Roma y los germanos

por | 01/05/2016

La imagen que mayoritariamente nos ha llegado de los pueblos germanos, sobre todo a través del cine, es la de unos salvajes vestidos con toscas pieles, sucios, cubiertos de largos pelos enmarañados y en estado de permanente aullido y agresividad frente a los romanos. La única concesión estética que se les hace es la de representarlos como rubios, altos y fuertes, aunque con la aberración de colocar en sus cabezas unos yelmos con cuernos, un detalle folclórico añadido por el Romanticismo del siglo XIX y del que no han aparecido vestigios arqueológicos ni existen testimonios en fuentes romanas. Como es de suponer, la realidad era otra muy distinta y, por supuesto, mucho más compleja.

Los desconocidos germanos

Roma comenzó a toparse con los germanos unos cien años antes de nuestra era. Ocurrió,  concretamente, con las tribus de cimbrios y teutones, que, en busca de tierras y alimento, entraron en las zonas controladas por los romanos alrededor del año 100 a. C. Éstos enseguida advirtieron que no debian menospreciarles, pues en los primeros choques militares los desconocidos demostraron su arrojo poniendo en apuros a las legiones.

Años después, la conquista que César hace de las Galias permite un mejor conocimiento de sus costumbres. Es él quien más trata a los germanos, combatiéndoles, pero también estableciendo pactos en sus campafias. Y, al parecer, también es él quien populariza su nombre para referirse en general a un gran conglomerado de pueblos que habitaban al este del Rin y al norte del Danubio. El posterior establecimiento de una línea fronteriza más o menos estable a lo largo de ambos ríos supondrá, a partir de los últimos años del siglo I a. C., el mantenimiento de unos contactos regulares entre las tribus germanas y Roma. Esos contactos, a veces violentos y a veces pacíficos, estimularán un creciente número de testimonios de varios autores romanos sobre su naturaleza como pueblo.

Todos los textos estan cargados de parcialidad, desdén étnico y temor, sobre todo a raíz de la traición de Arminio que llevó a la hecatombe de las legiones de Varo en la batalla de Teutoburgo. A los germanos se les describe como seres inferiores en casi todos los aspectos. Ellos son los bárbaros, los incivilizados, mientras que Roma es la potencia culta y refinada. Sin embargo, leyendo entre líneas, es posible ir más allá y comprender cómo era su vida.

Es evidente que su estructura política y social en nada se parecia a la de Roma. Estaban divididos en tribus independientes entre sí, que obedecían a líderes guerreros habitualmente elegidos en asamblea por un cierto período de tiempo. Guerreaban a menudo entre ellas por la disputa de algunas tierras u otro tipo de botín, sin poseer ningún sentimiento de identidad común. Aunque no renunciaban al nomadismo cuando las circunstancias lo requerían, los germanos se dedicaban de un modo preferente a la agricultura y la ganadería. Dado que no había grandes excedentes económicos, no se daban importantes diferencias de clase, y predominaba la propiedad comunal sobre la privada.

Este subdesarrollo con respecto a Roma no es impedimento para que Tácito, posiblemente uno de los latinos que mejor describe a los germanos, deslice algunos elogios hacia ellos. Se refiere a su profundo sentido de la hospitalidad, a su pureza de costumbres (que percibe sobre todo en su austeridad y en la firmeza de los vínculos familiares y de la monogamia) y a su ingenuidad e inocencia en el trato con otros pueblos. En el fondo, Tácito, aunque dejando siempre clara la
superioridad de la civilización romana, no hace sino añorar los usos sencillos de la vieja República romana, que el gran avance político, económico y militar de la época imperial se llevó por delante. En realidad, se da un paralelismo entre este tipo de elogios y los que verterán en los siglos XVI y XVII los intelectuales europeos cuando entren en contacto con los indígenas de América o de las islas del Pacífico: es la seducción ante el “buen salvaje”, puro y sin malicia, que evoca cómo era el ser humano antes de que las riquezas le corrompieran.

En contraste con aquellas sociedades agrarias, sin apenas lujos y comandadas por jefes eventuales, se alzaba la poderosa Roma de Augusto, el primer emperador, en el punto álgido de su historia. Bajo su mandato, las legiones se establecieron en las fronteras y se alejaron de las tentaciones de la lucha por el poder; se acabó con las bolsas de resistencia indígena aún existentes en Ia península ibérica y al sur del Danubio; se mantuvo una política de no agresión con los partos; y se sometió al vasallaje a los pequeños reinos en el entorno del mar Negro y el Cuácaso, así como a otros pueblos del norte de África.

