Tarragona (Tarraco)

La arqueología y la numismática constatan la presencia de un poblado ibérico de los siglos V-IV a.C, identificado con el nombre de Kese, en el lugar donde posteriormente se alzaría Tarraco; no obstante, la ciudad romana sería obra de los Escipiones.

En efecto, durante la Segunda Guerra Púnica, Roma énvió a Hispania a los hermanos Cneo Cornelio y Publio Cornelio Escipión con el objetivo de cortar los suministros del ejército cartaginés de Aníbal que había invadido Italia. Al llegar a Hispania en 218 a.C., los Escipiones convirtieron a Tarraco en un importante centro de operaciones durante la contienda gracias a su posición estratégica y al hecho de que estaba a tan sólo cuatro días de navegación de Roma.

El lugar, además de servir de puerto militar y comercial, servía también de base para los soldados, de forma que surgió primero una guarnición en la parte alta de la colina y una zona de viviendas alrededor del antiguo poblado ibérico, donde más tarde se levantaría el foro de la colonia; ambas zonas pronto se unieron con un recinto amurallado.

La función militar de Tarraco se mantuvo en la época republicana, durante las guerras de conquista del interior de Hispania. Es posible que el propio Julio César concediera a la ciudad el rango de colonia tras la batalla de Munda, (el nombre de Tarraco fue Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco), pero su despegue se produciría por intervención de Augusto, el primer emperador de Roma. El propio emperador residió en la urbe los años 26 y 25 a.C. para dirigir desde allí las operaciones bélicas contra cántabros, astures y galaicos, con cuya sumisión se completó la conquista de Hispania.

La ciudad de Augusto

El paso de Augusto por Tarraco trajo diversas mejoras a la ciudad y su entorno: se consolidó la vía de comunicación con Roma, que a partir de entonces se conocería como vía Augusta, y se monumentalizó el foro de la colonia. Este lugar, situado cerca del puerto y del primitivo asentamiento ibérico, se convirtió en el centro de la vida administrativa, comercial y religiosa de la ciudad. Como todos los foros de la época romana, el de Tarraco contaría con una curia, un edificio donde se reunía el consejo de notables que gobernaba la colonia, y otros edificios administrativos, como el archivo del tesoro. El foro estaba lleno de tiendas en las que se vendían todo tipo de productos, y lo presidía un templo dedicado a la llamada tríada capitolina (Júpiter, Juno y Minerva).

En época de Tiberio se construyó una segunda plaza (forum adiectum) en la que destaca la basílica, sede de la administración de la justicia y lugar de reuniones. Los restos del edificio de tres naves pueden contemplarse en la actualidad. La parte norte es la mejor conservada y cuenta con una gran sala que hacía las veces de tribunal de justicia y estaba presidida por una estatua del emperador. En este entorno podría haberse movido uno de los notables de Tarraco cuya trayectoria política conocemos a través de la epigrafía: Lucio Antonio Saturnino. Saturnino fue primero edil (el magistrado encargado del mantenimiento de los edificios y del orden público), luego fue duoviro (la máxima magistratura del gobierno de la colonia) y, por último, llegó a ser flamen o sacerdote del culto imperial de toda la provincia.

En los primeros años de la época imperial se construye también el teatro, cercano al puerto y al foro de la colonia, que aprovecha, además, un desnivel para apoyar las gradas. Los capiteles y las estatuas relacionadas con la familia imperial que allí se han encontrado hacen pensar en un grandioso edificio del que han quedado restos relativamente escasos. En él, los tarraconenses disfrutarían de comedias, tragedias, mimos y patomimas, y en los momentos de descanso entre las representaciones podían pasar a un área contigua, que posiblemente estaba ajardinada y contaba con una fuente monumental, un ninfeo de grandes proporciones.

La colonia siguió prosperando hasta que en tiempos de la dinastía Flavia recibió un impulso definitivo y adquirió el esplendor que la haría brillar entre las ciuades de Hispania. A partir del año 73, el emperador Vespasiano llevó a cabo una renovación administrativa que daba mayor impulso a las capitales provinciales por medio de la Asamblea provincial, que reunía delegados de las distintas poblaciones de cada provincia.

En Tarraco, este asamblea se reunía una vez al año para elegir a un flamen, el sacerdote que dirigía el culto imperial, y para tratar los problemas importantes. Para acogerla se construyó un imponente foro provincial en la parte alta de la ciudad que fue el asombro de los representantes de las trescientas poblaciones importantes que formaban parte de la Tarraconense. Con este nuevo recinto monumental, la ciuad quedó dividida en dos sectores claramente diferenciados, separados por el edificio del circo construido en tiempos de Domiciano (que gobernó el Imperio entre los años 81 y 96). La parte alta de la ciudad constituía el sector administrativo, que se organizaba en dos grandes terrazas situadas en niveles distintos: la parte superior albergaba el recinto dedicado al culto imperial, mientras que en la inferior se levantaba el foro provincial. En cuanto a la parte baja de Tarraco, se dedicó a sector residencial.

