Tipos de ingenieros

por | 11/04/2016

Atendiendo al vocabulario latino, por el Imperio pulularon muchos tipos de ingenieros. En primer lugar, nos encontramos con el topógrafo, que se dedicaba a calcular las superficies para dividirlas en parcelas o para marcar el recorrido de las calles de una ciudad, y que aparece mencionado en los textos como agrimensor, o gramaticus.

Luego estaría el mensor, que como parte de una legión, proporcionaba información práctica sobre el terreno al comandante y disponía las trazas de los campamentos. Comparte nombre con otro mensor, el también llamado librator, cuya función era estudiar el suelo para ver si era posible, y dónde, erigir acueductos, puentes, vías, etc.

Quien se encargaba de convertir estas obras en realidad era el architectus, diseñador y constructor de todos esos elementos, incluidos edificios como basílicas, baños o villas.

Finalmente, los textos nos hablan de un tipo muy concreto de ingenieros, los machinatores, que eran quienes pensaban y fabricaban las máquinas con las que los romanos tanto levantaban sillares a grandes alturas como lanzaban proyectiles contra el enemigo durante el asalto a una fortaleza.

La división es un tanto artificial, porque resulta difícil de imaginar que el ingeniero al frente de un acueducto no fuera personalmente a recorrer el terreno y ver los problemas a los que tendría que enfrentarse fiándose para ello exclusivamente de los informes presentados por un topógrafo. Por otra parte, las fuentes son claras: durante la Antigüedad los ingenieros fueron muy polifacéticos, y a menudo se encargaban de construir todo aquello que fuera necesario, reuniendo en sí mismos las facetas de diseñadores y topógrafos.

Es indudable que la especialización existía, y que el ingeniero de una legión tenía mucha más práctica en levantar murallas o fabricar máquinas de asedio que en erigir un edificio. Pero, terminado su servicio activo, no tendría muchos problemas en aplicar sus conocimientos a un puente, si se lo encargaban.

El mejor ejemplo lo tenemos en uno de los pocos ingenieros romanos que conocemos por su nombre, Vitruvio. Durante su servicio militar realizó armas de asedio, pero al reintegrarse al mundo civil construyó, que sepamos, una basílica en Fanum Fortunae. Otro caso del carácter polivalente de los ingenieros romanos es la obra de Apolodoro de Damasco, responsable del Foro, el Odeón, el Gimnasio y la columna de Trajano en Roma, así como del puente de este emperador sobre el Danubio durante la campaña de Dacia.

Hay algún ejemplo más, pero son excepciones, porque si bien se conocen las estelas de las tumbas de algunos ingenieros, por lo general su trabajo es anónimo. En un mundo donde el nombre lo era todo, quien pagaba una obra la bautizaba con el suyo, a no ser que la labor del profesional fuera de tal relevancia que mereciera reconocimiento por ello. Es el caso de un topógrafo militar llamado Nonio Dato, a quien los administradores de la ciudad de Saldae (Bujía, en Argelia) llamaron desesperados en 150 d.C. El propio Dato explica en qué consistió su misión en un texto hallado en el campamento legionario de Lambaesis (también en Argelia): “Fui a Saldae y me encontré con Clemente, el procurador, quien me llevó a la colina donde se quejaban de la pobre calidad del trabajo en el túnel (que llevaría el agua a la ciudad). Parece que estaban pensando en abandonarlo, porque la longitud excavada era mayor que el ancho de la colina. Resultaba evidente que el rumbo había divergido de la línea recta …”. Dato se encargó de solucionar el desvío y la obra pudo terminarse.

 

 

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