Con la única grave excepción de Teutoburgo, la política exterior de Augusto estuvo marcada por el Iogro de una clara estabilidad fronteriza. Y en el ámbito interior tampoco faltaron los éxitos. Mejoró las comunicaciones y el comercio; trató de mantener el bienestar económico, estimular la moralidad, la religión, las buenas costumbres y las artes; y cuidó de que nunca faltasen numerosos espectáculos de circo para regocijo del pueblo. Verdaderamente, era difícil encontrar sociedades más diferentes que las que en ese momento encarnaban la Roma imperial y los pueblos germanos

El impacto romano

La ingenuidad con que, según Tácito iniciaron los germanos su contacto con Roma se les debió  de disipar al conocer sus auténticos intereses. Como toda potencia, el Imperio pretendía establecer relaciones ventajosas con sus vecinos, lo que se podia concretar en un amplio abanico de posibilidades: desde un comercio a su favor hasta la simple y llana conquista. Esto último fue lo que se intentó a principios del siglo I. Pero la derrota de Teutoburgo llevó a Augusto a conformarse con lograr la imposición de una relación de dependencia. Roma sacaría de ello la máxima tajada sin desgaste en hombres y recursos.

Ese intento de subyugación sin conquista tenía dos polos: el económico y el político. Con el primero Roma adquiría de los germanos ganado, pieles, minerales, esclavos y otras materias primas. Por su parte, les vendía objetos exóticos que excitaban el deseo de los jefes de las tribus, como artesanía y vasijas de bronce, espadas, armaduras y ornamentos de metal trabajados, cristales y otros objetos de ajuar. Además, siempre que podía, exigía tributos y aportaciones a cambio de respetar la independencia de varios de esos pueblos. En caso de no pagar lo pactado y rechazar un nuevo acuerdo, podían encontrarse con una expedición punitiva de los romanos sobre sus tierras que supusiese un saqueo total. Con el tiempo, las adquisiciones romanas se centraron, cada vez más, en mercenarios para sus ejércitos, pues los germanos demostraron enseguida su capacidad para aprender.

En el campo político, sobre todo tras el fracaso de Varo, las relaciones tuvieron como objetivo controlar la evolución social y política de los germanos para que jamás constituyeran una amenaza. Para ello, el Imperio no dejó de azuzar la fragmentación tribal, dado que la derrota de Varo se debió, entre otras cosas, a la alianza temporal de diversos pueblos. Era la aplicación del famoso “Divide y vencerás”, que tantos éxitos había dado a Roma en todas sus conquistas. En ese sentido, trató de mantener alianzas sólidas con aquellas tribus o facciones que le eran fieles, apoyándolas para que conservaran el poder frente a otros clanes y proveyéndolas de armas, dinero o tierras. A cambio del favor romano, estos colectivos defendían los intereses imperiales en Germania evitando rebeliones o delatando cualquier movimiento disidente (que las legiones aplastaban con extrema dureza como aviso contra esos intentos). De esas tribus fieles procedían las tropas que actuaban como fuerzas auxiliares de Roma. Las mismas tribus que evolucionarían hasta convertirse en pueblos federados del Imperio.

Obviamente, las alianzas de fidelidad podían truncarse en cualquier momento, y los enemigos de hoy podían volver a ser amigos mañana. Era un peligroso juego de equilibrios en el que había que tener en cuenta la realidad de cada pueblo o tribu, siempre con latentes disputas por el poder. Para cimentar la colaboración, era frecuente enviar a la metrópoli a los jóvenes germanos de las principales familias amigas de Roma, futuros líderes de sus pueblos. Mientras permanecían como rehenes de lujo, se pretendía que se romanizasen y “civilizasen”, lo que garantizaría la continuidad de las alianzas. Así sucedió con Arminio y centenares más, como por ejemplo el vándalo Estilicón, y, aunque fracasó en el caso del primero, en su mayor parte la estrategia dio resultado y Roma consiguió establecer relaciones bastante seguras con los pueblos de Germania.

El éxito de esta política fue tan claro que cuando, a finales del siglo III, los romanos se sumergieron de nuevo en guerras civiles, muchos de estos pueblos pasaron a formar parte de sus ejércitos. Asumieron incluso la defensa de las fronteras frente a la amenaza de otros pueblos bárbaros procedentes de más allá de Germania (cuando suevos, vándalos y alanos invadieron el Imperio en 406 fueron los francos los que les  hicieron frente en la frontera del Rin), limitándose a cumplir su papel militar sin inmiscuirse apenas en los conflictos internos del Imperio.