Los edificios para espectáculos estaban presentes en toda colonia romana. El más importante de Tarraco era el circo, que por su situación dentro de la ciudad tenía unas dimensiones menores que los de otros lugares del Imperio. Se estima que podía albergar a más de 20.000 espectadores, pendientes de las evoluciones de sus aurigas favoritos, encuadrados en alguno de los cuatro equipos tradicionales: verdes, blancos, rojos y azules.

Aurigas y gladiadores

Conservamos la memoria de Fuscus, un famoso auriga de la facción azul, al que sus admiradores erigieron en Tarraco un ara en el siglo I o II d.C. En ella grabaron lo que sentían por su héroe: “¡No hay nadie como tú! ¡Siempre se hablará de tus carreras!”. Otro popular auriga del que tenemos noticia es Eutyches, cuya inscripción nos dice que murió de enfermedad a los 22 años. En su epitafio se queja amargamente de que no tuvo la oportunidad de conducir carros de cuatro caballos (cuádrigas), tras haber competido con éxito con los de dos (bigas). Los crueles e inexorables hados tuvieron envidia de su juventud y malignos ardores abrasaron sus entrañas sin que los médicos pudieran hallar remedio a su mal. El final del epitafio es una sentida súplica dirigida a quien pase junto a su tumba: “Te ruego, caminante, que esparzas flores sobre mis cenizas; tal vez tú fuiste uno de mis seguidores mientras vivía”.

Otro lugar de diversión de los tarraconenses era el anfiteatro, construido extramuros a comienzos del siglo II, donde podían acomodarse unos 14.000 espectadores. La pasión por los combates de gladiadores debió de ser similar a la que sentían por las carreras, aunque no hayamos encontrado testimonios escritos de ello. Sentados en el graderío, según la clase a la que pertenecía cada cual, todos se encandilarían con las luchas de gladiadores, que antes del combate se encomendaban a Némesis para conseguir la victoria sobre su oponente o, al menos, para que el público les perdonara la vida si eran derrotados.

Una activa vida social

La imponente presencia de grandes monumentos públicos como los foros, el teatro, el circo y el anfiteatro no debe hacernos olvidar a la gente que vivía en la ciudad. La parte residencial ocupaba el sector inferior de Tarraco y se disponía en un trazado reticular, con calles que se cortaban perpendicularmente dando lugar a manzanas de viviendas. A pesar de que se conservan pocos restos de tales construcciones podemos decir que en Tarraco coexistían los dos tipos de viviendas presentes en las urbes urbanas: las casas unifamiliares de los grupos acomodados, que seguían el esquema de la domus romana, y los edificios de pisos conocidos como insulae, con peores condiciones de vida. Los restos de un complejo termal, de la sede de una corporación de obreros de la construcción y las referencias epigráficas a templos como el de Tutela o el de Minerva, hablan de la intensa vida social que se desarrollaba en la parte inferior de la ciudad.

Aquí habrían vivido Sulpicio Primitivo y su esposa Baebia Ursina, a la que califica de dulcísima en su epitafio, o Lucio Vibio Alcinous, que se enamoró de su esclava Felícula y le concedió la libertad y se casó con ella. La existencia del maestro de gramática Fabio Demetrio y del compositor de mimos Emilio Severiano son un ejemplo de la actividad cultural que se desarrollaba en Tarraco.

La crisis

Durante todo el siglo II d.C. Tarraco vivió una época de esplendor económico y político que se tradujo en la edificación de numerosas construcciones por iniciativa de las clases más acomodadas. Así, un flamen (sacerdote del culto imperial) financió la construcción del anfiteatro, consciente de la popularidad que podría ganar al ofrecer a la ciudad un nuevo entretenimiento.

Pero desde finales de este siglo, Tarraco sufrío la crisis política, social y económica que azotó a todo el Imperio. Le afectó la lucha por el poder a la muerte del emperador Cómodo, cuando el gobernador de la Tarraconense y otros ciudadanos prominente tomaron partido por Clodio Albino, que fue derrotado por Septimio Severo.

Esta crisis tuvo una consecuencia trágica: el saqueo de la ciudad por los francos, entre 259 y 262. Los bárbaros arrasaron buena parte de la urbe, de sus murallas y de las villasa rurales de la zona, y Tarraco nunca pudo recobrarse por completo del golpe.