Toma de una ciudad

por | 01/09/2016

En algún momento la legión terminaba presentándose ante los muros de la capital enemiga o de alguna otra población de importancia que hubiera por el camino. Por lo general, los ejércitos eran ambivalentes en lo que a asedios se refería. Por un lado, el saqueo de una ciudad grande y rica solía aumentar considerablemente el saldo del fondo de pensiones. Por otro, los riesgos eran tales que el fondo de pensiones podía terminar resultando completamente superfluo. Los asedios eran arriesgados, incómodos e inciertos (y mortales de necesidad si los dirigía un comandante incompetente); no hay que olvidar que un asedio le costó la vida a uno de los nietos de Augusto y que el ayudante de Tito fue abatido justo cuando se encontraba junto a él durante la guerra de Judea. Si unos personajes tan importantes corrían riesgos tan serios es fácil imaginarse la tasa de mortalidad entre los soldados rasos.

Preliminares
Negociación e intimidación

Los generales intentaba, en general, tomar las ciudades intactas, porque así éstas podían empezar a contribuir con el fisco romano inmediatamente, sin necesidad de emprender una reconstrucción (ni una repoblación). I.as reparaciones 0 rescates que pagaba la ciudad iban a parar directamente al comandante y al tesoro de la legión, por lo que los soldados no obtenían nada. Era importante que, mientras se desarrollaban las negociaciones, los habitantes pudieran ver con sus propios ojos lo que les esperaba si no se rendían. Asi que, mientras el general mantenía  conversaciones de paz, la legión, de manera bien visible, se mantenía ocupada prepárandose para la guerra.

Los procedimientos de intimidación no solían ser nada sutiles; por ejemplo, para hundir la moral de los defensores de Praeneste en el 82 a.C., Sila expuso las cabezas empaladas de los generales enemigos sobre las líneas de asedio.

Construir y cavar

Los asedios precisan bravura, pero también ingenieros y albañiles. Durante esta fase, el legionario no blandirá su espada, sino su dolabra, y en lugar de con su escudo irá cargado con canastas de tierra y con grandes postes de madera. Esta madera estaba destinada a la construcción de torres de asedio, piezas de artillería pesada y no sólo el campamento habitual, sino toda una serie de campamentos alrededor de la ciudad sitiada, unidos por murallas, terraplenes y trincheras. Si la ciudad esperaba la llegada de refuerzos se construía otra línea defensiva mirando al exterior para impedir la entrada de éstos.

Las obras del sitio progresaban a velocidad vertiginosa: cuando hay miles de trabajadores cualificados haciendo turnos (los que no estaban trabajando en un momento determinado estaban protegiendo a los que sí lo estaban) pueden construirse siete u ocho kilómetros de muro en menos de una semana.

Podemos considerar dos ejemplos: Numancia,  donde Escipión ordenó la construcción de un muro y 7 campamentos alrededor de la ciudad que consiguió aislarla y propiciar su captura, y Alesia, donde los legionarios tuvieron que luchar en ocasiones espalda contra espalda para desbaratar ataques simultáneos de los sitiados y de los que intentaban romper el cerco.

Muro y contramuro

Si el enemigo tenía un buen comandante, intentaba construir contramuros, que corran perpendiculares a los muros construidos por los sitiadores, lo que hacía que rodear una ciudad resultara mucho más difícil. Esta fue la estrategia seguida por Pompeyo cuando César intento sitiarlo durante las guerras civiles del 49 a. C. César se vio obligado a construir alrededor de las extendidas fortificaciones de Pompeyo hasta que su ejército estuvo tan estirado que Pompeyo pudo romper el cerco con facilidad.

Si se esperaba que el asedio fuera largo, el comandante intentaba que nadie pudiera abandonar la ciudad: cuantas más bocas hubiera que alimentar, antes se impondría el hambre entre los sitiados. En Alesia, los defensores evacuaron a todo el mundo, exceptuando a aquellos que estaban en condiciones dc luchar. César, que ya había sitiado la ciudad, se negó a dejar pasar a esta masa dc mujeres, niños y ancianos. Al final, estos desgraciados, atrapados entre sitiadores y sitiados, acabaron muriendo víctimas de la intemperie.

Los muros de los sitiadores no sólo servían para impedir la salida de los sitiados, sino también la entrada de alimentos. De hecho, es incluso posible que los legionarios fueran empleados para desviar el curso habitual del río y evitar así que siguiera surtiendo de agua a la ciudad.