De la doble identidad al poder

No obstante, el éxito de esta política no significa que no se dieran contradicciones. Los germanos, como todos los bárbaros presentes en Roma, eran vistos por sus presuntos aliados con una mezcla de miedo y desprecio. Se sabe, por ejemplo, que muchos romanos se burlaban de la tosquedad con que lucían la túnica (era cierto que, en cuanto podían, se la cambiaban por sus pantalones, alegando que con ella resultaba imposible desenvainar la espada o moverse con comodidad). Cabe imaginar las reacciones que los escarnios debieron provocar entre los germanos y la crisis de identidad que probablemente sufrieron tanto ellos como sus familias durante generaciones. Mientras en Roma serían vistos como bárbaros peligrosos, en sus tribus se les tomaría por advenedizos romanizados.

Es posible que sus conciencias oscilasen entre la romanización y la fidelidad a sus raíces. Entre el respeto a sus pactos políticos con el Imperio, beneficiosos para su clan, o la rebelión ante los abusos de poder. Seguramente ambas opciones cohabitaron en las mentes y los ánimos de los germanos, imponiéndose la que convenía en cada momento. Es ilustrativo que los jefes bárbaros que en el siglo V acabaron con el Imperio Romano de Occidente, como Alarico y Teodorico, fuesen al principio importantes generales al servicio de Roma, sin que ello les generase aparentemente ningún conflicto.

La política de alizanzas romanizó a estos germanos en gran parte. Con el oro pagado por sus servicios militares se hicieron construir villas al estilo romano, imitaron facetas de sus modas, sobre todo en lo concerniente a los lujos, compartieron su cultura y acabaron adoptando el cristianismo. Pero asimilaron algo mucho más importante: cómo gobernar. Ante todo, interiorizaron la idea de amplia identidad colectiva que poseían los romanos. Se percataron de que solo las uniones permanentes de pueblos numerosos podían tener posibilidades en el devenir político. Los germanos aprendieron que era imprescindible acabar con la división entre clanes y ampliar las esferas de poder. Terminaron creyendo que eran algo más que aquel conglomerado de pequeñas tribus que poblaban a decenas las tierras al este del Rin.

Numerosos autores afirman que, con ello, los germanos experimentaron un proceso de etnogénesis, de descubrimiento de sus muchos elementos en común como pueblo. Este proceso les dotó de un sentimiento de identidad colectiva y les permitió, al menos en parte, superar ciertas diferencias tribales. No obstante, esto comportaba un sustancial cambio en la manera de gobernar. En eso también fueron buenos alumnos de Roma. Trataron de copiar la fórmula del poder imperial a través de la figura de un rey, que asumía amplias competencias como jefe político y militar, e intentaron apartar poco a poco las elecciones por medio de asambleas de guerreros o notables para instaurar mandatos hereditarios, de linaje.

Este afán de gobernar de forma autocrática topó con muchas resistencias, como se vio en la muerte del propio Arminio. Una cosa era aceptar un líder único en momentos de peligro y solo por un tiempo, y otra distinta aceptar que, sin esa situación de excepción, un jefe ejerciera un poder ilimitado. Estas tensiones entre el poder de la asamblea de notables y los intentos de alguno de sus miembros de instaurarse como rey durarían varios siglos, y serían fuente de graves conflictos internos en los futuros reinos germánicos tras la caída del Imperio Romano de Occidente – sin ir más lejos, los visigodos nunca pudieron superar este tipo de conflicto-.

En la élite gobernante germana se fue consolidando esa doble identidad, esa impresión de pertenencia a dos mundos. Desde el siglo I a.C. hasta el V d.C., el sentimiento dual fue aumentando, como los contactos de todo tipo entre ambas culturas. De hecho, cuando el Imperio de Occidente sucumbió, había en Europa unos pueblos cuyos dirigentes ya hablaban perfectamente latín, eran cristianos y habían asumido el legado cultural clásico como propio, incorporándolo a sus tradiciones germánicas. Esto fue lo que les permitió tomar el relevo con facilidad. Roma, sin percatarse, había ido alimentando e instruyendo a quien la iba a suceder.


Para saber más:

HNG41-21

 

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