Sexo y poder

La sexualidad en Roma

La otra loba

Ya en los orígenes míticos de la ciudad, la pasión amorosa tiene un papel protagonista. La diosa Afrodita, o Venus, quedó prendada de Anquises, un irresistible pastor que apacentaba sus ovejas junto a Troya. El fruto de ese rapto de pasión fue Eneas, quien huyó de Troya cuando la arrasaron los griegos y llegó a Italia, donde fundó la ciudad de Alba Longa.

De su linaje procedía Rea Silvia, a quien su tío, el rey de Alba Longa, convirtió en sacerdotisa vestal, cargo que la obligaba a guardar castidad. Con ello, el rey pretendía impedir que, como había anunciado un oráculo, los hijos de Rea Silvia lo desposeyeran del trono. Pero el dios Marte no supo resistirse a su deseo cuando descubrió a la joven sola, y de este segundo coito divino nacieron Rómulo y Remo. Los dos gemelos fueron abandonados a su suerte en las riberas del Tíber por orden del monarca de Alba Longa, pero una loba los rescató y amamantó. Con ello, el relato mítico se convertía en algo más prosaico, ya que se interpretó que la loba era una prostituta (éste era el segundo sentido del término latino lupa) llamada Acca Larentia, que prestaba sus servicios a los pastores de aquel territorio. De esta forma, la prostitución cobraba carta de naturaleza en Roma incluso antes de que Rómulo fundara la ciudad.

Además de amor y prostitución, los comienzos de Roma incluyeron el rapto. En las ceremonias nupciales romanas, la boda en casa de la novia finalizaba con un rapto fingido en el que el marido arrancaba a la recién desposada de brazos de su madre. Tal vez evocaba el rapto de las mujeres sabinas en los primeros tiempos por parte de los romanos, cuando éstos tomaron por la fuerza lo que los vecinos sabinos les negaban por desconfianza. A la batalla que mantuvieron los romanos con los padres y hermanos de las mujeres raptadas y violadas le siguió el acuerdo, y las mujeres sabinas fueron entregadas a los romanos legalmente, como parte de una alianza. De este modo, la posición de las mujeres sabinas adquirió un carácter honorable, como lo era el de la esposa en los matrimonios romanos.

Así surgió la figura ejemplar de la mujer casada y respetable, la matrona, en contraposición al desmedido afán conquistador del varón. La primera se definía por la pudicitia, una mezcla de pudor, sumisión y castidad irreprochable, frente al hombre caracterizado por la virtus, la cualidad del vir (el hombre), definido por el arrojo y el dominio.

El ideal de matrona romana quedo encarnado en la figura de Lucrecia. Violada por el  hijo de Tarquino el Soberbio, último rey de Roma, no pudo soportar la ignominia de haber sido mancillada, y tras comunicarlo a su esposo y a su padre se suició. De la indignación por lo ocurrido surgió la insurrección que acabó con Tarquino y trajo la República. Era el año 509 a.C. El ejemplo de Lucrecia dio lugar a un modelo de matrona casta, abnegadamente dedicada al hilado y tejido, que regía la casa y la vida doméstica y cumplía con la expectativa de otorgar una descendencia legítima a su esposo. Lo que una doncella tenía que aportar a su matrimonio, no era tanto la dote económica -que también-, sino un dechado de virtudes.

Amor y matrimonio

De la matrona se esperaba que engendrara una descendencia legítima, sin sombra alguna acerca de un presunto adulterio. El amor, en cambio, tenía poco que ver con un matrimonio pactado entre el padre de la novia y el marido. A menudo éste era un ciudadano maduro, próximo a la treintena o adentrado en ella, que contraía matrimonio tras heredar la fortuna familiar, mientras que la joven esposa solía ser una adolescente recién llegada a la pubertad. Lógicamente, esta diferencia de edad facilitaba el sometimiento de la mujer, mientras que el marido podía entablar libremente relaciones con las esclavas de su hacienda o con prostitutas de diversas clases.

Además, el antiguo derecho romano incluía severas leyes contra el adulterio que castigaban sólo a la mujer, como recogía Catón a principios del siglo II a.C.: “Si tú sorprendes a tu mujer en adulterio, podrías matarla sin juicio e impunemente; pero ella, si fueras tú el que cometiera adulterio, no osaría tocarte, y además no tendría derecho a hacerlo”. Aunque no hay noticias sobre condenas a muerte, sobre la mujer pesaba la amenaza de repudio por parte del marido con las temidas palabras que recoge Plauto: “Vete de casa, mujer”.

