Sociedad romana

por | 09/03/2016

Índice

Huelga general
Tierra y libertad
Reformas frustradas
Los esclavos: viaje a ninguna parte
Pax romana
Ni libres ni esclavos
Marcados desde la cuna
Educación
Ganarse el pan
Nombres de los romanos

Generales, senadores, aurigas, poetas, césares excéntricos y casquivanas esposas imperiales. Los romanos que protagonizan péplums y novelas históricas representaban, en realidad, menos de 1% de la población. Ya acaparaban casi toda la atención de los cronistas de su tiempo. Pero si uno tenía la suerte o la desgracia de nacer en el territorio romano, lo más probable es que su destino fuera el de un romano del montón, lo que los patricios de la época llamaban un plebeyo. Eso cuando no les dedicaban epítetos tan “cariñosos” como faex (literalmente, heces), un término que aparece en distintos edictos imperiales tardorromanos para referirse sin ningún rubor a un pueblo llano que los últimos césares consideraban chusma.

Plebs significa muchedumbre, y así se dividía, en efecto, la sociedad en los inicios de la república: un pequeño grupo de privilegiados y una gran masa de ciudadanos con escasos derechos, con el añadido de unos pocos esclavos integrados en la vida familiar. La democracia estaba diseñada a medida de la élite patricia. Solo ellos podían ser magistrados, sacerdotes o jueces, y solo ellos tenían derecho a voto en el Senado.

Las asambleas, o comicios, eran el único órgano en que la plebe podía hacer oír su voz, pero todo estaba amañado para que los votos de ésta jamás superaran los de los patricios. A los comicios curiales, los nobles acudían rodeados de clientes, ciudadanos que dependían de ellos económicamente y que votaban sin chistar al candidato que apoyara su patrón. En las asambleas centuriales, las 98 centurias patricias superaban las 95 plebeyas. Y si todo esto fallaba, el Senado podía ejercer su derecho de veto y anular cualquier decisión tomada en asamblea popular.

Los patricios basaban todas estas ventajas en la tradición, pero también en su poderío militar. Hasta el siglo VI a.C. la caballería era decisiva para ganar una guerra, y Roma, recién desvinculada del mundo etrusco y sus monarquías, dependía de la protección de sus nobles caballeros. Pero hacia el siglo V a.C. la forma de guerrear cambió. La infantería se volvió decisiva en las nuevas tácticas militares y los plebeyos, que por fin confiaban en su propia fuerza, empezaron a reclamar mayor protagonismo político.

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Huelga general

Una crisis económica fue el detonante de una imparable carrera de mejoras sociales en la Roma republicana. Corre el año 494 a.C. y los campesinos corrientes están empobrecidos. Generación tras generación han ido dividiendo sus tierras entre sus herederos hasta crear minifundios que apenas dan para comer. Las deudas les agobian y la esclavitud acecha: en caso de impago, el acreedor tiene derecho a esclavizarlos. Por su parte, los patricios necesitan a los plebeyos como soldados, para protegerse de un ataque inminente. Llegan a un acuerdo: a cambio de la ayuda de la plebe en el campo de batalla, se abolirá la esclavitud por deudas.

Pasado el peligro, no obstante, los patricios se desdicen de sus promesas. La plebe reacciona convocando una secesión, la primera huelga romana de la que tenemos constancia. Dejan Roma sin mano de obra, se marchan al vecino monte Sacro y no bajan de allí hasta obtener tres cosas: una asamblea plebeya (el concilium plebis), dos magistrados plebeyos (los tribunos de la plebe) y un templo a la diosa Ceres, regido por sacerdotes también plebeyos. Los nuevos tribunos de la plebe gozaban de inviolabilidad, proporcionaban asistencia legal a las víctimas de abusos judiciales y, con el tiempo, adquirieron el derecho a vetar cualquier decisión del Senado que perjudicara gravemente los intereses de las clases bajas.