Tozudez y rendición

Era frecuente que los habitantes se rindieran rápidamente a la vista de estos preparativos. Algunos comandantes permitían la rendición de una ciudad hasta que el primer ariete golpeaba sobre las murallas; a partir de ese momento, era una lucha a muerte , sin cuartel.

Quienes se rendían pronto podían ser tratados con cierta compasión. Una defensa larga y heroica probablemente acababa oon la aniquilación de los defensores. Y la de sus padres y esposas. Y la de sus hijos. Y la de sus perros y su ganado. Cuando Sila conquisóo Atenas tras un largo y amargo asedio en la década de los 80 del siglo I a. C., la sangre corría por los canalones de las calles en tal cantidad que acabó formando un riachuelo que bajaba por las puertas de la ciudad.

La arrogancia y la tozudez dc los romanos tenían un enorme valor psicológico. En el 73 d. C. las legiones arrasaron la “invencible” fortaleza de Masada, en Judea, en lugar de esperar a que el enemigo se muriera de hambre, sólo para
demostrarle a todo el mundo que podían hacerlo. La guarnición de cierta ciudad fanfarroneó con que tenían reservas de víveres para diez años, pero aun así se rindieron cuando oyeron que el comandante del asedio comentaba de
pasada que estaba a punto de mandar un informe al senado en el que se preveía la conquista de la ciudad en once.

Primeros disparos
Artillería

Tipos

Si la guerra psicológica no era suficiente, la artillería entraba en acción. Cada legión contaba con una selección de ballistae y catapultas. Algunas, como el escorpión, eran arcos gigantes, mientras que otras estaban diseñadas para lanzar piedras de distintas tallas, desde el tamaño de una cereza al de un melón, o incluso mayores.

Había dos tipos de pieza de artillería: de contrapeso y de t0rsión. Las de contrapeso, como su propio nombre indica, requerían de la caída de un enorme peso situado a un lado de un travesaño para impulsar el extremo menos pesado y lanzar el proyectil alojado en éste hacia las alturas. Las de torsión empleaban las dos sustancias más elásticas conocidas en aquel momento: los tendones de animales y el cabello humano. Éstos se trenzaban para formar gruesas cuerdas que le daban al arco una tensión extra. Dependiendo de su diseño, estos arcos podían disparar flechas incendiarias (una a una o varias docenas a la vez) o piedras. Los artilleros se habrían puesto a la tarea en el mismo momento de iniciarse el asedio, por lo que al lado de las catapultas había pilas de piedras redondeadas, cuidadosamente trabajadas para que tuvieran el tamaño y el peso apropiado.

Propósito

La artillería tenía el objetivo general de desmoralizar a los sitiados , y el específico de despejar las murallas de enemigos antes de iniciarse el asalto.

La artillería más ligera era antipersonal, y causaba una considerable impresión entre aquellos que la experimentaban por vez primera. Josefo, el defensor de la ciudad judía de Jotapa, recordaba cómo un misil bien tirado le arrancó a un hombre la cabeza de cuajo, y se la llevó prendida hasta el otro lado de la ciudad. Finalmente, la potencia de la artillería romana obligó a los defensores a abandonar completamente los muros de Jotapa.

Primera contramedida: la salida

Para resultar efectiva, la artillería debía de estar situada a menos de 200 metros de los muros. Por ello, lo que más temían los artilleros era la posibilidad de una salida de los defensores que, si les pillaba desprevenidos, ocasionaba que la afinada maquinaria de asedio fuera destruida. Además, después, los sobrevivientes, tenían que enfrentarse a la ira de su comandante, que podía ocasionar más daños -personales- que la propia salida.

Segunda contramedida: la honda

Curiosamente, la honda es un arma a la que habitualmente no se le da en los tiempos modernos mucha importancia como no sea un párrafo de pasada del tipo “y honderos mercenarios”.

Sin embargo, los honderos, muy vulnerables durante una batalla campal, eran muy utilizados y muy bien aprovechados, en los asedios, especialmente por parte de la ciudad sitiada. Sus proyectiles de plomo en forma de huevo podían causar un daño considerable aunque el blanco llevara puesta la armadura, y si impactaban sobre carne desprotegida ésta se cerraba sobre el proyectil, haciendo que su extracción resultara horriblemente sangrienta y dolorosa. Los honderos lo sabían, y frecuentemente escribían sobre el proyectil qué parte del cuerpo pretendían destrozar son sus disparos. Se han hallado numerosos proyectiles con mensajes escritos del tipo “te va a pasar algo malo malísimo” o, más personalizado, se ha encontrado un proyectil dirigido por las fuerzas de Marco Antonio contra las de Augusto en el que se puede leer “Octavio, te lo voy a meter por el culo”.

