Viriato

Roma llega a Hispania por primera vez en 218 a.C., con el desembarco de Cneo Cornelio Escipión Calvo en la colonia griega de Ampurias, aunque con una finalidad puramente estratégica: cortar las líneas de abastecimiento cartaginesas que sostenían a Aníbal mientras hacía de las suyas por la península itálica (el hermano de Cneo, Publio Cornelio Escipión el Viejo, padre de el Africano, hacía lo propio en la también colonia griega de Massalia, la actual Marsella).

Sus tropas invernarían el año siguiente en el asentamiento íbero de Tarakon, que acabaría convirtiéndose en la ciudad romana de Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco, o Tarraco a secas (actual Tarragona).

Pero también habían comenzado ya la invasión, fundando en 206 a.C. la primera ciudad romana fuera de territorio italiano: Itálica.

La política de Roma en Hispania sería la de explotar los recursos económicos de los nuevos territorios en beneficio de la República. Y es que Roma básicamente sólo producía una cosa, legionarios, y sostenía toda su economía mediante la explotación de los territorios conquistados.

E Hispania fue donde toda esa maquinaria se puso en marcha de verdad. Aceite de oliva, cereales, vino, caballos, manufacturas y esclavos sin olvidar, por supuesto, los yacimientos minerales, cuyas minas explotaron durante siglos a través de las societas publicanorum, concesiones de obras públicas para la explotación minera: plata en Carthago Nova, Mazarrón o la Bética, mercurio en Almadén, cobre y oro en Asturias…

Las minas las explotaron durante siete siglos, hasta la llegada de los visigodos. Pero realmente en un principio no supieron calcular bien hasta dónde podían apretar sin que los pueblos nativos de Iberia se lanzasen a la rebelión contra la rapacidad romana. Y erraron el cálculo.

Las guerras celtíberas

hispania-provinciasAunque después, cuando fuera conquistada por completo, Hispania quedaría dividida en más provincias, originalmente Roma la dividió en dos: Hispania Ulterior, con capital en Corduba (Córdoba) e Hispania Citerior, con capital en Tarraco.

Si bien sobre el papel estas provincias dividían Iberia en dos mitades, ocupando una la mitad norte y la otra la parte sur, la realidad en el siglo II a.C. distaba mucho de esto. Sobre el terreno, Roma sólo dominaba una franja en la costa mediterránea, mientras que el resto del territorio seguía controlado por los pueblos autóctonos.

El gobierno romano, situado en la capital de la provincia, recaía sobre un pretor, un propretor, un cónsul o un procónsul, dependiendo de la importancia que adquiriera el territorio en cada momento y de su belicosidad. En 151 a.C., una época marcada por las guerras celtíberas por la conquista de Hispania, el puesto de pretor de la Hispania Ulterior recayó sobre Servio Sulpicio Galba.

El pretor Galba

Roma no estaba preparada para este tipo de guerra. Sus legiones estaban entrenadas para enfrentarse a ejércitos organizados, y eran temibles en esa situación, pero se volvían completamente ineficaces cuando se trataba de enfrentarse a incursiones de furtivos y salteadores. Los celtíberos inventaron la guerra de guerrillas, e hicieron mucho (¡mucho!) daño a las tropas de Galba.

Así que el pretor comenzó una política de castigo como no se había visto en sus antecesores. En la primavera de 150 a.C., rompiendo un tratado con los lusitanos, cuyo territorio se encontraba entre las cuencas del Duero y el Guadalquivir, quizá debido al bandidaje al que éstos se dedicaban habitualmente, se internó en Lusitania y asoló el país. Los lusitanos enviaron entonces embajada ante el pretor. Galba recibió a los embajadores lusitanos con amabilidad, y les ofreció terminar con las hostilidades. Según el pretor, había sido la pobreza del país lo que había provocado la rebelión contra Roma y, para terminar con las hostilidades, ofreció tierras fértiles para que todo el que quisiera cultivarlas en paz con Roma pudiera hacerlo.

Treinta mil lusitanos acudieron al ofrecimiento del pretor Galba, ofreciendo paz y solicitando el cumplimiento de la promesa. Galba los reunió y sólo les pidió una cosa: en prenda de paz, entregarían sus armas. Los lusitanos accedieron. Ordenó el pretor entonces a sus tropas que los rodearan y los pasaran a cuchillo. Nueve mil hombres desarmados fueron cobardemente asesinados. Otros veinte mil fueron apresados y vendidos como esclavos. Muy pocos consiguieron escapar. Galba sería posteriormente juzgado en Roma por su traición y, aunque fue absuelto debido a sus influencias, los lusitanos vendidos fueron liberados. Pero la semilla del odio contra Roma ya estaba sembrada en Lusitania.

