Trajano

por | 13/01/2016

De Occidente a Oriente

Marco Ulpio Trajano nació en el año 53 en Itálica (Santiponce, Sevilla), municipio situado en la fértil provincia hispanorromana de la Bética. Hoy se discute si la familia del futuro emperador pertenecía desde el principio al clan Ulpio o si se integró en él una o dos generaciones antes de su nacimiento. El caso es que su padre, llamado como él, fue el primer pariente directo que alcanzó el rango senatorial. Logró esta promoción al patriciado romano, la clase dirigente del Estado, por méritos militares adquiridos precisamente durante la infancia y la adolescencia de Trajano.

Éste no tartrajanodó en beneficiarse de la influencia paterna en el Imperio. Sus primeros pasos los dio a la sombra de su padre antes de los veinte años. Fue en una provincia muy atractiva para un joven que quisiera hacer carrera en las fuerzas armadas: en Siria, vecina de Judea y de otros focos conflictivos del frente oriental. Allí se le confió un tribunado militar, la magistratura inicial de una larga serie.

Por la misma época, en la década de 70, Trajano se casó con la que sería su esposa hasta la muerte, Pompeya Plotina, también perteneciente a la nobleza de provincias, oriunda de la Galia Narbonense. Se trató de un matrimonio de conveniencia. Los cónyuges eran familia lejana, nunca tuvieron hijos y, debido a los incesantes compromisos bélicos y políticos de Trajano, convivieron sólo breves períodos. Él era un guerrero clásico, al estilo de Alejandro Magno, a quien admiraba, y prefería las borracheras y los amoríos con camaradas o con efebos al delicado y misterioso mundo femenino. Con todo, no podía haber elegido una compañera mejor. Plotina, cultivada, austera y discreta, era una pareja excelente para un hombre ambicioso como él, que por lo demás se correspondía con el ideal romano de virtud viril.

Severo, justo y prudente en los asuntos militares y de gobierno, Trajano exhibía un espléndido sentido del humor cuando se encontraba en confianza. Sus generales apreciarían, años más tarde, los modales campechanos del Emperador, y los legionarios rasos que no se tomara a mal las parodias que improvisaban sobre sus juergas y sus aventuras. El futuro césar podía tender a veces a la ira, pero también sabía disculparse por haberse excedido en un arrebato. Una vez coronado, se enorgulleció de haber tratado siempre con rectitud a los enemigos derrotados, de no haber obligado jamás a nadie a compartir su lecho y de haber prohibido obedecer sus órdenes cuando estaba ebrio. Estas cualidades no pasaron inadvertidas en su entorno. De ahí que cuando alcanzó la treintena, fuera nombrado uno de los tutores del pequeño Adriano, un niño despierto, pariente suyo, compatriota de Itálica y algún día su sucesor.

Ante todo, un soldado.

En el apartado militar, se otorgó a Trajano la jefatura de una legión, la VII Gemina, con cuartel en la Hispania Tarraconense. Su impecable hoja de servicios le valió después una misión de alto riesgo: debía marchar a Germania para neutralizar la insurrección de Lucio Antonio Saturnino, un general que se había proclamado emperador.

Trajano no sólo desarticuló por completo el levantamiento. Además realizó un brillante papel en la guerra que el emperador Domiciano libraba contra los germanos del Rin y el Danubio. Tan valiosa fue esta labor para los planes del César que concedió a Trajano un consulado, el máximo cargo ejecutivo de la República y todavía muy prestigioso en el Imperio. Siguieron a este cargo de duración anual, otros dos, de índole regional. Primero el gobierno de Mesia Inferior y luego el de Germania Superior.

En la capital de este último distrito, Moguntiacum (Mainz), Trajano recibió una noticia que cambiaría su vida y la de millones de ciudadanos. Se la comunicó su joven pupilo Adriano, entonces itinerante por las guarniciones de la frontera. El nuevo césar, el anciano senador Nerva, lo había adoptado, asociándolo al trono.

El clan de los hispanos

Desde ese momento, Trajano podía considerarse corregente de Roma. Por lo pronto recaían en él dos títulos reservados a los césares: la dignidad de Imperator, con las más altas competencias civiles, jurídicas y militares, y la potestad tribunicia, que llevaba aparejada la inviolabilidad de su persona.

