Rávena

por | 29/07/2016

Teodosio I fue el último emperador que gobernó el mundo romano como un imperio único. A su muerte, en 395, la división del Imperio en dos representó un punto y aparte en la historia de Roma. Tras Teodosio, ningún soberano volvería a extender su autoridad del Éufrates al Rin y del Danubio al Magreb. Sus hijos, Arcadio en Oriente y Honorio en Occidente, iniciaban así sus andaduras por separado, conscientes de la necesidad de consolidar sendos imperios como garantía de supervivencia. En menos de un siglo, el mundo asistiría al fin del viejo Imperio romano y al nacimiento de un nuevo imperio hermano que aún sobreviviría mil años a la caída de Roma: el bizantino. Y en ese contexto histórico y político, Rávena, que primero fue romana y, tras un paréntesis ostrogodo, se rebautizó bizantina, desempeñó un papel primordial.

La situación de Rávena, al norte de Italia y a pocos kilómetros del mar Adriático, ya le había convertido siglos antes en una ciudad estratégica para el poder romano, como demuestra el hecho de que los emperadores Octavio Augusto y Trajano construyeran en sus inmediaciones un enorme puerto y un acueducto. Sin embargo, el protagonismo en la historia le llegaría en el siglo V gracias al hijo menor de Teodosio, Honorio, quien, con apenas 18 años, en el año 402 decidió abandonar Roma y trasladar allí la sede del Imperio romano de Occidente. Esta controvertida decisión, que convirtió a Rávena en capital e implicó en cierto modo dejar en la estacada a miles de ciudadanos de la metrópolis romana, estaba relacionada con la fácil defensa de la zona. Rodeada de ciénagas y pantanos, Rávena era más fácil de proteger que Roma. Además, en un momento en que las incursiones bárbaras,  por parte fundamentalmente de los godos, se habían incrementado en la parte central del Imperio y norte de Italia, resultaba más accesible para las fuerzas del Imperio romano de Oriente. Éstas, bajo el gobierno de Arcadio, quizá podrían ayudar a Honorio a frenar las ofensivas de las belicosas tribus germánicas que asolaban la parte occidental.

El saqueo de Roma

Siguiendo el adoctrinamiento cristiano de su padre, Honorio excluyó de los cargos del Estado a aquellos que fueran contrarios a la iglesia católica, lo que supuso descalificar a algunos valientes y hábiles oficiales partidarios del paganismo e, incluso, del arrianismo. Su gobierno, uno de los más desastrosos que se recuerdan en los anales romanos, era tan débil y poco cohesionado a nivel interno que difícilmente lograba amortiguar los ataques bárbaros, que no eran pocos, especialmente tras la ejecución de su magister militum Estilicón. Por el contrario, su rival inicial, el godo Alarico I, era un verdadero líder y, para perjuicio de Honorio, un guerrero nato. Según el historiador Edward Gibbon, “en las artes de la negociación, al igual que en las de la guerra, el rey godo conservó su superioridad sobre un enemigo cuyos cambios derivaban de una total falta de proyecto y planificación”.

Con la corte refugiada en Rávena, y ante la indiferencia del imperio oriental, Alarico campó a sus anchas por el territorio itálico, empezando por el norte. Con total impunidad, saqueó ciudades y municipios como Aquilea o Cremona, en las que incluso reclutó efectivos. No obstante, cuando avanzó al límite de la ciénaga que protegía la inexpugnable residencia del emperador en Rávena, decidió, para sorpresa de la corte, pasar de largo y seguir asolando la costa del Adriático. Su objetivo era llegar a Roma.

En el año 410, las tropas de Alarico bloquearon el acceso a Roma rodeando las murallas, obstaculizando las doce puertas principales e interceptando las comunicaciones con los campos y el río Tíber, por el que los romanos obtenían las provisiones. La rendición era cuestión de tiempo. En el interior, la corte de Rávena insistía en que iba a llegar ayuda muy pronto, lo que mantuvo por un tiempo intacta la moral de la población.

En aquella época la ciudad contaba con unos 34 kilómetros de perímetro circular y alrededor de 1.200.000 habitantes, muchos de los cuales perecieron a causa de la miseria y el hambre durante el bloqueo. La situación era de tal gravedad que, según Gibbon, “se extendió la oscura sospecha de que algunos desesperados se alimentaban con los cadáveres de sus congéneres […], y como los sepulcros públicos, situados extramuros, se encontraban en poder del enemigo, el hedor que desprendían tantos cadáveres putrefactos e insepultos infectó el aire y una enfermedad pestilente posterior agravó las miserias”. Así las cosas, la ciudad sucumbió y el sitio acabó en rendición y saqueo.

La caída de Roma, mientras el Emperador y su corte disfrutaban con hosco orgullo de la seguridad de las marismas y fortificaciones de Rávena, conmocionó a medio mundo, puesto que ponía de manifiesto no solo la decadencia del Imperio, sino el desmoronamiento de toda una civilización. Tampoco el respaldo oriental contra la ofensiva goda en Occidente sirvió de mucho. La rivalidad de las cortes de Arcadio y Honorio facilitó el triunfo godo, enemigo común. Bizancio ignoró, tal vez incluso deseó, el trágico destino de Roma.

Como botín, el godo no se conformó con la plata y el oro de una ciudad cuyas arcas estaban exangües, sino que tomó como rehén a la hermanastra de Honorio, Gala Placidia, que se hallaba en Roma en el momento del asalto. Presa de Alarico, le acompañó en sus incursiones a través de Italia y, posteriormente siguió a la Galia con Ataúlfo, nuevo rey godo tras la muerte de Alarico, con quien se casó -parece que por amor-. A la muerte de Ataúlfo en 415, Gala Placidia fue devuelta a Rávena y los romanos. Tras casarse con Constancio, un general que sería coemperador con Honorio, Gala Placidia dio a luz a un pequeño que ascendió al trono como Valentiniano III con solo cinco años. Su madre ejercería de regente duranto algo más de un decenio.


Para saber más:

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