El éxito de esta protesta animó a la plebe a seguir conquistando derechos. A mediados del siglo V a.C. se pone por escrito la ley de las Doce Tablas. No es precisamente una legislación progresista: consagra la esclavitud por deudas y el derecho de los padres a vender a sus hijos. Además prohíbe el matrimonio entre plebeyos y patricios. Aun así, se considera todo un logro. Garantiza a los acusados el derecho a un defensor y, lo más importante, proporciona a todos los ciudadanos una norma escrita a la que apelar. Hasta entonces, las leyes se transmitían por tradición oral, por lo que los litigantes dependían de la erudición y la buena fe de los jueces patricios, cuyas lagunas de memoria tendían a favorecer siempre a los de su casta.

Sería un error creer que estos movimientos sociales los instigaban campesinos y artesanos pobres. Tras ellos se escondía la ambición de un nuevo estamento social, los comerciantes plebeyos enriquecidos. Si los primeros querían tierras y condiciones dignas de vida, los segundos aspiraban a obtener los mismos privilegios que los patricios. En 445 a.C. se autoriza por primera vez el matrimonio entre patricios y plebeyos. Un año más tarde se crea el cargo de tribuno militar, abierto por igual a candidatos de alta y baja cuna. Al siguiente aparecen los censores, que clasifican a los ciudadanos según su patrimonio. La jerarquía económica condiciona el ejército: un soldado combate en una centuria u otra en función del equipamiento bélico que sus ingresos le permiten costearse. El dinero empieza a pesar casi tanto como la pureza de sangre.

Una vez consolidadas las instituciones puramente plebeyas, estos potentados cambian de táctica y reclaman cargos hasta entonces reservados a los patricios. Empiezan tímidamente por la magistratura más baja, la de cuestor. A lo largo del siglo IV a.C. sucesivas crisis y secesiones les abrirán las puertas del consulado, la dictadura, la censura y la pretura. En el año 312 a.C. conquistan el último bastión de poder: los senadores plebeyos obtienen pleno derecho de voto en el Senado. Institución que, además ya no puede vetar de manera arbitraria las decisiones tomadas por la asamblea popular. Nace una nueva élite en la que patricios y plebeyos ricos, emparentados entre sí, ya no son tan distintos.

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Tierra y libertad

La república halló un remedio eficaz para contentar también a los pobres y disminuir las tensiones sociales: el expansionismo. Los apuros económicos de los campesinos podían resolverse conquistando nuevos territorios y repartiendo las tierras de cultivo entre el pueblo. A lo largo del siglo IV a.C., Roma fue sometiendo porciones cada vez mayores de la península itálica y otorgando tierras a los desposeídos. El problema era que también las familias pudientes querían ampliar sus haciendas, y su trozo de pastel siempre era mayor. En 367 a.C., una de las leyes llamadas Licinias Sextias trató de meter en cintura a los grandes potentados y fijó en 500 yugadas (125 hectáreas) la extensión máxima de suelo público que podía poseer un particular. Patricios y nuevos ricos se vieron obligados a devolver parte de las tierras recién agenciadas, pero al cabo del tiempo se saltaron la ley tranquilamente.

En un círculo vicioso que parecía no tener fin, la escasez agrícola obligaba a emprender nuevas conquistas para satisfacer las necesidades de los más humildes y evitar revueltas, conquistas que se saldaban con pingües beneficios también para los ricos.

Al principio, la guerra favoreció a los ciudadanos de alta y baja cuna. Además hubo una tercera clase beneficiada, los esclavos locales. La miseria ya no empujaba a los campesinos a vender a sus hijos, y en 326 a.C. se abolió la esclavitud por deudas. A fin de cuentas, las deudas, en plena bonanza, habían pasado a ser anecdóticas, y quien quisiera siervos podía elegir entre abundantes (y baratos) prisioneros de guerra. Entre los más adinerados se puso de moda liberar en masa a los esclavos domésticos de toda la vida. De este modo los convertían en clientes y se aseguraban su agradecimiento, su fidelidad y su voto en las asambleas populares.