Es difícil saber lo que sentían las mujeres romanas ante una normativa sexual que liberaba al hombre mientras encadenaba a la castidad a la mujer. La literatura parece indicar que predominó la resignación, como muestra el caso de Tercia Emilia, la esposa de Escipión el Africano. Según recoge el escritor Valerio Máximo en sus Hechos y dichos memorables, Tercia “estaba dotada de tanta dulzura y paciencia que, cuando se enteró de que a su marido le gustaba una de sus jóvenes esclavas, supo disimularlo; y tan lejos estuvo siempre de su corazón la venganza que después de que él muriera concedió la libertad a la mencionada esclava y la casó con uno de sus libertos”. La concubina, pues, fue liberada y compensada. Sin embargo, cabe suponer que en otros casos la convivencia entre las matronas y las concubinas o los efebos de sus esposos ocasionó toda clase de conflictos.

Pero el hombre no gozaba de una libertad sexual absoluta. Plauto resumió en dos versos de una de sus comedias el código de lo lícito de lo ilícito en cuanto al sexo para un varón romano: “Con tal de que te apartes de la casada, de la viuda, de la doncella, de los jóvenes y de los menores libres, ama a quien te plazca”. A primera vista, todo parece prohibido, incluyendo cualquier tipo de adulterio y de homosexualidad, pero en realidad no es así. La palabra clave en el pasaje de Plauto es el adjetivo “libres”: solamente los ciudadanos y los nacidos libres son intocables para un varón romano impetuoso.

La prostitución, a la orden del día

En la sociedad esclavista romana los hombres de las clases privilegiadas tenían un amplio campo para satisfacer todas sus pulsiones sexuales. La prostitución era una modalidad del sexo con mujeres no libres. Un autor de mentalidad tradicionalista como Catón el Viejo la aceptaba como un mal menor, como una manera de evitar la tentación sobre las mujeres prohibidas, las libres. En idéntico sentido se pronunciaba el poeta Horacio: “Y tampoco es un muslo más delicado ni una pierna más esbelta por estar entre perlas y esmeraldas, e incluso con frecuencia son más bellos los de una prostituta. Añade a ello que ésta muestra su mercancía sin engaños; claramente te enseña lo que tiene a la venta”.

La prostitución, como el concubinato con esclavas, se convirtió en una alternativa para canalizar las pulsiones sexuales del varón fuera del matrimonio. Las prostitutas no eran sólo esclavas, sino también mujeres libres carentes de medios, que encontraron una solución económica en esta actividad. Aunque por encima de las prostitutas callejeras o las de lupanar hubo codiciadas cortesanas que se ganaron fama y una mejor posición, ninguna obtuvo un prestigio social real.

La diferencia entre libres y no libres se refleja asimismo en la concepción romana de la inmoralidad sexual, el stuprum. Equivalente de actos como el adulterio y la violación, se concebía como una deshonra infligida mediante un acto sexual a un varón o una mujer de condición libre, incluidos niños y adolescentes.

Todo ello está relacionado con otro dato fundamental para comprender la sexualidad romana: la distinción entre el rol activo y el pasivo en las relaciones sexuales. El primero estaba asociado a la virilidad, la pujanza y la dominación, mientras que el segundo sería característico de mujeres, esclavos y dominados. De este modo, se consideraba como de delito de estupro no sólo la fornicación (el adulterio), sino también la sodomía o el sexo oral, puesto que todo hombre libre que asumía un rol pasivo durante la relación sexual quedaba deshonrado en tanto que se rebajaba a un comportamiento propio de esclavos y libertos. Así lo expresaba a comienzos del siglo I d.C. Séneca el Viejo. Este orador escribía: “la impuditicia (pasividad sexual) para un hombre libre es un crimen, para un esclavo, una obligación, y para un liberto, una necesidad”.

Tabués de la antigua Roma

Siempre hay que tener presente que en la antigua Roma, hasta que el cristianismo se impuso en la sociedad, no existía línea divisoria entre homosexualidad y bisexualidad -que es una invención de poco más de un siglo de historia-. En efecto, en Roma el compañero sexual podía ser rechazable desde un punto de vista social o moral no por su sexo, sino por otras dos razones: su condición jurídica (libre, liberto o esclavo) y el rol pasivo o activo que adoptara durante la relación.

La tolerancia sexual era una norma en Roma; sin embargo, existían reglas no escritas que establecían los tabúes que ningún ciudadano libre debía incumplir bajo ningún concepto. A pesar de que el adulterio estaba permitido para los hombres de alta cuna, como ya hemos comentado, éste siempre debía darse con una persona de clase inferior. El sexo entre hombres no estaba especialmente mal visto, pero era una condición esencial que ningún ciudadano libre adoptara el papel pasivo en la relación, hecho que se concebía como una humillación; la pasividad sexual se consideraba un crimen para los hombres, pero constituía un deber ineludible para cualquier esclavo. En el siglo II d.C., el historiador griego Plutarco decía que “para los antiguos romanos no estaba mal visto ni era vergonzoso amar a los siervos de hermosa presencia, pero se mantenían escrupulosamente lejos de los jovencitos libres”.