Como anécdota, en una ocasión, dos honderos infiltrados en una ciudad sitiada descubrieron que la mejor forma de comunicar sus descubrimientos a sus aliados romanos del exterior, era escribiéndolos en los propios proyectiles  y lanzándolos a la vista de todo el mundo.

Tercera contramedida: fuego

Desde las murallas se disparaban, si era posible, flechas incendiarias, es decir, flechas con tiras de tela empapada en pez ardiendo prendidas en la punta, para tratar de reducir las armas de asedio a cenizas. Los sitiadores, a su vez, respondían lanzando vasijas llenas de material incendiario sobre las murallas, para quemar la ciudad. Los defensores
extendían grandes velas de tela mojada para intentar atrapar y repeler las bolas dc fuego que pasaban sobre las murallas, y los sitiadores, a su vez, cubrían los vulnerables ingenios de asedio con pieles húmedas para evitar que ardan.

Túneles

Propósito

Mientras tanto, es muy posible que bajo tierra se esté librando una guerra aún mas horrible. Ser destinado a la excavación de túneles hace que el resto de los aspectos de un asedio parezcan alegres en comparación. La idea es la de cavar un túnel hasta llegar justo debajo de las murallas enemigas. Una vez allí, los mineros desmantelaban los cimientos y los sustituían por postes de madera. Finalmente, los zapadores incendiaban estos postes y se retiraban. Si todo iba bien, el muro —repleto dc defensores— se desplomaba justo antes de la llegada de los asaltantes, que podíaan penetrar fácilmente entre las ruinas.

Primera contramedida: antipersonal

Si el enemigo descubría lo que estaba ocurriendo las cosas podían ponerse feas. Esto podía hacerse golpeando el suelo justo al pie de la cara interna de la muralla con un escudo de cobre fabricado con una forma muy concreta. El sonido indicaba si el terreno no era tan sólido como debería. Una vez se conocía la posición aproximada de la mina enemiga se iniciaba la excavación de una contramina. Así, además del constante peligro de desplome y asfixia, los zapadores también se enfrentaban a la posibilidad dc un combate subterráneo contra defensores bien armados. Muchas veces ni siquiera bajaran ellos mismos a la contramina, sino que enviaban (por ejemplo) un jabalí rabioso o un par de nidos de avispas. Como alternativa, también podían llenar de humo el túnel de los zapadores para que se asfixiaran dentro. (Ver esta noticia)

Segunda contramedida: lunetas

Incluso si la excavación de un túnel tenía éxito, podía ser arruinada con la construcción de una nueva muralla tras la sección destinada al derribo. A esas murallas se les llama lunetas. Estaban curvadas, en forma de media luna, para ofrecer una mejor línea de tiro contra la vanguardia y los flancos de la partida de asalto que acudía con la perspectiva de pasar limpiamente entre las ruinas de la muralla original.

Maquinaria contra los muros
Arietes

Además de atacar las murallas, se podía intentar derribar las puertas empleando arietes. Estos eran bastante burdos, y debían estar preparados para recibir el impacto de objetos pesados lanzados desde lo alto dc las murallas.

Josefo los describe de la siguiente manera: “Se trata de una viga muy grande, parecida al mástil de un navío. Su extremo tiene una espesa cubierta de hierro en forma de carnero, de donde toma su nombre este artefacto. Por el medio estaba colgando con unas cuerdas, como en una balanza, de otra viga, que se apoya, a un lado y a otro, en dos postes bien sujetos en el suelo. Es arrastrado hacia atrás por una gran cantidad de hombres, que de nuevo, todos a la vez, le empujan hacia delante y así golpea contra los muros con el hierro que sobresale por delante“.

Contramedidas

Cuando un ariete se dirijí contra la muralla, los defensores trataban de hacer descender almohadillas para proteger la sección del muro que estuviera siendo atacada, y también dc atrapar la cabeza del ariete con sogas. El legionario que se salía del blindaje del ariete para retirar estos obstáculos se convertía en blanco fácil para los defensores.