Esclava trabajando

Esclava trabajando

Las explotaciones agrarias y mineras, en cambio, se nutrieron de miles de esclavos extranjeros a los que se dispensaba un trato inhumano. Y su tragedia acabó afectando también al campesinado libre. Tras conquistar Macedonia y destruir Cartago, Roma se erigió en dueña absoluta del Mediterráneo, una potencia con materias primas inagotables (que importaba a precios muy ventajosos) y que tenía a su disposición un mercado inmenso donde vender sus manufacturas. Los romanos ya no necesitaban cultivar lo que comían. El trigo que llegaba de las provincias era tan barato que los campesinos locales no podían competir en precio y se arruinaban. Los grandes terratenientes aprovecharon la circunstancia para intimidar a los pequeños y obligarles a malvender sus parcelas. Después no se molestaban en contratarlos como jornaleros en sus latifundios. ¿Para qué, habiendo abundancia de esclavos, más rentables y sumisos? Los desposeídos inundaron las calles de Roma, condenados a vivir de los subsidios que los políticos repartían para ganarse el favor de la plebe.

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Reformas frustradas

A finales del siglo II a.C., varias reformas trataron de devolver la dignidad a los campesinos sin tierra, pero todas fracasaron. El tribuno de la plebe Tiberio Sempronio Graco quiso volver a limitar la extensión de los latifundios y, para proteger la pequeña propiedad, repartió las tierras sobrantes en régimen de arrendamiento: los campesinos podían explotarlas, pero no venderlas. De este modo los grandes hacendados tampoco podrían comprarlas. Esta medida creó un gran malestar entre las clases altas, y Graco fue asesinado en plena asamblea popular. Diez años más tarde, su hermano Cayo Sempronio Graco emprendió una reforma aún más ambiciosa, que también le costaría la vida. A un posterior tribuno de la plebe reformista, Lucio Apuleyo Saturnino, lo liquidarían por idénticos motivos. Fueron tres excepciones en un escenario político que los optimates (como se denominaban a sí mismos los miembros de la nobleza mas tradicional) se distinguían cada vez menos de sus rivales, los senadores y magistrados populares. Estos últimos se apoyaban en la plebe para hacer carrera, pero por lo demás gozaban de los mismos privilegios que el patriciado más rancio, y no mostraban el menor interés en renunciar a ellos.

En cambio, otro colectivo en lucha sí logró hacer realidad sus reivindicaciones. Los italicos no romanos tomaron las armas en 91 a. C. para exigir la ciudadanía romana y sus correspondientes beneficios: derecho a participar en la vida politica, a servir en el ejército y a contar en los repartos de tierras. No pretedian trastocar el orden social de Roma, solamente formar parte de él, y lo consiguieron en apenas dos años de contienda. A partir de entonces, Italia entera sería el epicentro del Imperio.

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Los esclavos: viaje a ninguna parte

Es difícil imaginar un colectivo romano más oprimido que el de los esclavos de finales de la República y comienzos del Imperio, pero éstos no siempre pudieron o quisieron rebelarse. Los urbanos no eran muy rebeldes: esperaban obtener la libertad por medios legales. Las principales guerras serviles fueron organizadas o secundadas por esclavos agrícolas, con diferencia los peor tratados. Las dos primeras estallaron en Sicilia a finales del siglo II a.C., y no por casualidad. La isla era una inmensa plantación en la que los prisioneros de guerra, cargados de grilletes, se deslomaban hasta morir de agotamiento.

La mecánica era siempre la misma: un grupo de esclavos se amotinaba. La noticia corría como la pólvora, otros esclavos y campesinos pobres se unían a la rebelión. Pero, tras sus primeras victorias, el grupo perdía cohesión. Unos ansiaban volver a sus países de origen. Otros aspiraban a fundar un reino propio. Algunos deseaban vengarse de sus amos y ponerlos a trabajar. Los más solo querían la libertad. No anhelaban abolir la esclavitud, sino dejar de ser esclavos. No había ninguna utopía igualitaria, ni siquiera un propósito común, que los mantuviera unidos.

