Visigodos

por | 17/02/2016

Según las referencias habituales se considera que el pueblo visigodo tenía un origen escandinavo, probablemente del sur de Suecia, y que surgió hacia el siglo I a.C. Posteriormente migró a través del mar Báltico hasta el noreste de Alemania, al otro lado del río Elba, a lo largo del siglo I d.C., y realizó posteriormente un desplazamiento gradual hacia el sur, en dirección al Danubio. Fue a mediados del siglo III cuando se produjo el primer contacto significativo de los godos con el Imperio romano, cuya frontera estaba establecida en la orilla sur de aquel río durante un gran trecho de su curso. Después de cruzar el Danubio y de la impresionante victoria lograda en la batalla de Abrito  sobre el emperador Decio en 251, los visigodos permanecieron dentro del Imperio, dedicados al saqueo y la destrucción durante veinte años, hasta ser expulsados por Claudio II el Gótico y Aureliano.

De manera similar, un segundo pueblo godo, que llegaría a ser conocido con el nombre de ostrogodo, siguió una pauta parecida de emigración hacia el sur partiendo de Escandinavia durante el mismo período, pero adoptando una línea de desplazamiento más oriental que la de sus parientes visigodos. Finalmente llegaron a las estepas del sur de Rusia, siguiendo las costas del mar Negro, tras haber sometido a varios pueblos indígenas en aquella región, creando así un imperio godo.

Los visigodos, expulsados finalmente del territorio romano a principios de la década de 270, se establecieron entonces entre el Danubio y el dominio más extenso de sus hermanos ostrogodos que se encontraba al noreste, mientras continuaba amenazando la frontera imperial.

Se considera que todo esto cambió al aparecer los hunos, cuyo repentino ataque hacia 370 llevó al hundimiento del reino ostrogodo y la huida de algunos de los supervivientes a tierras visigodas. Bajo estas presiones, también los visigodos intentaron emigrar y pidieron ser admitidos en el imperio romano. Una vez que el emperador Valente (364-378) les concedió en 376 el permiso que solicitaban, los refugiados godos comenzaron muy pronto a sufrir la explotación en la región del Danubio a manos de los funcionarios locales del Imperio, de los cuales dependían para recibir suministros. Los crueles tratos a los que estaban sometidos llevaron a los visigodos -junto con los ostrogodos que les acompañaban- a la rebelión. Al intentar sofocarla, Valente fue derrotado y muerto en la batalla de Adrianópolis en 378, dejando a los visigodos dueños de gran parte de la mitad oriental de los Balcanes.

Bajo el gobierno del siguiente emperador, Teodosio, los distintos grupos godos no tardaron en ser convencidos de que debían firmar un tratado con el Imperio, y a partir de ese momento prestaron servicios en sus ejércitos, como federados, en una serie de guerras civiles contra emperadores rivales en Occidente durante los años 384 y 394. En todo este proceso, los godos se reunieron bajo el mando de Alarico.

Tras la muerte de Teodosio, Alarico intentó asegurarse una posición segura para sí mismo y para su pueblo. Durante sus intentos de forzar al gobierno de la parte occidental del imperio, se dirigió al interior de Italia donde, después de dos años de asedio, llegó a saquear Roma en 410, poco antes de su propia muerte acaecida por causas naturales. Posteriormente, aquel mismo año, su sucesor, Ataúlfo (410-415), llevó a los visigodos desde Italia a la Galia.