Este contacto implicaba un tipo de relación sexual, el coito anal, que no tenía cabida en el matrimonio. Así lo recordaba en el siglo I d.C. el poeta Marcial al referirse a los cercanos esponsales: la recién casada sólo “permitirá al marido ansioso” que siga esa vía “una sola vez, mientras teme las heridas de un dardo que es nuevo para ella. Su nodriza y su madre impedirán que esto vuelva a ocurrir y dirán: “Ésta es tu esposa, no un efebo”.

El límite más importante a respetar era el que concernía al sexo oral. La profanación de la boca entrañaba un descrédito personal, pues se trata del canal de comunicación social. Por esta razón, las felaciones estaban muy mal vistas, incluso para las mujeres, y acusar a alguien de fellator era un insulto gravísimo. Por descontando, la situación en la que un hombre realizaba un cunnilingus a una una mujer era el súmmum de los tabúes: renunciar a la actitud dominante en una relación al tiempo que se practicaba el sexo oral.

¡Cuidado con las mujeres!

Durante el Imperio, cuando los escritores latinos empezaron a lamentar cada vez más el relajamiento de la moralidad sexual de las mujeres romanas, las críticas se centraron en la inversión de los tradicionales roles activo y pasivo. En otra ocasión, Séneca escribía que las mujeres, “incluso en el amor, no dejan atrás a los hombres: nacidas para el rol pasivo, han llevado la perversidad hasta el punto de mancillar al hombre”. Se refería al acto de proporcionar placer oral a una mujer, que a los ojos de Séneca parecía tan indigno e inaceptable para el hombre como la sodomía.

El poeta Juvenal trató en muchas de sus sátiras el adulterio femenino. “Tomas mujer y ella hará padre al citarista, o al flautista”, decía. “No hablan más que griego ¿Algo más? Sí: hacen el amor en griego”; es decir, practicaban el coito anal para evitar un embarazo. “A algunas -seguía diciendo- les deleitan los eunucos sin vigor con sus muelles besos y su barba rala: así no necesitan abortivos. Y, con todo, el placer es máximo”. El pasaje hace referencia a los eunucos que, pese a haber sido castrados en su adolescencia, eran capaces de mantener relaciones sexuales con sus amas, sin ningún riesgo de dejarlas embarazadas.

El matrimonio ideal

Si unos criticaban el supuesto relajamiento moral de las mujeres, otros seguían defendiendo la figura tradicional de la matrona. A principios del siglo II d.C., Plutarco escribía en sus Preceptos conyugales: “Este comportamiento, creo yo, es el propio de la dueña de la casa: no debe huir ni disgustarse con tales cosas si las comienza su marido, y no debe tomar ella la iniciativa; pues lo uno es propio de concubinas y desvergonzadas, y lo otro, arrogancia y falta de cariño natural”.

El poeta Marcial, por su parte, recomendaba a la esposa: “Si algún hombre en su vida particular, licencioso y disoluto en relación con los placeres, comete alguna falta con alguna concubina o sirvienta joven, conviene que su mujer no se enoje ni se irrite considerando que su marido, porque siente respeto por ella, hace partícipe a la otra de su embriaguez, libertinaje y desenfreno”.

Métodos anticonceptivos

Como se ha comentado, el sexo constituía una parte importante de la vida de los ciudadanos romanos, y no sólo dentro del matrimonio. Por ello no era extraño recurrir a distintos métodos anticonceptivos para evitar el embarazo en el caso de adulterio o de relaciones con prostitutas; a ello se sumaba el temor de las mujeres al parto, que era causa de una elevada mortalidad. Así, se recurría a procedimientos muy diversos, como el coitus interruptus o el uso de tampones de lana impregnados de sustancias como el aceite rancio de oliva, la miel, la savia de bálsamo o incluso el alumbre, aplicados en el cuello del útero para impedir el paso del semen. Las mujeres también tomaban pociones para evitar la concepción hechas con diversos elementos disueltos en vino, como corteza de sauce con miel, agua de cobre u hojas de calabaza. En el caso de los hombres, Dioscórides se refiere al empleo de productos que se podían beber o untar sobre el glande, como el eneldo, que tenía el efecto de debilitar el esperma; los cañamones, que lo eliminaban, o el nenúfar, que podía reprimir los “sueños venéreos”, es decir, eróticos.


Para saber más:

  • HyV532-33
  • HNG153-46