Sanidad e higiene

por | 08/04/2016

En Roma, la higiene era un asunto de Estado. El agua, omnipresente en las ciudades, corría en fuentes públicas, en los atrios de los potentados, en el fregadero de algunas tabernas y casas de comidas y, por supuesto, en las termas. La orina se recogía organizadamente para reutilizarla en tareas de

Letrinas en Leptis Magna

Letrinas en Leptis Magna

tintorería y curtido. Las letrinas desembocaban en alcantarillas. Además, estaban expresamente prohibidos los entierros dentro de las ciudades. Para frenar una epidemia, Tiberio llegó a prohibir temporalmente los besos en los labios. Todas estas medidas intuitivas ofrecían a la población una protección contra las epidemias excepcional para la Antigüedad, muy superior a la de muchas ciudades medievales.

No obstante, hay que relativizarlo en gran medida. Esa agua traída de tan lejos alimentaba, como comentábamos, uno de los elementos más característicos de la cultura romana, las termas. Nacidas de las instalaciones que acompañaban a los gimnasios griegos, no tardaron en ser adaptadas con pasión por los romanos, que las hicieron evolucionar hasta convertirlas en los grandes establecimientos termales de la época imperial, dotadas no solo de piscinas con agua a distintas temperaturas, sino también de espacios donde realizar ejercicio físico e incluso de bibliotecas públicas.

Por desgracia, como por entonces no se conocía la purificación del agua, a pesar de la imagen romática que tenemos de ellos, las termas no eran muy salubres. El ambiente caldeado y la falta de ventilación hicieron de las termas un verdadero paraíso para bacterias y hongos, con el consiguiente peligro para la salud. Por otra parte, como el agua no se renovaba constantemente -no podía hacerse, si se quería llegar a calentarla lo suficiente-, las deposiciones de algunos usuarios se iban acumulando en ella día tras día. El agua podía estar tan sucia que el médico romano Celso recomienda no ir a las termas con una herida reciente, porque, “por lo general, acaba en gangrena”. Los romanos, pues, eran conscientes de los problemas causados por el exceso de inmundicia, y pusieron a sus ingenieros a trabajar para atajarla.

Las calles de las ciudades, por su parte, podían ser un auténtico vertedero. Veamos Pompeya, ciudad recorrida y ensuciada -como todas en aquellas fechas- por animales de todo tipo, desde caballos (diez kilos al día de estiércol) hasta humanos (se calcula que los habitantes de esta urbe producían seis millones de kilos de excrementos al año). Porque, al carecer la mayoría de las casas de adecuados servicios sanitarios, los vecinos utilizaban las calles para aliviarse. “¡Cagón, aguántate las ganas hasta que hayas pasado de largo!”, reza un aviso encontrado en Pompeya que explica bien la situación.

Los ingenieros procuraron reducir un tanto esa suciedad al trazar las calles pompeyanas de modo que sirvieran para desaguar el líquido que manaba de las fuentes (estas carecían de grifos). El agua derramada arrastraba parte de los restos por las calles. Si las lluvias eran fuertes, se llevaban con ellas gran parte de los detritos acumulados. Las calles de Pompeya eran una especie de cloacas a cielo abierto.

Pero si la higiene era -o intentaba ser- específicamente romana, la medicina en sí constituía un asunto de importación. Los griegos llevaban la delantera. Fueron ellos quienes introdujeron en Roma la teoría de los humores, la práctica de la anamnesis (observar los síntomas del paciente y tomar nota de su historia clínica) y las principales técnicas quirúrgicas de la época.

La mayoría de la población, desde luego, no podía permitirse los servicios de un médico particular, pero la plebe tenía a su alcance otro invento griego: los templos dedicados al dios Asclepio, Esculapio para los romanos. Eran una mezcla entre lugar de culto y centro sanitario; los más grandes incorporaban dependencias para los enfermos y escuelas de medicina donde se enseñaban, entre otras cosas, las distintas aplicaciones de las hierbas medicinales. Tras completar una serie de lavados rituales, los pacientes pasaban la noche en el santuario. Se suponía que el dios les inspiraría un sueño que, correctamente interpretado con ayuda de los sacerdotes, indicaría el tratamiento a seguir. Si todo esto fallaba o no había posibilidad de peregrinar a un santuario, se recurría a la magia y la adivinación.

Pero la fe del pueblo en estos profesionales no era absoluta. El Philogelos, por ejemplo, una recopilación de chistes de época romana escritos en griego, se mofa por igual de astrólogos y sanadores.


Para saber más:

  • HNG14-25
  • HNG27-21
  • HNG31-68
  • HNG97-56: Las termas de Trajano
  • HNG130-52: Acueductos
  • HyV448-72
  • HyV484-58

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