Esa falta de un plan definido pudo ser lo que dio al traste con la más célebre de las guerras serviles, la iniciada por Espartaco en 73 a.C. Tras varias victorias tan sorprendentes como espectaculares contra las legiones, el exgladiador guió a sus hombres hacia el Po con intención de cruzar los Alpes. Allí algo les hizo echarse atrás, ya fueran las propias montañas o disensiones internas. Cruzar Italia hacia el sur y recular otra vez hacia el norte fue su perdición.

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Pax romana

El principado de Augusto, que puso fin a la república y a cuarenta años de guerras civiles, no alteró significativamente la vida de los más humildes. El marco polític0 cambió, pero, en esencia, la estructura social se mantuvo intacta en tiempos de los primeros césares. No hubo movimientos revolucionarios que la cuestionaran, salvo unos pocos motines de esclavos en regiones como Apulia y Calabria, donde las condiciones de vida de éstos eran especialmente malas, o algunos brotes aislados de violencia urbana en épocas de escasez de cereales.

Los principales focos de malestar se trasladaron a las provincias, cuyos habitantes se rebelaban de vez en cuando contra la dominación romana. Pero la propia romanización fue mitigando estos conflictos, a medida que las élites de provincias iban adquiriendo la ciudadanía y veían abrirse ante ellos, poco a poco, las puertas de una brillante carrera politica. En tiempos de Nerón había ya cincuenta senadores de provincias. Con Marco Aurelio, los provinciales superaban en número a los de origen itálico.

Preocupada por mantener el control de un imperio tan extenso, Roma abandonó su politica expansionista y fue estabilizando sus fronteras. El flujo de prisioneros de guerra esclavizados se interrumpió, y sus precios subieron de nuevo. Ya no resultaba conveniente explotarlos hasta la muerte, puesto que no eran tan fáciles de reemplazar. Gradualmente, el maltrato dejó de estar bien visto. Personalidades como Séneca y Petronio reconocían ya que los esclavos eran seres humanos. Las leyes empezaron a regular las vidas de los siervos y a concederles cierta protecclón, aunque precaria. Según ley Petronia, un esclavo solo podía ser arrojado a las fieras con el consentimiento de los magistrados. Claudio prohibió la práctica de matar a los esclavos viejos y enfermos y dispuso que, en caso sus duefios los abandonaran, el Estado se encargaría de alimentarlos. Domiciano prohibió castrarlos. Bajo Adriano, los amos ya no podian ejecutar personalmente a sus esclavos, ni siquiera aunque éstos fueran culpables de algún delito.

Se extendió la práctica de liberar a los siervos hacia los treinta años de edad, previo pago de una cantidad en concepto de manumisién. Así, los amos recuperaban la inversión, renovaban su plantilla con siervos más jóvenes y ampliaban su clientela de libertos leales. Dado que el trato dispensado era mejor, sobre todo en las ciudades, y las perspectivas de obtener la libertad a una edad razonable eran altas, muchos habitantes de provincias, pobres y sin derechos, se vendían voluntariamente como esclavos. Sabían que si lograban comprar su libertad, ellos y hijos obtendrían automáticamente la ciudadanía romana, optarian a un subsidio alimentario y, si tenían suerte, tal vez incluso a una parcela de tierra que cultivar. Servir en el ejército era otro camino para obtener derechos de ciudadanía y un medio de subsistencia. Es difícil decidir cuál de estas dos opciones era peor.