Rampas de asalto

Si ni los arietes ni las minas funcionaban, el general podía intentar construir una rampa de asalto, como la que se hizo en el asedio de Masada. Ésta era básicamente una larga rampa construida a lo largo de la muralla enemiga. La rampa perfecta estaba construida con troncos colocados alternativamente en posición perpendicular y transversal, con los espacios intermedios rellenos de tierra. Los maderos fijaban la tierra al terraplén, mientras que la tierra impedía que los troncos ardieran.

Contramedidas

El truco para contrarrestar las rampas de asalto era tratar de abrir minas por debajo de ellas, y extraer los troncos y la tierra de la base tan rápido como los constructores los ponían por encima. Si la rampa se alzaba justo junto al muro, esto también podía hacerse abriendo un hueco en el mismo para poder acceder a la base de la rampa. En ocasiones, los mineros no derribaban la rampa hasta que el general enemigo hacía subir las catapultas o una partida de asalto por la rampa, para así llevarse también por delante todo lo que hubiera encima.

Asalto a los muros

Llega por fin un momento en que hay un primer asaltante en llegar a lo alto de la muralla; este legionario recibe automáticamente un premio (la corona muralis), pero a no ser que sus compañeros lleguen a ayudarlo rápidamente, no va a poder gozar de ese reconocimiento. Generlamente, para alcanzar la cima de la muralla se emplean dos técnicas.

Escalas

A la hora de sobrepasar los muros de una ciudad enemiga había que hacer uso de dos conocimientos: la trigonometría básica y la regla del 12:10. La trigonometría se usa para calcular la altura de la muralla (midiendo la longitud de la sombra de la misma. Una vez que la altura de las murallas ha sido determinada, se usa la regla del 12:10 para establecer la longitud que deben tener las escalas: 12 codos de longitud por cada 10 codos de altura de la muralla. No hace falta explicar que una escala que se quede corta por dos metros es completamente inútil, pero quizás no sea tan obvio que una escala demasiado larga puede ser incluso peor. Lo ideal es que las escalas queden más o menos treinta centímetros por debajo de la cima de la muralla. Si es más larga, el defensor podría empujarla cuando estuviera llega de atacantes.

Al mismo tiempo, el equipo de combate completo pesaba mucho. Si se intentaba colocar una escala que fuera demasiado larga a la distancia justa sobre el muro dándole mayor inclinación es muy probable que se partiera por la mitad cuando estuviera cargada de legionarios que caerían al suelo.

Torres de asedio

Estas monstruosidades -algunas llegaban a tenera la altura de seis pisos- eran equivalentes a edificios acorazados con ruedas. En la parte superior se apiñaban artilleros, arqueros y honderos cuya misión era conseguir que no quedara ningún defensor en los parapetos para cuando los legionarios que habían empujado la torre hasta las murallas subieran por las escaleras para acabar de ocuparla.

Debían ser resistentes al impacto de chorros de aceite hirviendo, flechas incendiarias y proyectiles de catapulta. Todas estas medidas de protección podían, sin embargo, resultar inútiles si el enemigo había desviado el río de la ciudad y creado un lodazal justo enfrente de las murallas o bien había excavado una mina para conseguir que uno de los lados de la torre se hundiera en el terreno, derribándola.

Conclusión

Por todas las circunstancias comentadas, es fácil suponer que cuando los legionarios conseguían tomar una ciudad se hallaran realmente fuera de sí y poseídos por una furia homicida. Durante el saqueo de una ciudad se producían escenas realmente terribles, pero el general, habitualmente, dejaba rienda suelta a sus hombres durante unas horas o unos pocos días para conseguir que se desfogaran (y porque, además, no le iban a hacer caso) antes de restaurar la disciplina.

Después venía un saqueo muy metódico. Normalmente, los escasos supervivientes eran capturados y vendidos como esclavos. El botín se reunía para ser distribuido equitativamente más tarde.

Ejemplo: cuando el ejército romano de Julio César tomó Avárico en el año 52 a.C., de unos 40.000 habitantes que podía tener la ciudad sobrevivieron ochocientas personas.

Dice Polibio: “Con la orden de matar a todo el mundo que encontraran, sin perdonar a nadie; no podían lanzarse a coger botín hasta oír la señal correspondiente. Creo que la finalidad de esto es sembrar el pánico. En las ciudades conquistadas por los romanos se pueden ver con frecuencia no sólo personas descuartizadas, sino perros y otras bestias“.

 

 

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