Si bien esta versión de la historia de los godos parece un relato bastante sencillo y comprensible, en la actualidad hay muchas razones por las cuales no se sostiene, en lo que se refiere a sus primeros tiempos. Por mencionar sólo un detalle, los nombres que se utilizan convencionalmente para distinguir los dos grupos de godos -“visigodos” y “ostrogodos”- son anacrónicos. En los textos que se escribieron tanto en Italia como en Hispania en los siglos VI y VII, a ambos grupos se los denomina “godos”, sin más. Más significativo es el hecho de que se utilizaran nombres bastante diferentes antes del siglo V. En las fuentes romanas del siglo IV se identificaban dos confederaciones como las que dominaban la zona norte del Danubio y las orillas del mar Negro antes de la aparición de los hunos, y el nombre que se les daba era theruingi (tervingos) y greuthungi. Los primeros han sido a menudo considerados como los ancestros de los visigodos y los segundos de los ostrogodos; sin embargo, las versiones contemporáneas de diversos historiadores dejan claro que sólo algunos miembros de ambos grupos entraron en territorio romano, cruzándolo durante la década de 370, mientras que otros todavía seguían asentados al norte del Danubio.

Actualmente se acepta en general que la autoidentificación del pueblo que conocemos ahora como los visigodos (y que probablemente se consideraban a sí mismos sólo como individuos que eran godos) se produjo en los años siguientes a la batalla de Adrianópolis. En este confuso de las décadas de 370 y 380, todo tipo de individuos y grupos de una amplia variedad de orígenes culturales, genéticos y lingüísticos se fusionaron, en gran parte a través del reclutamiento y de los servicios que prestaron cuando gobernaba Teodosio. Evitaron deliberadamente la integración en la sociedad romana de los Balcanes y permanecieron en su condición de militares bajo el mando de uno de los suyos, probablemente para conservar su movilidad. Alrededor de 392 el puesto de jefe de esta confederación estaba ocupado por Alarico, personaje que aparece como surgido de la nada, que aprovechó la muerte de Teodosio en 395, y la división del Imperio que se produjo a continuación, para declarar la independencia de sus seguidores, convirtiéndolos de hecho en un ejército mercenario preparado para prestar servicios a cualquier régimen imperial que ofreciera las mejores condiciones.

En definitiva, los que después serán conocidos como visigodos estaría constituida no sólo por theruingi y greuthungi, sino también otros grupos étnicos que procedían tanto del norte como del sur del Danubio. Además, esta confederación tomaría y descartaría sus propios componentes a lo largo de los desplazamientos que llevó a cabo a través de los Balcanes occidentales, Italia y la Galia entre 405 y 415. Su composición era por lo tanto variada y, al mismo tiempo, estaba en constante transformación. Formaron un ejército mercenario que intentaba asegurarse un empleo proporcionado por sucesivos regímenes imperiales y, cuando no había perspectivas de conseguirlo, se veía cada vez más obligado a actuar en función de sus propios intereses.

Una pregunta que surge inmediatamente es el del tamaño probable de esta confederación y de otras similares, sobre todo por la importancia que esto tiene para comprender qué sucedió cuando los visigodos llegaron por fin a asentarse permanentemente en Hispania. Las cifras que se sugieren habitualmente hablan de unos 100.000 individuos, mientras que en el caso de otras confederaciones menores, como las de los alanos, suevos y vándalos, es más probable que rondaran los 20.000. No hay razones sólidas para hacer estas u otras estimaciones del tamaño de la población, ya que depende de un puñado de afirmaciones registradas en fuentes muy antiguas y escasamente fiables.

De todas formas, es muy difícil creer que un colectivo tan grande, que estuvo desplazándose casi continuamente entre 392 y 419 pudiera mantenerse exclusivamente de lo que conseguían sobre el terreno o de lo que les proporcionaba el Imperio en determinados momentos, y todo ello en un entorno hostil. Probablemente -sólo probablemente- sea más realista pensar que la confederación visigoda no tenía un tamaño mucho mayor que el de un pequeño ejército romano, estando formado como mucho por unos 50.000 individuos, tanto guerreros como familiares. El número de vándalos, alanos y suevos habría sido ciertamente menor, como sugiere su historia; en el caso de estos pueblos, una cifra de 15.000 o 20.000 individuos podría ser la más indicada. Aunque estos números parezcan pequeños, hay que recordar que durante este período hubo pocas fuerzas militares grandes que pudieran desafiarles, si es que había alguna.