El estigma que acompañaba a quien nacía esclavo o hijo de libertos jamás desapareció. Incluso al hombre de negocios más acaudalado le estaban vedados determinados cargos si su origen no era suficientemente puro. No obstante, la eterna rivalidad entre los césares y el Senado trajo consigo un fenómeno insólito: los libertos e incluso algunos esclavos imperiales podían llegar a ser más poderosos y opulentos que muchos patricios. Narciso, el hombre de confianza de Claudio, o Antínoo, el malogrado amante de Adriano, son dos casos paradigmáticos.

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Ni libres ni esclavos

A partir del siglo III d. C., una crisis económica sin precedentes se cebó en los habitantes del Imperio. Roma hacia aguas por todas partes. Varias epidemias de peste habían diezmado la población, que ya no producía lo suficiente para abastecer las ciudades. Los emperadores se hacían adorar como dioses y competían en megalomanía, pero caían como moscas. Pocos morían por causas naturales, una conspiracién tras otra debilitaba la monarquía, el Senado era papel mojado y el ejército asumía cotas de poder impensables hasta el momento. Constantes escaramuzas fronterizas mantenían a la gente hambrienta y aterrada. Muchas grandes fortunas cayeron, los prohombres municipales ya no podían costear los servicios públicos de sus ciudades, los esclavos huían y formaban bandas de salteadores, porque sus amos ya no los alimentaban.

Por supuesto, las clases bajas fueron las más perjudicadas. Desde el mandato de Caracalla, todos los habitantes libres del Imperio eran ya, formalmente, ciudadanos romanos, pero de poco les sirvió. Las élites acababan de acuñar una nueva categoría jurídica que las distanciaba del populacho. Ellos eran honestiores, los más honrados y, cómo no, los más ricos. Por tanto, merecian toda clase de privilegios. A los humiliores, por su condición inferior, se les aplicaban leyes distintas y podían, por ejemplo, ser azotados y torturados, un trato que hasta entonces estaba reservado en exclusiva a los esclavos.

El Estado, empobrecido y necesitado de recursos para frenar las invasiones bárbaras, no halló otra solución que implantar un control férreo sobre sus ciudadanos. Sobrecargó de impuestos a todos los grupos sociales. A quienes carecían de dinero, se les exigían prestaciones laborales gratuitas. Se congeló toda movilidad social: para paliar la escasez de mano de obra, los oficios se hicieron obligatorios y hereditarios. Si uno nacia herrero, moría herrero y sus hijos también, una norma que prefiguraba los riígidos gremios medievales. Una red de funcionarios cada vez más corrupta recaudaba impuestos oficiales y extraoficiales. En el campo, pequeños propietarios endeudados que habían perdido sus haciendas firmaban pactos de arrendamiento con los grandes hacendados, que les cedían parcelas a cambio de un pago anual. Estos acuerdos, que al principio duraban cinco años, no tardaron en hacerse vitalicios. A cambio, los campesinos eludían los impuestos estatales y obtenían la protección de sus patronos, que se defendían de los bárbaros fortificando sus villas. Un acuerdo prefeudal que ganaría popularidad en los siglos siguientes.

Mientras las condiciones de vida de los esclavos, al menos en teoria, mejoraban gracias a la nueva mentalidad cristiana, los colonos agrícolas se convertían de facto en esclavos, siervos atados a la tierra. A partir del siglo IV, un colono sospechoso de querer abandonar su parcela podía ser encadenado. Se les prohibió ingresar en la Iglesia o el ejército, e incluso casarse con campesinos de otros territorios. Algunas leyes de la época los mencionan como meras “posesiones” de sus respectivos señores. Los esclavos no podían poseer bienes sin permiso; los bienes que adquirían los colonos correspondían, jurídicamente, a sus señores. La diferencia entre libre y esclavo, ciudadano y no ciudadano, dejó de tener sentido. Este caldo de cultivo propició el surgimiento de las bandas de asaltantes conocidas como bagaudas.