La designación de Nerva no era gratuita. Sesentón, sin hijos y representante de una clase senatorial profundamente detestada por ciertos sectores del ejército, el viejo político necesitaba aliarse con un dirigente respetado por las fuerzas armadas. Nerva ya había sufrido un intento de golpe de estado por parte del legado en Siria, e incluso humillaciones de la guardia pretoriana.

Trajano, de probada lealtad al desaparecido Domiciano (autocrático, pero bien relacionado con la milicia), se había demostrado soldado intachable en Siria, Hispania y Germania, victorioso como general, administrador eficaz y moderado en sus amistades políticas. Aparecía como el candidato ideal para que Nerva pudiera regir en paz y esa estabilidad se transmitiera a la generación siguiente.

En la elección pesaron, además, las negociaciones efectuadas por lo que en Roma se llamaba informalmente el clan de los hispanos. Integrado por el nuevo asociado al trono, por su comandante Adriano o, en la propia capital, por el general tarraconense Lucio Licinio Sura (mentor de Trajano ante Nerva), el grupo ibérico formaba un lobby en alza. La evidencia rotunda de su importancia política fue la adopción imperial de Trajano. Era la primera vez en la historia que un provincial volaba tan alto.

Concordia

Nerva falleció en Roma a comienzos de 98. No obstante, Trajano retrasó casi un año su llegada a la ciudad. En una muestra elocuente de su seriedad profesional y habilidad propagandística, permaneció en la frontera norte hasta culminar los objetivos que se había trazado. Fortificó las defensas de Germania, amplió la red viaria de la zona e inspeccionó las provincias danubianas, una fuente constante de conflictos por la hostilidad de los vecinos dacios (la actual Rumanía). También aprovechó el lapso para resolver por correo problemas institucionales que requerían soluciones inmediatas.

Consciente de que para el Senado él encarnaba las fuerzas armadas, envió a la cámara un mensaje tranquilizador en el que garantizaba el respeto a la vida y el honor de sus miembros. De igual modo, condenó a muerte a los líderes de la guardia pretoriana que habían humillado a su antecesor, los reemplazó por militares menos radicales y, para disminuir el peso de los pretorianos en palacio, creó una nueva división de corps, los équites singulares, con efectivos procedentes de las provincias.

Estas medidas fronterizas y metropolitanas previas a la entrada en Roma permitieron a Trajano ingresar en la ciudad envuelto en un aura de eficiencia, perseverancia, nobleza y justicia. A estas cualidades sumó la modestia, al franquear las murallas latinas en calidad de ciudadano corriente, de servidor público, y no de augusto majestuoso. Primero visitó el Senado, donde renovó su compromiso de buena voluntad y solicitó la deificación de Nerva, y sólo después se encaminó a la residencia imperial.

Paternalismo

Continuó estrechando lazos con la oligarquía política en las semanas siguientes, al mantener y desarrollar programas gubernamentales ideados por su padre adoptivo. Por ejemplo, los alimenta, un plan de ayuda para los libres menores de edad y sin recursos. O con reparaciones directas a la aristocracia patricia, también iniciadas por su antecesor, como excarcelar y devolver sus propiedades a numerosos opositores del césar Domiciano, reciente bestia negra de los círculos senatoriales.

Pese a granjearse la simpatía de éstos, Trajano conservó en sus manos el poder fáctico de Domiciano. La diferencia radicó en el estilo con el que ejerció el absolutismo. El suyo, con prudencia, tuvo rasgos paternalistas. Era un Imperium autocrático de formas amables, para hacer congeniar de forma productiva, pero siempre bajo su férrea autoridad, a todos los sectores del Estado.

Por eso, además de cuidar el trato con el Senado, Trajano no olvidó celebrar su coronación abonando pagas extras a los legionarios, como solía hacerse para asegurarse su lealtad. Y, al margen de los alimenta, incentivó el favor del pueblo rebajando impuestos, aumentando el número de beneficiarios de trigo gratuito o incluso regalando dinero a los ciudadanos pobres de Roma y las capitales italianas, gracias al oro recibido de todo el Imperio con motivo de su entronización.

El frente del Danubio

Imperio a la muerte de Trajano

Imperio a la muerte de Trajano

Mientras consolidaba su posición, el César ultimaba en paralelo una colosal expedición de castigo que venía estudiando desde sus días en la frontera septentrional. Era una campaña contra una nación bárbara, límitrofe con las provincias de Mesia y Panonia, que alteraba la paz en la región danubiana desde hacía años. Por eso había viajado hasta allí antes de entrar en Roma.

