se estableció un sistema de alarma que atrajera tropas de socorro a toda prisa a la zona en peligro. Por el día, un trapo rojo esta siempre a punto para ser agitado en señal de petición de refuerzos; de noche, un haz de leña impregnado de brea estaba dispuesto de igual manera para prender fuego en él.

En noviembre de 134 a.C. la empalizada que rodeaba Numancia ya estaba totalmente construida. Con los más de sesenta mil hombres de que disponía, Escipión podía asegurar sin dificultades las defensas de su cerco y, al mismo tiempo, tener un importante cuerpo de maniobra en reserva, capaz de entrar en acción en cualquier momento.

La magra defensa

Frente a este enorme despliegue, los numantinos apenas contaban con cuatro mil defensores (la ciudad albergaba a unas diez mil almas), por lo que queda clara la adversa correlación de fuerzas. Veinte años antes, sus efectivos, como sus habitantes, habían sido cuatro veces superiores, pero el castigo de las casi ininterrumpidas guerras en apoyo a Viriato les había desgastado. Numancia ahora reducía su control a unas pocas hectáreas en torno a la ciudad, por lo que su capacidad de reclutamiento se había visto muy menguada.

Hasta entonces los defensores habían recurrido a dos medios para salir victoriosos: la ayuda externa y las salidas por sorpresa, que ahora Escipión se había empeñado en impedir. No obstante, los numantinos trataron de efectuar incursiones nocturnas para dañar la empalizada y los campamentos romanos. Solo en una ocasión, un grupo de diez hombres, bajo las órdenes del jefe Rectúgenos, pudo romper el cerco. Su objetivo era alcanzar las aldeas cercanas y convencer a los locales para que se levantasen contra Roma. Al parecer, esas gestiones únicamente dieron frutos en Cantalucia, importante ciudad del pueblo celtíbero de los pelendones, también en Soria. Sin embargo, fueron denunciados y Escipión cortó las manos a cuatrocientos hombres para que no pudiesen tomar las armas.

¿Suicidio colectivo?

Sin alimentos -cuenta la leyenda que llegaron a comer sus propios cadáveres, lo cual no era extraño entre los celtíberos en caso de extrema necesidad- y sin posibilidades de recibir ayuda, Numancia trató de negociar y envió a cinco delegados al campamento romano. Éstos volvieron con la exigencia de Escipión de rendirse incondicionalmente. Los numantinos respondieron despedazando a sus propios emisarios, a los que acusaron de traidores.

Numancia romana

Numancia romana

Finalmente, en el verano de 133 a.C., tras nueve meses de asedio, lo que no quisieron rendirse se suicidaron. Los demás fueron vendidos como esclavos, excepto cincuenta hombres, que fueron llevados a Roma como símbolo de la victoria. A la ciudad se le reservó el mismo destino que a Cartago para castigar su contumaz resistencia: fue reducida a cenizas, sembrados de sal sus campos para volverlos estériles y prohibida su reconstrucción (aunque dos siglos después la propia Roma la ocupó y reconstruyó parcialmente).

La literatura y la historiografía románticas abonaron el mito del suicidio colectivo, según el cual el indomable pueblo prefirió la muerte honorable que rendirse al enemigo. Se adornó macabramente con escenas en que las mujeres se lanzaban a la hoguera tras acuchillar a sus hijos. Hoy sabemos que fue una exageración. Diversos textos romanos aseveran que buena parte de la población fue capturada viva, sobre todo mujeres y niños, por lo que se puede deducir que quienes se suicidaron fueron aquellos resistentes que, por su papel en el combate, sabían que su suerte era la muerte segura previa tortura.

Los restos arqueológicos de Numancia no se encontraron hasta la segunda mitad del siglo XIX (al principio se dudaba entre ubicarla en Soria o Zamora), y las excavaciones no emprendieron hasta el siglo XX.


Para saber más:

  • HNG14-59
  • HNG70-86
  • HNG96-62
  • HyV454-20