Entretanto, las tribus germánicas campaban a sus anchas por amplias partes del Imperio. Ademés de incursiones, había auténticas migraciones. Simplemente, se asentaban donde querían. Paradójicamente, el mismo ejército destinado a combatir a los bárbaros contrató a miles de ellos como mercenarios, de manera que, a ojos del pueblo, unos y otros eran igual de extranjeros. No quedaban razones para sentirse identificado con Roma. El Imperio de Occidente se desintegraba. De sus cenizas surgían ya las bases de la nueva sociedad feudal.

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Marcados desde la cuna

Venir al mundo en un hogar romano  no auguraba una vida larga y próspera. Aproximadamente un tercio de los recién nacidos morían antesdel año y la mitad, antes de cumplir cinco. La esperanza de vida de un hombre rondaba los cuarenta años, la de una mujer apenas rebasaba la treintena, debido a los riesgos del parto. Tan solo un 7% de la población superaba los sesenta; llegar a octogenario no era imposible, pero sí excepcional.

Las posibilidades de perder un hijo eran tan altas que se fomentaba un cierto desapego. Según el jurista Paulo Prudentísimo, el luto por un niño de tres años no debía durar más de tres meses. Pero no parece que todos los romanos le hicieran caso: cartas y epitafios dan fe del desconsuelo de muchos padres.

Con semejante mortalidad infantil, para obtener suficientes adultos productivos se necesitaban muchos bebés. El escritor Columela acosejaba liberar a las esclavas que concibieran más de tres veces, o al menos descargarlas de los trabajos más pesados. En época de Augusto se premiaba a las madres de familia numerosa: las ciudadanas romanas con más de tres hijos se emancipaban de la tutela legal de su padre o marido. Si eran libertas o itálicas no romanas, este privilegio les costaba cuatro hijos, y si vivían en provincias, cinco. Esto subraya otro rasgo importante del mundo romano: los hombres no nacían iguales, y las mujeres, aún menos. El futuro de un recién nacido lo marcaba su posición social. Podía nacer libre o esclavo, ciudadano o provinciano, patricio o plebeyo. La cuna no sólo determinaba sus oportunidades en la vida, sino también su estatus legal.

En realidad, nacer en el seno de una familia adinerada no era suficiente: también había que lograr que el padre lo aceptara a uno como hijo. Deshacerse de los recién nacidos era el método de control de natalidad más eficaz y extendido, y se consideraba completamente lícito. Se conserva una carta muy elocuente de un jornalero a su esposa embarazada: “Te pido y te ruego que cuides de nuestro pequeño”, dice, refiriéndose a un hijo ya nacido. Pero unas líneas más allá da instrucciones sobre el bebé que esperan: “Si es varón, tenlo, pero si es hembra, abandónala”. Los motivos para esta costumbre eran diversos: ahorrarse una dote, quitarse de encima a un hijo con malformaciones o preservar el patrimonio familiar repartiéndolo entre menos herederos. Había quien recogía a estos expósitos, pero no por razones humanitarias, sino para venderlos como esclavos o explotarlos en redes de medicidad.

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Educación

maestro_alumnos¿Cuántos romanos sabían leer y escribir? Los historiadores no se ponen de acuerdo. Unos hablan del 5%, otros del 10%, otros del 20%. Ocho de cada diez romanos vivían en el campo, donde casi todo el mundo era analfabeto. Pero en las ciudades el panorama era muy distinto. Los muros estaban repletos de publicidad: eslóganes electorales, carteles de combates de gladiadores y anuncios de viviendas en alquiler. Había incluso envases de salsa que indicaban el nombre del fabricante. Sin duda, quienes escribían estos mensajes prácticos esperaban que un buen número de gentes los entendieran.

Por supuesto, sólo la élite aprendía filosofía, oratoria y griego clásico, pero los grafitis que adornaban las calles no tenían nada de aristocráticos. De hecho, se parecían mucho a las pintadas de hoy en día: “Phileros es un eunuco”, “Epafra, eres calvo” o “Satura estuvo aquí el 3 de septiembre” son algunas de las inscripciones más inofensivas halladas en Pompeya.