Decébalo, el rey de los dacios, había roto en varias ocasiones una tregua que había acordado con Domiciano. Hostigaba una y otra vez el territorio romano, a lo que se acogió Trajano para organizar una represalia armada. Pero las causas reales de esta campaña eran económicas. Dacia, situada entre la orilla norte del Danubio y los montes Cárpatos, contaba con dos materias primas que el Imperio necesitaba para mantener sus engranajes financieros: el oro y la sal.

Así fue como, el primer año del siglo II, el Imperio se lanzó a la que sería su última conquista permanente de envergadura. Para ello llevó a cabo su mayor movilización hasta entonces. Decenas de legiones, incluidas dos nuevas, se reunieron para combatir a los dacios. Algunos de los legionarios, desplazados desde lugares tan distantes como Italia o Britania y desde la vecina Germania, eran militares altamente cualificados. Era el caso del ingeniero y arquitecto Apolodoro de Damasco, autor de un puente monumental sobre el Danubio o de una calzada casi milagrosamente suspendida sobre el desfiladero de las Puertas de Hierro, todo para que las tropas imperiales pudieran asaltar el país dacio con rapidez y contundencia.

Las guerras dacias

La estrategia trajana no tardó en dar frutos. Dispuesta en dos gruesas columnas que avanzaron a gran velocidad hacia donde se concentraba el enemigo, la gigantesca pinza romana rodeó las dacia_en_columna_trajanafuerzas del rey Decébalo. Éste no tuvo más remedio que reconocer la derrota y jurar obediencia a Roma. Sin embargo, se trató de un éxito pasajero. En cuanto Trajano, fiel a su palabra de tratar honorablemente a los pueblos vencidos, regresó a la capital, el monarca dacio volvió a las andadas. Además de penetrar en suelo imperial, intentó aliar a las tribus del norte danubiano para llevar a cabo una gran ofensiva.

La respuesta del Emperador fue menos piadosa esta vez. La segunda contienda dacia se caracterizó por una violencia extrema. Fue una auténtica guerra de exterminio en la que los prisioneros eran ejecutados o esclavizados; las aldeas, arrasadas casa por casa; y los cultivos, destruidos hasta la raíz para privar de alimentos al enemigo. Tomada la ciudad principal del reino, Decébalo, fugitivo, prefirió suicidarse a ser arrastrado tras el carro victorioso de Trajano.

El César, pese a quedarse sin este trofeo que ostentar, pudo celebrar en Roma un triunfo por todo lo alto. Hasta cuatro meses duraron los festejos, con opulentos banquetes populares, multitudinarios combates de gladiadores y cacerías de fieras, numerosas carreras ecuestres e incontables representaciones teatrales. No era para menos. Los dos conflictos consumieron buena parte de los recursos estatales, pero proveyeron al Imperio de una provincia nueva, Dacia, generosa en tierras colonizables, esclavos y minas de oro y sal. Aparte de suponer una vanguardia defensiva en la que detener incursiones de los habitantes de las estepas situadas al norte de la región.

Fue gracias a estas riquezas como Trajano pudo impulsar su enérgico programa de construcciones monumentales y de servicios, una de las claves de su gobierno. Roma resultó especialmente privilegiada, lo mismo que Italia, pero también mejoraron las rede de comunicación y suministros y se embellecieron puntos distantes de la geografía imperial.

En paralelo a esta fiebre arquitectónica, se dio bajo el mandato de Trajano un auge generalizado de las artes. Brillaron desde el grabado numismático, que en ese entonces vivió un apogeo de corte realista, a disciplinas como la literatura. Ésta floreció con las plumas del historiador Tácito, el poeta satírico Juvenal o el prosista Plinio el Joven, amigo y funcionario del Emperador.

Medidas de gobierno

Contribuyeron sin duda a este esplendor cultural las políticas desarrolladas por Trajano en las áreas administrativa, social y económica. Trajano trabajó en estas reformas civiles principalmente durante los siete años que sucedieron a la segunda guerra contra los dacios, en los cuales permaneció en la capital imperial.

En el apartado burocrático, continuó incorporando al aparato estatal funcionarios del orden ecuestre, tal como lo venían haciendo sus antecesores, en detrimento de la clase senatorial y los libertos instruidos. Pero su aportación más significativa en términos de gestión fue la creación de un nuevo cargo, el de los curatores. Éstos, responsables de visitar aquellas provincias y ciudades con problemas económicos, centralizaban por un lado la administración al representar y rendir cuentas al Emperador y, por otro, implicaban una mayor autonomía de la periferia, porque disponían de bastante libertad para resolver asuntos concretos. Pese a que su competencia era, generalmente, las finanzas locales, a veces cumplían otros cometidos gubernamentales.