viriatoEntre los pocos que pudieron huir y salvarse había un joven pastor, de nombre Viriato. La tradición dice que había nacido en los Montes Herminios, que es como los romanos llamaron a la Sierra de la Estrella, la sierra más occidental del Sistema Central, en actual territorio portugués, en torno al 180 a.C. Eso dice la tradición, porque lo que se sabe a ciencia cierta sobre su fecha y lugar de nacimiento es… nada. De hecho, hoy en día, se duda incluso de que Viriato fuera un pastor y bandolero que ascendió de la nada a las más altas cimas de la milicia. Según la crítica moderna, esta caracterización habría sido forzada por los cronistas romanos para hacer de él un ejemplo moral y social a seguir. Delata una procedencia más “noble” de este caudillo el hecho de que se casara con la hija del aristócrata Astolpas y que, durante sus primeras hazañas bélicas, ya pareciera disfrutar de un cierto rango castrense; además, el comportamiento sofisticado y táctico de Viriato en su batalla contra Vetilio en 147 a. C. o las arduas negociaciones con Serviliano en 140 a. C. no responden al estereotipo de un rudo bandolero de las montañas.

Cuando se convirtió en jefe de los lusitanos debería tener unos treinta años, y sus dominios llegaron a extenderse, aunque de un modo variable e irregular, por la parte occidental del sur de la península y de la meseta. Cuentan que era  fuerte y alto y que su nombre procedería de viria, brazalete, por lo que significaría “el hombre del brazalete”. Sus hagiógrafos convierten la pobreza en que vivía en austera virtud y dicen que, en su boda con la hija de un rico propietario lusitano, despreció la rica cubertería dispuesta en su honor, apenas probó los exquisitos bocados y no abandonó la compañía de su lanza. Al acabar la ceremonia, tomó a su esposar, la montó a la grupa del cabalo y se la llevó a las montañas. Toda una colección de groserías. Años después, además, parece que asesinó a su suegro, porque éste era partidario de la colaboración con Roma y se había entregado como rehén voluntario a los ocupantes.

Los pocos hombres que consiguieron huir de la matanza de Servio Galba se unieron a otras partidas lusitanas. Poco (o nada) se sabe de su actividad esos primeros años, aunque es de suponer que anduvieron dando golpes de mano y pequeñas emboscadas a los romanos.

Lo que sí se sabe es que tres años después, en 147 a.C., formaban ya un fuerte contingente de hombres comandados por Viriato. Formando ya un grupo fuerte, y seguramente animados por las pequeñas victorias obtenidas en los golpes de mano, decidieron hacer una incursión en la Turdetania.

La batalla de Tríbola

Turdetania, que ocupaba fundamentalmente la parte baja del Guadalquivir y el Algarve portugués, se encontraba bajo el área de influencia romana. Y allí se encontró Viriato con las tropas del pretor Cayo Vetilio, que había sucedido a Galba al frente del gobierno de la Hispania Ulterior.

Cuatro mil legionarios, mucho más experimentados en la batalla, con caballería. Casi una legión. A cambio, los hombres de Viriato, mucho menos numerosos, conocían el terreno (estaban en la serranía de Ronda) y ya tenían cierta experiencia en tácticas de guerrilla. Además, el antiguo pastor se había convertido en un brillante estratega. Viriato dispuso a sus tropas en orden de combate, pero con indicaciones para huir y dispersarse tan pronto como montara la caballería. Volverían a reunirse en las inmediaciones de Tríbola. Los hombres de Vetilio, viendo que los rebeldes huían, comenzaron la persecución de la caballería lusitana dirigida por Viriato, que duró un día entero.

La persecución acabó en el desfiladero del río Barbesuda (actual Guadiaro) donde las fuerzas de Viriato, emboscadas, arrasan con las tropas romanas acabando con la vida de la casi totalidad de los cuatro mil legionarios y del pretor Vetilio. El nombre de Viriato comienza a oírse en Roma.

Las victorias de Viriato

No sería la última vez que Roma le presentara batalla, y en todas las ocasiones Viriato hizo gala de su superioridad táctica y su gran astucia para infligir a los romanos dolorosas derrotas. En Carpetania sobre el pretor Cayo Plautio, sucesor de Cayo Vetilio, y de nuevo en Segóbriga, ciudad celtíbera aliada de Roma.

Allí vuelve a utilizar la misma táctica que tan buen resultado le dio en Tríbola. Lo cuenta Sexto Julio Frontino en su Stratagemata:

Viriato disponiendo sus tropas en emboscada, envió a unos pocos a robar el ganado a los segobrigenses; como saliesen éstos en gran número para castigarlos, echaron a correr aquéllos, simulando que huían,…

El resultado fue el mismo que anteriormente, y los segobrigenses probaron la misma medicina que los hombres de Vetilio.