A veces la plebe se burlaba de los intelectuales. En una taberna de Ostia, un mural muestra a siete sabios griegos sentados en una letrina, cada uno con su correspondiente cita filosófica parodiada en clave escatológica. Los soldados solían grabar insultos dirigidos a sus enemigos en los proyectiles que arrojaban con sus hondas, aunque se ignosa si aprendían a leer en el ejército o antes de que los reclutaran. “Voy a por el culo de Octavio”, reza una bala de plomo de finales de la república.

Para los comerciantes era imprescindible manejar pesas, medidas y números. Las grandes transacciones se anotaban. En el mercado, a falta de máquinas registradoras, se contaba con los dedos. Pero no solo hasta diez: los romanos eran capaces de expresar hasta 10.000 números distintos adoptando diferentes posiciones con las manos. Y añadiendo otras partes del cuerpo a este código de signos podían llegar, si era necesario, hasta el millón.

Formación y estatus social no siempre iban de la mano. Muchos de los mejores contables y pedagogos eran esclavos. Tampoco los maestros libres gozaban de gran consideración. Las clases de educación primaria se impartían en la calle, con ayuda de pizarras, tablillas de cera, punzones y piedrecitas (que los romanos llamaban cálculos, de ahí el verbo calcular). Los niños de las clases populares, si estudiaban fuera de casa, lo hacían solo hasta los doce años.

InicioGanarse el pan

La romana era una sociedad fuertemente jerarquizada. En lo alto, la clase senatorial. Después, la ecuestre. En tercer lugar, los llamados ingenuos, ciudadanos nacidos libres, superiores a los libertos. Por debajo, los no ciudadanos y los esclavos.

Los bloques de viviendas en Roma, que podían elevarse hasta seis pisos, reflejaban a la perfección esa pirámide social, solo que al revés. Los más ricos vivían en la plana baja, en pisos amplios y bien decorados; a medida que se subía por la escalera, el hacinamiento aumentaba y menguaban las comodidades. Los esclavos urbanos carecían de espacio propio; dormían en los pasillos, directamente en el suelo. Cada seis meses se renovaban los alquileres: durante esos días era habitual ver familias deshauciadas durmiendo en la calle.

zapateroPara le élite romana, trabajar era de mal gusto. Un senador jamás debía descender al nivel de un comerciante. Catón gestionaba sus negocios a través de complicadas sociedades mercantiles para no comprometer su nombre. Artesanos y soldados, en cambio, estaban orgullosos de su oficio, hasta el punto de que solían alardear de él en sus lápidas.

El salario de un pastor, un peón o un jornalero no bastaba para alimentar a una familia de cuatro, así que mujeres y niños trabajaban para redondear  los ingresos de la casa. La precariedad era enorme. En el campo, una sola mala cosecha ponía en peligro la supervivencia de los campesinos. En Roma, el paro y los trabajos temporales estaban a la orden del día, aunque los ciudadanos siempre podían acogerse al famoso subsidio de cereales que daría pie a la mitad de la expresión “pan y circo”.

Con tanta inestabilidad económica, las deudas constituían la principal preocupación de las familias. En apuros se recurría a un patrón a quien pedir prestado. Los romanos ya conocían algo parecido a los créditos subprime: el interés medio de un préstamo rondaba el 12% anual, pero si el deudor era poco solvente, podía alcanzar el 50%. En caso de impago, el moroso debía responder con todas sus pertenencias, incluyendo la ropa puesta. Y aunque la esclavitud por deudas se abolió en el siglo IV a.C., en época imperial aún había padres que se vendían a sí mismos o a sus hijos, en algunos casos como arreglo temporal hasta saldar la deuda. En tiempos de crisis, la situación se volvía insostenible, estallaban revueltas y los emperadores se veían obligados a otorgar amnistías colectivas de deuda.

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