Entre estima y nepotismo

Otra decisión de índole social (además de la implementación y el aumento progresivo de los mencionados alimenta para los niños pobres de Italia) fue incrementar el congiarum, la provisión gratuita de comida a la ciudadanía romana. Medidas como ésta o la de rebajar los impuestos tenían un valor propagandístico más valioso que el gasto extra que ocasionaban al Tesoro, por otra parte relativamente saneado gracias a la conquista de Dacia, la constante emisión de moneda y un acertado fomento del comercio y la industria. El pan regalado, los fastuosos espectáculos circenses, la fiscalidad reducida, la prosperidad generalizada, las victorias militares, las obras monumentales y viarias, la proximidad del Emperador a sus súbditos y su virtud individual y como gobernante hicieron de Trajano una figura sumamente popular, que hasta podía darse el lujo de pasear por Roma sin escolta.

En este aprecio coincidían el ejército, la plebe y el Senado. Los legionarios veían en el César a uno de los suyos y un comandante ejemplar. El pueblo, a un hombre íntegro, generoso de grandes ideas y mejores resultados. En cuanto a los senadores, Trajano regía autocráticamente, pero mantenía informada a la cámara de sus decisiones e incluso había optimizado la relación entre sus miembros al instaurar el voto secreto.

Esto último, en realidad, era una táctica para dificultar desde la raíz la formación de facciones internas que entorpecieran la labor imperial. Trajano, paternalista, colocaba en los puestos clave a gente de su confianza, desde amigos previos a su adopción por Nerva a sus subalternos inmediatos en las guerras dacias. Además de haber asumido en persona seis consulados a lo largo de su trayectoria, el César premió hasta tres veces con este importante cargo a otras tantas amistades – una de ellas, Lucio Licinio Sura, el del clan de los hispanos-. En cinco siglos de historia imperial, apenas habían accedido a un tercer consulado una docena de ciudadanos, si se dejan a un lado los emperadores. Y diez amigos más de Trajano desempeñarían esta magistratura en dos ocasiones.

Pese al nepotismo patente del mandatario, su reinado fue básicamente respetuoso con las instituciones. Obligaba a que fueran regidas con dignidad y transparencia para subsanar las décadas  de decadencia política y moral. Tolerante con los cristianos, demagogo con la plebe y atento con el Senado, Trajano no admitiría la corrupción en una pirámide jerárquica de la que representaba la cúspide. Quería legar a la posteridad una huella intachable.

Conflicto en el este

Mientras acciones de gobierno se desarrollaban en Roma, se iba generando en el cuadrante oriental del Imperio un complejo conflicto fronterizo. Esta zona había brindado a Trajano una última satisfacción territorial antes de emprender, a orillas del Tíber, sus tareas civiles. El reino arábigo de los nabateos, de relación clientelar con la metrópolis latina, había perdido a su monarca, y con él la línea dinástica vigente, en la misma época en que las legiones sometían Dacia por segunda vez. No se sabe si fue la divulgación de esta situación bélica -o sea, el temor de los nabateos a ser sojuzgados como los dacios, por lo que aceptaron el dominio romano totalmente- o si se trató de una operación militar romana con unidades desplazadas desde Siria y Egipto. El hecho es que, simultáneamente a las fiestas por la anexión dacia, Trajano se encontró con otra provincia más a sus pies: la rica Arabia Pétrea, como fue rebautizado el reino absorbido.

Sin embargo, poco después Oriente deparó al César una ingrata sorpresa. Unos mil kilómetros al norte de Arabia, Armenia se hallaba dirigida desde hacía medio siglo por monarcas impuestos conjuntamente por dos superpotencias vecinas y rivales, Roma al oeste y Partia al este. Partia era el único estado que podía competir en la región con el Imperio romano. Enemigo secular de éste, abarcaba desde Mesopotamia hasta Asia central, y poseía un grado de civilización equiparable al romano. De ahí que para evitar roces estériles y sangrientos, los emperadores de ambas entidades decidieron compartir la hegemonía en el protectorado bisagra de Armenia.