Y aún siguieron las victorias: en Tucci, en Viseo, en Ourique (donde capturó los estandartes romanos)… Tantas y tan sonadas fueron que otros pueblos celtíberos, arévacos, tittos y bellos, acabaron por alzarse junto a él dando comienzo a la tercera guerra celtíbera, incluso en la Hispania Citerior. Viriato le estaba causando un auténtico quebradero de cabeza a Roma.

…y también alguna derrota

En 145 a.C. parece que la situación va a cambiar. La Tercera Guerra Púnica acaba de terminar y Roma tiene más tropas disponibles, que por supuesto destina a Hispania. Además el pretor Plautio es desterrado por su inoperancia y sus continuas derrotas, y se designa como cónsul único de Hispania a Quinto Flavio Máximo Emiliano.

Emiliano tenía una amplia experiencia militar, obtenida en las guerras macedónicas y, más tarde, como pretor en Sicilia. Esto y las tropas de refresco llegadas a Hispania obligaron a replegarse a los lusitanos, que prácticamente se habían hecho ya con el control de toda la Hispania Ulterior y el sur de la Citerior.

Rey de los lusitanos y amigo de Roma

Un par de años después, tras el relevo de gobierno (el gobierno de la provincia se otorgaba por dos años) llega a Hispania Quinto Fabio Máximo Serviliano.

Y Viriato comienza a poner a Serviliano en apuros de nuevo y de forma vergonzosa, porque además no vino sólo. Dos legiones, trescientos jinetes númidas y una decena de elefantes le otorgaron para enfrentarse a los lusitanos, a sumar a las tropas que ya había en Hispania. Aparte de los númidas y los elefantes, contaba con 18.000 soldados de infantería y 1.600 de caballería. A pesar de ello, Viriato acabó cercándolo en Erisana durante una incursión nocturna y forzándole a firmar un acuerdo de paz.

¿Y por qué una paz? Pues seguramente porque Viriato está ya harto de tanta guerra. Hay que tener en cuenta que esto ocurrió en 140 a.C. y ya habían pasado diez años desde la matanza de Galba. El tratado -que no es seguro que fuera ratificado por el Senado de Roma-, otorgaba a Viriato la independencia de sus territorios y le reconocía como rey (dux) de los lusitanos y amicus populus romani, amigo de Roma.

¡Traición!

Ese mismo año Serviliano fue sucedido por un nuevo cónsul, Quinto Servilio Cepión, que —con el permiso de Roma, desde luego— reanudó la guerra contra el dux de los lusitanos.

Sin embargo la situación no se mantendría durante mucho más tiempo. El año siguiente, en 139 a.C., Viriato envió a tres de sus hombres, Audax, Ditalco y Minuro, a negociar un tratado de paz con Cepión. Y éste, que por lo visto no estaba dispuesto a una larga campaña en territorio hostil que seguramente le dejaría en evidencia, como les había ocurrido a sus predecesores, lo que hizo fue sobornarlos. Les ofreció riquezas, tierras y honores a cambio del asesinato de Viriato.

Si se lo pensaron mucho o poco no lo sabemos. La cuestión (al menos esto es lo que dice la leyenda) es que al regresar al campamento asesinaron a Viriato, que dormía, clavándole un puñal en el cuello. Cómo fue en realidad nunca lo sabremos. Posteriormente, estos tres ursaonenses (es decir, naturales de Osuna), regresaron al campamento romano a cobrar su recompensa. Lo único que recibieron de Cepión fue la lapidaria frase:

Roma traditoribus non praemiat (Roma no paga traidores)

Eso es lo que afirma la tradición, pero sin embargo la crónica de Apiano, que fue el primero que redactó la crónica del asesinato, muestra que no hubo tal frase ni desprecio del procónsul. Al contrario, “en ese mismo momento les permitió disfrutar sin miedo de lo que poseían, pero en lo tocante a sus restantes demandas los remitió a Roma”. Solo mucho tiempo después, hacia el siglo IV d. C., Eutropio dio nueva forma a este encuentro entre los traidores y el mandatario romano, resaltando que “nunca fue del agrado de los romanos que los generales fueran asesinados por sus propios soldados”.

Viriato recibió las exequias que merecía. Sus propios hombres le incineraron, siguiendo las costumbres celtíberas, y sobre sus cenizas se realizaron sacrificios animales y luchas entre guerreros lusitanos. Con todos los honores.

Suele decirse, con bastante razón, que con Viriato murió Iberia y que, tras su muerte, todo fue Hispania.


Para saber más:

  • HNG16-19
  • HNG84-62
  • HNG114-54