Segóbriga

por | 12/01/2016

Su nombre, de origen celta, significa “ciudad victoriosa”, pero su mayor victoria no fue militar, sino económica

Segóbriga (Saelices, Cuenca) fue una ciudad rica y bien comunicada, con una calzada que la unía al puerto de Cartago Nova y una élite local dispuesta a financiar imponentes obras públicas. Todo ello gracias a la explotación de un curioso mineral: el lapis specularis, una variedad de yeso translúcido, similar al alabastro, que los romanos empleaban como cristal de ventana y como elemento decorativo.

Apenas se conservan restos del poblado celtíbero que ocupó inicialmente el cerro de Cabeza del Griego. Se sabe que se romanizó a principios del s. II a.C.; un siglo más tarde empezó a amurallarse y a acuñar moneda en la ceca local. No obstante, no fue hasta la época del emperador Augusto que le fue concedida la categoría de municipio romano.

Con este nuevo estatus, la urbe quedaba exenta de pagar tributos a Roma y podía concentrarse en levantar sus primeros monumentos: el teatro, el anfiteatro, el foro, las termas, los templos, … El Imperio fue sin duda la época de máximo esplendor para Segóbriga, cuyo crecimiento urbanístico culminó en el s. I d.C. No resulta sorprendente que sus habitantes rindieran culto a la familia imperial. Se han hallado estatuas dedicadas a Germánico, Druso el Joven y Agripina, entre otros. Todas estas construcciones dejaron poco espacio para los edificios domésticos. Se supone que una gran parte de la población residía extramuros, pero no por ello dejaron de procurarse una vida cómoda.

Tras unos siglos de relevancia, la urbe fue perdiendo estatus poco a poco. No obstante, se sabe que en época visigoda conservaba aún cierta importancia como sede episcopal.


Para saber más:

HyV470-18: La ciudad de las piedras espejo