Así ocurrió hasta que, fallecido el soberano de Partia, su sucesor depuso en el trono armenio al candidato romano para instalar uno afecto a su régimen. Esta medida unilateral no sólo enfureció a Trajano. También, puesto que el Imperio parto estaba convulsionado en esos momentos por disputas internas por el trono, le dio un pretexto para llevar a cabo una campaña largamente ambicionada por Roma: conquistar Partia. Convenía al César, además, porque quería culminar su reinado con los laureles de una importante victoria militar.

Principe Óptimo

De este modo, tras visitar las provincias orientales, Trajano invadió Armenia, que se rindió casi sin resistencia. Convertido el protectorado en una nueva provincia romana, el Senado se hizo eco de este triunfo redondo añadiendo solemnemente a la nómina de títulos del emperador, el de Optimus Princeps, el mejor de la historia, como lo venía llamando el pueblo desde sus primeros éxitos militares y políticos. Era un honor reservado a Júpiter, de quien Trajano se transformaba así en poco menos que su delegado en la tierra. Únicamente Augusto, el fundador del Imperio, había llegado tan lejos en la devoción de sus súbditos. En adelante, cada emperador romano y después cada bizantino sería saludado por el Senado el día de su coronación con el deseo de que fuera un gobernante “más feliz que Augusto y mejor que Trajano”.

A todo esto, la anexión de Armenia había franqueado a Trajano la entrada a Partia, la auténcia ambición de su incursión oriental. Marchando hacia el este y el sur, Trajano sumó a sus medallas Asiria y Mesopotamia. Las ciudades de Babilonia, Seleucia e incluso Ctesifonte, la capital de los partos, cayeron en su poder. Luego, adentrándose en la antigua Persia, Trajano alcanzó Susa, donde por fin pudo destronar al soberano rival y sustituirlo por un aliado.

Fue al llegar a este punto, en el actual Irán y a la vista del golfo Pérsico, cuando dio al estado romano la máxima extensión territorial de su historia. Nunca antes habían penetrado las legiones tan profundamente en Oriente. Tampoco avanzarían nunca más allá.

Un mar de problemas

Un bastión que permanecía en manos partias en la retaguardia obligó a Trajano a desandar lo andado. Se trataba de la fortaleza de Hatra, a orillas del Tigris, en cuyo asedio sufrió un problema de salud, seguramente un golpe de calor. En esta situación, mientras guardaba reposo, recibió la noticia de que los judíos de Chipre, Egipto y Judea se habían levantado en armas contra el poder imperial. También entonces se rebeló la novísima provincia de Mesopotamia. Y además se abrió un frente bélico en el corazón de Partia, donde un pretendiente al trono de ese imperio plantó cara al ejército romano.

Agobiado por estos retos y la enfermedad, Trajano confió el mando en Oriente a dos de sus generales, los gobernadores de Judea y Siria, que reprimieron las insurrecciones hasta donde pudieron. Mesopotamia, no obstante, se perdería para el Imperio, lo mismo que grandes porciones de Partia y Armenia. Las conquistas se desmoronaban tan pronto como habían sido adquiridas.

El responsable de estas victorias efímeras, aquellas que habían otorgado a Roma su máxima extensión por unos meses, se encaminaba entretanto a la capital desde Antioquía. La muerte lo sorprendió en verano de 117 en una ciudad de Cilicia, en Asia Menor. Una crisis cardíaca acabó con la vida de Trajano, cuyas cenizas fueron transportadas a la capital por su esposa, Plotina, que se hallaba a su lado en aquel momento.

Cuentan las crónicas que el Emperador designó a su sucesor en el lecho de muerte. Eligió como césar a su compatriota y ahijado Adriano, al que había tutelado desde su infancia, que le había comunicado en Germania su adopción por Nerva y que, en los últimos tiempos, como legado en Siria, se había hecho cargo de la difícil situación en Oriente. Otros anales dicen que el nombramiento del nuevo emperador se debió a un ardid ejecutado por Plotina cuando su marido acababa de fallecer. Un esclavo escondido bajo la cama imperial habría pronunciado el nombre de Adriano con tono agonizante. En todo caso, vivo o muerto, Trajano escogió bien.

Su heredero, respetuoso, lo hizo deificar y que se celebrara en su honor un triunfo póstumo.


Para saber más:

  • HNG8-54
  • HNG47-54
  • HNG64-50
  • HNG81-52
  • HNG122-50
  • HyV469-29
  • 2016/10: HyV583-36